La historia de la humanidad está repleta de episodios grotescos del abuso del poder. En cualquier época, alrededor del mundo la gente sin escrúpulos ha ocasionado daños profundos en la sociedad: guerras, genocidios, hambrunas, desolación, etcétera. Si alguien piensa que en nuestros días eso ya no sucede, está equivocado. Todavía vivimos en la barbarie. Mantener a la gente en la ignorancia ha sido, y es, uno de los objetivos más rentables para el mundo capitalista. Son tan culpables aquellos que pagan al periodismo corrupto para ocultar la verdad, como aquellos medios de información que venden su honestidad por una vida de comodidades. La complicidad les permite satisfacer sus necesidades de cualquier índole.
Estamos de acuerdo en que el genocidio es el total desprecio por la vida del pueblo sometido y deshumanizado por la inconsciencia de los criminales. El objetivo es eliminar toda huella de las víctimas y apoderarse de sus bienes. El pretexto para cometer dicho ataque a los derechos humanos es la acusación impune que busca la justificación de los daños.
Es patético que Raphael Lemkin, judío polaco experto en derecho, haya contribuido al lenguaje de las leyes con el término “genocidio” para describir las atrocidades del nazismo. Lemkin estuvo cerca de la creación ilegal del Estado de Israel. ¿Qué diría sobre el abuso de poder y los crímenes del vergonzoso gobierno de Netanyahu? Seguramente diría que no se equivocó al inventar el concepto de genocidio.
La barbarie, o salvajismo inhumano, ha sido posible por la falta de organismos sociales y políticos, de seguridad colectiva nacionales e internacionales, que verdaderamente impidan la tolerancia al crimen. No existe ninguna que ponga un freno inmediato y efectivo a lo que los genocidas republicanos, israelíes y de otras siglas están llevando a cabo en estos momentos en la ciudad semidestruida de Gaza.
Y ahora la amenaza va directamente al pueblo cubano. Como si décadas de impunidad de los gobiernos demócratas y republicanos no hayan sido suficientes para demostrar la derrota de Estados Unidos ante la espectacular resiliencia y resistencia del pueblo y gobierno de Cuba.
Pero la solidaridad no se detiene con las amenazas del presidente abyecto, que se escuda en sus bravuconadas arancelarias. México también está en la mira, aunque todavía no es nuestro turno, y esperamos que no llegue. Seguimos en espera de que la justicia internacional lleve a juicio y sentencie al millonario genocida serial del siglo XXI.
No hacen falta mayores explicaciones que intenten justificar la actitud abusiva del gobierno estadunidense en turno. Así es el neoliberalismo de destructor. Y, sí, es preocupante que sigamos siendo el principal comprador de productos estadunidenses. Es temerario seguir buscando su apoyo económico por medio de la inversión abierta de sus empresas en México. La tan esperada independencia económica nacional amenaza con alejarse si continuamos buscando mayores inversiones y tratos económicos con los neoliberales, tanto los de allá como los de nuestro país. No importa si se trata de inversiones amigables. La pérdida de independencia energética, por ejemplo, en el caso del gas, es una verdadera amenaza, es una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. ¿De eso se trata esta Cuarta Transformación? Esperemos que no.
La distribución de la riqueza como promesa de campaña se está quedando atrás. Los programas sociales, que verdaderamente benefician a millones, no queremos hipotecarlos para que un sector empresarial esté de nuestro lado. Y, mucho menos, si éstos son extranjeros. Repetimos, el arranque de la 4T durante el sexenio del presidente López Obrador fue ilustrativo. La experiencia colectiva nos permitió afirmar que el “sí se puede” no fue ni es una frase del momento ni una voz hueca. Sí podemos con nuestros propios recursos. Estamos avanzando en propuestas favorables al desarrollo y crecimiento. Contamos con más construcciones de clínicas y hospitales, tenemos nuevos proyectos de transporte, Nueva Escuela Mexicana, pese a las incongruentes decisiones y declaraciones internas de funcionarios y funcionarias de la Secretaría de Educación Pública y de la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum. En resumen, tenemos vivas las esperanzas, pese a los tropiezos políticos.
Por lo antes dicho, aceptar las groserías y difamaciones del presidente Trump para que nos permita seguir siendo sus, entre comillas, socios, es vergonzoso. ¿Quiénes son las personas de su gabinete? En su mayoría, son gente racista, ignorante en historia, geografía y civismo, por decir lo menos. De todos ellos y ellas, ¿quiénes están negociando con nuestros funcionarios públicos? En realidad, no lo sabemos.
El gobierno de Trump nos recuerda el famoso caso del asesino serial de los años 70 llamado Jeffrey Dahmer. El exacerbado racismo e irresponsabilidad de la policía de Milwaukee, Wisconsin, creó un monstruo que asesinó a sus anchas hasta que una de sus víctimas logró escapar y denunciarlo, por enésima vez, ante las autoridades, que al ver las lesiones de la víctima decidieron, por fin, atraparlo.
Por lo pronto, no queremos más negociaciones con genocidas seriales ni con racistas ni supremacistas trasnochados. Somos un país libre y soberano en busca de una transformación verdadera, de una vida digna, ambientalista y humanitaria (Tomado de La Jornada).
Imagen de portada: Foto de The Atlantic.

