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Che Guevara, solo como nosotros

A cada rato sentí que a mí, como a cada uno de sus incontables hijos por parte de patria, el guerrillero caído aquel octubre me había dejado en la tierra con solo 24 días de nacido y a la postre encargado en la multitud de mi generación, por su hermano Fidel, de enrolarme en la misión imposible: ser como el Che.

Miles de cubanos del año ‘67 grabamos nuestra edad con el tiempo de su ausencia, marcando aspiraciones propias con hazañas del comandante amigo. Así, ahora que sigue naciendo, se acercan mis 56 de llegada con los suyos de permanencia y compruebo lo que otros predijeron desde el principio: el Che que creyeron matar sigue más vivo que todos nosotros.

En tales lances de la memoria siempre aflora el juramento. Seguramente él —que alguna vez reprendió a un entusiasta que en su cara daba vivas «al Che»— se habría opuesto a la recitación de ese propósito, pero vista la utopía generosa que ha alumbrado hay que decirlo de nuevo: Fidel acertó al sembrar en millones de muchachos la «insolencia» de contravenir la modestia del hombre que se daba entero sin dorarse el nombre.

«Seremos…» dijimos entonces al lado de quien, siendo adulto y siendo el Jefe, fue también el principal pionero guevariano.

Levantándole estatuas de pensamiento, esos mismos muchachos contradicen también la modestia del barbudo mayor que, antes de atrincherarse para siempre en una piedra, intentó acotarles los homenajes que le harían.

Es obvio que la mayoría no se acercó a la altura prometida y también que unos cuantos fueron más bien el envés de su luz, pero la meta honra porque refiere, mejor que coordenadas individuales, hacia dónde apuntar la mirada de un pueblo.

Hay que mirar al Che, entre rayos verdaderos y entre las crecientes ilusiones de otras «luces». Así como Cuba guarda mil chispas de héroes en sus faros, el mundo en pleno requiere cada vez más la presencia fecunda de estos hombres que parecen sacados del tiempo de los titanes. El Che no puede esconderse, no puede ser escondido, porque al marchar con nosotros sigue cabeceando nubes.

No, «el ser humano más completo de nuestra era» —como lo llamara el filósofo Jean-Paul Sartre— no se amolda a lo oscuro. Por treinta años trataron de esconderlo y solo consiguieron que lo viéramos más y él volviera a encontrarnos.

La honra tiene marcadores genéticos. Un presidente de Banco que a menudo no tenía dinero, un comandante que se ponía uniforme y botas de soldado, un jefe que compartía la mesa a trozos iguales, lo mismo que la trinchera, un dirigente entregado a la fidelidad pero alérgico a la adulación, un sentenciado que dijo al verdugo: respira, apunta bien, que vas a matar a un hombre… no pasa inadvertido, por modesto que sea.

Hay maneras de explicarlo: él es «como un relámpago de oro en la conciencia», apuntó Ludovico Silva. Convencido de que el Che no empezaba ni acababa en aquel cuerpo de verde serenidad, José Saramago lo definió como «lo que tantas veces vive adormecido dentro de nosotros». Y cuando en Bolivia segaron su vida y mutilaron sus manos, Julio Cortázar solo hallaba sentido a las suyas ofreciéndolas a Ernesto para nuevos actos y otras escrituras. Dilo al fin: ¿Cuántos otros juraron seguirte, comandante?

Heme aquí, guerrillero, ya mayor, con la edad que los torpes dicen no alcanzaste. A la vera de tu marcha triunfal miro la «peligrosa costumbre de seguir naciendo» que un día te descubrió Eduardo Galeano.

En efecto, naces —tienes otro primer ataque de asma a tus dos años—, juegas, creces, creces, creces… y cierta mañana de escuela hasta estrenas el juramento que te hicimos a nuestro nombre. Seremos… Probablemente, tú solo querías ser como nosotros.

Foto de portada: Collage de Onlinetours

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Enrique Milanés León
Forma partede la redacción de Cubaperiodistas. Recibió el Premio Patria en reconocimiento a sus virtudes y prestigio profesional otorgado por la Sociedad Cultural José Martí. También ha obtenido el Premio Juan Gualberto Gómez, de la UPEC, por la obra del año.

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