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Rosa Miriam Elizalde: “La Jiribilla me cambió la vida”

La revista de cultura cubana La Jiribilla surge el 5 de mayo de 2001. A 20 años de su aparición en Internet, nuestro equipo editorial entrevistó a fundadores y colaboradores de la publicación que durante estas dos décadas han contribuido a difundir y analizar la realidad cultural de Cuba, así como poner a debate los más complejos temas del entramado cultural de la Isla.

A modo de testimonio la periodista cubana, Vicepresidenta Primera de la Unión de Periodistas de Cuba Rosa Miriam Elizalde rememora parte de la historia de La Jiribilla.

¿Cómo inicia la revista La Jiribilla y usted se vincula al proyecto?

El primer número de La Jiribilla sale, efectivamente, en mayo del 2001, poco después de que se populariza la web en el mundo. Yo no tenía prácticamente ninguna experiencia en el trabajo en Internet, salvo que había estado vinculada al nacimiento de la página web de Juventud Rebelde en 1998, que fue el segundo medio que aparece en línea en un país con una gran precariedad desde el punto de vista de las telecomunicaciones.

Recuerdo que en ese momento toda Cuba tenía tanta conexión como un hotel en Miami y, sin embargo, estaba dando servicios a una gran población, sobre todo a médicos gracias al desarrollo de Infomed, que ya ofrecía correo electrónico y acceso a bases de datos internacionales que se replicaban en servidores cubanos. Es decir, estamos hablando exactamente de los primeros pasos del país y de América Latina en la web.

El proyecto surge con las características de esa época. Lo que se hacía era un vaciado en la web de publicaciones impresas, aunque los contenidos de esta revista serían todos originales para Internet. Abel (Prieto) e Iroel Sánchez le pidieron a Rogelio Polanco, director de Juventud Rebelde, hacer un suplemento cultural del diario en Internet, un semanario digital. Como subdirectora editorial a cargo de la web de Juventud Rebelde, me ocupé de este proyecto. Por supuesto, incorporamos al diseñador que había diseñado la web del diario, Orlando Romero, que había hecho también la del diario Granma, la primera en salir a Internet en Cuba; a Manuel González Bello, columnista de JR, extraordinario profesional de gran cultura literaria y un amigo. Él fue el editor de los primeros números junto conmigo y muchas veces iba a escribir a mi casa, porque no tenía computadora. Eventualmente, convocamos a otros compañeros que colaboraron en esos primeros números como Amado del Pino, que había trabajado años antes en el periódico.

La propuesta era que cada edición semanal tuviera un dossier monográfico. Tenía que ver con las propias características de ese medio en ese momento y así se armó el diseño de los primeros números, en secuencia, al estilo de los blogs, que todavía no eran populares. El gran problema eran las tensiones técnicas, la agonía de actualizar la página, por FTP, lo que nos ocupaba unas 10, 12 horas, y usualmente toda la noche del viernes. Si había que editar o corregir algo, suponía más horas de trabajo.

La Jiribilla se propuso desde el inicio no ser solo un semanario cultural tradicional, sino un lugar de convergencia de diversas artes y una fiesta de la cultura, rescatando incluso algunos autores emigrados y a otros que no eran muy conocidos por las generaciones más jóvenes, de modo que confluyeron aquí pintores, diseñadores, músicos y autores de otras expresiones artísticas. Queríamos que la publicación fuera, además, hermosa, con una imagen gráfica distintiva. Fariñas diseñó el famoso ángel de La Jiribilla, que fue desde el inicio la marca identitaria de la publicación. Comenzó a producirse una confluencia de periodistas, escritores, diseñadores, artistas plásticos y autoridades de la cultura en Juventud Rebelde para la producción de aquel semanario, que recuerdo como uno de los momentos más interesantes de mi vida profesional. De hecho, le debo haber comenzado allí mi relación con el universo digital.

Se decide que el primer número se le dedicaría a Reinaldo Arenas, porque había una coyuntura noticiosa: en el 2000 se desató una campaña contra Cuba a raíz del estreno de la película estadounidense Antes que anochezca, basada en el diario del escritor cubano. Desde su primer número La Jiribilla dejó claro el interés de profundizar en aspectos de la vida artística y literaria del país que eran manipulados o desconocidos fuera de Cuba. Además del dossier sobre Reinaldo Arenas, con cuentos y otros pasajes de su obra poco conocidos, incluimos un ensayo de Ambrosio Fornet sobre la diáspora y otro, del investigador estadounidense John Hillson sobre la trayectoria de los derechos de los homosexuales en Cuba, que es uno de los primeros que aborda sin los estereotipos más socorridos hechos realmente tristes como la UMAP.

Entendíamos la cultura cubana como una sola. Independientemente de que algunos grandes autores estuvieran fuera del país, su producción, su obra, formaba parte de la cultura nacional. De ahí el respeto con el que se trata a Reinaldo Arenas, separando sus aportes indiscutibles como escritor de la politiquería que intentaba secuestrar su obra, después de haberlo tratado como un paria en Miami, como él mismo relató en sus memorias.

La Jiribilla fue también un espacio de innovación. Organizamos la transmisión de uno de los primeros conciertos virtuales realizados en Cuba, organizado por el Centro Pablo y al que asistió Fidel, quien siguió muy de cerca, sobre todo a través de la relación con Abel Prieto, este proyecto de la cultura cubana. Para tener una idea de lo que eso significó, Cuba tenía en 1999 menos de un megabit por segundo de conexión satelital a Internet y en 2001 no superaba demasiado esa cifra, de modo que fue toda una aventura aquella transmisión, pero se hizo.

Era una fiesta trabajar en la revista. Si dedicábamos un número a una figura, pensábamos siempre en que estuvieran todas las miradas y lo más relevante de su obra, y aquella empresa participaron escritores de la talla de Ambrosio, Cintio Vitier, Pablo Armando Fernández, César López, Miguel Barnet, Enrique Núñez Rodríguez, Roberto Fernández Retamar; compositores como Silvio Rodríguez y Amaury Pérez; pintores como Kcho y Fariñas, y otros muchos. Se crearon también dentro de la publicación varios espacios para la sátira, porque no se puede desconocer el contexto en que surge La Jiribilla, en momentos de una disputa política y de los intentos de manipular a referentes de la cultura a través de proyectos pagados por el gobierno de Estados Unidos como la Revista Encuentro. Era un momento también donde académicos de derecha exigían la invasión militar a Cuba en el diario El País. Algunos han ido lavando este pasado, pero eso está ahí, en esos primeros números de La Jiribilla y también los análisis de Frances Stonor Saunders, que había publicado en 1999 su libro monumental La CIA y la Guerra Fría Cultural. Ahí descubrimos que ni siquiera el nombre de la revista, Encuentro, era original dentro de los planes de la CIA para utilizar a los intelectuales.

Recuerdo que se incorporó al equipo el diplomático Eugenio Martínez, actualmente director de América Latina de la Cancillería, quien por entonces trabajaba en la DACCRE (Dirección General de Asuntos Consulares y Atención a Cubanos Residentes en el Exterior). Esta era nuestra primera experiencia con la fauna contrarrevolucionaria de Miami y Madrid, y él, por su trabajo, conocía muy bien la emigración. Queríamos evitar confundir nombres o cometer cualquier injusticia. Gracias a esta colaboración llega Johana Tablada, esposa de Eugenio, quien aporta una investigación sobre la NED y los fondos para el cambio de régimen en Cuba, publicado también en aquellos días.

Y obviamente esto supuso a lo interno del trabajo mismo en Juventud Rebelde, un cambio, en las rutinas productivas…

Mirando un poco hacia atrás, creo que lo más traumático entonces eran las condiciones para poder subir a Internet el semanario. Empezábamos el viernes, sobre las siete u ocho de la noche a subir la página y eran las ocho de la mañana del otro día y todavía no habíamos terminado. Los lunes hacíamos las reuniones para evaluar las reacciones al número de la semana y se preparaba el próximo semanario, se distribuían las tareas. Disfruté y aprendí mucho. Me vi obligada a sistematizar lecturas, sobre todo de los más jóvenes escritores, que estaban fuera de la órbita universitaria en la que me había formado. Se aprendía en las mesas de trabajo con Abel y con Iroel, que era un tren, agitando y organizando, sugiriendo autores e incorporando colaboraciones originales de escritores, músicos y artistas de la plástica.

Nos sorprendió que Wired, que era la revista más importante en ese momento en el ámbito digital, reconoció a La Jiribilla como uno de los proyectos más innovadores de América Latina, en términos de producción cultural para la web. No solo le dedicó un extenso trabajo, sino que nos hicieron una entrevista, que respondí a nombre del equipo. Si buscas en Internet todavía aparecen estas referencias, donde hablamos de la importancia que para la publicación tenía incorporar la más variada y múltiple representación de la cultura cubana, que no contradijera los mensajes éticos más elaborados y la más auténtica cultura popular. El artículo de Wired, que se publicó el 26 de julio de 2001, calificó a La Jiribilla nada menos que como un “sitio de contenidos incisivos, bien diseñado y lleno de humor; absolutamente profesional; altamente capacitado; inteligente publicación”.

La publicación era original también por su diseño, por el uso de la imagen y los recursos multimediales, que incluyeron desde libros gratis hasta una discoteca de música cubana, que se podían descargar sin costo para el usuario, aportada por los propios artistas. Eso tenía una explicación. Cuando se revisa qué estaba pasando en Cuba a finales de los 90 y principios del 2000 en términos de Internet, se aprecia una proyección muy original, única, diferencial para la apropiación de las redes como espacio de distribución y acceso al conocimiento.

¿Qué está pasando en simultáneo con la salida de La Jiribilla? Infomed, el renacimiento de los Joven Club de Computación, la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), que se abre en 2001 y es la síntesis de los mejores modelos de universidad inteligente que existían en ese momento en el mundo. La red Infomed, que nace en 1998, se adelanta seis años a los algoritmos de Facebook y lo hace con el objetivo de darle servicio a varios miles de médicos en aquellas condiciones precarias de conectividad de las cuales ya te hablé. Es decir, hay definiciones de política muy originales a partir de la presencia de Fidel en los plenos y congresos de la UPEC y de la UNEAC, y gente muy talentosa estaba en función de desarrollar infraestructuras y servicios nacionales con una visión de acceso universal a Internet. No había nada igual en América Latina en esos años, por lo que en ese contexto era lógico que termináramos haciendo un sitio disruptivo para la época y hasta de vanguardia en la red, aunque entonces no lo sabíamos.

En febrero del 2001, estamos hablando antes del atentado a las Torres Gemelas, en el Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos, Cuba fue acusada como país ciberterrorista. Es el primer país en el mundo acusado de tal cosa, una total desmesura. En realidad fue un grito de alarma de los halcones del Pentágono que puso en actitud defensiva al gobierno de los Estados Unidos frente a estas señales indiscutibles de capacidad para innovar y utilizar Internet para el desarrollo en las condiciones más difíciles que se pudieran imaginar.

Eso echa por tierra un estereotipo que muchas veces se ha tratado de implantar de que el nacimiento de las páginas web en Cuba surgió con fines propagandísticos, bajo las órdenes del Partido Comunista de Cuba. Infomed ya publicaba las noticias de los diarios nacionales cubanos e investigaciones en materia de Salud antes de que Granma, Juventud Rebelde y los demás medios aparecieran oficialmente como publicaciones digitales. Cubahora, una revista del Centro de Información para la Prensa, entonces subordinado a la UPEC y bajo la dirección de Jesús Hernández que nos ayudó muchísimo, fue la primera publicación nativa digital del país y una de las primeras en América Latina, y La Jiribilla, el primer semanario cultural concebido y realizado originalmente para Internet en Cuba, que incluyó contenidos multimediales de diversos formatos (imagen, audios, videos).

¿Cómo La Jiribilla debe seguir siendo un referente dentro de todos los medios de prensa culturales y del país, referente para el buen diálogo, para la crítica honesta, para esa polémica que se asume desde la responsabilidad y la ética?

Creo que la intención de La Jiribilla desde su nacimiento fue y sigue siendo — yo creo que sirve perfectamente a los tiempos actuales— sostener en la web una publicación líder del acontecer artístico y literario cubano, que a la par de reflejar la intensa vida cultural del país no renuncia a abordar temas complejos y polémicos que interesan a los creadores cubanos y a toda la población. Es una revista que enlaza sin complejo periodismo y creación artística y que a la vez es irreverente, diversa, iconoclasta y bella.

Ese fue su primer objetivo en 2001 y, también, la compresión de la cultura no como una torre de marfil, sino como un lugar donde tiene preeminencia la cultura popular y donde cabe desde una receta de cocina hasta una canción. Una revista que no desdeña la innovación y las nuevas narrativas y que hace hasta ciertos alardes tecnológicos.

Hoy no tiene sentido hacer una revista que solo se publique una vez a la semana, porque ya Internet está en todas partes y todo el tiempo se integra de manera natural a nuestra vida cotidiana. Sí creo que debe seguir siendo fresca, sin números enlatados, haciendo arqueología y rescatando la memoria, pero también atenta a los sucesos culturales del momento.

Lo otro que nos sorprendió mucho en 2001 fue tener la audiencia que tuvimos en un país que estaba empezando a asomarse a Internet. Imantó a cubanos dispersos en muchos países a través de la cultura, personas que estaban buscando cómo conectarse con sus referentes de identidad, que ahora disputa tanto la derecha.

¿Crees que estos 20 años de alguna manera han hecho honor a la obra de Lezama?

Sí, me sigue pareciendo un arca de nuestra resistencia, como decía Lezama. Si uno busca La Jiribilla en todos sus números va a encontrar los debates del momento, las figuras más prestigiosas de la cultura nacional que han pasado por ahí, textos originales y otro rescatados del olvido. Es ineludible que para hacer la historia de estos 20 años en la cultura cubana hay que ir a esta publicación, no hay otra que se le parezca en el escenario cultural de las últimas dos décadas. Hay muy buenas revistas culturales en Cuba, sin ninguna duda, pero tienen una mirada más centrada en el universo literario y artístico, mientras aquí hay una confluencia de actores, de intelectuales de distintas generaciones que dialogan permanentemente con lo cotidiano y a veces con la situación política del momento. Está lo permanente y lo contingente de la cultura y de la vida nacional, y eso es muy raro encontrarlo en un mismo lugar.

Si uno quiere buscar qué está pasando, qué hechos culturales se están produciendo, qué debates hay, debe ir por obligación a La Jiribilla.

¿Qué ha significado la revista en tu trayectoria profesional?

La Jiribilla me cambió la vida. Yo no tenía ni remota idea de que iba a dedicarme al mundo digital. De hecho salí de Juventud Rebelde a dirigir un portal en Internet, CubaSí, nativo digital completamente, y la explicación que me dieron para proponerme ese trabajo era que yo había trabajado en La Jiribilla y tenía “experiencia”, cuando en realidad sabía muy poco y todavía estoy aprendiendo.

La Jiribilla me obligó, por ejemplo, a estudiar HTML, el código de programación. Desgraciadamente no sé programar en puridad de término, pero conocer los elementos básicos me permite tener una idea de cómo está armado ese mundo y me sirvió en CubaSí, en antiterroristas.cu y en Cubadebate, que surgió en 2003, a corta distancia de La Jiribilla, y así hasta hoy con Dominio Cuba, que es un proyecto enfocado en la innovación digital más parecido a esta época. Pero todo empezó por aquí y me ha permitido vivir a caballo entre el periodismo impreso —donde empecé y donde he seguido trabajando— y en el periodismo digital, y creo que lo que he aprendido en el camino es que cambian las narrativas, pero no la esencia del periodismo, que es bueno o malo en cualquier época. Solo que ahora, con la convergencia, hay grandes potencialidades para ampliar las capacidades comunicativas.

Esa intuición nació en La Jiribilla, donde nos dimos cuenta de que era una publicación cultural, pero era otra cosa porque de pronto los lectores se multiplicaron, el alcance se multiplicó, los colaboradores surgían en todos los confines del planeta. Recuerdo, por ejemplo, artículos de René Vásquez Díaz, que vive Suecia, un temprano colaborador de La Jiribilla, que llegó hasta ella buscando a Cuba. Antes de eso lo único que había en Internet era la revista Encuentro, con la intención más política que cultural de subvertir el proyecto revolucionario, en las antípodas de lo que nos unía, más allá de que a veces publicábamos cosas que a alguno no le sonaban bien al oído, para no contar el debate del nombre de publicación, La Jiribilla, que quienes no se habían leído a Lezama no entendían.

Todo ese proceso fue muy lindo y lo agradezco porque, de alguna manera, me asomó a un mundo que me fascina y en el que encuentro cosas nuevas todos los días.

La Jiribilla arribó a sus 20 años, ¿cuál crees que sea la mejor forma de celebrar estas dos décadas?

La lección de los primeros 20 años de La Jiribilla es que es necesaria y debe seguir viviendo, debe seguir manteniéndose con el espíritu con que se fundó, como cruce de caminos para la cultura nacional y también para la defensa de un proyecto de país independiente, soberano y abierto a esa visión de la cultura amplia donde caben todos los que le puedan aportar a ese sentido de lo nacional, a su memoria y a sus esencias.

(Tomado de La Jiribilla. Imagen de portada: Dary Steyners.)

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