El Premio Nobel de la Paz de este año fue otorgado a Navi Pillay, jurista sudafricana con toda una vida en defensa de los derechos humanos y la legalidad internacional. En su país natal, la abogada luchó contra el apartheid y defendió al más famoso preso político del régimen racista, Nelson Mandela, también merecedor del Nobel, en 1993. Posteriormente, Pillay formó parte del Tribunal Penal Internacional para Ruanda y de la Corte Penal Internacional (CPI), y presidió la Comisión de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado e Israel, creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2021. Hace un año, ese organismo concluyó que el Estado israelí es responsable de genocidio en Gaza con la intención específica de destruir a los palestinos en el enclave.
Sólo horas después de conocerse que Pillay recibirá el galardón, el secretario de Estado Marco Rubio anunció que “el presidente Trump jamás permitirá a la Corte Penal Internacional procesar a ciudadanos estadunidenses” y por ese motivo “Estados Unidos sanciona a la CPI. Prohibiremos las transacciones con este tribunal ilegítimo, cortando sus recursos y paralizando su capacidad de operar”.
Más allá del berrinche del mandatario Donald Trump porque de nueva cuenta se le negó un premio que está convencido de merecer, la virulenta reacción de la Casa Blanca muestra hasta qué punto Washington está empeñado en destruir cualquier esfuerzo de paz, acallar la disidencia y poner todo su poderío al servicio de la causa sionista y del mayor crimen contra la humanidad perpetrado en el siglo XXI. El ser víctimas de esta persecución implacable por parte de la superpotencia resalta el valor de Pillay, de sus colegas en la Comisión de Investigación sobre el Territorio Palestino Ocupado y de los magistrados de la CPI, quienes han levantado la voz a favor de la verdad pese a las presiones estadunidenses y la inacción cómplice de la Unión Europea y buena parte de la comunidad internacional.
En este contexto, es inevitable manifestar sorpresa por la decisión del Comité Noruego del Nobel de conceder la presea a una persona realmente comprometida con la causa de la paz, en saludable contraste con un historial de galardonados que incluye a notorios criminales de guerra y agentes del neoimperialismo occidental. Como expresó el secretario general de la ONU, António Guterres, “el premio es un homenaje a todas aquellas personas que trabajan para hacer respetar y defender el derecho internacional, el estado de derecho y los derechos humanos, y para garantizar la paz, la justicia y la dignidad humana”. Ante todo, como remarcó la propia Pillay al dedicar el galardón, se trata de un llamado a no olvidar ni abandonar a los supervivientes de crímenes internacionales.
En momentos en que incluso el imperfecto y muchas veces hipócrita “orden mundial basado en reglas” se desmorona frente al embate del unilateralismo trumpista, el trabajo de Pillay debe inspirar a dirigentes, luchadores sociales y a la ciudadanía de todo el mundo a defender la autodeterminación de los pueblos, la dignidad humana, el diálogo como único método legítimo de resolución de diferencias. Lo más importante: debe interpelar a toda persona para no ignorar el genocidio contra el pueblo palestino, denunciar a los responsables y sus cómplices y movilizar todas sus energías para poner fin a la barbarie.
(Tomado de La Jornada)

