LA CÁMARA LÚCIDA

The social dilemma y la oncena tesis sobre Feuerbach (II)

No hay obstáculos para la mente sin obstáculos”.

Zen

I

El docudrama The social dilemma de Jeff Orlowski redondea una tesis: El dilema de las redes sociales es un dilema social, no de redes; por tanto, es nuestro dilema. Y este cambio del artículo definido “el” por el pronombre posesivo “nuestro” nos involucra en el asunto y nos hace partícipes de la solución.

Ante la pregunta de si es posible resolver el dilema de las redes sociales, sus ex-ejecutivos ofrecen, como es natural, varias respuestas. Tristan Harris, columna vertebral del argumento del documental, afirma que no queda otro remedio, que hay que hacerlo. Justin Rosenstein es más pesimista y habla de la posibilidad de que vayamos hacia una distopía, de la que solo puede salvarnos el milagro de la voluntad colectiva. Por su parte, Ana Lembke sostiene con optimismo que podemos resolver el problema, pero llevará tiempo, mucho tiempo.

Lo primero que hay que subrayar es que el dilema de las redes sociales no es un problema aislado, sino que se inserta en otro problema aún mayor: el del neoimperialismo. No se puede resolver el problema de los medios al margen de quien impone los fines. Problema global, solución global. Por tanto, estamos ante un asunto extremadamente complejo que concierne a la humanidad toda. Lo importante es no olvidar, al menos, tres cuestiones:

  1. Los monopolios de la información (redes sociales) son hijos del capital global. Ellos aprovechan la necesidad social de comunicación para satisfacer los intereses de la oligarquía global, no los de la humanidad.
  2. Los monopolios de la información exportan la ideología neoimperialista, con el fin de fabricar la hegemonía del capital. Ellos son los encargados de dibujar una imagen simpática y apetecible del capitalismo.
  3. Esta exportación ideológica se basa en el empirismo comunicativo, que es la teoría del conocimiento que propicia que aprendamos a partir de los sentidos y la comunicación, no de la razón y la práctica. Y aquí pudiera estar una de sus vulnerabilidades o, al menos, un punto por el que se pudiera contrarrestar su nociva influencia.

II

En efecto, las redes sociales, lo mismo que el neoimperialismo, son obras humanas, no divinas. Por consiguiente, pueden ser transformadas por el hombre, solo que cada transformación demanda un sacrificio acorde con su magnitud. La pelea entre la oligarquía global y la humanidad es la batalla del 1% de la población con el 99% del poder contra el 99% de la población con el 1% del poder. Cierto. Pero esta proporción puede variar, si somos capaces de decodificar sus métodos y pronosticar sus acciones. Saber también es poder.

Enferma por el cáncer de una derecha cada vez más siniestra, la humanidad necesita una izquierda cada vez más diestra. Y una de las tareas actuales de la izquierda —que ha de prever las jugadas de la derecha y no pelear solo a la riposta— es contrapesar el empirismo comunicativo de los grandes medios. Pero para hacerlo hay que entender cómo surgió y en qué consiste su singularidad. A lo largo de la historia, han existido varias teorías del conocimiento, que pueden exponerse como pares dialécticos. Veamos tres de ellos.

Primer par: empirismo vs. racionalismo. Debate gnoseológico de los siglos XVI, XVII y XVIII en Europa.

El empirismo, que nació y se desarrolló en Inglaterra, postula que la base de todo conocimiento son los sentidos y pone en segundo plano a la razón. El racionalismo, originario del continente europeo, dice que es la razón y pone en segundo plano a los sentidos. La diferencia entre uno y otro, como puede verse, es apenas de acento. Lo cierto es que ambos poseen fortalezas y debilidades: los sentidos nos permiten captar la realidad inmediata, pero a veces resultan engañosos; la razón nos conduce hacia la esencia de las cosas, pero a menudo peca de especulativa. De modo que el debate entre el empirismo y el racionalismo se estanca en un círculo vicioso. Es célebre la anécdota de que, a la tesis de Locke: “Nada llega al intelecto sin antes pasar por los sentidos” (Ensayo sobre el entendimiento humano), Leibniz le acotó: “…a excepción del intelecto mismo” (Nuevo ensayo sobre el entendimiento humano). Este dialelismo obedece probablemente a que el contrapunteo entre los sentidos y la razón no rebasa los límites del ser humano, no va más allá de su subjetividad, se queda en lo que podemos denominar la superestructura cognoscitiva.

Segundo par: racionalismo práctico (Marx) vs. pragmatismo. Debate de los siglos XIX y XX en Occidente.

Fue Marx quien introdujo la práctica como factor clave del conocimiento. Ella posee las virtudes de los sentidos y la razón, no sus defectos; es decir, proporciona un conocimiento inmediato y esencial mas no engañoso ni especulativo. No obstante Marx, como heredero de Hegel, puso el acento sobre la razón: su gnoseología es un racionalismo práctico. Lo que significa que, en su obra, verdad y revolución son términos correlativos. De este modo su teoría del conocimiento no solo tenía una superestructura sino también una base cognoscitiva, al apostar por un factor (la práctica) que, sin dejar de ser humano, trascendía la subjetividad.

El pragmatismo, de factura norteamericana, es una suerte de empirismo práctico porque admite como verdad lo que los sentidos indican que funciona. Coincide con Marx en la base cognoscitiva, aunque difiere en la superestructura. Ambos, en cambio, tienen una base incompleta pues no incluyen a la comunicación como factor del conocimiento.

Tercer par: empirismo comunicativo (gnoseología neoimperialista) vs. racionalismo práctico social (gnoseología alternativa). Debate del siglo XXI en el mundo.

La primera teoría del conocimiento completa es el empirismo comunicativo. Surgido bajo los auspicios del neoimperialismo, su base cognoscitiva potencia la comunicación, no la práctica y su superestructura enfatiza los sentidos, no la razón. Lo negativo del empirismo comunicativo es que se apoya en los factores pasivos del conocimiento y por eso contribuye a domesticar al sujeto, a convertirlo en un receptor acrítico, en ganado digital. Los monopolios de la información personalizan la información, le comunican a cada usuario datos distintos, para que —como explica Jaron Lanier en el documental— perciban realidades diferentes, piensen diferente y sean incapaces de aglutinarse en torno a una idea. Atomizan la verdad para atomizar a la gente. ¿No dice Steve Bannon, el creador de Cambridge Analytica, que “si quieres provocar cambios profundos en la sociedad, primero hay que dividirla” (The great hack)? Resulta que Marx convocaba a la unión, mientras que los ideólogos del capital apuestan cada vez más por la división. Obviamente el empirismo comunicativo es lo opuesto del racionalismo práctico.

Entonces ¿qué hacer? Revivir la gnoseología de Marx no sería una opción suficiente, porque el empirismo comunicativo se mueve a una escala de mayor complejidad, que incluye a la comunicación como factor del conocimiento, y es un hecho que la humanidad no retorna, salvo por razones de fuerza mayor, a estadios de menor desarrollo.

La alternativa que parece más viable para contrapesar el empirismo comunicativo es fomentar un racionalismo práctico a escala social; esto es una gnoseología que, sin subvalorar la comunicación ni los sentidos, potencie la práctica y la razón, active a los sujetos y promueva la búsqueda de la verdad.

No por gusto Tristan Harris sostiene que “si no estamos de acuerdo en lo que es la verdad, o en que la verdad existe, estamos perdidos. Este es el problema detrás de otros problemas, porque si no podemos acordar qué es verdad no seremos capaces de resolver ninguno de nuestros problemas”.

Por su parte, Cathy O`Neal insiste en que la solución trasciende el ámbito tecnológico:

Permitimos que los tecnólogos marquen esto como un problema que están capacitados para resolver. Eso es mentira. La gente habla de la IA (inteligencia artificial) como si pudiera distinguir la verdad. La IA no resolverá estos problemas. No puede resolver el problema de las noticias falsas. Google no tiene la opción de decir: “¿Es una conspiración? ¿Es verdad?” Porque no sabe cuál es la verdad. No tienen una herramienta para la verdad que sea mejor que un clic.

Si de veras las redes sociales fuesen moralmente responsables o la ley las obligase a serlo, sus algoritmos deberían decantar y filtrar los datos y clasificarlos. En un extremo debería quedar la información falsa, advertida como tal, con una circulación limitada; en el otro, la más confiable de todas, la científica, con permiso para circular con libertad; y, en el medio, la información con diferentes niveles de veracidad y de circulación. La divisa debiera ser: a más veracidad, más circulación.

Es bueno acotar al margen que lo que afirma un científico no siempre es ciencia. Una teoría, para ser científica, debe ser verificada a través de los sentidos, explicada mediante la razón, demostrada en la práctica y compatible con otras teorías ya verificadas, explicadas y demostradas. Si no se cumplen estos requisitos, estamos ante una hipótesis. Cuando el joven Albert Einstein publicó, a los 26 años, su artículo sobre la relatividad especial, su teoría era una idea brillante pero no más que eso. Fue preciso hacerla compatible con la mecánica clásica de Newton, cuyas leyes —válidas solo para cuerpos con masa mayor que cero y con velocidades mucho menores que la de la luz— quedaron reducidas a un caso particular suyo. Fue preciso generalizarla, teniendo en cuenta no solo el campo electromagnético sino además el gravitacional. Fue preciso demostrarla con experimentos como el del eclipse total de Sol del 29 de mayo de 1919, que permitió ver que los rayos de luz estelar se curvaban, como preveía Einstein, al ser sometidos a la gravedad solar. Fue preciso incluso elaborar imágenes artísticas, como la paradoja de los gemelos, para popularizarla.

Los Estados deberían buscar mecanismos para promocionar la información veraz. La escuela y la familia también deberían hacer lo suyo, estimulando el pensamiento práctico y razonador entre los niños y jóvenes. Algo que todos debiéramos aprender, desde la casa, es a no repetir chismes ni permitir que crezcan como bolas de nieve que intentan desacreditar injustamente a una persona. Las teleclases, por buenas y útiles que sean, no deben suplantar la relación entre el maestro y el alumno. El maestro será siempre un libro vivo. Una clase de anatomía, por ejemplo, puede apoyarse en videos, pero el estudiante de Medicina necesita tocar los cuerpos, diseccionarlos, sentirlos. Por último, está la actitud y la aptitud de cada persona, que es lo decisivo. Hay que estar despierto y no dejarse amaestrar por control remoto, aunque sepamos, como apunta Tristan Harris, que es difícil despertar de la Matrix sin saber que se está dentro.

Potenciar el rol de la práctica y la razón en los medios no significa de ningún modo hacerle la guerra a la poesía ni a las creencias. De lo que se trata es de poner cada cosa en su lugar. Si a usted le basta una imagen borrosa para creer en un ovni, está en su derecho; si sueña con unicornios y eso lo hace feliz, está en su derecho; si no necesita probar que Dios existe porque creer en Él lo ayuda a vivir, está en su derecho; y si exige que en las redes sociales circule información fiable, no solo está en su derecho, está a la izquierda, que es más importante.

Nuestra mente vuela, pero se posa. Y es que el pensamiento, cuando se objetiva, gana en peso. ¿Acaso debiéramos enunciar la Ley de Graverdad como el único antídoto contra las fake news, las deep fake y otras tantas falsedades que asoman en las redes?

III

El asunto es que sin verdad no hay revolución. Y eso lo saben muy bien quienes definen la política que rige las redes sociales y tratan de evitar a toda costa que la gente entienda el mundo para que no cambien las cosas. Cualquier instrumento que se use para adormecer la capacidad crítica del ser humano es un opio del pueblo. Pero la opción es siempre nuestra: es el hombre el que decide para qué sirven las redes sociales. La televisión puede ser comercial pero también educativa. En manos de Leonardo Boff y Frei Betto, la religión no es opio, es café.

Vale decir también que sin revolución no hay verdad. La teoría revolucionaria no es el capricho de un genio ni el fanatismo de un grupo de idealistas: es una necesidad incluso biológica. En el documental norteamericano La clave del misterio de la vida” se cuestiona a Darwin porque su teoría no explica el origen de la vida. Es bueno recordar que la teoría de la evolución estudia cambios pequeños, lentos, graduales, cuantitativos. La vida, por el contrario, es un salto de lo inanimado a lo animado, un cambio cualitativo. Por tanto, el origen de la vida solo es explicable a partir de una teoría de la revolución, que debemos crear nosotros, aquí y ahora, y no reclamársela al viejo Darwin.

Las redes sociales, que en las condiciones actuales coinciden con los monopolios de la información, nos han hundido en un Medioevo posmoderno. Sus métodos escolásticos pretenden convertirnos en un manso rebaño. Y es que, para la oligarquía global, la humanidad no es más que un obrero planetario, una fuerza de trabajo capaz de crear una plusvalía colosal. La oligarquía global solo será derrotada el día en que la humanidad en sí se convierta en humanidad para sí; esto es, sea consciente de sus propios intereses. Mientras tanto, con cada clic, nos ponemos al dedo el anillo de Frodo: el Ojo de Sauron nos ve, nos controla, nos domina a distancia. O, al menos, eso quiere que creamos para que se active en nosotros la paranoia de 1984.

La humanidad debe enfrentar al neoimperialismo como a la COVID-19. O aún mejor, porque el neoimperialismo es peor que el nuevo coronavirus, ya que no es causado por la naturaleza sino por el hombre, no es coyuntural sino estructural, no mata individuos sino pueblos, no dura meses sino décadas, no provoca pandemias sino pandemonios y no se cura con vacunas sino con revoluciones.

Pero todo Medioevo tiene su Renacimiento ¡Ya vendrán los titanes de estos tiempos! No hay otra opción, si no queremos convertirnos en aquel hombre del cuento de Cortázar al que le regalaron un reloj y terminó siendo su esclavo…

Por el momento, la oncena tesis de Marx sobre Feuerbach sigue siendo un arma formidable:

“Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos, mientras que de lo que se trata es de transformarlo”.

Por algo es su epitafio.

Tomado de: La Jiribilla

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