Sobre nubes espumosas, por sobre el cielo, como ascendiendo más allá de lo posible, la cumbre nevada del Pico Orizaba anuncia al viajero que está sobre territorio continental de nuestra América. La vista se pierde en los infinitos relieves del aire. La memoria, de súbito, vuelve a las navegaciones de otro tiempo. Este mismo día, pero de 1956, el Granma dejó las quietas aguas del río Pantepec, en Tuxpan, para hacerse, en silencio, a la historia, en una ruta marítima turbulenta y arriesgada. En el año 1992 se reeditó aquella “aventura del siglo”. De esa experiencia surgieron las páginas de un libro, escrito para rendir homenaje a los expedicionarios y recordar la travesía asombrosa del yate, los días de la Revolución cubana en México.
Esos días son los que nos traen a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En ese ámbito, se presenta a la mirada del pueblo mexicano, Todo el tiempo de los cedros, paisaje familiar de Fidel Castro Ruz. Conmueve traer el volumen aquí. México es un paisaje ineludible y entrañable en nuestra historia. “Ciudad México es ahora otra ciudad”, dice Antonio del Conde, El Cuate, el hombre que compró y puso en condiciones el yate Granma, y fue valioso apoyo durante los preparativos y que hoy, gentilmente y con cariño, nos acompaña en el recorrido. “Entonces solo la habitaban dos millones de personas”, afirma no sin cierta nostalgia de un ritmo más paciente que el vertiginoso de ahora. Vamos al Monumento de la Revolución, y de allí, a casa de María Antonia que ya no está, pero pervive en Emparan 49, donde un hombre de pueblo nos abre la puerta del edificio y narra muchas cosas con el orgullo de saber, de conocer parte de una historia trascendente que tuvo cobija tan cerca, tan próximamente a su cotidianidad. Pienso en Fidel y en Che, y en las incontables noches de prolongada conversación.
Andamos apenas una cuadra y llegamos a la calle Pedro Baranda, frente al edificio donde vivía Alfonsina, que también fue madre y ayuda para los muchachos del 26. En la esquina, recordamos la tienda de abarrotes, la bodega del gallego, en quien los jóvenes revolucionarios tuvieron familia, tan lejos de casa. Luego, enrumbamos por las espaciosas avenidas hasta el local de la armería donde Fidel, un día de julio o agosto de 1955, le pidió al Cuate acciones de mecanismos belgas, una petición propia de coleccionistas o empedernidos cazadores, y que causó estupor en el armero y le hizo intuir que aquel hombre era alguien que merecía una atención discreta, especial. Seguimos camino a la colonia El Pedregal, edificada sobre piedras volcánicas. Los actuales propietarios nos dejan pasar al jardín de la casa bonita, antigua residencia de Orquídea Pino y del Ingeniero Gutiérrez, horcones solidarios del Movimiento 26 de Julio, en México. Pregunto por la cárcel de Miguel Shultz, pero el lugar ya no existe. A Los Gamitos, donde muchos aprendieron a tirar y otros perfilaron su puntería, casi es imposible llegar, en esta ciudad inmensa que deslumbra, entre rascacielos y modernas tecnologías, por los mil y un detalles en que permanece —auténtica y limpia, pura—, el alma mexicana.
(Crónica originalmente publicada en el diario Juventud Rebelde, 2004)
Ilustración: Isis de Lázaro.

