Cuando la nación, hace varias décadas y por orientación de su gobierno, decidió legitimar, normalizar y fomentar nexos con su emigración —el primer encuentro formal, defendido por El Líder de la Revolución, tuvo lugar en 1978—, abría un camino que desbordaba lo simbólico y se adentraba fértilmente en la realidad.
Una nación no es solo el territorio que ocupa: potencial o realmente vive en sus hijos e hijas que se hallan en otras tierras, y ese abarcamiento marcó para Cuba un período de tenso parteaguas desde 1959. Que las convocatorias a los encuentros iniciados en 1978 hablen en tono afectivo de Cuba y su emigración, apunta al deslinde mencionado, y a la necesidad de la nación de contar con quienes no atenten contra ella.
Ponderar lo ocurrido en esa esfera de 1959 hasta hoy, exige precisiones que podrían desviar el artículo de su propósito central, pero algunas pinceladas serán necesarias. Aquel año definió las relaciones entre una nación —o etapa de ella— que, pese a todos sus esfuerzos por alcanzarlas, no había conseguido la independencia y la soberanía, y la que pudo lograrlas con la derrota de una tiranía vernácula y cuanto ella representaba.
Dicha tiranía fue la última que en Cuba sirvió de instrumento para mantener el país atado al régimen neocolonial que los Estados Unidos —en pujanza hacia su hegemonía en el mundo— le impusieron tras sustituir en 1898 a España, la metrópoli colonial de Cuba hasta entonces. Los intereses y maniobras de la potencia norteña ante el triunfo revolucionario en Cuba definieron las contradicciones entre los dos países, y las que se desataron entre la paria liberada y sus emigrantes.
Oportunista y voraz, experto en aprovechar cuanto se lo propicie o él pueda sumar a sus artimañas, el gobierno estadounidense pudo intentar lavar su propia imagen con el derrocamiento de la tiranía. Pero, para eso, la revolución que la derrocó debía quedarse en los límites de un proyecto democrático burgués manejable por el imperialismo o impuesto por él —como en la Cuba neocolonial—, y eso no fue lo que ocurrió.
La historia me absolverá, alegato con que Fidel Castro desbordó su autodefensa en el juicio que se le siguió por los hechos del 26 de julio de 1953, encarnó un programa incompatible con los designios estadounidenses. Y, a medida que la Revolución triunfante ratificó con hechos su orientación —lo que ocurrió pronto—, se desencadenaron contradicciones básicas en la sociedad cubana, y al imperio empeñado en seguir sojuzgándola no le quedarían dudas de que la Revolución iba en serio.
Tal realidad se expresó asimismo en la emigración, que se dirigió principalmente a los Estados Unidos, por lo que esa será la plaza de referencia para el presente artículo. En una primera oleada emigraron, empezando por el propio dictador derrocado —cuyas patéticas vicisitudes finales rebasan el interés del texto—, muchos de los esbirros y personeros comprometidos con los crímenes de la dictadura.
Luego lo hicieron en gran parte personas que no comulgaban con la ideología popular de la Revolución, no pocas de ellas materialmente afectadas por la política en que se sustentaba esa ideología. En tal realidad tuvieron gran importancia medidas como las leyes de Reforma Agraria y de Reforma Urbana, y las nacionalizaciones.
El gobierno estadounidense, convencido de que Cuba vivía una revolución verdadera, estimuló las tensiones, para capitalizarlas. Lo hizo con particular saña, y de ese modo contribuyó a acelerar la declaración del carácter socialista de la Revolución, y su acercamiento a la Unión Soviética y el campo socialista europeo.
Los Estados Unidos emplearon contra Cuba no solo una pertinaz propaganda por medio de la radiodifusión y otras vías. También patrocinaron hechos de armas, como —no fueron los únicos— la invasión mercenaria por Playa Girón en abril de 1961, y las bandas de alzados que en varios puntos del territorio nacional cometieron atrocidades: entre ellas, asesinatos de campesinos y de maestros voluntarios y brigadistas, con el fin de que fracasara la Campaña Nacional de Alfabetización, que triunfó como uno de los grandes éxitos de la Cuba revolucionaria.
A todo eso, que separaba a los cubanos defensores de la Revolución y a los que la rechazaban, se sumaron otras maniobras particularmente criminales, ninguna acaso más cínica y brutal que la Operación Peter Pan, orquestada por la CIA y representantes de la Iglesia católica. En ese contexto la polarización se apreciaría también dentro del país, pero se intensificó sobre todo entre “cubanos de Cuba” y “cubanos de afuera”, y se impregnó de la violencia, inevitable a la larga, de una revolución.
En el discurso del 26 de noviembre de 1891, clave en su campaña por unir a las fuerzas patrióticas en la lucha independentista, José Martí evidenció que no idealizaba el alcance de esa unidad. Al tener en cuenta “lo que no se puede suprimir”, previó hechos como la oposición venida de quienes no comprenderían “que los pueblos, en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina”.
Tras el triunfo de la Revolución, de ambas partes la polarización se expresaría en términos drásticos, como una antinomia dinámica que escindiría a Cuba entre compañeros y gusanos. Aunque, como se apunta en el texto enlazado, la escisión hallaría profundas raíces históricas —nada menos que en Máximo Gómez y el Diario de campaña de Martí—, acabaría lastimando a personas que no merecían el tratamiento de gusanos, y propiciando que el de compañeros se aplicara con excesiva soltura, aunque es un legado revolucionario que merece atención. De un amigo sabio es este juicio: “Nos costó mucho aprender a decir compañeros para ahora olvidarlo”.
Del lado opuesto a los revolucionarios el encono estuvo lejos de ser menor. Términos como ñángara —o comuñángara—, lanzado contra simpatizantes del socialismo, y de las ideas comunistas, se sumaron a ostensibles intentos de ridiculizar a los defensores de la Revolución. Pullazos como “Un dos, tres, cuatro, comiendo mierda y gastando zapatos” se lanzaban contra los milicianos que marchaban en las calles como parte de su preparación militar para el combate, un combate que no tardó en darse.
Años después, el ensayista y poeta Guillermo Rodríguez Rivera les recordaría a los enemigos de la Revolución algo importante: aquellos milicianos habían derrotado a los mercenarios bien vestidos y armados que vinieron por Playa Girón, y a los bandidos que enlutaron distintos puntos del país.
Pero los “cubanos de Cuba” también debemos repasar los acontecimientos, los choques de ideas de aquellos años. Aunque se tratara de poner las cosas en blanco y negro para asegurar la defensa de una Revolución amenazada y agredida por un enemigo poderoso, y que merecía mantenerse y vencer, no todo surtió buenos efectos. Y cuando se quiso corregir la satanización, dentro de las propias familias, de quienes habían abandonado el país, ya las toxinas de esa política habían calado en el pensamiento nacional.
Fue el propio Comandante en Jefe quien, con su acostumbrado valor para encarar la realidad y asumir responsabilidades, expresó comprensión hacia el militante del Partido —no se reveló su nombre— que manifestó drástico disgusto cuando se anunció la decisión de normalizar relaciones con la comunidad emigrada que habíamos rechazado en bloque. Tal normalización incluiría, naturalmente, el plano familiar.
Pero no bastaban la sabiduría y la claridad de un Fidel Castro para borrar de la noche a la mañana una política que se había defendido apasionadamente, y que todavía años después de 1978 propició que los que debieron haber sido dignos actos de reafirmación patriótica terminaran en lamentables mítines de repudio. Y los odios parecen dejar estelas más tercas que la cordialidad, al menos en lo que se ve y en lo que se oye.
Pero quizás hubo otros elementos más peliagudos o de mayores implicaciones. A nivel de consigna se calzó durante años la idea, falaz en más de un sentido, de que quienes abandonaban el país irían a fregar platos. Así, además de que ningún trabajo es deshonroso —también en Cuba hay personas que se ganan la vida en labores como la mencionada, o similares—, menospreciábamos los beneficios económicos que la política y la vida material de los Estados Unidos proporcionarían a los emigrantes de Cuba en particular, no solo con la Ley de Ajuste Cubano, que no era poca cosa.
Los emigrados cubanos, que de entrada tenían una preparación profesional superior a la media de otros, eran los que —aunque lo hiciera engañosamente— la potencia buscaría privilegiar para abonar una imagen utilizable contra Cuba: quienes se iban de este país tendrían un camino seguro para alcanzar una solvencia individual que no les sería posible a quienes permanecieran en él. Tal razonamiento sería diabólico, pero no tonto.
Cuba era un país movido por aspiraciones de equidad que fueron entorpecidas a fondo por la hostilidad de la más poderosa y agresiva potencia imperialista. El egoísmo fomentado por esa política anticubana provocaba que profesionales formados por la Revolución pudieran preferir tener mejores ingresos y mayor confort en los Estados Unidos, antes que permanecer en Cuba con un desempeño profesional que muchos no podrían conservar en el “Norte revuelto y brutal”. Pero allí ganarían más.
Pese a sus grandes logros en la educación, la ciencia, la salud, el deporte, Cuba se vio privada de alcanzar el desarrollo general que pudo haber conseguido con la Revolución y sin bloqueo. Y esa realidad ha viciado, entorpecido o imposibilitado las que habrían sido, aunque no hayan podido serlo —no al menos plenamente—, relaciones normales, sanas, entre la nación cubana y su emigración.
No solo se trata de que haya personas nacidas en Cuba que abogan por una intervención militar de los Estados Unidos para conseguir “un cambio de régimen” en su país. A la larga, esas personas son una minoría, aunque tengan la resonancia lenguaraz y desvergonzada que les dan los medios capitalistas y los voceros de la contrarrevolución.
Lo más serio del asunto radica en la desventaja económica objetiva en que Cuba y sus pobladores —hijos e hijas— que permanecieron resueltamente en ella, y siguen dispuestos a defenderla, se encuentran con respecto a quienes ganaron más gracias a haber decidido vivir fuera de Cuba, particularmente en los Estados Unidos. Eso ya se ve cuando en espacios como el Noticiero Nacional de Televisión se ensalza a cubanos o cubanas que están dispuestos, y así declaran, a “invertir en su patria para salvarla”.
Se sabe que los recientes cambios en Cuba —que han dejado muy atrás lo que aquí se devaluaba con acusaciones de reformismo— también están produciendo ricos y ya posiblemente millonarios dentro del país, con las desigualdades que ello genera. Pero está por ver si en ninguno de esos casos el capital “originario” no ha estado en Miami, o en la corrupción, no menos peligrosa que la capital yanqui de la contrarrevolución de origen cubano.
Vale meditar sobre el hecho de que, digamos, un millonario alemán se parecerá más a un millonario boliviano que a un obrero humilde alemán, así como un millonario boliviano se parecerá más a un millonario alemán que a un obrero humilde boliviano. Pese a las diferencias culturales y de idiosincrasia que median entre Bolivia y Alemania.
La política de los Estados Unidos hacia/contra Cuba, incluye un largo bloqueo económico, financiero y comercial que se ha reforzado con un cerco energético diabólico, y ha influido malvadamente en las relaciones de Cuba con su emigración, y seguirá influyendo. Aunque la mayoría de la emigración cubana sea patriótica y esté de veras dispuesta a defender a su país.
Pero ese un censo que tal vez no se ha hecho, y en el que no se puede pensar sin tener en cuenta la relativa mengua del consenso dentro de la propia Cuba en torno a su proyecto revolucionario original, a pesar de que la mayoría del pueblo cubano siga no solo dispuesto a enfrentar una agresión de los Estados Unidos, sino también haciendo suyo aquel proyecto, y hasta decidido a luchar internamente para que no se lo desmigajen.
¿No habrá ocurrido ya que la necesidad de burlar el bloqueo y mejorar la economía del país haya favorecido que se dé cabida a algún emigrado —uno solo no sería poco, pero puede haber más— que, aprovechando lo que ha ganado en sus negocios fuera de Cuba, venga a ella como un posible colaborador y funcione como un caballo de Troya? Eso difícilmente se logre sin algún apoyo interno en el país.
Tales realidades, tales desafíos, tales peligros, adquieren una significación especial, no solo simbólicamente, en el Centenario de Fidel Castro, El Líder de la Revolución.
Foto de portada: CubaMinrex

