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Finlay y la génesis de la investigación científica en Cuba

El Instituto Finlay de Vacunas anunció recientemente el inicio del escalado industrial del preparado cubano contra la Covid-19 Soberana 02, con el que debe iniciarse los estudios de Fase III en marzo próximo en el país.

Al respecto, Vicente Vérez, director de la institución, dijo en un tuit que en esa etapa participarán 42 mil personas y que, posteriormente, la vacunación se extenderá al resto de la población cubana para abarcar así a una mayor cantidad de habitantes. Asimismo, en abril comenzará la producción del primer lote de alrededor de 100 mil dosis, mientras se aguarden los resultados de la Fase III.

Ante estas y otras noticias, entre ellas que el país cuenta con capacidades tecnológicas para producir 100 millones de dosis del preparado, con las que puede satisfacerse la demanda interna y también exportar el fármaco, medios de comunicación del mundo, han cuestionado: ¿cómo es posible?

Una primera explicación está en el desarrollo, durante las últimas cuatro décadas, de la biotecnología en el país, que no solo ha permitido contar con personal calificado, instalaciones para la investigación y capacidad productiva y de comercialización (además de satisfacer en primera instancia la demanda nacional), sino también con el asentamiento de una práctica sistemática que bien puede encuadrarse en los preceptos de la denominada revolución tecnocientífica, aunque con un enfoque humanista desde sus raíces.

Otros antecedentes, sin embargo, anteriores al desempeño de la Revolución cubana en el desarrollo científico de la Isla, también alimentan esta tradición en el campo de las investigaciones biomédicas (y otras), cuando incluso ninguno de los gobiernos de turno apoyó proyectos de este tipo. Un hito acredita esta verdad: Cuba fue el primer país en las Américas en contar con una Academia de Ciencias, el 19 de mayo de 1861[i].

 

Carlos Juan Finlay.

Un ejemplo sobresaliente en el terreno de la investigación científica en la isla, es el del cubano Carlos Juan Finlay Barrés (1833-1915), cuyo nombre lleva la institución que ahora lidera dos de los proyectos de vacuna contra la Covid-19.  Es Finlay —uno de los hombres que mayor servicio ha prestado a la humanidad— el creador de la teoría del vector biológico o el hallazgo de una nueva vía de trasmisión de las enfermedades, universalmente denominada doctrina finlaista. Con su brillante descubrimiento y la aplicación de sus principios epidemiológicos pudo ser erradicada en todo el mundo la mortífera fiebre amarilla urbana, aunque su obra científica es aún más trascendente.

Su descubrimiento hizo posible despejar el sendero por donde transitan todas las patologías que requieren de “un agente, completamente independiente de la enfermedad y del paciente, para trasladar la infección de un afectado a un sano”, tal como lo reveló por primera vez el propio Finlay en la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington.

Contaba entonces con 48 años de edad, y desde su graduación en los Estados Unidos en 1855, había dedicado ya más de dos décadas de su vida al estudio de la fiebre amarilla, una enfermedad que, según documentos precolombinos como los Códices de las antiguas civilizaciones mayas, parece haber provocado oleadas epidémicas en el continente desde aquella época.

Consagrado al conocimiento de ciencias que le permitían adentrarse en el fenómeno biológico de la fiebre amarilla, el científico se autopreparó en ramas del saber como la climatología y la entomología; estudió la enfermedad desde el punto de vista clínico, bacteriológico, anatomo-patológico y epidemiológico y halló los caminos que lo llevarían a la solución de dos grandes problemas presentes en la medicina de la época: el de concebir una nueva forma de trasmisión de las enfermedades y el de encontrar la manera de demostrarlo.

En la más conocida biografía de Finlay, Cesar Rodríguez Expósito dice: “Describe en detalle las partes del insecto, sus funciones, y apunta observaciones originales de alto valor… Nos da su historia y distribución geográfica y, ante todo dato que aporta, hace el razonamiento oportuno que lo lleva a su demostración final”.

Así trabajó el científico durante su larga existencia, que sobrepasó los ochenta años. Su energía vital y talento no acabaron ante el logro de su gran meta científica y durante una parte importante del final de su vida, Finlay se dedicó a la organización de la sanidad pública en Cuba. Sobre la genialidad del incansable investigador y acerca de esta última etapa de su desempeño narra otro de sus historiadores:

“La laboriosidad del Dr. Finlay es pasmosa. En medio del trabajo constante de su profesión y de la producción frecuente de escritos sobre asuntos de Patología y de Terapéutica, en los que se adelanta generalmente a sus compatriotas, como puede verse en sus trabajos sobre la filaria y el cólera, encuentra tiempo por ejemplo, para descifrar un antiguo manuscrito en latín, haciendo acopio de datos en fuentes históricas, heráldicas y filológicas para comprobar que la Biblia en que aparece el escrito hubo de pertenecer al Emperador Carlos V en su retiro de Yuste, o trabaja en la resolución de problemas de ajedrez, de altas matemáticas o de filología; o elabora complicadas y originales teorías sobre el Cosmos en las que figuran hipótesis atrevidas sobre las propiedades de las substancias coloideas y el movimiento en espiral. Más recientemente, en medio de la labor mecánica y cansada de una gran oficina del Estado, y cumplidos ya los setenta años, se familiariza, hasta conocer a fondo toda la doctrina de la inmunidad y las teorías de Metchnikoff, Ehrlich, Muchner, presentando su propia concepción del intrincado problema”.

Un hombre de ciencias

Finlay había visto con claridad que el fenómeno de la trasmisión de esta enfermedad requería de la presencia de tres factores: una persona susceptible, un enfermo en el período en el que el virus circula en la sangre y un elemento biológico que llevara el microorganismo del enfermo al sano, después de haber hecho un recorrido en el cuerpo del vector.

Eso no lo había dicho nadie antes. Su hallazgo no se reduce a la identificación de un mosquito que pica y enferma, sino a la revelación de una teoría. El científico parte de los mencionados principios y estudia 600 variedades de mosquitos para llegar a conocer cuál era el trasmisor urbano de la difundida fiebre amarilla y es así como arriba a la conclusión de que solo la hembra del Aedes aegypti era capaz de explicar toda la historia natural de la enfermedad.

Otra de las genialidades de Finlay es haberse dado cuenta de que cuando el mosquito pica extrae un elemento vivo, aunque todavía en ese momento desconocía si se trataba de una bacteria, un protozuario o un virus.

También advirtió que, si una persona es picada a los cuatro días de que el insecto chupó sangre enferma, la fiebre amarilla se presenta en una forma leve, pero que si pasa más tiempo la forma es grave, porque va adquiriendo más virulencia.

Para llegar a su descubrimiento Finlay, utilizó el método investigativo de ensayo y error, evaluó todas las ideas e hipótesis de su tiempo. Esta elaboración, consistió en soslayar el desconocimiento que se tenía del origen o causa de la fiebre amarilla y enlazar los conceptos contagionista y anticontagionista y de enfermo infeccioso y sano susceptible, con la vieja observación de la presencia de insectos durante las epidemias de fiebre amarilla.

Fue un largo proceso que tuvo uno de sus momentos cumbre cuando Finlay hizo la exposición completa de su teoría ante la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, en agosto de 1881, mediante el conocido trabajo científico El mosquito hipotéticamente considerado como agente trasmisor de la fiebre amarilla. Allí el investigador mostró una doctrina, con evidencias prácticas implícitas en un grupo de 51 inoculaciones experimentales, perfectamente estudiadas y protocolizadas. Pero aún tendrían que transcurrir otros veinte años para que la confirmación y puesta en práctica de sus principios epidemiológicos hicieran posible la eliminación de la fiebre amarilla en Cuba.

La mortalidad por esta enfermedad fue llevada a cero en el transcurso de los dos años siguientes al 1902 con la erradicación del Aedes aegypti. En 1905, reapareció con 22 defunciones, “pero esta vez la salud pública cubana, bajo la dirección del doctor Finlay, la eliminó definitivamente del país a partir de 1908”[ii].

Este hombre de ciencias, que en los inicios del siglo XX contaba con alrededor de 70 años de edad, no sólo pudo ver realizado el objetivo al que había dedicado la mayor parte de su existencia, sino que fue denominado en mayo de 1902 como jefe nacional de Sanidad y del Departamento de Sanidad Municipal de La Habana, cargos que desempeñó hasta 1909.

Como auténtico conocedor de las grandes vulnerabilidades a que se exponía la vida y la salud de sus contemporáneos, una de las primeras decisiones que toma es la de cambiar el nombre de la Comisión de Fiebre Amarilla, que él presidía hasta ese momento, por el de Enfermedades Infecciosas, para ampliar así sus funciones al estudio de otras afecciones trasmisibles. Al frente del grupo nombra al doctor Juan Guiteras.

Del mismo modo tomó enérgicas medidas contra la tuberculosis, la fiebre tifoidea puerperal, el paludismo, escarlatina, lepra y cólera. En ese contexto también fue fundado el Dispensario Furbuch y se inició la obra del sanatorio La Esperanza.

Finlay creó las bases de la escuela cubana de higienistas de principios de siglo, que consiguió el alto logro de que posteriormente se elevara a categoría ministerial la organización de salud pública en Cuba.

De tal modo, no solo fue en el campo de la fiebre amarilla que el doctor Finlay se hizo acreedor de la gratitud universal. También descubrió, o dio forma práctica, a la solución del problema del tétanos infantil. En 1903, el científico fijó su atención en este importante asunto y, con una precisión verdaderamente admirable, sugirió al Dr. Dávalos que examinase bacteriológicamente el pabilo que el pueblo usaba para la ligadura del cordón umbilical.

De acuerdo con César Rodríguez Expósito, la investigación dio por resultado que, efectivamente, esta cuerda suelta de algodón era un nido particularmente rico en bacilos del tétanos. En aquel mismo año el Dr. Finlay sugirió la preparación de una cura aséptica para el ombligo, la cual, desde entonces, fue distribuida gratuitamente, en paquetes cerrados, por el Departamento de Sanidad, habiéndose reducido, en consecuencia, la mortalidad por el tétanos de 1,313 en el año 1902 a 576 en el año 1910. (Tomado de Cuba en Resumen).

Notas: 

[i] La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.

[ii] La doctrina Finlaista: Valoración científica e histórica a un siglo de su presentación. Doctor Gregorio Delgado García.1982.

Flor de Paz
Flor de Paz
Periodista. Directora Cubaperiodistas

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