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Algo más a propósito de Roberto Fernández Retamar

En la Universidad de La Habana sesionó el programa provincial de la venidera Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo. Concebido ese foro —y realizado desde sus inicios— a la luz del pensamiento martiano, la reciente cita habanera recordó el aniversario 31 de la Sociedad Cultural José Martí, de relevante participación en la serie de Conferencias y que, al igual que ellas, fue parte de las tareas encabezadas por Armando Hart.

La citada celebración provincial incluyó un panel para rendir homenaje a los fundadores de la Sociedad que ya no están vivos. Son, además del propio Hart, los que aquí se nombran en orden alfabético: José Cantón Navarro, Eusebio Leal, Roberto Fernández Retamar y Cintio Vitier.

El tiempo que terminó siendo disponible para el panel no fue todo lo amplio que el tema requería. Por razones de salud del participante, se ubicó antes del panel la conferencia que, planeada como clausura del foro, ofreció el doctor en ciencias pedagógicas Ruslán Rodríguez Barbán.

Aunque ya eso le habría dado sentido y aval suficientes a su intervención, vale suponer que los organizadores no solo habrán tenido en cuenta el perfil profesional del orador, sino, sobre todo, lo que reforzaba el significado de su aporte: su condición de primer secretario del Partido en el municipio Plaza de la Revolución. Pero él mostró el nexo orgánico entre ambas vertientes al sustentar, con solidez, la importancia de que la educación en Cuba permanezca fiel a la guía de José Martí y Fidel Castro, y señalar caminos —métodos, conceptos, fundamentación teórica y práctica— para conseguirlo.

Con ello propició estimulantes comentarios dentro y fuera de la sala, y de algún modo marcó el rumbo que tomaría el panel, que se percibió motivado por la esperanza, nada menuda, que uno de los panelistas le expresó al conferenciante a la salida del recinto, y puede sintetizarse en una aspiración cardinal, de valor práctico y de pensamiento.

Se trata de que la avanzada política cubana la integre, cada vez más, y mejor, desde la base hasta la cima, una militancia que —por su preparación política, ideológica y cultural, y la actitud cimentada en esos pilares— le asegure principios y prácticas que la libren de la desmovilización, u mal que en distintas partes del mundo ha causado grandes estragos en partidos de voluntad comunista, o al menos así nombrados.

Librarse de tan grave peligro será una garantía básica para que a dicha avanzada no la mine el economicismo, y para poder ser o seguir siendo fiel a las enseñanzas de José Martí y Fidel Castro. Rodríguez Barbán apuntó ideas como la apremiante necesidad de no reducir al término vulnerables lo que el país debe seguir asumiendo, y defendiendo, con la conciencia de que la Revolución Cubana es “la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”, por la que “estamos dispuestos a dar la vida”.

Alguien en la sala se refirió a las medidas con que hoy —frente a obstáculos terribles, en gran medida provocados por el imperialismo estadounidense— la dirección del país busca salvar los ideales revolucionarios y las conquistas que los han legitimado, empezando por la justicia social y la soberanía. Desde la urgencia, sostuvo que dichas medidas deben sentirse martianas y fidelistas.

Con igual perspectiva, otro participante añadió que es indispensable que las medidas se sientan y se reciban así, porque en los hechos —en los resultados— prueben que lo son. Cuando Fidel Castro, El Líder de la Revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes sostuvo que debe cambiarse todo lo que deba ser cambiado, no dijo que debía cambiarse todo, ni soslayaba que los cambios debían (deben) hacerse bien.

Defender esas ideas fue también un modo, y no menor, de rendir tributo a los fundadores de la Sociedad Cultural José Martí, quienes seguramente habrían agradecido que, más que recordarlos a ellos por sus méritos —los frutos de su obra, ¡y de su vida!— el panel y todo el foro se dedicaran a esa defensa. Si siempre fue necesaria, hoy lo es de modo especial.

Pero el quehacer de aquellos fundadores merece ser objeto de lo que José Martí llamó “los oficios de la alabanza”: aplicados a ellos, representan medularmente un camino para iluminar la salvaguardia de Cuba y su Revolución. Una y otra —¿no son una las dos?— nunca han estado libres de grandes peligros y enemigos, contra los cuales se han alzado, y logrado victorias fundamentales, su pueblo y las sucesivas vanguardias que han sabido representarlo al interpretar sus necesidades y sus ideales.

En esa interrelación se ha comprobado una de las luces que nos legó José Martí, la expresada por él expresó en su lectura del Steck Hall neoyorquino el 24 de enero de 1880 al sostener: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. ¿No se siente esa convicción en la definición de pueblo sustentada por Fidel en La historia me absolverá, y en la propia caracterización que el mismo Líder hizo de la Revolución que él condujo?

Aunque el panel hubiera sido mucho más extenso de lo que fue, y hubiera podido organizarse al dedillo, no habría alcanzado para decir todo lo que el tema reclama. En lo tocante a Fernández Retamar, quien esto escribe siente el deseo de ampliar algunos de los puntos que allí rozó.

Fue alguien que, por méritos propios, ocupaba un lugar relevante en la más joven de las generaciones de intelectuales de cubanos altamente ilustrados al triunfar la Revolución, y se ubicó en la vanguardia intelectual —de escritores, artistas y pensadores básicamente: la misma Revolución enriquecería esa cantera en numerosos frentes— que abrazó el proyecto emancipador, justiciero. Podrían nombrarse aquí, pero todos tendremos en mente quiénes fueron

Representaban distintas vertientes en la esfera del pensamiento político, con formaciones personales también distintas y de tendencias políticas —partidistas o no partidistas— heterogéneas. Pero todos y todas identificados con la defensa de la soberanía de la nación (de la patria) y la justicia social.

Vanguardias de tal responsabilidad saben que el bien colectivo requiere cumplir deberes individuales básicos. Desborda límites gremiales, y de épocas, la exigencia planteada por José Martí en varios textos, como al reseñar La Pampa, libro del francés Alfred Abelot, o al dirigirse desde el título, en un conocido apunte, al “Hombre del campo”. En la reseña lo exigió, sostuvo, “Porque estos son los tiempos de pensar por sí, sin perifollos de frase ni dilaciones inútiles”, y en el apunte, donde “hombre” equivale a “ser humano”, fue categórico: “El primer deber de un hombre es pensar por sí mismo”.

El gobierno formado tras el triunfo contra la tiranía —y contra las fuerzas vernáculas y externas que la habían sostenido— lo encabezó un político y combatiente guerrillero que era también un intelectual brillante. Contaba con grandes conocimientos, una inteligencia extraordinaria y algo especialmente valioso: una enorme intuición en los terrenos de la sabiduría. Se ocupó de lo que debía aprender, y lo hizo en grado colosal.

En el camino hacia la victoria, aquel gobierno perdió figuras que habrían podido seguir creciendo como grandes guías revolucionarios. Pero en el ejercicio del poder contó con una vanguardia intelectual que lo salvó de lo que tal vez no todos los proyectos revolucionarios —ni en todos los lugares ni en todos los tiempos— se han librado: la indigencia cultural.

El logro cubano tuvo implicaciones colectivas determinantes en los planes educacionales del país, fieles a la convicción martiana de que “ser culto es el único modo de ser libre”. Ni en ese gobierno ni en esa convicción cabía asumir la cultura como algo indefinido que validara recursos de dominación afines a los manejados por los explotadores. Tampoco la unidad necesaria podía asumirse acríticamente, como una realidad sin riberas.

Si se trataba de ser culto como premisa para ser libre, en fecha cercana al momento en que sostuvo esa idea, el propio Martí —al comentar el libro Cuentos de hoy y de mañana—, de Rafael de Castro Palomino, expresó: “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia”.

Por esa brújula se orientaban el gobierno revolucionario y la vanguardia intelectual en que él encontró apoyo. Y estar libre de indigencia cultural lo ponía en condiciones de no atascarse en estrecheces frustrantes. En el mundo no han faltado señales de que la advertencia hecha por Marx acerca de que, por lo menos hasta su tiempo, los filósofos no habían hecho más que interpretar el mundo, cuando urgía transformarlo, ha sufrido interpretaciones deplorables, inclinadas a menospreciar la filosofía, que es, literalmente, el amor al conocimiento, amor que el propio Marx cultivó de manera ciclópea.

Eso es algo que debe tenerse presente contra el pragmatismo, que —propio del sistema capitalista—, asoma por todas partes. Encuentra modos de expresión en el picotillo “informativo” que se expande en la “modernidad” de las redes sociales y no propicia una integración orgánica para comprender la realidad.

Hay quienes en esos modos de analizar (o trucidar) el mundo, ven un triunfo de la evolución, una moda inocente, cuando de hecho se vinculan con los intereses que hoy se aferran a seguir dominando a la humanidad. También en eso se piensa al recordar el verso inicial de “Amor de ciudad grande”, poema que Martí fechó en Nueva York en abril de 1882: “De gorja son y rapidez los tiempos”. Es el mismo que termina con esta confesión de alguien ajeno a la cobardía: “¡Yo soy honrado, y tengo miedo!”

El amor irrestricto al conocimiento caracterizó a Martí y a Fidel, y a la vanguardia intelectual mencionada, a la que Fernández Retamar le aportó su impronta, marcada por coincidencias y particularidades. La senda para la estructuración de su pensamiento la halló en el legado de José Martí, del cual parten, en gran medida, sus mayores contribuciones al pensamiento de Cuba y de nuestra América en general, y especialmente a la Revolución Cubana.

Así resultó natural no solo el saldo teórico de sus ideas, de su obra escrita, sino también el de su participación ciudadana en el quehacer revolucionario. Eso incluye su labor en instituciones como la Universidad de La Habana, la Casa de las Américas y el Centro de Estudios Martianos, y en empeños como el de la Sociedad Cultural José Martí.

La voluntad de aprendizaje de Fernández Retamar, y los altos logros que cosechó, fueron y seguirán siendo —como en el conjunto de la vanguardia intelectual de la que él formó parte— un ejemplo que debe continuar siendo acicate para las sucesivas hornadas de compatriotas envueltos en el afán de mantener viva la Revolución. Sabían algo que debe seguir sabiendo todo el que intente defender las conquistas de esa Revolución: no saber no es aval para estancarse en la ignorancia.

Cuando Fidel Castro, con un ímpetu autocrítico en el que tal vez muchos no han calado con la debida claridad, sostuvo que Cuba se había lanzado a construir el socialismo sin que nadie supiera cómo hacerlo, no abogaba por seguir desconociéndolo. Sus palabras y, sobre todo, sus actos, apuntan a la necesidad de investigar para estar en condiciones de saber qué hacer, y esforzarse por hacerlo bien. Su brega revela el afán de cumplir un reclamo que, además de ser suyo propio, era un ideal martiano.

En artículo publicado en Revista Universal, de México, el 23 de septiembre de 1875, Martí reclamó: “A propia historia, soluciones propias”, y resueltamente escribió en el ensayo “Nuestra América”: “Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. ‘¿Cómo somos?’ se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig”. No proponía aislamiento ni soberbia y, más que describir una realidad consumada, expresaba un apremiante deber ser. Ese es también el texto donde rechazó al “aldeano vanidoso”, que cree “que el mundo entero es su aldea”.

El gobierno revolucionario fundado en 1959, y con él la Revolución que defendía, recibió el apoyo de una vanguardia intelectual que él supo asimilar, y que no ha dejado de existir en el país, sino que ha ampliado su área de formación. Seguir cultivando esa experiencia será no solo ni principalmente una fértil forma de homenaje a lo que se ha hecho hasta aquí: es y, sobre todo, será una vía en la búsqueda de aciertos para cosechar los frutos que la patria necesita, en lo que ha de seguir contando con el verdadero jefe, el pueblo.

Lo merece una Revolución que, entre sus mayores méritos, acumula el de haber hecho grandes esfuerzos e inversiones en la educación sobre bases justicieras y liberadoras. Por ello ha podido seguir preparando mujeres y hombres de vanguardia revolucionaria e intelectual que deben hallar —y ha de facilitárseles— el modo de ser cada día más útiles para la mejor marcha del país sobre los principios sembrados desde mucho antes de 1959, y fortalecidos a partir de entonces.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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