PERIODISMO CULTURAL

Evocación de un gran artista y revolucionario

Agosto es un mes de grandes figuras de la cultura y la historia cubanas; entre ellas Mariano Rodríguez, quien nació hace 108 años en La Habana, para trascender como artista y revolucionario cuya obra encontró fuente de inspiración entre las capas más humildes de la sociedad insular.

Miembro de la llamada Escuela de Pintura de La Habana, de esta descollante personalidad de la cultura cubana, el Poeta Nacional Nicolás Guillén dijo: “Mariano Rodríguez, no hay que decirlo, es Mariano; o mejor dicho, Mariano, es Mariano Rodríguez. (…) Mariano es un pintor fuerte, que sabe su oficio, que conoce todas las artes y artimañas de estos, y de cuya obra emerge invariablemente el hombre, la realidad vital que somos…”.

Vale rememorar al maestro que vino al mundo en La Habana, el 24 de agosto de 1912, y durante medio siglo reflejó la realidad de su época, la vida insular a la que consagró su creación plástica, comprometido con la lucha antiimperialista.

Esa propensión por discursar en temas de gran interés entre las multitudes se consolidó en Mariano Rodríguez cuando, siendo un novel artista, conoció y bebió directamente de las fuentes del movimiento muralista mexicano, y aprehendió del furor que por los asuntos populares prevalecen en ese género pictórico notable en la década de los años 30 del pasado siglo; aunque posteriormente en su carrera no se interesó mucho por tal técnica, de la que se recuerda su fresco en el Retiro Estomatológico y el mural cerámico que en 1956 emplazó en el Retiro Médico.

De formación autodidacta, y siempre bajo su personal  premisa de “Vivir y pintar, pintar y vivir”, estuvo inmerso en este ejercicio desde la edad de 23 años (1935) hasta los últimos momentos de su vida (25 de mayo de 1990). Expuso su obra, por vez primera, en el año 1938 en la II Exposición Nacional de Pintura y Escultura, en el Castillo de la Real Fuerza, donde obtuvo el tercer premio con las piezas tituladas  Zora y Unidad. A partir de entonces inició una larga y prolífica carrera de éxitos.

Este sensible artífice fue, asimismo, un férreo luchador en contra del fascismo y la explotación de los pueblos. Su obra, alegre, virtuosa, galana  y luminosa, es disfrutada por todas los sectores de la sociedad, desde los más cultos hasta aquellos que no poseen instrucción cultural. El pueblo cubano fue su fuente perpetua de inspiración, de ahí que en el año 1980 crea su admirada serie Masas, que expuso en varias galerías e instituciones de la capital. Como es de suponer, esa noble identificación,  también tuvo pocos e intrascendentes detractores.

En tal sentido, uno de sus grandes amigos, el escritor uruguayo Mario Benedetti afirmó: “Cuando la crítica trató de encasillarlo, cuando intentó subordinarlo a algún rasgo peculiar, definitorio, paradójicamente sólo pudo echar mano a los adjetivos de la insubordinación, y así se dice que su pintura es exuberante, alegre, dinámica, esencial. Por algo el gallo le acompañó de alba en alba (nunca despide al sol; siempre lo anuncia). Cada jornada o etapa de su obra incluye una alegría temprana, como un gallo, una alegría que a veces puede venir maniatada y convicta, pero Mariano supo siempre cómo desatarla, intuyó que en el nuevo amanecer volverían a cantar los gallísimos sueños…”.

Mariano es uno de los creadores cubanos más exhibidos en Cuba y en el extranjero. Sus cuadros ser caracterizaron por un particular tratamiento de los pigmentos y las simbologías de lo nacional, entre ellas sus emblemáticos gallos, alegóricos a la virilidad, valentía y rebeldía del pueblo cubano, dueño, como aquel de su corral, de la soberanía de la patria. Con tales presupuestos expresivos asume una posición decididamente contraria al tradicional colonialismo cultural.

Su espíritu revolucionario y progresista, conocedor de las injusticias contra las zonas más pobres de su país y de las naciones del llamado Tercer Mundo, este gran artista desde muy joven se identificó con la lucha insular emancipadora. Participó en el Congreso Nacional de la Liga Juvenil Comunista e integró la Guardia Roja Juvenil que rindió honores a las cenizas de Julio Antonio Mella; en tanto, con igual visión insurgente fue delegado, en 1937, con 25 años de edad, al Congreso Nacional de Escritores y Artistas, convocado por la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), celebrado en el Palacio de Bellas Artes de la capital mexicana. La delegación cubana estuvo integrada, además, por Nicolás Guillén y Juan Marinello.

La formación de una conciencia humanística, comprometida con los humildes, trasciende en el pensamiento y en la creación visual de Mariano, quien también fue un gran amigo de otros grandes: su colega René Portocarrero y del eminente escritor José Lezama Lima, vínculo afectivo con este último que proporcionó a la cultura cubana el nacimiento de las célebres revistas Espuela de plata (1939-1941), Nadie parecía (1942-1944) y Orígenes (1944-1956), inscribiéndose entre las figuras más notables de la intelectualidad insular de la primera mitad del pasado siglo, entre ellas, además, Eliseo Diego, Cintio Vitier, las hermanas Fina y Bella García Marruz, Virgilio Piñera, Octavio Smith, Lorenzo García Vega, Gastón Baquero, Julián Orbón, José Ardévol Gimbernat, y Agustín Pí, entre otros ilustres pensadores cubanos.

Integrante del Estudio Libre para Pintores y Escultores, como asesor de muralismo e instructor auxiliar en otras materias, Mariano también fue un connotado ilustrador de libros y revistas, entre los que se recuerdan sus trabajos para las ediciones de los poemarios Enemigo rumor, de Lezama Lima (1941);  Claustro, de Luis Amado Blanco (1942); Poesías I. Elegías, de Lorenzo García Vega (1945); La calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego (1949); año en que también ilustra el libro Céspedes, el precursor, de Rafael Estéger, además de los volúmenes  Juana y otros poemas personales, de Roberto Fernández Retamar (1981), y Rendición de cuentas, del poeta panameño Manuel Orestes Nieto (1990).

Asumió igual trabajo para los libros Vida de Martí con lecturas complementarias, de Rafael Esténger (1951) y la novela Nana, de Emile Zola (1965), entre otros muchos títulos.

En revistas como Orígenes, Grafos, Espuela de Plata, Nadie parecía y Ciclón igualmente quedó la impronta de este insigne artífice que asimismo diseñó la escenografía y el vestuario del ballet Estudio rítmico, con coreografía de Alberto Alonso.

En la década de los años 50 del pasado siglo, Mariano  comenzó a incursionar en la cerámica artística en un taller que había reunido, con igual propósito, a destacados exponentes del arte de la vanguardia, tales como Wifredo Lam, René Portocarrero, Amelia Peláez y otros. Se producía un gran suceso en la historia de las artes visuales de la Isla: el desarrollo de la cerámica artística, conducida por el doctor Juan Miguel Rodríguez de la Cruz, un médico que había instalado una fábrica-estudio en la periferia —a unos 20 kilómetros— de La Habana, en Santiago de las Vegas.

En esa época alternó sus producciones pictóricas con trabajos realizados en barro, los cuales están considerados con justeza total como iniciadores del surgimiento de una nueva forma de arte, criterio sustentado, ante todo, por sus labores de decoración de las formas de la alfarería tradicional.

Identificado  con el programa de la Revolución Cubana, inmediatamente tras su triunfo en enero de 1959, fue Consejero Cultural de la embajada cubana en la India (1959 a 1961) y fue fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (1961), donde presidió la Sección de Artes Plásticas. Poco tiempo después de creada la Casa de las Américas (1959) comenzó a trabajar en esa prestigiosa institución en la que fue su presidente entre los años 1980 y 1982.

Mariano recorrió el mundo. Unas veces en representación de la cultura cubana —fundamentalmente luego de la victoria insurreccional de 1959— y otras promoviendo su obra. Visitó China, la Unión Soviética y el resto de los países que integraron el bloque socialista; además de numerosas naciones de todos los continentes.

Sus dibujos y pinturas se han exhibido, desde la década de los años 40 y hasta después de su fallecimiento, en prestigiosas galerías y museos de Estados Unidos, Asia, Europa y Latinoamérica. En 1981 fue condecorado con la Orden Félix Varela de Primer Grado, máxima condecoración del Consejo de Estado cubano a personalidades de la cultura, y fue elegido diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular.

Por su valioso legado al patrimonio cultural cubano, Mariano Rodríguez perdurará en la memoria de la patria y de su pueblo.

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