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Esperanza, la palabra más hermosa de Cuba

No se trata de tomar una flor, una tierna rosa blanca, y comenzar a arrancarle los pétalos. Y, como algún ingenuo enamorado, iniciar la secuencia: ¿me quiere?… ¿no me quiere?…, para terminar con una hoja de la suerte, especie de candorosa ruleta rusa.

De esa manera imaginé alguna vez las supremas disyuntivas cubanas, sus caminos, vía crucis, encrucijada de destinos. Cómo conectar el pasado con el futuro, cómo hacer que esa especie de remolino de rectificación socialista que vivimos no conduzca a una ruptura, que nos cargue nuevamente al pasado —a donde algunos nos empujan e invitan—, en vez de al porvenir, que es el que nos debemos todavía como pueblo.

En uno de los más aclamados fragmentos de la intervención del Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en la última sesión parlamentaria, se subraya que la Revolución debe triunfar siempre, como ocurrió este 2019, en que «nos tiraron a matar y estamos vivos».

Y esa imagen de Díaz-Canel de una Revolución siempre triunfadora no es de ninguna manera una predestinación, no es letra escrita en ningún libro sagrado, es un desafío que, incluso, no se gana solo en las grandes contiendas nacionales, sino además en esas que se conectan con las más pequeñas y cotidianas, pero que también deciden muchos destinos personales, sociales y comunitarios.

Este 2019 ha sido una demostración de que en medio de las crisis y la escasez durísima a que nos somete el cerco de la derecha imperial norteamericana —con el anuncio de una medida de presión por semana— se puede seguir labrando la prosperidad y el desarrollo y mejorar la vida de mucha gente.

Los pasados 12 meses se levantaron 43 700 viviendas, 10 000 más que las pronosticadas —buen augurio en el camino hacia las 100 000 por año a las que se aspira—, se rompió el perjudicial círculo entre salario y productividad que tenía estancado el tan urgido incremento en el sector presupuestado, y que posibilitó el crecimiento en tres veces de los ingresos en este sector; comenzaron a prestar servicio 80 nuevos coches en los trenes nacionales y se produjo un salto inusitado en la habilitación de líneas móviles, hasta más de seis millones, y de conexión a internet a través de la 3G hasta más de tres millones de usuarios.

Los anteriores, como otros índices, no pueden verse como simples o fríos datos. El cuerpo real de esas cifras son seres humanos que de alguna manera han visto que les tocó algún tramito del bienestar que todos añoramos pueda ser más amplio y completo, y que tiene que conquistarse en medio de todas las tormentas, internas o externas, que soplan en su contra.

Por ello esa idea del Presidente de una Revolución siempre triunfadora debemos enlazarla con una de las metáforas históricas más tremendas de Cuba: la Caravana de la libertad. Aquel periplo barbado y verdeolivo que fue regando a este país de esperanza, esa palabra magnífica que tan dulce y prometedora resulta para los habitantes de esta tierra, y también para los de todas las tierras de este mundo.

Aunque algunos no lo adviertan, en medio de tantos dilemas concretos —materiales y existenciales—, en este archipiélago se está dirimiendo una contienda simbólica esencial, que tiene no pocas veces como centro esa palabra.

Hay que alimentar en todo su valor la esperanza, esa sensitiva dama espiritual, a cuya conquista no podemos renunciar. De alguna manera debemos lograr que cada paso en la transformación del país coadyuve al éxito sobre la pesadumbre o el desespero incubado entre algunos.

Venerables de distintos signos y épocas, aunque se omita la hidalguía de los nombres, adelantaron la significación de esa palabra: … El infierno es esperar sin esperanza… Los vuelos naturales del espíritu humano no van de placer a placer, sino de una esperanza a otra… La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado… Nunca se da tanto como cuando se dan esperanzas… La esperanza es el sueño del hombre despierto… La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte… La esperanza es un empréstito que se hace a la felicidad… Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción… Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano… La esperanza es un árbol en flor que se balancea dulcemente al soplo de las ilusiones…

La intención del Gobierno norteamericano y otros representantes de la derecha mundial es la de mostrar un país decadente, ortodoxo y estancado, encabezado por un Estado y un modelo político ineficaz e insensible, incapaz de solventar los problemas más perentorios.

Y como se ha acentuado, la apuesta por incrementar las tensiones del país vaporiza de muchas formas, algunas muy sigilosas. Una de ellas es la peligrosa confusión de la frontera entre las carencias que se nos imponen desde fuera, y las que nos agregan las deficiencias e insensibilidades desde dentro.

Tal como hizo primero el General de Ejército Raúl Castro Ruz a comienzos de la actualización del modelo socialista, y este 2019 ha sido exaltado por Díaz-Canel, es preciso ayudar a deslindar eso popularmente bautizado como «bloqueo interno», porque el crecimiento de esa neblina podría resultar en la pérdida de confianza en la capacidad del país para rebasar las consecuencias de la situación actual, y por consiguiente para darnos una vida más decorosa en lo material y espiritual.

El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del Sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida. La advertencia del poeta Henry Wadsworth Longfellow no será nunca el lamento de los cubanos, que sabremos resguardarla como nuestra señal más hermosa.

(Publicado en la edición del 31 de diciembre de 2019 en el diario Juventud Rebelde)

Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

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