Birán es la casa. Arbolado y entrañable sitio del alma donde habitan para siempre don Ángel Castro y Lina Ruz. Propicio suelo para la siembra. Fundada por el amor de esa pareja, estirpe de honorable y generoso aliento. Familia. Amigos. Húmedas espesuras de la memoria. Sobrevuelo de torcazas, cotorras y tomeguines. Cuba en los recuerdos de los veteranos mambises de las guerras al machete frente a los Máuser. Recios troncos de caguairán. Esparcidos aromas de azahar. Pasos. Huellas. Voces. Birán como una catarata de recuentos. Intrépidas navegaciones llevan lejos, de vuelta a los parajes del pasado en regiones celtas con música de gaitas, marinero destino a Candelaria en las Islas Canarias del Atlántico, danza en el aire con quejido andaluz en el puerto de Cádiz, perdida raíz en el norte de África. Luciérnagas relumbran en las oscuridades de tambor haitiano inmigrante. El Camino Real a Cuba penetra el verdor cálido del pequeño poblado, entre palmas y techumbres de zinc pintadas de rojo, planchas onduladas, asentadas en paredes de madera machihembrada, circundadas por acequias donde crecen campanillas malvas y blancas y naranjas… mariposas revolotean por los corredores y las amplias habitaciones. Abanicos. Muebles de mimbre y armarios y espejos. Sillones. Las alas se adentran en la cocina donde la Tinaja de aguas de manantial, el olor a canela espolvoreada sobre la natilla y el rústico andar de García. El cocinero pone fuego a lo que habla y paciencia a los cocidos, interés en la mirada de Fidel por las noticias de la guerra en España, mientras Álvarez anota estadísticas en libros de Contaduría y narra leyendas de la historia. Raúl pone atención al toc… toc… toc… del bastón del Viejo, música que permanecerá. Los aviadores Barberán y Collar pasan por el cielo o la espuma de ola en el techo de Birán. Alguien preludia temporales que desatan mudanzas a la casa de la Abuelita o revoloteo de alas en la valla de gallos o inquietud de las reses durante la madrugada, en el sótano, entre horcones… Los huracanes pueden ser el peligro, lo que levante en peso la casa como un papalote, alzada por el remolino de polvo, hojarasca y nubes que sopla fuerte. Birán es la casa y todas las casas: el correos-telégrafo, el almacén, los ranchos, la panadería, la escuelita… saltar la baranda, montar caballo al pelo, irse en soledad, acompañada de escopeta, a los altos, profundos Pinares de Mayarí, a la Casa del Alemán, a los aserríos en la montaña, complicidad de amores adolescentes. Fotógrafos ambulantes retratan vidas. En Birán, una caja de caudales atesora anhelos políticos de un hombre que reparte ayudas y tiene sentido de la historia. Lina baja las fiebres y arropa. La vista alcanza plantaciones de caña, rebaños, gallinas coloridas y conejos. El fonógrafo esparce la voz de Caruso, españolerías de mantón y hórreos abandonados en verano. El altillo al final de las escaleras, las ventanas abiertas a la amanecida. Se dan los crecimientos. Todo es cruce de senderos, próxima estación ferroviaria en Alto Cedro y viaje en tren que exhala humaredas de pájaros hacia destinos hondos y nobles. Hay dolores de pecho en Birán. Zozobras e hidalguía. Los hijos parten; desearían secar lágrimas, aliviar angustias, pero no pueden. Lejanías. Sarape mexicano. Naufragio. Montañas y pólvora. Alba. Birán es refugio, abrigo, alcanza a todos los faros sobre los riscos, en los parajes de la Isla y sus cayos, en medio de los vendavales. Todo se amalgama, se conjuga en el follaje. No son posibles los olvidos. Birán es el tiempo.
Ilustración: Deisla

