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PERIODISMO DEPORTIVO

Es que el boxeo nuestro es tan de pueblo…

La victoria de los boxeadores cubanos en los recién finalizados Juegos Olímpicos nos llena de alegría, aunque no asombra a técnicos, periodistas y aficionados, a pesar de las agigantadas adversidades que hubo que vencer: el bloqueo y la pandemia. Modestos sus dirigentes hasta en el pronóstico, lo duplicaron: de par de titulares a cuatro. No me quedo en los magníficos entrenadores actuales: sin la presencia anterior de Alcides Sagarra y Sarvelio Fuentes, más el apoyo de instructores extranjeros como el soviético Andrei Chervonenko, no hubiera surgido la Escuela Cubana: la rumba ascendida al cuadrilátero. Solo veo en el deporte cubano otras dos escuelas: en la lucha greco y el voly para damas.

Esta fue herida gravemente por la incomprensión; y soy comedido al llamar así aquellas injustas acciones sobre Eugenio George y Ñico Perdomo, seleccionado el primero como el mejor entrenador del mundo para las voleibolistas en el siglo XX. Vuelvo al pugilismo. Arribó acá con el magisterio del chileno Juan García Budinish o Boudine aunque con uso recreativo, de defensa personal para jóvenes de “alcurnia”.  Contratado en 1915 por el Vedado Tennis Club, sabía enseñar, sin brillar entre las cuerdas: en tres enfrentamientos acá lo mejor que sacó fue un empate. Los esclavos africanos trajeron el mani, festejo de carácter religioso, intercambio colectivo de golpes en el que actuaban mujeres también. Dejó huellas.

La Habana llegó a convertirse en plaza apetecible para el adiestramiento y enfrentamientos de púgiles extranjeros. La farsa montada en el hipódromo marianense entre Jack Johnson y Jess Willard resultó buen impulso. Apareció años más tarde un genio: Kid Chocolate, primer campeón mundial cubano profesional y de cualquier tipo entre las cuerdas, asimilador de la calidad de visitantes a quienes dejó muy atrás. Su visión de dar y que no te den, convertida por Sagarra en que no te den y dar, es la esencia. En la actualidad, hay que atacar más. Lo hicieron los nuestros en los Juegos de Tokio. Les fue muy bien. Después del Chócolo, la lista de los titulares del orbe cubanos se incrementó, entre los aficionados y los que intercambian golpes por plata.

Incluso varios de los ganados por los cantos de sirena que prefirieron el dinero a la patria crecida con la Revolución, llegaron a ser estrellas. Muchos pagaron caro estar lejos de Odiseo. Sean Benny Paret, Joe Rigores, Douglas Vaillant…, asesinados por los puñetazos recibidos sin misericordia alguna o  llevados al suicidio al ver destrozadas sus vidas. Otros terminaron inválidos, ciegos, entre los numerosos puching drunk. El boxeo nuestro cambió cuando el pueblo alcanzó la libertad. Hasta en sus filas hay universitarios y, como sabemos lo planteado por Chocolate: “Allá arriba no dan con merengue”,  a todos se les cuida con ahínco.

Tengamos claro lo escrito por Martí acerca de  la peligrosa competencia de la subida del palo: de qué vale la vida sin riesgos. Eso sí: estaba en contra de correrlo si hay negocio por el medio. El primer medallista de oro olímpico después de 1959 fue el boxeador sanmiguelino Orlando Martínez. El más destacado del sector amateur en el planeta es el tunero Teófilo Stevenson. Más de la mitad de las preseas doradas olímpicas conquistadas por Cuba vinieron del encerado. Proa del deporte nacional, el boxeo es tan de pueblo y, a la vez, tan científico, tan técnico, tan académico aquí. Posee una herencia de alta relevancia humana. Volveré al tema en próximas ediciones.

Un prometedor welter, el obrero habanero Giraldo Córdova Cardín  cayó en el asalto al Cuartel Moncada en la madrugada del 26 de julio de 1953, y perdió su invicto al no presentarse  en su séptima pelea programada para la noche anterior en la Arena Trejo. Bueno en la lid del jab y el upper, Orbeín Quesada, militante de Acción del 26 de Julio fue asesinado por esbirros en 1958. El estudiante capitalino Rodolfo de Armas, llamado Trompá por su derecha anestesiante, hombre de confianza de Antonio Guiteras en la Joven Cuba, muerto en combate como comandante del ejército internacionalista en la guerra del pueblo español contra el fascismo, a los 24 años de edad, en febrero de 1936.

Isidro Díaz Gener  desde niño, un vendedor de dulces por las calles. Profesional de los puños en España. Oficial de la misma tropa digna, sufrió heridas y el encarcelamiento en un campo de concentración. Como miliciano participó en el nocao propinado a los mercenarios en Girón. El matancero Miguel Ángel Lauzurica, de tarugo en un circo pasó por el hambre a intercambiar puñetazos en un espectáculo montado bajo la carpa.  Ganó un nuevo nombre: Kid Malayo, sin saber ponerse bien los guantes siquiera. Masajista en España, donde formó parte del Quinto Regimiento;  fue  mordido en la  misma concentración “neutral” francesa Laboró  hasta sus últimos días en el Inder.

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