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COLUMNISTAS

Un pueblo entero

Hacía meses ya que no distinguía, en aquella mañana, si era un nuevo día o permanecía aún en el anterior. La ciudad comenzaba a desperezarse y yo con ella. El teléfono sonaba con insistencia.

—Buenos días. ¿Es Ernesto? ¿Usted sabe que es reservista? ¿Usted sabe que es teniente? ¿Usted sabe que debe asistir a tal unidad?

Contesté a casi todo que sí y tomé nota de lo que desconocía. Colgué. Me quedé un rato ahí, al borde de la cama. Miraba el mar, hacia el morro.

Sentía rabia. El mundo es un lugar jodío —repetía—. Un pueblo entero está al borde del abismo por culpa de un desequilibrado que adora apostar con la vida.

Busqué inmediatamente el antiguo uniforme de mi abuelo, revisé las fotos de mi madre en Angola. Recordé cada historia de caballeros contra molinos de viento y cada versión de David contra Goliat. En ese instante me vino a la mente la certeza de que no estaba solo, como un torrente, como una profunda corriente marina, de esas que mueven océanos.

Nunca lo hemos estado. Las experiencias del pasado se olvidan con facilidad. Sin embargo, ahí están, solo hay que acudir a ellas. Encuentras alivio y coraje para ver el futuro. La historia de esta nación no se debe subestimar. Es como el viento que mueve al mundo, como la gravedad que lo hace girar todo, como los muertos que hablan desde otro tiempo. Es una fuerza inconmensurable.

Un pueblo entero es eso, una fuerza inconmensurable. Es la que llevo en el pecho en estos días. A este pueblo, a ti y a todos los que, como diría Silvio, menos mal que existen, los llevo en el pecho, hasta que se abra, de una manera u otra, pero siempre con la seguridad en la victoria.

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Ernesto Pérez Blanco
Licenciado en Relaciones Internacionales. Instituto Superior Raúl Roa García.

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