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COLUMNISTAS

Tramos con Roberto Fernández Retamar

Agradezco al profesor José Ramón Fabelo, conocido estudioso de la filosofía, la invitación a colaborar en el volumen colectivo que está preparando en homenaje a Roberto Fernández Retamar, con quien me unieron vínculos que cubrieron más de cuatro décadas.

En el transcurso de ese tiempo escribí más de una vez acerca de su obra, y de esas aproximaciones se conservan dos textos publicados –otro, otros tal vez, no sé a dónde habrán ido a parar–, además de una décima de mi libro Flora cubana. Los que se conservan difieren entre sí por sus propósitos, dadas las circunstancias en que nacieron: el primero de ellos, para un agasajo que se le dedicó en 1990, en la víspera de sus 60 años, y fue de algún modo mi despedida del Centro de Estudios Martianos, lo que explica sus pinceladas más personales. El encuentro lo organizó esa institución, cuyo Anuario reprodujo el texto en la “Sección constante” de su decimoprimera entrega, correspondiente al año mencionado. A estas alturas vale considerarlo desconocido: le ha pasado un montón de tiempo por encima, y ha estado tan oculto como puede quedar lo recogido en una miscelánea.

El segundo, diferente, fue una semblanza asociada a un hecho que se veía venir, pero costaba trabajo aceptarlo: la muerte de un ser humano brillante, de los más valiosos y útiles que ha tenido Cuba. Anochecía, y andaba yo por calles habaneras con amistades puertorriqueñas –fieles al independentismo– que habían venido a Cuba, y Mónica Alfonso, entonces editora de Cubarte, me llamó por teléfono para pedirme lo que ese periódico digital publicaría al amanecer siguiente.

Yo debía cumplir con la atención a los visitantes, y mientras lo hacía pensaba en el tema que me esperaba. Con ese sentimiento regresé a la casa, pasada ya la medianoche, y con la tensión del deber doloroso. Tal estado de ánimo y el agotamiento me derrumbaron y de momento no pude sentarme frente a la computadora, pero antes del fin de la madrugada ya estaban listas las cuartillas que circularon poco después del amanecer.

Esos textos son, con sus títulos originales reproducidos total o parcialmente, dos de los tramos –tres en total– que forman la presente entrega, y entre ambos recojo otro diferente, hasta ahora inédito: uno de los múltiples diálogos que tuve con Roberto Fernández Retamar. Fueron incontables, pero de ese quedó testimonio textual, porque ya él estaba enfermo y nos comunicamos por correo electrónico.

  1. Nec mortale sonans

En ninguna circunstancia el Centro de Estudios Martianos habría dejado de participar en el homenaje tributado a Roberto Fernández Retamar con ocasión de sus 60 años: 22 más que “los primeros treintiocho”, para recordar uno de sus poemas. Pero cuando el compañero Ismael González, director de esta institución, donde trabajé hasta fecha bien reciente, me solicitó las palabras para esta noche de cariño, mi primera reacción fue rehusar el honor. Y lo hice saber, aunque entre los argumentos que aduje, y sigo estimando serios, atendibles, no incluí uno de especial peso: creía, y creo, que lo ideal habría sido confiar la noble tarea a persona de logros más cercanos a los de quien, hace ya tiempo, goza del privilegio –bien ganado en su caso– de tener un nombre y un lugar de ineludible reconocimiento.

No podría decir si ante la inesperada invitación pensé consciente- mente en la razón por la cual no expuse ese argumento; pero quizás el instinto de curación hizo lo suyo para alejarme de ciertas formas estancadizas de clasificarlo todo, incluso a los seres humanos. A fin de cuentas, y aun sin menospreciar el fundamento de aquella consideración que entonces no hice explícita, no me sería fácil evadir responsabilidades que pueden venirme de estudiar especialmente diversos temas de la cultura cubana, y con particular intensidad la vida, la obra y el pensamiento de José Martí. Así que gran parte de los más recientes 20 años de mi vida han dado lugar y motivos a una relación personal directa con Fernández Retamar.

Esa relación comenzó cuando él me citó a su oficina de la revista Casa de las Américas para ajustar detalles editoriales de mi primer trabajo publicado: “José Martí hacia la emancipación de la mujer”, que apareció en el número de Casa correspondiente a mayo-junio de 1975. 10 años atrás nuestro homenajeado había empezado a dar a conocer un texto suyo que sufriría –¡vaya caprichos del idioma!: debía decir disfrutaría– sucesivos afinamientos y ganancias de formulaciones y de fondo, desde la lección titulada “Martí en su (tercer) mundo” hasta la actual “Introducción a José Martí”. Sobre todo, en diálogos de una empatía que no descarta la discrepancia, y quizás también en contrapunteos –que seguramente no faltaron– de mal disimulada hostilidad en su recepción por otros autores, las ideas de ese ensayo cuentan entre los impulsos más relevantes con que se hayan beneficiado los estudios acerca de Martí después del triunfo que su ejemplo ilumina y nutre.

Cuando tuvo lugar aquel encuentro en su oficina de Casa –donde él ha dicho, incluso con voluntad de elogio, que esperaba recibir algo así como un añoso desconocido, no a un desconocido principiante–, ya había tenido yo dos experiencias decisivas en estas búsquedas: los inicios de una formación universitaria a la que el doctor José Antonio Portuondo le dio un aporte determinante e inolvidable, y la participación en dos Seminarios Juveniles de Estudios Martianos. En estos hallé un camino de potencialidades y ánimo superiores a las mismas estrecheces que una y otra vez los amenazaron: contra ellas fueron beneficiosas, especialmente, contribuciones como las del vigilante, fino, enérgico y tenaz Juan Marinello, a quien andando el tiempo le agradecería el honor de que se propusiera mi nombre entre los fundadores del Centro de Estudios Martianos.

En tales circunstancias se inició mi conocimiento más personal de Fernández Retamar. Desde luego, no incurriré en la impertinencia de aprovechar la invitación que se me ha hecho a ejercer en su honor “los oficios de la alabanza”, para esbozar de paso una autorreflexión que no procede. Uno solo, y no otro, es el objetivo de las referencias esbozadas.  Si ellas podrían expresar las causas por las cuales se me ha escogido para ser el autor del presente mensaje, vienen a estas cuartillas para apuntar siquiera, desde la perspectiva vivencial, el papel de sembrador que le ha correspondido a Fernández Retamar. Ha sido uno de los cubanos de diferentes edades que, en las últimas tres décadas, han acometido por propia vocación el empeño de aprehender las claves de la permanente validez del legado martiano.

Dicho lugar será el tema central de estas palabras, pensadas para el fervor de un homenaje en familia, y no para la más pretenciosa aspiración de ser estampadas en blanco y negro. Dudo que los fondos etílicos disponibles para el agasajo resulten suficientes para acallar, o atenuar, la sed que suscitaría una disertación de corte académico: de esas que sin el menor pudor suelen llamarse científicas, véngales o no tal calificativo.

El interés de Fernández Retamar por Martí fue temprano, como lo ha sido siempre y será en todo cubano bien nacido y orientado. Baste recordar su poemario Patrias (1952): desde el título, con palabra tan cara a Martí y que nunca debe desaparecer de nuestros labios ni de nuestro corazón, donde no ha de perder el fuego universal con que el Maestro la abonó de manera definitiva en nuestra cultura; desde la guía entrañable y solemne –“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. / ¿O son una las dos?”–, y desde lo mejor de su espíritu y su realización. No olvidemos ni las insurgentes versales que llegan al autor de Elegía como un himno por el camino de una sabiduría clásica traspasada por el aliento martiano en el altar patriótico. Los más altos momentos poéticos del escritor a quien hoy se honra, difícilmente podrían separarse del ímpetu moderno asegurado para la poesía de la lengua por el creador de Versos libres.

Cualitativamente, el estudio cuyo primer gran fruto aportó Fernández Retamar en 1965, adquiere especial relevancia: hasta por la fecha de aparición se ubica no ya en el afán de entender a Martí en sí mismo, sino –aunque no siempre se advierta en explicaciones textuales– el proceso revolucionario que él conformó y en el cual se inscribe, como etapa de fragante victoria y nuevos reclamos, el devenir cubano iniciado con el año 1959. En el fondo, no de otra cosa se trataba, y nos hallamos ante dos entendimientos inseparables: ¿no son uno los dos?

Ese es el afán al cual pertenecen los braceos de Retamar en sus abordajes martianos, cuyo punto más alto se localiza, a juicio de quien ahora lo afirma y en cuanto a textos, en el estudio titulado con palabras que, más que mero acto nominativo, revelan conciencia de ininterrumpido y penetrante acercamiento al objeto de búsqueda y devoción: “Introducción a José Martí”. Fue el resultado del camino interpretativo y de reencauzamientos abierto con aquel “Martí en su (tercer) mundo”, y a él se unirían indisolublemente acarreos previos y posteriores del autor,  marcados por la sabia disposición de adentrarse hasta la raíz en la integralidad del genio estudiado, y situarla en el conjunto universal donde ocupa lugar descollante, conózcaselo o no una humanidad hoy por hoy desrumbada en gran medida, y en gran medida todavía lejana de esa “al nivel de su esperanza”, que –según Marinello– podrá llegarle hasta la entraña.

Ese no será el menor logro al cual seguirán contribuyendo las páginas de Retamar acerca de Martí: ya sean las que estudien su ejercicio del criterio sobre arte y literatura, las que escudriñen tesoneramente en busca de una adecuada consideración ideológica en el ámbito más directamente político, las que esclarezcan ejemplarmente cuál fue la literatura iniciada por el magno creador o, entre  otras, las que se planteen insistir –desde tanta y tan buena ganancia acumulada– en qué radica la modernidad de su legado.

Para la productiva cosecha ha contado Retamar con una reconocida inteligencia, que incluye flexible creatividad, y el auxilio, ni punto menos que básico, de una altísima voz personal. Con esas armas, al tiempo que ya desde el citado texto de 1965 acometió una interpretación orgánica de Martí como dirigente de un movimiento de liberación nacional y representante del llamado Tercer Mundo, ha venido acometiendo búsquedas de una definición conceptual adecuada para designar las ricas especificidades ideológicas del Apóstol. En ese camino fue, según recordamos, el primer cubano en intentar una aplicación coherente de la categoría, acaso tan útil como discutible y discutida, de demócrata revolucionario para ubicar al héroe en las particularidades de su entorno y de su propio pensamiento.

Con ello Retamar abrió caminos al acierto y al debate esclarecedor, siempre con una dinámica interpretativa capaz de hallar ajustes y reformulaciones para la propia autosuperación. Es natural que haya estado por delante y por encima de seguidores –directamente suyos o, tal vez en su mayoría, de firmas de otras tierras– susceptibles de quedar atrapados en el uso mecanicista o dogmático de términos y fórmulas, y no llegar al entendimiento, a fondo, de la realidad estudiada, como suele ser necesario en general, y particularmente si se trata de una figura de la talla de Martí.  En alguien como él no hay regularidad histórica que autorice a menospreciar la importancia de esa fuerza volcánica, otra regularidad en fin de cuentas, que es la concerniente a las potencialidades excepcionales del genio.

Saber apreciar lo uno y lo otro ha sido condición fundamental para los aciertos de Retamar. Pero no tenemos hoy ni el espacio ni el tiempo en que pudiéramos emprender la tarea de valorar como sería justo sus estudios martianos, ni parte alguna de su obra, signada por las calidades de lo magistral y, ¡tamaña victoria!, de lo magistral aceptado. Sencillamente se aspira a recordar, con la voz y el tono propios de los homenajes cariñosos, la importancia que dichos estudios tienen en sí mismos y dentro de la ensayística del autor en su conjunto. Esa zona de su obra se sitúa en los más altos niveles del género en el país y en nuestra América toda.  Y podríamos seguir ampliando los linderos de referencia; pero lo que de verdad brille en nuestra América, brilla en el mundo, sépanlo o ignórenlo los aldeanos vanidosos y los espíritus segundones de cualquier parte del planeta.

La altura de los ensayos debidos a Retamar es tal que nos parece innecesario repetir lo que –de acuerdo con una reseña de prensa llegada a nuestras manos– se propuso lograr, hace algunos años, un crítico en cuyas sabiduría, honradez y permanente claridad hallamos ejemplo estimulante: probar que las piezas del género escritas por Retamar se encontraban, cuando menos, a igual altura que su poesía. Quizás el constante poeta que hay en él se indisponga contra nuestro criterio de que hace ya largo tiempo resulta posible invertir el orden de la comparación, pero seguramente sabrá agradecerlo el ensayista, no menos constante.

Por otra parte, no solo se trata de que sus ensayos sobre Martí ocupen un lugar destacado entre todos los escritos por él, sino de que en aquellos están las claves más profundas de la perspectiva –siempre en perfeccionamiento, además– del conjunto creado por el autor, cualquiera que sea su tema directo. Explícita o implícitamente la generalidad de su obra reflexiva muestra la misma guía apostólica. Así, a la hora de trazar fecundantes consideraciones sobre problemas teóricos de la literatura hispanoamericana, buscar coordenadas básicas para leer al Che, valorar algunos usos de civilización y barbarie o plantearse la indagación sobre los modos acertados de ver la inextricable, compleja y convulsa –pero también iluminadora y, sobre todo, real– vinculación de nuestra América y el llamado Occidente.

Aquí, como en párrafos anteriores, apenas se ha hecho alusión a títulos particularmente significativos usados por Retamar.  En lo profundo, sus más elevadas virtudes han devenido ya inexplicables, e incluso inconcebibles, sin el conocimiento de su familiaridad con la obra y el pensamiento de Martí. Esa verdad no mengua, sino la subraya, su específica y orgánica originalidad, su poder creativo –desde el uso de la palabra hasta la idea defendida o buscada–, su individualidad, en fin. Ya se valoren sus logros estéticos, sus aciertos conceptuales, su digna actitud civil, su fina y ávida relación con la belleza de la vida y la naturaleza, y hasta su forma de enfrentar o asumir, o simplemente vivir, eso que en un conmovedor poema amatorio él ha definido como ‘el temblor’, el conocimiento de la aludida familiaridad resulta ineludible si se quiere disponer de los elementos fundamentales para el perfil definitivo del amigo a quien –y no hay por qué recordárselo con excesivo ensañamiento– le celebramos hoy los que apenas son sus primeros 60 años.

Pero hemos cometido aquí una exclusión criminal en cuanto a su aporte al conocimiento de Martí. Solo hemos consignado su quehacer indagativo-ensayístico, porque, sin duda, es el que organiza, y les da el mayor peso y la legitimidad, sus otras tareas en ese terreno. Pero ni con mucho ese quehacer es el único en su obra, ni siquiera es el único importante. Quien quisiera comprobarlo, solo tendría que echar un vistazo a los frutos conseguidos por él en la difusión de sus ideas por vías como la docencia, el trabajo editorial y otras formas de promoción.

Quizás en la docencia se halle la fuente de muchos resortes de su eficacia en distintas vertientes de su obra. Ha sido una de sus más tempranas y sostenidas ocupaciones, y en ella da constantes muestras de una organización difícil de sospecharle para quienes antes le han conocido otras zonas de su magisterio extraescolar, como el propio de la poesía. En el aula echa abajo cualquier consideración esquemática y prejuiciada con que se haya ido a escuchar las clases del poeta profesor. Y tal vez en el diálogo con sus alumnos haya encontrado él algunos de los indicios de por dónde encaminarse el ensayista y el editor.

En su ejercicio profesoral queda abierta la posibilidad para las discrepancias de los alumnos. Algunas de ellas quizás se hayan conocido hasta el exceso. Y si no bastaran tantas pruebas para fundamentar la generosidad y la sabiduría con que desempeña el oficio, añádase que el profesor se permite la sensatez de ni siquiera tener siempre toda la razón, y aun reconocerlo. Ese es mérito imposible sin la grandeza, y debe contársele entre los más altos suyos. El estudiante agradecido será capaz de saber que, teniéndolo a él de maestro, habrá podido ser siempre alumno de lo mayor, independientemente del tema enseñado y aprendido.

En respuesta a requerimientos de la docencia podrán considerarse nacidos, parcialmente al menos, muchos de los aportes de Fernández Retamar, como editor, al conocimiento de Martí, señaladamente. Incluyen selecciones, con prólogos suyos de textos martianos, publicadas en Cuba y en otros países, y la presencia de Martí en diversos números de Casa de las Américas y en los Cuadernos de esa revista.

Su sabiduría en la investigación, la enseñanza y las ediciones consagradas al mejor conocimiento de Martí hallaron un camino de especial relevancia en el Centro de Estudios Martianos, cuya fundación encaminó con las orientaciones de Juan Marinello. Retamar fue el primer director y es en la actualidad el presidente del Consejo Asesor de la institución, cuyos logros son inseparables de su entusiasmo y de su bien ganado prestigio. Como director le dedicó esfuerzo y tiempo seguramente inferiores a los que él hubiera querido, pero superiores a los que un cálculo atinado podía esperar del margen que le daban sus múltiples ocupaciones. Entre ellas sobresalían, y sobresalen, las exigidas por sus responsabilidades en la Casa de las Américas, que preside, y donde despliega una función de naturaleza esencialmente martiana.

Estando, como estamos, en el Centro de Estudios Martianos, podríamos sentirnos autorizados a no insistir de preferencia en cuánto le debe lo aquí hecho. Hacerlo supondría también alabar la institución, y ello, además de innecesario, podría parecer un acto de autocomplacencia.

Pero, para dar una idea de la importancia del aporte personal de Retamar al Centro, bastaría mencionar su contribución directa, junto con el Consejo Asesor y los trabajadores de la institución, para lograr el encauzamiento que esta fortaleció en la valoración de Martí desde una perspectiva verdaderamente acorde con la especificidad de su legado y los principios de la Revolución cubana. Ese logro –básico para todos los demás– en gran parte se alcanzó gracias a que la fuerza del Centro se nutrió de personas para quienes la convicción sobre la vigencia de Martí nunca fue cuestión de circunstancias transitorias, sino de esencia. No fue camino para hallar respuestas ocasionales, sino para conocernos en profundidad a nosotros mismos y a la Revolución de la cual somos carne y espíritu, y para una verdadera vertebración de los vínculos de Cuba con nuestra América y de ambas con el mundo: a la larga, no solo con todos los Occidentes, sino también con todos los Orientes.

Esa lealtad a Martí es lo que podrá garantizarnos abrazar sin aldeanismo pernicioso la defensa de nuestra patria: sin ubicarnos jamás entre quienes todavía creen, como él denunció en su día, que “el mundo entero es su aldea” o, sobre todo, que no hay “elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas”. Ser fieles a sus enseñanzas es el camino que nos permitirá hallar, como nación, el modo acertado de injertar las ganancias del marxismo y del leninismo, y todas las valiosas del pasado y de la actualidad, en el tronco de nuestra república, y dar el ejemplo para que se les siembre, o sigan sembrándose, en nuestra América.

Regocíjenos saber que quienes así pensábamos y pensamos dentro y fuera del Centro de Estudios Martianos, siempre estuvimos bien acompañados, y continuamos estándolo: nos acompañaba y acompaña, guiadoramente, la visión de Fidel Castro, con él sus más esclarecidos colaboradores y, como fuerza indispensable, la intuición del pueblo. De ese pueblo al que Fidel le ha confirmado, sin restricción cronológica alguna, que Martí es su “guía eterno”, “el más genial y el más universal de los políticos cubanos” y “el más grande pensador político y revolucionario de este continente”.

En tales conceptos nos unimos decisivamente los integrantes de la fuerza que –en la plantilla administrativa o no administrativa: siempre en la irreductible de la cordialidad y la comunión de propósitos fundamentales– encabezó y supo encaminar institucionalmente el compañero a quien hoy agasajamos.

Ahora no queda ya en la plantilla administrativa del Centro ninguno de los miembros del piquete fundador que lo integró en un local cedido, como a hijo recién casado y sin posibilidad de hogar propio, por la Biblioteca Nacional, que no en vano lleva el nombre de José Martí. Pero a la institución donde nos hallamos no le faltará el concurso de nuestro fervor. El homenaje que hoy se destina a quien lo merecería aún más alto –a la altura del afecto con que se le dispensa el humilde tributo de esta noche– brinda un ambiente especialmente propicio para reiterarlo una vez más.

El paso del tiempo, mientras no nos arrastre al infinito o a la nada, no hace más que confirmar tal voluntad. Hace ya casi la cabalística cifra de 13 años que el Centro se creó, y aún recuerdo aquellas esperanzas iniciales que se iban convirtiendo en la realidad de esos frutos que hoy todos conocen, y que, por muchos y muy buenos que puedan ser, solo servían especialmente ante nuestros ojos para subrayar la importancia de lo que estaba por hacerse. Aunque ello no pocas veces dio pie a ciertas valoraciones injustas para el Centro –puedo decirlo hoy, cuando no pertenezco administrativamente a él–, en el fondo nosotros mismos preferíamos que así fuera, antes que incurrir en el conformismo: sabíamos y sabemos que con Martí tenemos, todos, una deuda impagable.

Pero esa realidad no debe provocar que se ignore cuánto ha hecho el Centro con la ayuda de sus colaboradores y colaboradoras, así de Cuba como de otras tierras, a menudo sin disponer de las condiciones materiales u objetivas que habrían convenido para un mejor desempeño de las funciones que se nos abrieron u ofrecieron abrírsenos, por solicitud nuestra o por propia iniciativa, cualquiera que haya sido el saldo práctico del entusiasta gesto.

Recuerdo, asimismo, al igual que lo antes dicho –y Fernández Retamar tampoco lo olvidará– las veces que ambos solíamos conversar, deleitándonos con ella, sobre la alegría que daba hallarse entre los fundadores de un Centro que nació con una fuerza de trabajo en la cual sobresalían nadie menos que Fina García Marruz y Cintio Vitier. Esa fuerza daba, en el mejor sentido de la palabra, envidia, como varias personas amigas nos decían. Fue una verdadera fortuna –que al paso del tiempo tendría sus frutos, incluido su natural precio– aparecer a la vida cultural del país con una tropa exigua, pero a la cual una devota aplicación previa, según sus respectivas edades, puso en el camino y en la vida del Centro, y no a la inversa. De ello le vino a la institución ser una batería de trabajo creador, no un mero regimiento oficinesco. Está, pues, en camino irreversible, y tiene vida propia, y la tendrá, si la cuida como es menester.

Recuerdo igualmente cuando nos sentábamos a disfrutar, como el honroso compromiso que era, y sigue siendo, el reconocimiento que de modo señero sintetizó el Segundo Congreso del Partido al resolver que el Centro, “por la trascendencia nacional e internacional de su labor, tanto en el plano cultural como en el político e ideológico, debe continuar recibiendo esmerada atención”.

De todo ello sacábamos fuerzas para enfrentar las limitaciones materiales con que a menudo el Centro debía encarar y encaraba sus tareas. No haber hallado esas fuerzas habría sido traicionar las esperanzas de mejoramiento que no hemos abandonado ni abandonaremos, y cuyos indicios de consumación seguiremos recibiendo con verdadero regocijo.

Esas esperanzas las abrazará siempre, en particular, el ya ausente del equipo fundador, a cuyos integrantes será innecesario, por tanto, recordar con cánticos a lo ubi sunt: aquí, independientemente de nuestra localización laboral, estaremos siempre, para el esfuerzo y, si fuera el caso, para el peligro, no para la lisonja, que no ha de confundirse con la justa alabanza, como la que se ejerce ahora mismo.

En esa actitud y en esas convicciones estará siempre, por muchas que sean sus responsabilidades, el compañero Roberto Fernández Retamar. Dentro de otros muchos años, exista o haya desaparecido para siempre el bastón –o dado paso a sofisticados auxiliadores electrónicos–, seguirán en pie sus contribuciones al conocimiento de Cuba y de toda nuestra América: en especial las dedicadas a José Martí. La obra de Roberto Fernández Retamar continuará dando frutos, por los caminos de la meditación ensayística y de la poesía. Nadie habrá que lo dude.

¿No ven que yo mismo, con no ser ni más ni menos que yo mismo, estoy hablando ahora?

  1. Mensajes, y un Catalejo

Este tramo lo ocupa mayormente el intercambio de mensajes que sostuve con Roberto Fernández Retamar a propósito de un hecho ocurrido en junio de 2018 y que repercutió en diversos medios. Giró en torno al pe- riodista uruguayo Fernando Ravsberg, radicado durante años en Cuba, y cuyo éxito mediático y profesional ha tenido asideros significativos.

Sin ánimo de agotar lo que cabría decir sobre ese éxito, se debe empezar por reconocer su pericia profesional, incluyendo lo que algunas personas han considerado un don para el ejercicio –especialmente como corresponsal de BBC-Mundo y en su blog personal Cartas desde Cuba– de ambigüedades políticas, aunque otras lo han visto como hostilidad más o menos disimulada a la Revolución cubana. Y en eso vale estimar que también tuvieron un triste papel los que, a juicio de quien esto escribe –pero seguramente no solo suyo–, han sido los errores de nuestra política informativa. Sus vacíos o elusiones dejaban terreno libre para quienes gozaban de solturas que a nuestros profesionales revolucionarios de la prensa les resultaban o parecían resultarles vedadas.

Se apreció, por ejemplo, ante los trágicos sucesos ocurridos en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, Mazorra, en diciembre de 2010. Merecían un tratamiento a fondo de nuestra prensa, pero fue evidente que –como ante otros hechos– se optó por “no darle armas al enemigo”, y oficialmente se mantuvo un manto muy cercano al silencio o secretismo. Tan lamentable práctica propició que otras voces capitalizaran el tema, y lejos de “no cumplir la agenda enemiga”, colaboró con ella. A eso me he referido en varios textos y vale decir que recientemente –con un triste ejemplo de compañero que murió tras años de inútil espera para que se le autorizara a tratar el doloroso acontecimiento– en “Para ser verdaderos soldados  de la prensa”.[1]

En tales circunstancias, Ravsberg, a quien nada le impedía tratar el tema, concitó con su desempeño enjuiciamientos contradictorios –antitéticos– que terminaban, o empezaban, por beneficiar su imagen, que así se veía promocionada. Cosechó la simpatía, o admiración, de conocidos revolucionarios, y frente a eso habría no revolucionarios que le recriminaban el no ser más crítico –más agresivo– contra la Revolución. Pero también hubo voces que arremetieron contra el modo como él, en general, para hacer críticas punzantes o sembrar dudas, usaba, calzada por su condición de corresponsal extranjero, una soltura de la que eran privados, y a veces hasta se autoprivaban por inercia y disciplina, periodistas cubanos que merecían tener mayor margen en su quehacer para bien de la propia Revolución.

Pero no fueron las instituciones cubanas las que en junio de 2014 privaron a Ravsberg de su credencial de periodista extranjero, y tampoco fue expulsado del territorio nacional, aunque ambas cosas dijera –o propiciara que fuera dicho– el diestro periodista, que tenía de su lado el crédito de haber sido montonero. De hecho, empleó afirmaciones que merecieron la respuesta del Centro de Prensa Internacional, responsabilizado con la atención de los periodistas extranjeros acreditados en el país.

Eso dio lugar al intercambio de mensajes que ocupa el presente tramo, porque Roberto Fernández Retamar terció del lado de Ravsberg en términos que me parecieron impertinentes, impensables en alguien de tanta sabiduría política y reconocida lealtad revolucionaria. No es casual que agencias extranjeras utilizaran contra el Gobierno cubano sus declaraciones: “El poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, presidente de Casa de las Américas, salió en defensa de Ravsberg quien, según dijo, ‘tan lúcida y corajudamente defiende nuestra Revolución’”.[2] Así se expresó ese sitio, que añadió: “Retamar de 88 años hizo la afirmación en el blog Segunda Cita del cantautor Silvio Rodríguez quien ofreció su espacio digital a Ravsberg. ‘Es increíble lo que le han hecho. Hay que dirigirse a quien sea para que se rectifique la monstruosa medida’, dijo”.

El juicio de Fernández Retamar se lee completo en Segunda Cita, donde tiene relevancia también la fecha en que lo emitió, antes de lo difundido por CubaSí:

Silvio entrañable:

Muy justo, valiente y necesario que ofrezcas tu imprescindible y honrado blog a Fernando Rasvberg, quien tan lúcida y corajudamente defiende nuestra Revolución, la cual, como toda empresa humana, comete errores que él tiene derecho a mencionar y otros no hacen. Es increíble lo que le han hecho. Hay que dirigirse a quien sea para que se rectifique la monstruosa medida.

Abrazos fraternos,

Roberto Fernández Retamar

12 de junio de 2018, 15:26[3]

Era de prever que las palabras de Retamar se tomarían como un espaldarazo a Ravsberg, y que este las citara con tal propósito. No me pareció necesario consultar otras reacciones ante ese punto para hacerle saber mi opinión a Roberto, cuya respuesta no me permite asegurar que su defensa al periodista uruguayo fuera tan sólida como este último disfrutaría y le convenía creer.

Vale decir que tal defensa tuvo las siguientes motivaciones. De un lado operarían conocidas y fundadas insatisfacciones de Roberto –como de tantas personas más– en cuanto a las aludidas deficiencias de nuestra política informativa, que ya parecen en camino de ser erradicadas por demandas de la tozuda realidad, por necesidades del país y apreciable comprensión entre sus dirigentes, por presión del pueblo y, en gran medida, por la exigencia y la actitud de periodistas revolucionarios. De otro lado estaría la confianza del propio Roberto en personas que cabe suponer cercanas a él y que han admirado a Ravsberg y son conocidamente revolucionarias.

El 14 de junio, en medio de aquellos hechos, le escribí textualmente lo que sigue:

Roberto:

¡Buenos días! Tengo una preocupación y te la hago saber con el ruego de que la recibas como estrictamente personal, no para compartirla con otras personas, salvo que estimes necesario hacer otra cosa.

Creo que has caído en la trampa de Fernando Ravsberg, cuando no estamos para eso. Al pie de este mensaje va el enlace de un texto que vale la pena leer, aunque no es ni remotamente el único elemento en que me baso para tener la preocupación aludida.

El texto al que remitía el enlace mencionado contenía lo declarado por el Centro de Prensa Internacional a CubaSí, y la respuesta de Roberto la reproduzco in extenso, porque explica muchas cosas:

Luis:

De acuerdo con lo que me escribes, no daré a conocer a nadie tu mensaje ni este mío. Y como no me funciona internet en mi computadora, no puedo abrir el enlace que me has enviado, pero parece ser una declaración del Centro  de Prensa Internacional que ya llegó a mis manos. Te añado que apenas he tenido relación con Ravsberg (solo hablé unos minutos con él hace tiempo), no he leído cuanto ha publicado, ni desde luego me parece de igual mérito todo lo suyo. Ahora bien: en lo que he leído de él lo he visto defender con valor e inteligencia nuestra Revolución, aunque alguna vez discrepe de sus opiniones, cosa por lo demás natural.

A quien sí conozco bien, y admiro, es al compañero Silvio Rodríguez, a quien envié mis escasas líneas solidarizándome con él ante lo que me parecía un error.

Como he dicho en otras ocasiones, mientras nuestras revistas digamos culturales tienen a lo largo de la isla un nivel apreciable, nuestra prensa no es todavía lo que nuestra Revolución requiere, y eso contribuye a que lo de Ravsberg llame la atención. Aprovecho para decirte que me alegra que estés colaborando con Granma, lo que es una noticia esperanzadora.

Te reciproco los saludos. Roberto

A ese mensaje –en el que Roberto se refiere a su reacción ante lo que en ese momento le había parecido un error– le di la siguiente respuesta, que no modifico ahora ni en una coma, a riesgo de que la prisa con que la escribí me haga quedar mal en algún detalle formal. Con el contenido me responsabilizo totalmente:

Roberto:

Gracias por tu pronta respuesta, por tu franqueza y por ver una ‘noticia esperanzadora’ en el hecho de que yo esté colaborando (es una nueva etapa, pues ya antes lo hice durante años) en Granma. En cuanto al periodista, sinceramente creo que te precipitaste. Él, que no me parece tan limpiamente revolucionario como otros creen que es, contribuyó a fabricar un escandalito en que ha quedado como un mentiroso, o cuando menos como un manipulador, por haber propiciado que las autoridades cubanas aparecieran acusadas como responsables de que se le suspendiera una credencial con la que Cuba nada tiene que ver, pues la otorga, y la quita, un órgano de prensa no cubano.

Yo sé que él tiene muchos simpatizantes en Cuba, donde se han tenido grandes gentilezas con él, y en parte, sin menospreciar su pericia periodística, si ha tenido una carrera exitosa, se debe en buena parte

al espacio que le han regalado las torpezas de nuestra prensa, torpeza que puedo pensar que tú conoces que he refutado amplia y abiertamente. El ejemplo más cercano es el artículo aparecido en La Jiribilla el 14 de marzo pasado, creo que con el título de “¿Para qué perfeccionar la prensa?”. Me permito enviártelo ahora como archivo adjunto a este mensaje, al igual que el texto del enlace que te remití hoy, aunque presumo que sea el que llegó a tus manos por otras vías.

Por cierto, recuerdo que la primera vez que cité a Ravsberg fue, estando yo como diplomático en Madrid, por una entrevista que le hizo a Silvio Rodríguez, y también recuerdo que lo cité para alabar las virtudes de nuestro trovador y señalar la pericia del periodista, aparte de apuntar las que me parecieron algunas insinuaciones más bien torcidas de su parte. Luego lo he seguido, y te confieso que no me siento nada animado a salir en su defensa, y menos ahora, que ha quedado como ha quedado con su reciente manipulación de la credencial de Público, de la que no se puede responsabilizar de ninguna manera a Cuba.

La amistad de Silvio con él parece ostensible, y nada tengo que objetar a eso. Cada quien escoge sus amistades de acuerdo con sus criterios. Pero me duele que algunas personas que tienen una alta responsabilidad con Cuba y su cultura se lancen a una defensa precipitada y sin fundamento bastante, según mi ver. En algunas de las defensas que ha recibido ni me detengo, porque me parecen patéticas. Pero de pareceres discrepantes, acertados o fallidos, está lleno el mundo. Y, como dijo un pintoresco torero cordobés, “ca uno es ca uno y hace su cauná”.

Huelga decirte que este mensaje es también estrictamente personal, y va con el ruego de que no lo des a conocer a nadie más. Solo quiero que lo leas tú, en quien siempre he apreciado, junto con tu inteligencia y tu cultura, la capacidad política de saber por dónde vale la pena, o la alegría, andar. Pero no necesitas elogios, y tampoco puedo privarme de la sinceridad con que te hice y te ratifico mi apreciación en torno a tu defensa de Ravsberg, que tan mal está haciendo quedar visiblemente, esta vez al menos, a quienes lo han defendido.

Saludos. Luis

El texto cuyo enlace le había enviado a Roberto y él había recibido por otra vía fue precisamente el que publicó sobre el particular el sitio CubaSí el 13 de junio de 2018, con una entrevista hecha a quien entonces dirigía  el mencionado Centro de Prensa  Internacional. Del mensaje de Roberto se infiere que él no había leído esas declaraciones cuando había refutado lo que le había parecido un error. Aquí están:

Cubasí: En las redes sociales el periodista Fernando Ravsberg ha comen- tado que el MINREX [Ministerio de Relaciones Exteriores] ha cancelado su acreditación en La Habana. Coménteme al respecto.

CPI: El periodista Fernando Ravsberg trabajó durante los últimos tres años y siete meses como corresponsal permanente en Cuba para un periódico digital español. Dicho diario no le renovó  su contrato ni solicitó su reacreditación para el presente año 2018. Por tal razón expiró su acreditación permanente como periodista extranjero ante el Centro de Prensa Internacional.

Es falso que el Centro de Prensa Internacional le haya retirado su acreditación; fue el medio de prensa para el que estaba acreditado quien tomó la decisión de no reacreditarlo.

Por otra parte, el Centro de Prensa Internacional no tiene relación alguna con el blog personal del periodista que obviamente no es un medio de prensa extranjero acreditado en el país.

El periodista solicitó acreditarse entonces para otros dos medios españoles, lo cual está bajo consideración como corresponde a cualquier solicitud de apertura de una corresponsalía de un nuevo medio de prensa extranjero en Cuba.

CubaSí: ¿Es verdad como él asegura que está en trámites de ser expulsado del país?

CPI: El periodista Fernando Ravsberg, al estar casado con una ciudadana cubana, puede tramitar su residencia permanente en nuestro país, si así lo desea. No es verdad que al no ser reacreditado esté siendo expulsado del territorio nacional. Como cualquier periodista extranjero residente temporal en el país, al concluir sus funciones dispone de un plazo de 60 días hábiles, prorrogables por 30 más, para hacer los arreglos necesarios para actualizar su estatus migratorio.[4]

A la entrevista leída en Madrid –sería alrededor de 2007 o 2008– aludí en una crónica: uno de los textos que desde allí enviaba a Cubarte, y estará entre los muchos que por penurias tecnológicas han desaparecido de esa publicación, pero tampoco sería necesario hallarlo para decir lo que he dicho. Con los términos que usé para calificar la actitud de Ravsberg ante lo que llamé “escandalito”, me refería únicamente al hecho comentado en los mensajes que intercambié con Roberto. La verdad es que no tenía en mente un dato que no parece desechable y puede localizarse fácilmente en la red: en enero de 2017 alguien de la responsabilidad y el olfato político de Fidel Castro lo había llamado “el más mentiroso”.

Si ahora hago públicos los mensajes intercambiados con Roberto, se debe al uso que Ravsberg ha seguido haciendo de una defensa que, a la luz de lo antes visto, no parece que haya sido tan irrestricta o incondicional como a él –naturalmente, y se comprende– le habría gustado que fuera. En eso, además, tiene de su lado el aval de haber sido invitado a un homenaje que instituciones del país le tributaron a Roberto después de su muerte.

Escribió entonces un breve texto que la revista cultural cubana La Jiribilla publicó junto con otros surgidos de dicho homenaje: “Yo no fui amigo de Roberto Fernández Retamar”, título que le dio pie al periodista para comenzar del siguiente modo:  “Tal vez por eso me agarró por sorpresa su apoyo cuando la jauría me mordía los talones. Su solidaridad se expresaba a veces con la sutileza de un poema, y en otras ocasiones con la fuerza de un manifiesto político, pero siempre fue inequívocamente solidario”. No entro a especular sobre qué era para Ravsberg “la jauría”.

Mi último encuentro personal con Roberto ocurrió el 18 de septiembre de 2018, o sea, pocos meses después de aquel intercambio de mensajes. La presidencia de la UPEC decidió que uno de sus encuentros celebrados con el nombre nada casual de Catalejo estuviera a cargo del eminente intelectual y amigo, y me pidieron que estableciera el debido contacto con él y luego condujera el encuentro, celebrado en el atardecer de aquella fecha.

Aunque suene como esas zarandajas que él rechazaba, vale decir que también en esa ocasión, como siempre, Roberto brilló y cautivó al público, y para mí personalmente fue un gran placer participar en aquel diálogo cordial y, en lo que respecta a su protagonista, luminoso. Al final –sentado él en su silla de ruedas, a la que lo ataba un deterioro físico que lejos de menguar su lucidez parecía fortalecerla, y todavía frente al público, que ya no estaría escuchándolo–, tuvo conmigo uno de sus gestos característicos. Juntó mis manos entre las suyas, y me dijo, como para que solamente yo lo oyera, algo que recuerdo hasta por su respiración y en lo más profundo de su espíritu, aunque alguna palabra pudiera ser sustituida –no la última, que tengo muy clara en la memoria– por un sinónimo: “Luis, lo único que quiero es que sigamos coincidiendo siempre”.  No creo que aludiera a la identificación revolucionaria que nos unía y ambos sabíamos inquebrantable, sino a hechos concretos, y el que más recientemente nos había  vinculado fue aquel intercambio de mensajes.

  1. Adiós natural

El momento, el ánimo y la urgencia no dan para intentar una valoración de lo mucho que ha significado y seguirá significando Roberto Fernández Retamar, ni para entrar en detalles cronológicos y otras circunstancias. En realidad, tal valoración ha venido haciéndose, y continuará creciendo y dando frutos, y aquí apenas se trata de plasmar un esbozo de adiós a quien ha sido uno de los mayores exponentes de la cultura cubana, asumida como parte de la cultura de nuestra América toda. Pudiera sentirse la tentación de ubicarlo en el siglo XX –particularmente en su segunda mitad– y lo que va del XXI. Pero la obra del sólido intelectual que acaba de morir desborda esos lindes, y seguirá ejerciendo una influencia enriquecedora.

Cuando en plena juventud mereció reconocimientos por su concentrado poemario Elegía como un himno, iniciaba una trayectoria en permanente ascenso. La poesía y un pensamiento calador lo ubicaron con pasión y lucidez en el devenir de la nación, y de ese vínculo nació una sed de conocimiento en que el cultivo de la belleza y la defensa de las mejores causas marcharían unidos. No es casual que su temprana admiración por autores como Julián del Casal y Rubén Martínez Villena se afianzara en la devoción por José Martí. Esa perspectiva raigal fue una guía básica para el poeta y el ensayista Roberto Fernández Retamar.

La poesía aportó luz y capacidad de revelación a las ideas de quien haría contribuciones medulares y germinadoras que podrían resumirse o representarse con su reinterpretación de la figura de Caliban. Con ella fijó una imagen válida para profundizar en las especificidades de los pueblos de nuestra América y su diálogo con otros pueblos del mundo.

El peso de su proeza cognoscitiva fue mayor en virtud de la intensa actividad social que desarrolló. Cabría recordar su labor docente, una de las más importantes entre las que enriquecieron la realidad y el prestigio del área humanística de la Universidad de La Habana. Igualmente se deben citar otras tareas que realizó a lo largo de su vida, a menudo simultaneando algunas de ellas.

El recuento incluye el ejercicio de la diplomacia en distintos momentos, así como quehaceres de dirección en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y, por más años, en el Centro de Estudios Martianos, del cual fue director fundador. Lugar especial corresponde a las décadas que dedicó, hasta sus últimos días, a la Casa de las Américas, institución de la cual fue vicepresidente y que luego presidió durante décadas, además de dirigir su revista.

Todas las tareas que desempeñó –contando asimismo en ellas la de miembro del Consejo de Estado– se beneficiaron de su inmensa sabiduría, que le propiciaba una comprensión profunda y abarcadora de los temas que analizaba, y tuvieron el aval de una obra escrita de dimensiones monumentales. También por eso constituye un ejemplo para las actuales y futuras generaciones del país, especialmente para quienes se desempeñan ahora o se desempeñen luego en perfiles profesionales afines a los que tuvieron en él un infatigable trabajador.

La pena causada por su partida es solo compensable por el tesoro de letras e ideas que deja, y que crece con su ejemplo de íntegra profesionalidad y de lealtad en actos y pensamiento a la patria y su Revolución.

  1. Final provisorio

Roberto Fernández Retamar disfrutaba el orgullo de que se le considerase poeta en todo cuanto hacía: desde el oficio de pensar hasta las tareas de dirección. Pero querer “librarlo” de la actitud y la conciencia políticas que siempre tuvo y ejerció sin ambages –sin remilgos ni, usemos otra expresión que solía emplear en señal de disgusto, señoritismo intelectual– sería empobrecer su figura, su legado.

Amaba la poesía y solía ver con recelo lo que a menudo suele llamarse poético –de ahí “La poesía y lo poético”, como definía un tema con deslindes que le gustaba tratar–, pero no merece que ningún empeño le retacee su integridad de intelectual pleno, y plenamente político y revolucionario, como plenamente artístico. No fue ni quiso ser ni tribuno consignero, ni lírico lánguido. Fue un poeta entero: de belleza y esperanzas, de amor y de pelea, polos que tanto se vinculan, y que él supo ver en su orgánica vinculación.

También en eso fue fiel a José Martí, a quien no solamente estudió, sino que lo comprendió y lo asumió gustosamente como ejemplo de conducta intelectual, cívica, personal… política: “Verso, o nos condenan juntos, / O nos salvamos los dos”. La organicidad de la obra y del pensamiento de Roberto Fernández Retamar fundamenta que, para decirlo parafraseando en español el título del primero de los tramos aquí reunidos, su voz no suene como la de los mortales.

 

Bibliografía citada:

“Declaraciones del Centro de Prensa  Internacional sobre la situación del periodista Fernando Ravsberg”, en: https://cubasi.cu/es/cubasi- noticias-cuba-mundo-ultima-hora/item/78544-declaraciones-del-centro-de- prensa-internacional-sobre-la-situacion-del-periodista-fernando-ravsberg.

“El régimen cubano le retiró su credencial al periodista extranjero

Fernando Ravsberg”, en: https://www.infobae.com/america/america- latina/2018/06/13/el-regimen-cubano-le-retiro-su-credencial-al-periodista- extranjero-fernando-ravsberg/.

“Horror! Perdemos a Ravsberg!!”, en: https://segundacita.blogspot.

com/2018/06/horror-perdemos-ravsberg.html.

Toledo Sande,  Luis, “Para ser verdaderos soldados  de la prensa”,  en: https://www.cubaperiodistas.cu/2021/03/para-ser-verdaderos-soldados- de-la-prensa/.

Referencias:

[1] Luis Toledo  Sande, “Para ser verdaderos soldados  de la prensa”, en Cubaperiodistas.

[2] “El régimen cubano le retiró  su credencial al periodista extranjero Fernando Ravsberg”, en Infobae.

[3] Cfr. “Horror! Perdemos a Ravsberg!!”, en Segunda Cita.

[4] “Declaraciones del Centro de Prensa Internacional sobre la situación del periodista Fer- nando Ravsberg”, en CubaSí.

 

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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