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PERIODISMO CULTURAL

A Jorge Calderón le sobrevive su respetable obra

El periodista y escritor Jorge Calderón González (La Habana, 1939) falleció recientemente. Dejó una obra respetable. Fue un hombre enamorado del cine: director de películas y videos, guionista, asesor, autor, con quehacer en los filmes David (1965), Muerte y vida en El Morrillo (1971), El desarrollo de las comunicaciones en Cuba (1983), María Teresa (1984), Ciego de Ávila en 26  y Los Panamericanos van (1991). Publicó profundos artículos referentes al séptimo arte,  y el libro Nosotros, la música y el cine, editado por la Universidad Veracruzana en 1997.

Calidad e interés semejantes poseen sus textos dedicados a otros temas: Estudio del puerto de Manatí (1965-1966), Amparo, millo y azucenas (1970) y María Teresa Vera (1986). Hace unos meses conversé con este hombre de sencillez extraordinaria, y me manifestó que continuaba trabajando en la biografía del trovador Manuel Corona. ¡Cará, la muerte nos lo lleva sin dejarlo terminar su última creación!  En 2014, ante la reedición de Amparo, millo…, por Extramuros, escribí algunas líneas sobre este triunfo del Instituto del Libro: no dejaba morir a Amparo Loy aunque a aquella mujer le falló el corazón a los 77  años de edad el 3 de agosto de 1985.

La magia de la literatura lo impidió con la nueva aparición de ese testimonio mencionado por el Premio Casa de las Américas en 1970. El libro comenzó a nacer cuando Jorge, entonces un joven periodista, trabajaba en Las Yaguas en el censo relacionado con la Campaña de Alfabetización. Atrapó a Amparo o Amparo lo atrapó. El personaje y su cantor formaron un binomio magnífico para gozo de los lectores, de la historia, de la verdad. Zuleica Romay,  al prologar la nueva edición, plantea que el escritor “…escogió como protagonista de su primer libro a una mujer que, al juntar en sus venas la sangre de América, Europa y África, emblematizaba la mixtura racial y cultural que nos construye”.

Como expresa Zuleica: “Hay en estas páginas un discurso emancipatorio que asombra por su falta de estridencia, por su ingenua toma de distancia de la retórica partidaria…”, creíbles como la propia protagonista que sintetiza valores y defectos del pueblo de donde ha surgido y de la fase que le tocó vivir o, más bien, mal vivir. Para acabar con desdichas como esas se ha hecho la Revolución. Pero, ¡cuántas cicatrices dejó aquella sociedad! Están ahí y pueden abrirse si no se tiene el cuidado indispensable.

A golpes se edifica desde pequeña: ser proletaria, el desasosiego, lo precario,  el descenso hacia la miseria, al final, Las Yaguas; sin negar, la educación familiar, encabezada por la honestidad de su padre, y  “… la fugaz cercanía a Antonio Guiteras y el magisterio de Osvaldo Sánchez y Lázaro Peña”, escudo y espada para luchar contra lo peor que la rodea y lo peor de sí misma porque nadie se libra de su tiempo que, de una u otra forma, desgarra y aun surge cuando menos se espera.

Comunista natural, la incomprensión de los camaradas, el alejamiento de las filas tan amadas, no pueden separarse de realidades señaladas por la Romay: “…durante el largo invierno estalinista la inflexibilidad ideológica, el didactismo y el paternalismo intelectual lastraron en alguna medida la labor política de los partidos comunistas latinoamericanos, a lo que no escapó el pequeño y aguerrido partido cubano”.

Al escrito no lo lacera el didactismo extremo, la subjetividad barata, el teque o la muela como se llama en la actualidad a dichos pecados. La victoria verde olivo es su victoria aunque a veces discrepe de rutas -no siempre está equivocada-  y hasta la desprecien: prejuicios, el dogmatismo y la discriminación agrediéndola, incluso desde  personas que sin ser malas, no van a las raíces, caen en análisis equivocados y hasta en la maldad creyendo que hacen un bien. Lo sintetiza Zuleica: “Y si al final de su  relato nos parece un poco triste y desencantada, carente de orientación para ejercer su vocación de servir al prójimo, recordemos que ofreció su testimonio a inicios de un periodo en que nuestros afanes de proteger al bosque nos impidieron, a veces, ver los árboles”.

La visión  de Amparo sobre las féminas impacta: “La mujer cubana ha sabido, hoy, cuando el estado revolucionario lo necesita, decir presente. ¿Cómo? Educando a sus hijos. Si la madre de todas las clases, lo mismo negra que blanca, le hubiera dado la espalda a la Revolución, quizá no existiera ni la quinta parte de revolucionarios en Cuba”. Libros como Amparo, millo y azucenas son ríos caudalosos y claros, necesarios, sobre todo, para desaguar en el alma de las más nuevas generaciones.

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