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Nicolás Guillén: “Yoruba soy, cantando voy…”

Los versos de Nicolás Guillén emanan, de forma fluida y candente, desde las más auténticas raíces afrocubanas. Buena parte de su obra posee un ritmo, cadencia y movimiento mayoritariamente proveniente de las culturas traídas a la Mayor de las Antillas  por unos 275 mil negros nigerianos, apresados y convertidos en esclavos, quienes entre los años 1820 y 1860 arribaron a las costas cubanas, trayendo consigo su creencia Yoruba; proceso sincrético mediante el cual se fusionaron aquellos dogmas africanos con el catolicismo traído a la Isla por los colonizadores españoles.

Herencia africana

Catalogado como el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén Batista (Camagüey, 10 de julio de 1902 – La Habana, 17 de julio de 1989),  se nutrió de la vida popular, de los bembés y cultos a los santos que se realizaban en los solares y barrios pobres de su natal Camagüey, con tambores, cajones, claves y timbales, proceso de formación de una intelectualidad que también se alimentó de la conga, la rumba y el guaguancó; además de las manifestaciones  religiosas orales-musicales que, expresadas por los negros esclavos, fueron heredadas por las siguientes generaciones de afrodescendientes.

Esas  experiencias enriquecieron su interés por el vibrante ritmo del son, también con raíces ancladas en lo popular, donde se  entretejen  la melodía, los metros y los instrumentos musicales con la tradición del canto y el ritmo  africano: Yoruba soy, lloro en yoruba/   lucumí./ Como soy un yoruba de Cuba, / quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba,/ que suba el alegre llanto yoruba/ que sale de mí./…Yoruba soy,/  cantando voy, / llorando estoy,/ y cuando no soy yoruba, soy congo, mandinga, carabalí./ Atiendan, amigos, mi son, que empieza así:/ (…)”, expresa su Son número 6, del libro El son entero (1947).

Estilo único e irrepetible

En su poesía encontramos esas coloridas referencias resultantes de la mezcla de tradiciones y costumbres arraigadas en una importante zona del el Continente Negro —en menor cuantía también llegaron esclavos procedentes de la costa occidental del África sub-sahárica, desde el norte de Senegal hasta el sur de Angola—, así como de la típica musicalidad existente en buenas parte de la obra de los bardos cubanos de los siglos XVIII y XIX.

En la creación literaria de Guillén sobresale un estilo único e irrepetible, sustancialmente marcado por un talante expresivo afrocubano, el cual se evidencia desde sus primeros libros Motivos del Son (1930) y Sóngoro Cosongo (1942), de este último muchos de sus poemas son recurrentemente llevado a disimiles espectáculos musicales, escenificaciones teatrales y producciones cinematográficas.

El reconocido poeta y ensayista guantanamero Regino Eladio Boti (1878-1958) señaló de forma escueta la manera en que Guillén  caracterizada sus poemas con una armonía muy singular, adjudicándoles una particular  identificación con el son: “Primero hay una pregunta a la que corresponde una respuesta o comentario por el coro, y en la segunda, una pregunta a la que le corresponde un comentario que se repite más de una vez”.

“Una sola llama en la noche del mundo”

Por su parte, el prestigioso poeta, ensayista y novelista haitiano René Depestre (Jacmel, Haití, 1926) precisó que en la poesía del maestro “el afán de belleza del verso, su musicalidad, su fuerza de combustión lírica, y la voluntad de eficacia social de su palabra, con la ayuda de una técnica consumada, no son sino una sola llama en la noche del mundo”.

En reiteradas ocasiones,  Guillén confesó que también engrandeció  su universo cognoscitivo a través de sus estrechos vínculos con la  Trova Cubana y consideraba como una de las influencias más significativas ejercidas en él las que recibió del Sexteto Habanero y del Trío Matamoros. Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla y los hermanos Grenet , glorias del pentagrama insular,  elogiaron —incluso, algunos de ellos los incluyeron en sus repertorios— los “sones” de Guillén.

El extraordinario poeta chileno Pablo Neruda  expresó: “las palmeras y las caderas, los vientos y los cuentos tienen el perfume ácido, salado y azul de la espuma antillana, y propagan un sonido de plata fina y cascabel silvestre; son sonidos que Nicolás Guillén recibió como herencia en la sangre o donación que él hizo de su activo corazón haciéndolo patrimonio sonoro de su pueblo”.

Reconocidos vocalistas, conjuntos y grupos musicales de Cuba, del Caribe y Latinoamérica, popularizaron numerosos poemas de corte popular y folklórico creados por este autor que calificó su poesía como “mulata”, para de tal modo conferirle un carácter más general e ilimitado al mestizaje.

“Todas las flores de abril…”

Entre los poemas de Guillén musicalizados por unas 130  reconocidas figuras y agrupaciones musicales de diferentes lugares del orbe se encuentran la memorable versión de Songoro cosongo realizada por el Septeto Nacional de Ignacio Piñeiro, en tanto la célebre cantante argentina Mercedes Sosa popularizó, en la década de los 60 de la pasada centuria, la obra titulada Canción para dormir a un negrito; y el grupo chileno Inti Illimani  incorporó a su repertorio Mulata, extraída del libro Motivos del son (1930) , además de Sensemayá (Canto para matar una culebra), del poemario West Indies Ltd (1934).

Pablo Milanés, como solista, o a dúo con Ana Belén, inmortalizó la canción conocida por el título de De qué callada manera,  una de las más hermosas obras de Guillén: ”¡De qué callada manera/ se me adentra usted sonriendo,/ como si fuera la primavera ! ¡Yo, muriendo!/ …  Y de qué modo sutil/ me derramo en la camisa/ todas las flores de abril/…”

 La Muralla;  canto de firmeza y unidad

Asimismo, el conjunto argentino Los fronterizos popularizó, en las décadas de los 60 y 70 del anterior siglo Canciones para soldados y el grupo chileno Quilapayún interpretaba La Muralla, un  texto integrado al libro La paloma del vuelo popular (1958), entre otros muchos que abordaron la obra de Guillén a través de la música.

Este último poema es, sin dudas, el más conocido de Nicolás. Se trata de un canto de firmeza y unidad en el que el autor convoca  a la humanidad a construir y vivir en un mundo mejor. Ha sido llevado a los respectivos estilos de decenas de intérpretes, entre los que se destacan los españoles Ana Belén y Víctor Manuel,  cuyo record de popularidad con este tema no ha sido superado aún.

“(…) Alcemos una muralla/ juntando todas las manos;/ los negros, sus manos negras,/ los blancos, sus blancas manos./ Una muralla que vaya/ desde la playa hasta el monte,/ desde el monte hasta la playa, bien,/ allá sobre el horizonte…”.  Con esta emblemática creación, el poeta mayor exaltó la necesaria unión de todos los hombres de la tierra simbolizados por negros y blancos, para enfrentar y vencer el mal, representado a través de símiles como el alacrán, el ciempiés, el veneno, el puñal y el sable del coronel, que como  la maldad, la violencia, la guerra, el odio y la vileza no pueden entrar en “su muralla”, la cual solo se abre a elementos y sentimientos alusivos al bien: el corazón del amigo, la flor, la paloma, el laurel, el mirto, la hierbabuena, la amistad, la poesía, y la paz.

Mariposa de la adolescencia

Los mismos elementos afectivos, rítmicos y armónicos que caracterizan a esta pieza, ya estaban presentes en la creación lírica de Guillén en la adolescencia, evidentes en textos como el titulado Mariposa, escrito en esa etapa de la vida y  publicado muchos años después, en 1965, en la reedición de su biografía, a cargo del acreditado poeta, ensayista, crítico literario y periodista  Ángel Augier (Rafael Freyre, 1910-2010)​   en el libro Nicolás Guillén; notas para un estudio biográfico-crítico.

“Mis poemas-sones me sirven además para reivindicar lo único que nos va quedando que sea verdaderamente nuestro, sacándolo a la luz, y utilizándolo como elemento poético de fuerza”, dijo el poeta.

El Poeta Nacional de Cuba —título que se le confirió en el año 1982 por el conjunto de toda su obra inspirada en la cubanía y en las raíces africanas— traspaló el son a su  lírica, a través de un fenómeno sin precedentes en la poesía antillana, en el que las estrofas las concibe en versos de arte menor (fundamentalmente octosílabos)  desarrollando una idea que concluye con una progresión de estribillos que resaltan la cadencia rítmica.

Según la Doctora Mirta Aguirre Carreras (La Habana, 1912 -1980), poetisa, crítica literaria y ensayista, en la exposición y el desarrollo de sus poemas, Guillén utiliza “combinaciones de cuatro versos de rima asonante o consonante, que pueden mezclar ambas o dejar versos libres. A veces,… la exposición trae implícita la idea central y puede contener el estribillo. Y hay sones que al final exponen, de nuevo en cuatro versos, una conclusión o clausura temática”, intención que puede apreciarse, entre otras, en su obra titulada Mi patria es dulce por fuera, del libro El son entero (1947)

Mantener vivo el legado de Guillén

Por estos días se conmemoran los aniversarios 118 y 31, respectivamente, del nacimiento y partida hacia la gloria del gran poeta, también periodista, y político cubano, cuya musicalidad lírica ha trascendido a disimiles latitudes del orbe.

Muchos otros aspectos sobre la armonía implícita en las creaciones literarias del Poeta Nacional  a través de símbolos, metáforas y vocablos africanos, faltan por estudiar y promover mejor entre las nuevas generaciones, a las cuales corresponde mantener vivo el legado de uno de los intelectuales más prolíferos y reconocidos del siglo XX hispanoamericano, en cuyas creaciones,  eminentemente costumbristas y populares, encontrarán esencias de cubanidad —cultura, historia, sociedad, política…—,  junto con la más auténtica gracia y picardía que caracteriza la idiosincrasia de cubanos.

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