Redescubrir y retomar una obra precursora en el mundo distópico y sombrío
Cuando redactamos estas reflexiones, en la tercera década del siglo XXI, lo que “está de moda” no es la revolución, el socialismo, la bandera roja y la lucha emancipadora. Lamentablemente hoy predominan sobre el horizonte nubes oscuras, telón de fondo del resurgir desfachatado del fascismo, la nostalgia por el nazismo y el auge de diversas derechas extremistas. Todas cargadas de racismo, supremacismo, apologías del imperialismo, mercantilización absoluta de la cultura y destrucción suicida del ecosistema. Por supuesto, acompañadas por un indisimulable desprecio frente a todo lo que esté asociado al mundo popular, las clases trabajadoras y los pueblos colonizados.
Si se los compara con la realidad que vivimos y padecemos cotidianamente, las novelas, los films y las series de cine más pesimistas y distópicas han quedado limitadas a un juego inocente de la escuela primaria. La figura de Adolfo Hitler hoy ya no es “mala palabra”. El fascismo es visualizado como algo “chic”. Incluso convoca y moviliza masas de jóvenes que se autoperciben como “rebeldes” por enarbolar o tatuarse la cruz svástica, imitar las estéticas fascistas o vestirse y marchar en distintas capitales con uniformes que copian los del nazismo de los campos de exterminio. Diversas formas de racismo se terminan aceptando como si fueran “normales” y “naturales”: antisemitismo, islamofobia, supremacismo blanco frente a las negritudes y el mundo latino, prédicas furiosamente anti-índigenas, misoginia, apologías de la conquista europea de Nuestra América y del África, orientalismo, etc. “Rebeldías” presuntamente radicales que sólo contribuyen a profundizar las opresiones de los supuestos “rebeldes”. Un masoquismo de masas, fabricado, difundido e inoculado a través de la dictadura del algoritmo digital. La pantalla manda. ¿El cerebro? Tan conectado y saturado que deja de funcionar.
En ese clima de época, el imperialismo estadounidense superó las apetencias delirantes y fundamentalistas de Monroe y Adams, de dos siglos atrás. Ha despedazado todas las instituciones supraestatales (incluso capitalistas) que mínimamente regulaban las relaciones internacionales. Los acuerdos de Ginebra para la guerra son un recuerdo senil y perimido. Partiendo del arrasamiento y genocidio de pueblos enteros, aniquilados por potencias subsidiarias del águila imperial, los mandatarios de la Casa Blanca planean construir resorts y espacios de lujo para la burguesía mundial. Todo en medio de escándalos horribles que han tomado luz sobre aberraciones sexuales, violaciones en masa, tráfico y esclavitud de menores de edad por parte de la elite capitalista y agentes del Mossad (donde participaron desde presidentes de Estados Unidos hasta la nobleza europea) e incluso “almuerzos de carne humana de bebés recién nacidos” (sic) [no es metáfora, numerosos testimonios recorren las portadas de los principales diarios del mundo, fotografías incluidas, luego de la desclasificación de archivos por parte del departamento judicial norteamericano hasta ahora secretos].
Decadencia civilizatoria que supera largamente el ocaso del imperio romano, en la antigüedad. Y, si se quiere, la película Saló o los 120 días de Sodoma con la que Pier Paolo Pasolini retrató el fin del fascismo y el nazismo en 1944. Un contexto completamente sombrío y pesimista. Dentro de ese horizonte tan complejo abordamos esta obra.

Y lo hacemos precisamente porque su autor, nuestro amigo, compañero y maestro, Michael Löwy toda su vida marchó a contracorriente. Elegimos seguir y continuar ese mismo camino, por difícil que sea.
Su producción teórica es prácticamente inabarcable. Pero de sus infinitos libros, traducidos a casi treinta idiomas, se destaca, entre muchos otros brillantes, su reconstrucción pionera y precursora del Che Guevara, escrita apenas tres años después de su asesinato en Bolivia, ejecutado por órdenes de agentes de la CIA.
Y aunque hoy pretendan instalarnos modas, símbolos y políticas de ultraderecha, ¿qué persona mínimamente informada y culta puede negar el papel central que el Che Guevara ha ocupado y continúa ocupando en los siglos XX y XXI? No hace falta comulgar con el conjunto de sus tesis e ideas para reconocer que su figura ocupa un papel de símbolo universal.
¡La contracara exacta, radicalmente antagónica y opuesta en todos sus aspectos frente a esta constelación distópica, neofascista y contrainsurgente, que los poderosos de la Tierra promueven como algo “normal y obvio”!
No hay rebeldía que se produzca en el rincón más remoto y lejano del planeta donde su rostro no aparezca en las banderas y reivindicaciones populares más variadas, coloridas y multiformes. Todos los pueblos sometidos, colonizados, humillados, recurren a él como síntesis de un variado arco de luchas por un mundo mejor y la esperanza de una buena sociedad donde alguna vez podamos vivir y convivir de otra manera.
Ríos infinitos de tinta se han escrito sobre la diferencia entre ese símbolo mundial, convertido muchas veces en mito convocante (en el particular significado que la noción de “mito” adquiere en el marxismo de José Carlos Mariátegui) y el pensamiento marxista del Che. Si el mito y el símbolo se han expandido por todas las geografías, culturas y generaciones, desafiando la furia neofascista e imperialista de nuestros días, el refinado pensamiento del Che no siempre ha sido explorado con seriedad ni con el rigor y la profundidad que se merece. Muchas veces, incluso, ha permanecido difuso o en las sombras.

Pues bien, la primera gran sistematización del pensamiento del Che Guevara (que no rechaza el mito ni desprecia el símbolo, pero claramente los resignifica y los trasciende) le corresponde, a nuestro entender, al libro de Michael Löwy. Una obra pionera (que antecede varios años a otras análogas y muy buenas elaboradas más tarde por Carlos Tablada Pérez, Fernando Martínez Heredia, Armando Hart Dávalos, María del Carmen Ariet, Germán Sánchez Otero, Roberto Massari, Antonio Moscato e incluso algunas que hicimos nosotros, con generosos prólogos, precisamente, del mismo Michael Löwy).
Su investigación precursora fue publicada en su primera edición en Francia en 1970 por la editorial François Maspero (afín a la revolución cubana) bajo el título La pensée de Che Guevara (El pensamiento del Che Guevara, traducida y publicada en castellano en 1971, con casi veinte reediciones).
En su indagación fundacional, Michael Löwy no se limita a abordar una o dos facetas unilaterales del Che. Un par de anécdotas biográficas pintorescas y llamativas o a construir analogías forzadas de rápido consumo mercantil (como le sucede a una cantidad enorme de biografías y literatura perteneciente a la “guevarología” de mercado). Tampoco se limita a su pensamiento político militar (ampliamente debatido en la década de 1960 por las insurgencias) ni restringe su análisis a su prédica en torno al humanismo marxista.
Poniendo en discusión el carácter alienante del “hombre unidimensional” (tan cuestionado por Herbert Marcuse en aquella década), la obra titulada El pensamiento del Che Guevara se esfuerza por abordar, investigar, ordenar y sistematizar una reflexión teórico- práctica de innegable signo antidogmático, que se resiste a ser encasillada en cualquiera de las muchas vertientes que aglutina la familia roja del marxismo mundial.
En este texto se abordan las múltiples dimensiones del Che. Sus lecturas teóricas y filosóficas; su fina y meticulosa hermenéutica de El Capital de Karl Marx, sustento a su vez de sus posiciones radicales en el debate que gira en torno a la ley del valor en el período de transición al socialismo y su defensa de los estímulos morales; su sociología de la revolución en América latina y todo el Tercer Mundo (aquello que hoy en día (2026) se conoce como “el Sur global”); los métodos tácticos y estratégicos de lucha por el socialismo y el carácter de la revolución pendiente contra el capitalismo y el imperialismo.
Historicismo, dialéctica y humanismo revolucionario
En cuanto a la concepción teórico-filosófica, Löwy reconstruye con paciencia y estricta meticulosidad de artesano las lecturas del Che —hasta ese momento [1970], conocidas y publicadas— inscribiéndolas en la tradición historicista y dialéctica del marxismo. No sólo establece una clara diferencia con distintas versiones de supuestas “ortodoxias” (que de ortodoxia marxista no contenían más que el nombre), sino que al describirlas de ese modo se anima a poner en discusión gran parte de la literatura filosófica y epistemológica por entonces en pleno auge.
Su decisión no es inocente. Cuando él publica su libro sobre Guevara, en Europa occidental (principalmente en París, “capital y faro” de las ciencias sociales durante décadas, así como también en sus satélites culturales latinoamericanos), predomina “la moda Althusser”. Un furor que no se expresó en voz baja, alcanzado a partir de reflexiones serenas y elaborado con modestia, sino a los gritos, con tics altaneros, gestos grandilocuentes y atravesados por una euforia por momentos maníaca. Como toda moda que se precie de tal.
Tras la derrota popular y juvenil de 1968, el estructuralismo hacía furor, desplazando a Sartre, Lukács y Gramsci, reemplazándolos por Althusser, Lacan, Foucault, Derrida y más tarde los autodenominados “nuevos filósofos”, que de nuevo no tenían nada y de filósofos mucho menos aún. Varios de ellos le abrieron la puerta a los “monstruos” que hoy predican un reseteo mundial del capitalismo, tratando de extremar y multiplicar la explotación mientras profundizan todas las formas de opresión que la acompañan.
Poniendo en debate y serias dificultades aquel mainstream universitario (que pasó con ligereza y sin mediaciones del estructuralismo al postestructuralismo en escaso tiempo), Michael Löwy ubicaba al Che en lo que Althusser mismo denominaba en su obra célebre Para leer El Capital (Lire Le Capital) “el izquierdismo teórico”. Expresión descalificadora que retorcía adrede la formulación política original de Lenin. Recordemos que en aquellos años, Althusser sostenía que “el marxismo es un antihumanismo” y por si ello no alcanzara, lo describía como algo completamente opuesto al historicismo dialéctico. De allí que condenara, mediante un pretencioso y petulante decreto filosófico, el texto de Marx titulado póstumamente Manuscritos económico filosóficos de 1844 (1932) como una obra… “pre-marxista” (sic).
Pero resulta que justamente las principales lecturas filosóficas de Guevara partían de ella, recuperando desde el terreno comunista radical de las revoluciones tercermundistas la noción de “trabajo alienado y enajenado”, como núcleo de fuego que le permitía al Che cuestionar las experiencias fallidas que apostaban a combinar estratégicamente socialismo con mercado (no como un retroceso momentáneo, producto de la debilidad en las correlaciones de fuerzas, sino como un camino ineluctable y predeterminado hacia la sociedad futura).
Mientras la pedagoga chilena Marta Harnecker intentaba conjugar la opción política guevarista y fidelista con la hermenéutica althusseriana, Michael Löwy demostraba con abundante argumentación teórica y consulta de fuentes originales que el marxismo del Che se encontraba mucho más cerca de la herencia dialéctica del joven Lukács de Historia y conciencia de clase, de los Cuadernos de la cárcel de Gramsci e incluso del marxismo humanista del argentino Aníbal Ponce.

En aquella época eran apenas intuiciones de Löwy, obtenidas a partir de una meditada y detallada lectura de los escritos, discursos y declaraciones públicas de Guevara. Löwy también se apoyaba para fundamentar aquella intuición en la publicación cubana de Humanismo burgués y humanismo proletario (1962) impulsada por el comunista Juan Marinello.
Años después, Carlos Infante, el hermano de Tita Infante, militante de la juventud comunista en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA), compañera de estudios y amiga personal del joven Guevara cuando éste estudiaba medicina en Argentina (mucho antes de vincularse con los hermanos Fidel y Raúl Castro y la Revolución Cubana), confirmó que durante sus lecturas universitarias, el joven Ernesto y la joven Tita habían leído juntos las obras de Ponce. Cuando Guevara tenía aproximadamente 20 años (1948) su amiga comunista le había dado a Ernesto Guevara las obras de este autor muy respetado y transitado por los jóvenes comunistas de Argentina. Entre otras, Humanismo burgués y humanismo proletario, donde Ponce ubicaba la noción de “hombre nuevo” como eje del marxismo, tres décadas antes que lo hiciera el Che en la Revolución Cubana y que Marinello publicara aquella obra.
Ponce había leído e incluso publicado escritos literarios y estéticos de Lukács sobre Émile Zola y el realismo en su revista Dialéctica [Año 1, Nro.1, marzo de 1936] de Buenos Aires, pero no conocía Historia y conciencia de clase [1923].
Es imposible que Ponce haya podido leer a Gramsci, pues su libro sobre el humanismo marxista es de 1935. Gramsci fallece en 1937. Por lo tanto sus Cuadernos todavía estaban dentro de la prisión fascista. Sin embargo, Aníbal Ponce convergía con el joven Lukács y con Gramsci en el historicismo dialéctico y el humanismo marxista, que tanto sedujo al marxismo del Che, como bien señaló en su precursora obra Michael Löwy.
Actualmente (2026) contamos con todos esos materiales, testimonios, cartas y fuentes documentales que lo prueban. En 1970 Michael Löwy no tenía, por ejemplo, las fuentes y cartas entre el Che y Tita Infante (recién se conocieron en 1997 gracias a los investigadores cubanos Adys Cupull y Froilán González), pero supo leer con lucidez y sin ceder a la moda del momento. Acertó en su diagnóstico.
Rescate del Che como marxista antidogmático
Aunque la prédica furiosamente macartista, anticomunista y neofascista, incluso “revisionista” frente a diversos genocidios del siglo XX, pretenda hoy sepultar la bandera roja y toda la tradición a ella asociada, como “totalitarismo” monstruoso, la obra de Löwy demuestra con lujo de detalle que el marxismo de Guevara constituye precisamente la antítesis completa frente a ese mundo asfixiante, dogmático y gris que hoy pretende atribuirse a toda la familia que se inspira en Karl Marx.
Tirando con mucha agudeza y perspicacia de la punta del hilo antidogmático, Michael Löwy logra identificar con claridad a qué corriente específica, dentro de la poblada y abigarrada tradición marxista, pertenecía el Che.
Lo hace no sólo desafiando las modas del althusserianismo y el marxismo anti-dialéctico (núcleo de lo que más tarde conformaría el corazón del postestructuralismo, el posmodernismo y el posmarxismo) en aquel tiempo de moda en los estudios universitarios. Además, su reconstrucción alcanza su máximo brillo tomando en cuenta las fuentes en las que se basó para llegar a aquellas conclusiones.
No nos referimos única ni exclusivamente a las cartas que prueban las lecturas del joven Guevara sobre el humanismo dialéctico de Ponce. Sino a otros materiales todavía mucho más significativos.
Recordemos que en aquel momento (1970) no se habían siquiera publicado sus Apuntes críticos a la economía política (2006), donde Guevara desmenuzaba desde un ángulo heterodoxo las imprecisiones, vaguedades y notables equívocos del Manual de economía política oficial en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin.
Tampoco se habían publicado sus Cuadernos de lectura de Bolivia (2011), en los cuales el Che volcaba sus pormenorizadas notas de lectura sobre la filosofía y la dialéctica en Lukács y en Engels, sobre el problema nacional y cultural en las sociedades indígenas y plurinacionales como Bolivia, sobre la reconstrucción historiográfica de la revolución bolchevique que proponía Trotsky, sobre las historias de la filosofía marxista de Rosental y Dynnik, sobre Wright Mills y la sociología crítica norteamericana y sobre la significación histórica del marxismo de Fidel y la Revolución Cubana.
Löwy tampoco conocía en 1970 la carta enviada por el Che a su amigo Armando Hart Dávalos, desde Tanzania a Cuba (1965, publicada recién en 1997), sobre la necesidad de estudiar filosofía desde un ángulo no eurocéntrico, eludiendo los manuales soviéticos y franceses.
Y por supuesto, tampoco había tenido acceso al intento juvenil de Guevara de redactar pasajes de un posible Diccionario de filosofía.
Además, en 1970, Orlando Borrego Díaz (estrecho colaborador y compañero del Che en la dirección del Ministerio de Industrias) no había escrito sus obras de testimonio ni había brindado las entrevistas (tanto filmada como también grabada y escrita) que le hicimos donde revela los pormenores, la bibliografía específica, la metodología de trabajo, etc. de los seminarios que Guevara había desarrollado (primero como alumno, junto a Fidel Castro; más tarde, como participante, ya en el Ministerio de Industrias) sobre El Capital de Karl Marx.

No obstante desconocer en 1970 todas estas fuentes (la lectura fehaciente de Ponce, sus fragmentos del Diccionario de filosofía, sus seminarios sobre El Capital, su crítica del Manual de economía política, sus Cuadernos de lectura de Bolivia y su carta desde Tanzania) que confirmarían a posteriori las certeras y agudas intuiciones de Michael Löwy, su obra logra articular una mirada de conjunto, que eludía encasillar al Che en cualquiera de las “ortodoxias” y escuelas-capillas que por entonces disputaban la dirección del movimiento revolucionario mundial.
Michael logra sistematizar, explicar y desarrollar en forma profunda la concepción y el pensamiento del Che sin forzarlo para que entre en el lecho de Procusto de cualquier corriente dogmática. Sus textos sagrados, su panteón, sus libros permitidos, sus rituales. El Che bebía y se nutría de todas las fuentes marxistas revolucionarias, sin prejuicios, sin anteojeras, sin dogmas que lo ataran a fórmulas cristalizadas tragadas sin masticar ni digerir.
El Capital, la teoría del valor y los estímulos morales
La reconstrucción que Löwy ensaya sobre la concepción “económica” del Che resultó fundante. En lugar de limitarse a reproducir fragmentos del debate de 1963-1964 sobre la vigencia o no de la ley del valor en la transición socialista (discusión pública cubana que de algún modo recuperaba y reactualizaba cuarenta años después el debate bolchevique de la década de 1920 sobre la llamada “acumulación originaria socialista” entre Bujarin, Preobrazhensky, Lapidus, Ostrovitianov, Rubin, etc.), lo que el libro intenta es desandar el camino en un sentido dialéctico. “Conocer es ir hacia atrás”, afirma una célebre formulación del método dialéctico.
Pues bien, Michael Löwy comienza por algo anterior. No se concentra en la política económica del período en que el Che es Ministro de Industrias. Se pregunta por el núcleo duro de la crítica a la economía política y la concepción materialista de la historia, esto es, por su teorización acerca del vínculo entre relaciones sociales de producción y fuerzas productivas, nave madre de la concepción materialista de la historia. (Quizás porque esta dimensión del pensamiento del Che presuponía la trabajosa tarea de hincar el diente en El Capital de Marx, sin duda el mejor biógrafo del Che, Paco Ignacio Taibo II, no le otorga prácticamente ningún lugar en su biografía de casi 900 páginas).

Antes de decidir cómo responder la pregunta: “¿mercado sí o no?” había que tener mínima paciencia y discutir qué lugar ocupan las fuerzas productivas y las relaciones de producción en la historia humana, sobre todo en sociedades periféricas y dependientes. Así lo entendieron el Che Guevara, Carlos Rafael Rodríguez, Charles Bettelheim y Ernst Mandel en aquel debate de 1963-1964. Un tema nada fácil de abordar. No obstante, con espíritu pedagógico, el libro de Michael Löwy va desanudando la trama, distinguiendo las diferentes concepciones del marxismo en juego. No se trataba de una partida de naipes ni de medidas tecnocráticas.
Lo curioso y llamativo es que Löwy logra desentrañar y exponer el problema, sin bastardearlo pero de manera accesible, sin conocer en 1970 los testimonios de Orlando Borrego que se publicaron varias décadas después, sobre los estudios acerca de El Capital que estaban por detrás de las posiciones del Che en dicho debate.
De ese primer gran problema se derivaban las discusiones acerca de qué se entendía por “ley del valor” (en lenguaje popular: mercado, aunque en realidad no signifique lo mismo) y si era viable o no apelar a esa instancia para construir la sociedad del futuro, que dejara atrás las miserias, los fetichismos y deformaciones del capitalismo dependiente.
De ahí parte Guevara para proponer un sistema presupuestario de financiamiento, nombre técnico para referirse a la planificación socialista, en polémica con Carlos Rafael Rodríguez y Charles Bettelheim. Con ayuda de un par de trabajos de Mandel, Löwy enfatiza sobre todo que la planificación no puede ser tecnocrática sino que debe dar lugar a la mayor participación popular.
Por último, como corolario, se llega en la exposición a lo que más impactó en la conciencia popular por aquel entonces y que quedó en la memoria de los pueblos: el énfasis del Che en los “estímulos morales”.
Tanto entonces como más cerca nuestro, muchos marxistas seudo “ortodoxos”, claramente poco familiarizados con el conocimiento riguroso del marxismo, atribuyeron al guevarismo delirios místicos e ingenuidad política al referirse a estos “estímulos morales”.
Cabe aclarar, desde una lectura externa, que ni Guevara ni Löwy estaban girando en una nebulosa metafísica ni en ensoñaciones simpáticas pero completamente desconectadas de la realidad.
Aunque el libro de 1970 no podía saberlo y el Che Guevara (asesinado en 1967 por la CIA) mucho menos, ambos por razones estrictamente históricas, el sistema toyotista donde actuó el ingeniero Taiichi Ohno (que trató de superar los métodos fordistas en la producción de automóviles) y la gestión de funcionamiento de los Mc Donalds (en la industria de alimentos y comida chatarra) apelaron durante mucho tiempo a incentivos no monetarios en sus formas organizativas empresariales. No por “idealismo”, “romanticismo” ni “espiritualismo”, sino en beneficio directo de los rendimientos y ganancias de las empresas capitalistas. Las propuestas del Che Guevara, como bien explica y de forma muy accesible Löwy, apuntaban en sentido antagónico y completamente inverso, recurriendo a incentivos no monetarios apostando al fortalecimiento de la conciencia comunista de la clase trabajadora. Pero al marxismo de pizarrón, manualesco, “se le escapó la tortuga” y no llegó a comprender lo que los capitalistas sí comprendieron. El Che Guevara se les había adelantado…
Sociología de la revolución y equívocos sobre el “foquismo”
El libro de Michael Löwy no se queda únicamente en los debates y disquisiciones filosóficas, epistemológicas, teóricas o incluso económicas. Aborda también otros temas, si se quiere, bastante más “urticantes” y encendidos. Concretamente, se sumerge en la ardiente discusión en torno a las vías de la revolución en América Latina, el Tercer Mundo y lo que hoy se conoce como “el Sur Global”, su carácter y los métodos de lucha más eficaces y recomendables para lograr cambiar la sociedad. Uno de los aspectos más polémicos del guevarismo y del impulso que le otorgó la política de la revolución cubana.
En lugar de limitarse a la dicotomía simplista y manipuladora que divide las aguas entre “violencia, ¿sí o no?”, el estudio de Löwy inserta y enmarca dicha discusión en un contexto mucho mayor que le otorga sentido. Se trata de la sociología de las formaciones económico sociales latinoamericanas y del Sur Global, su historia y sus conflictos, endógenos y externos.
A partir de allí demuestra que Guevara nunca jugó a ser “un héroe” hollywoodense o un mosquetero individual, ingenuamente obsesionado con el fetiche de la pólvora, las balas y los tiros. Por lo tanto las acusaciones que las corrientes moderadas del campo popular y todo el arco de las derechas macartistas le endilgaron (“foquismo”, “blanquismo”, “terrorismo”, “militarismo”, “sustitucionismo”, etc.) carecen de sustento y la más mínima seriedad.
Según la reconstrucción sistemática que nos propone El pensamiento del Che Guevara, este último priorizó siempre un análisis específicamente político y un estudio socio-histórico de las relaciones sociales económicas y de fuerzas políticas dentro de las cuales se implementaría la lucha contra la explotación y las opresiones.
Guevara partió siempre de un estudio detallado de la historia latinoamericana, desde la Conquista europea hasta bien avanzado el siglo XX; la inserción capitalista y dependiente de América Latina en el sistema mundial capitalista; el rol subsidiario de las denominadas “burguesías nacionales” frente a las metrópolis imperialistas y por consiguiente el carácter socialista de la revolución latinoamericana y tercermundista todavía pendiente.
Indagando en las fuentes históricas de América latina, África y Asia, su rol subordinado dentro del sistema mundial del imperialismo, las debilidades de las burguesías autóctonas y vernáculas, los problemas de la industrialización y el desarrollo, entre muchos otros, el Che concluye que las transformaciones futuras deben estar encaminadas hacia un proyecto integrador y multiforme. Pero dicho proyecto debe estar orientado y dirigido por la revolución socialista, como eje aglutinador de todas las demás reivindicaciones, demandas y tareas pendientes.
En esa conclusión no sólo jugaron sus estudios históricos y sociológicos. También influyeron desde la obra de su gran antecesor indoamericano, el marxista peruano de los años 20 José Carlos Mariátegui (quien definía como socialista la revolución latinoamericana en un editorial de su célebre revista Amauta) hasta la Segunda Declaración de la Habana (que ensayaba una historia del colonialismo capitalista y la conquista europea de América a lo largo de varios siglos), redactada y elaborada en conjunto por Fidel Castro y el maestro uruguayo Jesús Aldo Sosa Prieto (popularmente conocido como Jesualdo Sosa).

También influyeron en la “sociología de la revolución” de Guevara los escritos anticolonialistas de Franz Fanon (nacido en Martinica, de enorme incidencia en la Revolución Argelina) y la experiencia vietnamita de Ho Chi Minh y el gran estratega Vo Nguyen Giap, quienes nunca se cansaron de enfatizar que todo proyecto político-militar debe estar subordinado a una estrategia estrictamente política, y no al revés. El propio Che Guevara prologó en Cuba un trabajo clásico de estrategia de Giap.
A partir de ese arco tan variado, heredero en clave latinoamericana del pensamiento de Lenin, Guevara deja de ser la figura fantasmagórica propia del marketing de un joven extravagante en búsqueda de adrenalina y un cultor ciego e irracional de la violencia para convertirse en un pensador estratégico de la lucha popular de alcance mundial. El análisis de Michael Löwy lo deja blanco sobre negro, desmenuzándolo nítidamente.
El guevarismo en Michael Löwy: ¿puramente académico?
Cualquier lector desinformado podría, legítimamente, imaginar que Michael Löwy ha sido uno de los intelectuales que mucho se fascinaron con el Che y nada más. En su caso, se destacó por investigar, redactar y publicar una obra pionera. Quizás una concesión “a la moda” del momento. Hasta ahí habría llegado y no sería poco. Punto.
Sin embargo, no es el caso. Michael Löwy no se conformó con reconstruir en un texto al mismo tiempo riguroso, sistemático y pedagógico el pensamiento del Che para convertirlo en inofensivo objeto de consumo académico y circulación comercial.
Dos años después elabora otro texto sobre Nuestra América y la revolución pendiente, donde intenta prolongar El pensamiento del Che Guevara hacia planteos políticos y estrategias concretas dedicadas a la revolución latinoamericana. Lo firma con seudónimo, por lo tanto respetaremos su decisión y no mencionaremos ni el título ni el seudónimo elegido. [Alguna vez, con no poco humor e ironía, Michael nos escribió la siguiente dedicatoria en un ejemplar de ese otro libro, que encontramos de casualidad en una librería de textos usados en Buenos Aires: “Para mi querido compañero y amigo Néstor, firmo este ejemplar en la ausencia del camarada xxxxxx, actualmente de viaje”.
Este segundo libro, fue redactado en 1972 (publicado en París, también por editorial Maspero), traducido y publicado en Buenos Aires en 1974, como volumen sexto de una serie titulada “Cuadernos Rojos”. De alguna manera intervenía, tangencialmente, en los debates del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) cuyo máximo líder — más allá de sus diferentes tendencias— fue Mario Roberto Santucho.
Allí comienza definiendo completamente la tónica de todo el trabajo, sus análisis, tesis y corolarios, afirmando “La revolución cubana ha polarizado el campo de la lucha de clases en América Latina”. Ese es el comienzo, muy afín al espíritu de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad, encabezada por Fidel Castro en La Habana, 1967, con la cual intentaba por entonces converger el IX Congreso de la IV Internacional liderada desde Europa por Ernst Mandel). El final del libro, prolonga ese mismo comienzo, sosteniendo lo siguiente: “Por su propia dinámica, la revolución latinoamericana tiene un carácter continental. Nacida en un país (Cuba), tiende a pasar las barreras nacionales y a unir en un mismo combate contra las clases dominantes y el imperialismo (asociados en la OEA, la Junta Interamericana de Defensa, etc.) a todos los pueblos de América Latina”. Un texto coherente de comienzo a fin.
Aunque en sucesivos textos e investigaciones teóricas, materiales de militancia (públicas y legales o clandestinas), indagaciones académicas y muchas otras obras, Michael Löwy se ha esforzado por adoptar una actitud ecuménica dentro de la familia revolucionaria (adoptando, sin eclecticismo alguno, pero sí, priorizando los nexos, afinidades electivas y puntos de convergencia de distintas teorías y corrientes, como la teoría del desarrollo desigual y combinado, la teoría de la revolución permanente, la teoría marxista de la dependencia, la teología de la liberación, el impulso libertario, la tradición romántica anticapitalista, el internacionalismo —con un espíritu muy cercano a cómo lo fue elaborando en sus sucesivos estudios el historiador argentino chileno Luis Vitale—, el guevarismo siempre estuvo presente y permaneció como un hijo rojo insoslayable en la obra y el pensamiento de Löwy.
En este libro redactado en francés en 1972 y publicado en castellano en 1974, Michael Löwy pasa revista a procesos sociales de lucha concreta que atravesaron el continente latinoamericano como los de México a comienzos del siglo XX, luego Bolivia a mitad de dicho siglo, Brasil, Argentina, Guatemala, Perú, República Dominicana y Cuba.
Es altamente probable que en ese momento específico (1972- 1974) todavía no había estudiado sistemáticamente la obra de Antonio Gramsci. Por eso emplea expresiones un tanto imprecisas o neologismos como revoluciones “por abajo” y semirrevoluciones “por arriba”; en cambio si hubiera contado con la terminología gramsciana de los Cuadernos de la cárcel podría haber expresado exactamente lo mismo de manera mucho más nítida. Pero lo que queda claro es que se basaba en Lenin, en Trotsky, en el Che Guevara.
Cualquiera podría pensar que Michael pagó peaje a su época al escribir aquellos textos guevaristas o, quizás, los redactó exclusivamente por disciplina partidaria (que no sería nada condenable, dicho sea de paso). Pero quien se enredara con semejante hipótesis hermenéutica cometería una gruesa equivocación.
Tal es así que en 1980 Michael Löwy elabora un extenso estudio preliminar que abre una inmensa antología titulada Le marxisme en Amérique Latine, también publicada por Maspero. Toda la temática estudiada y la colección de documentos y manifiestos (algunos prácticamente desconocidos o muy difíciles de encontrar) gira prioritariamente en torno a la problemática del carácter de la revolución latinoamericana. Su cronología se estructura entre un “antes” y un “después” de la revolución cubana. El pensamiento del Che sigue presente y en un lugar central, incluso en un trabajo de aspiraciones enciclopédicas, redactado varios años después de “la década caliente” de 1960-1970, de su libro específico y público sobre El pensamiento del Che Guevara y de su libro clandestino (y con seudónimo) sobre la revolución en América Latina.
Esta antología se tradujo al castellano en 1982, por primera vez, con el título El marxismo en América latina (De 1909 a nuestros días). Antología. Luego se volvió a publicar en castellano y en forma ampliada en Chile, en 2007; mientras en idioma portugués tuvo varias ediciones. La primera fue editada en 1999, la segunda en 2006; la tercera y hasta ahora la última en 2012. Cada edición fue aumentada, incorporando nuevos materiales y autoras y autores (tuvimos el honor y la inmensa alegría, por la cual estamos más que agradecidos, cuando Michael incluyó en la última edición en portugués un texto nuestro, con el cual cierra la antología, titulado “Simón Bolívar y el guevarismo bolivariano”).
Casi dos décadas después de El pensamiento del Che Guevara, cuando el neoliberalismo había hecho estragos en la cultura rebelde y revolucionaria, desmoralizando a numerosos militantes y pensadores, ¿se olvidó acaso Michael Löwy de Guevara? ¡De ningún modo!
En 2007 elabora un nuevo libro sobre el Che: Che Guevara: une braise qui brûle encore [Che Guevara: Una brasa que todavía arde]. Un libro todavía más extenso que el de 1970, esta vez escrito junto con un compañero y amigo suyo, de una generación más joven, el dirigente político y sindical Olivier Besancenot. Al final del libro, Michael Löwy incluye un pequeño apéndice de otro amigo y compañero suyo, de su misma generación, el filósofo Daniel Bensaïd, con quien escribió varios trabajos en común. El guevarismo de Löwy no era una excepción. Por ejemplo, en la edición de 1997 de El pensamiento del Che Guevara en francés, el prefacio lo redacta otra amiga y compañera suya, quien fuera dirigenta del mayo francés en 1968, Janette Habel (tuvimos la suerte de poder conocerlos a todos personalmente, menos a Besancenot).
En Che Guevara: Una brasa que todavía arde Michael Löwy retorna sobre sus viejos amores y sus temas predilectos, desde la ética revolucionaria del Che al internacionalismo. Pero esta vez agrega un capítulo de “actualización” titulado “La herencia guevarista en América Latina”, a pesar de que el libro tenía un público francés, más restringido. Nuevamente estamos agradecidos a Michael no tanto porque incluyó allí nuestra Cátedra Che Guevara sino principalmente porque nos consultó sobre la redacción de todo ese capítulo. Con mucha modestia nos solicitaba sugerencias sobre personalidades y movimientos revolucionarios vinculados al guevarismo, legales o clandestinos, que quizás no eran muy conocidos en Europa. Los incorporó a todos y todas.
Quien lea o consulte este excelente, pionero y precursor libro sobre el Che de 1970, el siguiente de 1972-1974, la antología de 1980 o el nuevo texto de 2007 sin los prejuicios conservadores, macartistas o incluso neofascistas hoy predominantes, podrá reconocer que el guevarismo atraviesa como hilo rojo el conjunto de la obra de Löwy, desde aquellas aproximaciones juveniles hasta sus últimos días. Sin convertir jamás a Guevara en un fetiche ni disecarlo en una momia de museo.
Por supuesto que las investigaciones, objetos de estudio, ejes de interés y la incontable producción bibliográfica de Michael no se reduce al Che Guevara.
Mientras abordó y fundamentó no pocos movimientos político culturales colectivos como el socialismo revolucionario, el romanticismo anticapitalista, el surrealismo y el ecosocialismo, le dedicó décadas enteras al estudio de diversos pensamientos (por ejemplo el judaísmo libertario, heterodoxo y mesiánico; así como el cristianismo de liberación o teología de la liberación).
Sus afectos e intereses singulares han ido desde Rosa Luxemburg (por quien siempre sintió enorme admiración, desde su primera militancia juvenil en la organización brasilera POLOP [Política Operaria]) hasta el joven György Lukács; desde Vladimir I.Lenin y Silvio Frondizi a León Trotsky y Ernst Mandel; desde Antonio Gramsci a Walter Benjamin (atracción sin duda compartida con su gran amigo Daniel Bensaïd); desde su maestro Lucien Goldmann a Raymond Williams (a quien probablemente le deba su interés por el romanticismo revolucionario, ya que Löwy había escrito sobre la trayectoria de Lukács «del romanticismo al bolchevismo» y el crítico cultural gramsciano inglés le advirtió: “¿y quién dijo que hay que elegir entre ambas corrientes, como si fueran excluyentes o dicotómicas?”, frente a lo cual Michael redireccionó gran parte de sus investigaciones posteriores); desde Franz Kafka a André Breton; desde Gershom Scholem a Gustav Landauer; desde Camilo Torres y Gustavo Gutiérrez a Martin Buber y Ernst Bloch, desde Louise Michel y Buenaventura Durruti a Emma Goldman; entre incontables otros autores y autoras.
Dentro de ese abigarrado y superpoblado universo de figuras, pensamientos y tradiciones emancipatorias entrecruzadas, el Che Guevara siempre permaneció en un lugar central, quizás porque desde muy joven fue uno de sus grandes amores políticos e intelectuales que lo acompañó durante toda la vida, desde su Brasil natal hasta su vida adulta en Francia.
PD: Tuvimos el privilegio de conocer a Michael en 1992 y a partir de allí en cada conversación, en cada carta, en cada dedicatoria, en cada prólogo, en cada actividad política compartida (en el 30 aniversario del asesinato del Che, en el seminario sobre El Capital con las madres de plaza de mayo, en sus intervenciones con la Cátedra Che Guevara, en el Congreso sobre Marx en La Sorbona, en el Congreso sobre el Che en Pau [Francia], en la Escuela Nacional Florestan Fernandes del MST de Brasil, en todos los estudios compartidos sobre Guevara y el marxismo “arielista”) jamás estuvo ausente el Che.
Me arriesgo y me animo a pensar que lo que me sucedió a mí, desde los 15 años, cuando leí por primera vez El pensamiento del Che Guevara en unas grises fotocopias gastadas, bajo la dictadura militar genocida de Argentina, también le aconteció a muchas generaciones en diversos países y en diversas culturas del mundo. Michael contribuyó con una modestia inigualable a educar políticamente a una cantidad inconmensurable de jóvenes y no tan jóvenes en la estrella y el espíritu rebelde, rojo, fraterno, generoso, ecuménico y revolucionario del Che Guevara.
Eternamente agradecidos por la amistad, por el cariño, por las enseñanzas, por tantos libros.
Por eso quiero terminar estas líneas, aun sin consultarle ni preguntarle, diciendo y cantando junto con él
Ninguna lucha fue ni será en vano
¡Hasta la victoria siempre, querido Che!
Buenos Aires, 27 de febrero de 2026
(Tomado de La Haine).
Imagen de portada: Portada del libro El Pensamiento del Che Guevara.

