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ESTUDIANTES REPORTEROS

Donde la vida es una conversación abierta

Voces que hablan de precios, de apagones, de lo que se resiste a detenerse. En cada esquina pinareña, una historia se repite en los rostros del esfuerzo cotidiano por mantener la esperanza.

Por Jorge Lázaro Martínez Miranda, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

En la calle pinareña Martí, frente a una bodega que apenas conserva su pintura azul, María Luisa, jubilada y madre de tres hijos, espera su turno para comprar el pan: “Antes uno venía y se encontraba con todo, ahora hay días que no llega nada”, dice. Su voz no suena derrotada, sino acostumbrada. En el bolso lleva la libreta de abastecimiento doblada y en el rostro una sonrisa que parece más fuerte que la escasez.

A pocos metros, Ernesto, joven de 27 años, empuja una bicicleta con una caja de madera atada al asiento. Vende maní y dulces caseros. “Esto es lo que hay, hermano. No tengo trabajo fijo, pero uno se inventa algo”, su frase resume la creatividad que se ha vuelto rutina en la ciudad: la economía informal como tabla de salvación. En cada esquina, alguien que vende, repara o intercambia, como si la solidaridad fuera la moneda más estable.

El parque de la Independencia, con los bancos gastados y la estatua imperturbable, es testigo de otro fenómeno: los jóvenes conectados a la red pública de Wi-Fi, buscando oportunidades, tratan de conectarse con el mundo. Algunos estudian, otros sueñan con emigrar. “No es que uno no quiera a su país, pero aquí todo cuesta demasiado”, dice Yanelis, estudiante de preuniversitario. Su mirada se pierde entre los cables y las luces del atardecer, como si buscara una señal que también le de futuro.

Mientras tanto, en los barrios periféricos como La Conchita o Hermanos Cruz, la vida se organiza entre apagones y promesas. Las familias cocinan con leña, los niños juegan en la calle y los vecinos comparten lo poco que tienen. Allí, la palabra “resistencia” no es consigna, sino costumbre. “Nos ayudamos porque si no, no se puede. Aquí nadie se salva solo”, dice Ramón, carpintero de toda la vida.

La ciudad, que alguna vez fue símbolo de prosperidad tabacalera, hoy respira con dificultad. Los talleres de torcedores se reducen, los campos se secan y los jóvenes buscan salida en otros oficios. Sin embargo, Pinar del Río conserva algo que no se agota: su sentido de comunidad. En medio de la crisis, los vecinos organizan colectas, los artistas pintan murales y los maestros siguen enseñando con lo que tienen.

Al caer la noche, los portales se llenan de voces. Se habla de la lluvia que no llega, del precio del aceite, del hijo que llamó desde fuera. Pero también se ríe… se ríe con esa mezcla de ironía y esperanza que solo el cubano entiende. Porque en Pinar del Río, incluso en la dificultad, la vida sigue siendo una conversación abierta.

En los portales, bajo la luz amarillenta de una bombilla, María Luisa guarda su pan y se despide con un “¡Hasta mañana!” Y ese gesto sencillo lo resume todo: la persistencia de un pueblo que, entre carencias y sueños, sigue apostando por el día siguiente.

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Jorge Lázaro Martínez Miranda
Estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

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