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La muerte y el más allá

Cuando la vida acaba, empieza otra cruzada que los familiares recorren con tristezas y, a veces, con incomprensiones. Invasor apenas se acercó a una pequeñísima muestra de esos dolores que enlutan toda la geografía

Replegada en una esquinita, como queriendo no confundirse con los que llegan, Mercedes confiesa que “eso no lo para ni la brujería”. Lo dice empinando el mentón al eso, que son las muertes que se entierran por un costado, mientras ella protege el otro, donde reposa la arena, el cemento y los bloques, porque es custodio de la empresa que levanta los nuevos nichos. Es la encargada de velar a los vivos, pero no puede dejar de mirar a los muertos.

Así fue desde la primera vez que llegó a su posta, relevando a su hijo, el otro custodio que junto a ella ha instaurado las guardias más funestas de la ciudad. En vez de materiales, se “entregan” muertos. Trece el domingo en la noche, 43 el lunes, 69 el martes… Cuando todavía no eran las 12, Invasor husmeaba en la ampliación del cementerio y Mercedes Sierra Zamora se lamentaba de la tragedia en sus términos: “ni brujería… ni cloro, ni doble nasobuco, nada…. esto no tiene cómo acabar. Fíjate si es así que allí van 150 y ya mañana empiezan 200 nichos más, por eso estoy sentada velando los recursos”.

Lo dice a menos de 48 horas de los enterramientos en esa ala del camposanto que el sábado 24 de julio mostró a la prensa sus retoques finales.

Diecisiete días después, Carlos César Cano Colomé, inversionista en la Dirección Municipal de Comunales, y con puesto de mando en la administración del cementerio avileño, le dará la razón a Mercedes.

“Hicimos 80 bóvedas aquí dentro y 150 en la ampliación, más otras 219 allá que se terminaron. Y nos quedan 110 por ocupar”. El resultado da espanto: 339 enterramientos en 17 días, sin que la cifra hable de los que fueron al crematorio ni a los cementerios de Jicotea y Ceballos, dos poblados que pertenecen a la cabecera avileña. A estas alturas podríamos ser, en el país, el municipio de mayor letalidad (cantidad de muertes, respecto al total de confirmados) o de mayor mortalidad (total de muertes, contra total de la población).

Todavía no lo sabemos. El parte diario que emite el Minsap solo incluye a los fallecidos que en el momento de su deceso tienen un PCR positivo, según admitiera el propio Ministro de Salud en exclusiva para Invasor. No todos los fallecidos alcanzan a hacerse u obtener el resultado de un PCR. La muerte, a veces, llega primero.

La semana pasada una brigada seguía ampliando el cementerio. Levantaban los nuevos nichos mirando los que quedaban por ocupar. La velocidad de las muertes definía el ritmo de trabajo. Triste medidor. Foto: Katia Siberia

Sin embargo, horas antes de esas declaraciones, en el Hospital Antonio Luaces Iraola, su director y su epidemiólogo explicaban que han reportado fallecimientos por COVID-19 en pacientes con test rápido positivo y todos los síntomas del virus. Incluso, pacientes que han muerto por secuelas de la COVID-19 días después de negativizar, también han ido a las estadísticas que desde allí se elevan.

Pero al cementerio va la gente que fallece de cualquier causa. Y a eso se refiere Carlos César Cano para apoyar su tesis de que los respiradores no tienen problemas y están ejecutados según el proyecto. “El problema es la gran cantidad de cuerpos en descomposición al mismo tiempo. No se trata de fallas en la construcción de las bóvedas, sino del número de muertes. Nunca habíamos visto algo así, prácticamente los sepultureros ni descansan”, se lamenta.

Carlos César Cano asegura que al inicio contaban con 12 sepultureros y ahora, con una plantilla suplementaria, llegaron a 18 (seis de ellos enfermos el día de nuestra visita). Foto: Katia Siberia

Tampoco lo hacen mucho los choferes de los carros fúnebres, como aquel día del camposanto en que Eduardo García le sacaba cuentas a la tristeza de sus viajes. “Días de siete, de cinco… siempre varios. Te digo, siete viajes cada carro y somos cinco en la funeraria de Ciego, sin contar los que se han sumado”, aclaraba.

Dos semanas después, sí los contarían en La Funeraria El Clavel: un carro de CUPET, uno de ARTEX, de la OBE, de COPEXTEL, de LIDEX, de BANDEC, de Correos…, siglas de empresas que hoy saben que apoyar los servicios comunales no es sólo conducir: es ir hasta sus casas, muchas veces, y lidiar con el dolor de familiares que esperan, introducir el cuerpo en un nailon, luego en el ataúd, e ir al cementerio sin velorios. Se dice “sencillo” en un párrafo, aunque tarda más el proceso.

Yoanka Reyes Cruz lo confiesa, porque, siendo del consejo de dirección en la Empresa Municipal de Comunales, apoya, también, el trabajo en la funeraria, y ha visto que algunos carros demoran, “sobre todo si tienen que ir a los centros de atención a pacientes de COVID-19”.

“A veces han estado, incluso, cuatro horas, ya sea por demoras en el certificado de defunción o por la falta de ayuda para trasladar el cadáver al carro (recuerde que ahí muchos están sin familiares)”, precisa Yoanka, quien asegura que ese es el mayor contratiempo de los que allí reportan. “En ocasiones nos llaman sin estar lista la documentación, y hasta que el certificado no quede registrado en el Área de Salud, el carro no puede salir”, sostiene.

Yoanka confiesa que han tenido días de más de 50 fallecidos en la ciudad cabecera. “Todo muy triste, impensable en tiempos normales”, se lamenta. Foto: Katia Siberia

Y en el policlínico Norte coinciden con ella, amén de que no entienden las razones de la demora de los centros, pues tienen los modelos, el transporte y médicos que pueden certificar la muerte. “Sería enviar a alguien, registrarlo en admisión y regresar para que el carro fúnebre pueda salir”, dice Liset Ortiz Martínez, desde el departamento de Estadísticas del Norte. Los tropiezos allí se han medido así, amén de que una noche el doctor Antonio, de guardia, tuvo que esperar varias horas para que apareciera un modelo. “Sí, eso fue cierto, lo recuerdo, pasó en su guardia y nunca más”, rememora Liset, mientras abre una gaveta repleta de papeles que, ojalá, nunca lleguen a agotarse. Son demasiados.

Ojalá, tampoco se nos acaben los médicos, pero hasta hace muy poco era una realidad que estragaba el luto: apenas 23 consultorios del Norte podían darse el lujo de la Atención Primaria; en los otros 22 de esa Área (la mayor del país) no había médicos de la familia y los familiares de los fallecidos debían entonces ir al Norte a solicitar que un médico fuera a su casa a certificar la muerte. Luego debían volver al Policlínico para registrarlo y después ir a la funeraria a solicitar el servicio, para volver a la casa…

Mayra Caridad López Cobas, directora de esa institución médica, es precisa al afirmar que no fue hasta el nueve de agosto que completó la plantilla de sus 45 consultorios; que, antes, la mayoría de los fallecimientos ocurrían en el hogar (si bien alega que esa tendencia se ha ido revirtiendo) y, por tanto, debía emplear a uno de sus tres médicos de guardia en ir a los hogares a certificar la muerte.

“Los familiares venían en el transporte que tuvieran o caminando, y a nosotros también se nos hacía complicado. Por suerte hace una semana tenemos un mototaxi asignado durante el día, y una guagua, en las noches, para llevar el médico a los hogares y agilizar un proceso que es tan doloroso”, alega.

Y obviamente nunca dejará de serlo: solo que en medio del duelo, duele de más si faltan o demoran los médicos que dictaminan un fallecimiento en casa, a veces, evitable; duele que se tarde un certificado; que el carro se retrase aun asistiendo a otros; que no puedas permitirte un velorio; que llegues al cementerio y el hedor te recuerde que no solo tú has perdido. Porque, sobre todo eso, no te hará sentir consuelo.

(Tomado del periódico Invasor)

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