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ESTUDIANTES REPORTEROS

Buscar ilusiones entre los escombros

Por Melissa Maura Murguía Hernández, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

La pesadilla brotó de las estrellas. Las voces del viento simulaban una manada de bestias enfurecidas, amenazaban, en un dialecto extraño, con derrumbar cada cimiento. Sucumbieron las vigas del techo, mientras las ventanas resistían. Luego el estruendo de una pared caída dio paso a un silencio ensordecedor.

Así recuerdan Yoel y Alina la nefasta noche del 27 de septiembre de 2022, cuando perdieron su hogar, ubicado en Pinar del Río. Tres letras les saben a dolor al rememorar los sucesos: Ian, un nombre tan simple para un huracán de categoría cinco que arrasó con el sosiego de un refugio para sus dos hijos.

El escenario que presenciaron después fue confuso, solo recuerdan que la casa se convirtió en ruinas. Era como si la Madre Natura hubiese declarado la guerra con un segundo duelo. Nunca imaginaron los alcances del siniestro ni que las esperanzas terminaran convertidas en despojos. La calma definitiva los sorprendió al amanecer y no la creyeron.

Paredes grises. De un clavo cuelga un afiche que trata sobre la tuberculosis. Pero con el tiempo han aprendido a personalizar el espacio donde ahora habitan. Frente al camastro reposa un Cristo de yeso, le piden cada noche recuperar los sueños. Casi tres años han pasado; sin embargo, aún viven en el extremo izquierdo del consultorio médico del barrio.

La única alternativa que les quedó fue ocupar la modesta institución sanitaria, pues no hubo respuestas de las autoridades. El temor se apoderó de la familia, se preguntaban cómo reaccionarían los vecinos, pero la aprobación y simpatías se hicieron evidentes, ¿quién podría juzgar a unos padres que solo pensaron en el bienestar de sus hijos?

A Samuelito, el más pequeño, no le disgusta vivir ahí, a pesar de que mamá no lo deja cruzar para el ala derecha, donde se encuentran esos extraños artefactos médicos que tiene prohibido tocar, pero que anhela con todas las fuerzas de su infantil sueño de ser doctor.

Por el contrario, Enrique, el hermano mayor, oculta las cicatrices de aquel oscuro suceso. Vuelve a las ruinas de su hogar cada tarde, atraído por los fantasmas del recuerdo. Se ha convertido en un niño callado, guarda en su cuaderno un dibujo de la casa y en el pequeño corazón, las esperanzas de regresar. Allí están sus amigos y sus sonrisas.

En un cajón, Alina atesora periódicos, libretas y la planilla de materiales de construcción, que no llegan. Un ejemplar del Granma, con hojas amarillas por la humedad, refiere que se recuperaron más de diez mil viviendas afectadas en Pinar del Río, cifras que para ella son ecos imposibles.

La casa de los abuelos, la que vio nacer el amor durante generaciones es polvo y añoranza. Para Alina y Yoel, la pérdida tiene el sabor inconfundible de la impotencia, el color de la tempestad y el oscuro augurio de las malas rachas, pero siempre se protegen con la coraza conciliadora de una sonrisa ante la adversidad.

Viven a base de las remembranzas. Tejen, entre incertidumbres, el firme manto del amor familiar. Han aprendido a valorar los sueños y, sin proponérselo, regresan a los descubrimientos primeros del hombre para elaborar, con sus manos, el fuego hogareño. Son tiempos de dolor para ellos; no obstante, cultivaron el arte de buscar ilusiones entre los escombros de una vivienda hecha de recuerdos.

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Melissa Maura Murguía Hernández
Estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

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