Los cincuenta años transcurridos desde el monstruoso derribo, en pleno vuelo, de un avión de Cubana con más de setenta personas a bordo, que murieron, llaman a tener presentes, y valorarlos con plena claridad, ese hecho, y otros. A Cuba, que ha sido y continúa siendo víctima del terrorismo apoyado y financiado por los Estados Unidos, el gobierno de ese país se permite acusarla de terrorista y patrocinadora del terrorismo.
La bomba que derribó aquel avión fue puesta —y así lo confesaron— por terroristas al servicio de los Estados Unidos. Como otras veces, violaron todas las leyes internacionales, incluso las formales de esa nación, y murieron tranquilamente en ella, donde hasta sus últimos días gozaron de todo tipo de protección.
Las calumnias contra Cuba buscan no solo dañarla moralmente. Se urden, sobre todo, para “legitimar” los actos agresivos contra ella, incluido el bloqueo con que durante más de seis décadas han intentado asfixiarla las sucesivas administraciones de los Estados Unidos: todas esencialmente iguales como imperialistas, más allá de los vocablos con que se identifican y que, después de todo, son afines: “republicanas” y “demócratas”.
Los hechos remiten directamente a otras evidencias de cómo los imperialistas pretenden —y a menudo consiguen— adueñarse del lenguaje y de su empleo político y jurídico, y cultural. Pese a las reiteradas votaciones, más que mayoritarias, contra el bloqueo en la Asamblea General de la ONU —institución cuya inutilidad, impuesta por los propios Estados Unidos, resulta cada vez más palmaria— el poder cesáreo de ese país se permite dictar presuntas leyes para justificar su desfachatez.
Las falsas acusaciones contra Cuba son parte del sistema de medidas unilaterales de los Estados Unidos en su empeño por dominar al mundo, algo que, lamentablemente, logran en gran medida. Pese a la mezcla de ficción y realidad encarnada en las aspiraciones de alcanzar un mundo multipolar, otros países —potencias rivales incluidas— acaban sometiéndose de hecho a los designios del gobierno estadounidense.
Las llamadas sanciones carecen de valor legal y, sobre todo, moral. Remedan la piratería entre potencias coloniales de siglos pasados, que contendían entre ellas estableciendo patentes de corso para blanquear sus actos vandálicos respectivos. Si faltaran elementos para recordar esa historia ante la actual realidad, los Estados Unidos los aportan con creces al saquear a pueblos enteros y burlarse del mundo supuestamente regido por reglas: basado en las reglas que a ellos les conviene imponer e imponen.
Roban los recursos naturales de otros países, en especial, pero no solo, el petróleo, como están haciendo en Venezuela —a la que también le han “confiscado”, robado, grandes cantidades de oro—, y han tratado de hacerlo en Irán, donde no han hallado cómplices. Se jactan asimismo de perseguir y “expropiar”, robarse, barcos cargados de petróleo para Cuba, y miles de contenedores de bienes vitales destinados a este país.
Aquí se habla aquí de una trayectoria criminal que ni de lejos se agota con esos ejemplos. Una de las prerrogativas que más sistemáticamente se arrogan y ejercen los poderosos consiste en nombrar y clasificar. Capitalizan la tarea de nombrar, que ha sido históricamente una función desempeñada por los pueblos —crear y fijar los idiomas—, y en la cual la poesía ha tenido un papel fundamental, con la metáfora como instrumento de gran importancia. Pero la metáfora de los opresores es la mentira.
Difícilmente a estas alturas aparezca un testimonio válido para acreditarles a individuos específicos tanto acierto lexical llegado al habla y a la escritura, para perdurar. Pero en ese camino han intervenido no solamente poesía y lucidez creativa: ha operado además, con las peores consecuencias, la maldad de intereses espurios y hasta criminales.
Diabólicamente apercibidos de los beneficios que pueden sacar de esas acciones, los poderosos han procurado y hasta conseguido monopolizar la facultad de nombrar y clasificar. Y si el verbo clasificar deriva del sustantivo clase y su plural, nombrar es sinónimo de bautizar, y los bautizos remiten al papel de iglesias y cleros con distintos grados de poder —y de alianzas con otros poderosos— a lo largo de la historia.
Aunque no quepa soslayar el papel político de iglesias y cleros —y menos ahora, cuando el fundamentalismo mal llamado evangélico desempeña la función que cumple como fuente de misioneros para las ultraderechas del mundo, y está presente en Cuba—, en lo fundamental las presentes líneas tratan sobre los manejos de los poderosos (opresores) políticos en las tareas mencionadas.
Son estratagemas de larguísima data. Para no ir más lejos, la historia de nuestra América la recorren expresiones de esa realidad, en la que han prosperado rótulos como Descubrimiento y Nuevo Mundo. El primero perdura, pese a los esfuerzos hechos con el fin de impedirlo, y el segundo puede seguir pareciendo elogioso, pero en el fondo sirvió para presentar a estos pueblos como inmaduros, necesitados de la guía del Viejo Mundo, el preparado para ejercer sobre ellos la gerontocracia política.
Podrían citarse otros ejemplos, entre ellos los descendientes de esclavos y esclavas a quienes se les quiso desvincular de sus orígenes. Como si se les imprimiera sobre su cuerpo, con hierro candente, una marca de propiedad privada, se les privó —valga la redundancia— de sus apellidos, y se les impusieron nombres “civilizados”. De eso tenemos en Cuba un desgarrador lujo de poema: “El apellido”, de Nicolás Guillén. ¿Cómo olvidar términos del cariz de mulato y mulata, acuñados por asociación con el mulo y la mula, bestias de carga estériles?
Para ceñirnos a Cuba, a los representantes de su movimiento independentista se les tildó de filibusteros y, en general, delincuentes, facinerosos, revoltosos. Este último adjetivo se tomó como sinónimo de revolucionarios, para denigrar a quienes tuvieran ideas de ese carácter. Y si José Martí nos legó una clara definición de radical como la vocación y el deber de ir a las raíces de los problemas para resolverlos, hoy la jerga imperialista iguala ese término a maravillas como terrorista y asesino, a la violencia criminal.
La República neocolonial dio paso a otras manipulaciones inscritas en los afanes de las clases dominantes en el mundo contra quienes las desafíen. Una de las esgrimidas con ese fin fue —y es— comunista, lo que resulta especialmente significativo porque el comunismo no se ha consumado en ninguna comarca del planeta. Enarbolarlo como acusación, que hoy vuelve a explayarse, busca impedir que el comunismo se haga realidad.
De perdurar, los meros ideales comunistas serían peligrosos “gérmenes” de renovación de la lucha contra el capitalismo. Este, en su actual fase imperialista, muestra una alarmante combinación de decadencia y de capacidad para sobrevivir y adaptarse a nuevas circunstancias. Sobrelleva así su propio declive, que puede extenderse por largo tiempo con grave peligro de destrucción para la humanidad.
En la propaganda aupada por los voceros del imperialismo, la acusación de comunista ha alternado y coincidido con la de terrorista, y ha venido calzándose con insultos vinculados al narcoterrorismo. Ahí está el caso de Nicolás Maduro, acusado de narcoterrorista hasta que fue secuestrado y sustituido —temporalmente al menos— por un equipo de subgobierno encargado de asegurar a los Estados Unidos lo que esa potencia buscaba: el petróleo de Venezuela.
También están a la vista los sucios rejuegos con un expresidente hondureño que, después de ser encarcelado en una prisión yanqui por probados cargos de narcotraficante, el actual césar lo indultó para recolocarlo en la presidencia de Honduras. Allí actúa como un lacayo del imperialismo contra ese pueblo, y sirve a la derechización que hoy predomina en los gobiernos del área.
Este breve, insuficiente paneo sobre la manipulación de términos por parte del imperialismo no obedece a un vano afán academicista: pretende llamar la atención acerca de una realidad que aflora cuando comunicadores sociales repiten acríticamente noticias construidas por medios imperialistas, y con sus términos.
Tal mimetismo —que no está ausente en Cuba— se inscribe en el frecuente éxito con que los opresores han sido capaces de desplegar una guerra cultural que en gran medida han ganado, aunque aún las fuerzas revolucionarias tienen no solamente la posibilidad, sino el deber de revertir ese éxito. Pero dicha reversión no será una consecuencia natural o espontánea de la justicia y la razón que asiste al pensamiento emancipador. Solo podrá alcanzarse con esfuerzo lúcido y tenaz, basado en el conocimiento de la realidad y del lenguaje necesario para descifrarla con acierto.
En la guerra cultural —que es guerra— son armas los conceptos, las imágenes, las palabras, las ideas. La táctica requerida para librarla con perspectiva revolucionaria demanda el debido pensamiento. Los países que han mantenido una posición pertinaz en la justificación del bloqueo genocida contra Cuba, son los propios Estados Unidos y su aliado el Israel sionazi, no judío. Ese hecho debe bastar para que asumamos clara y resueltamente los desafíos y retos que nos convocan y asedian.
Pero mientras la ideología imperialista y las parcelas y espejismos afines a ella apoyan con todos los recursos a su alcance —y los que fabrican para eso—, el genocidio impuesto a Palestina, en nuestras calles y a veces hasta en nuestros medios de comunicación no se aprecia plenamente la digna claridad necesaria para enfrentar y denunciar ese crimen, que no termina en sí mismo.
En los Estados Unidos y en Inglaterra, y en otras naciones identificadas con ese linaje político, o sometidas a él —como es habitual en el Viejo Mundo, y no solo en él—, se reprime a reconocidas figuras públicas que denuncian ese crimen y se identifican con símbolos palestinos: del pueblo masacrado. Mientras tanto, en calles cubanas pululan personas que ostentan en su indumentaria y en sus vehículos la bandera y otros símbolos de los Estados Unidos, la potencia que busca asfixiar al pueblo cubano y es la mayor aliada y cómplice de Israel.
La confusión, las trampas o lo que una colega sabia ha llamado guanajería, afloran de diversos modos. Distintas voces se han propuesto aportar luz en ese terreno, pero hasta personas de lúcida orientación antimperialista —y con reconocida formación historiográfica y política— les siguen regalando a los Estados Unidos el topónimo América y el gentilicio americanos, de los cuales esa voraz nación ha procurado adueñarse desde que se fundó.
Se trata de una expresión orgánica de su voluntad de apoderarse de toda la América, voluntad inscrita en el lema America for the Americans, que debe traducirse como América para los estadounidenses. Esa es la norma conceptual y políticamente válida para entender y traducir America en la petulante consigna trumpista Make America great again.
Cuanto mayor y mejor sea el conocimiento que se tenga de esa historia, de esa realidad, mayor y mejor bagaje se tendrá para enfrentar la propaganda imperialista contra Cuba, propaganda que —repítase— incluye la acusación de este país como supuesto practicante o patrocinador del terrorismo. Y en el imperialismo no se puede confiar pero ni tantito así, ¡nada!, advertencia que vale también —o señaladamente— para la esfera de las ideas y del lenguaje que las representa.
La Habana, 6 de octubre de 2026

