Lo que pensaba al estampar mi firma
Esperar que ante el movimiento “Mi firma por la Patria” no se revolvieran quienes sirven a los planes imperialistas, habría sido un acto de ingenuidad. Y aunque es doloroso que entre quienes se revuelven haya nacidos en Cuba, no son la mayoría de las personas que han emigrado de este país. Si se oyen más, es porque chillan, y porque hay recursos puestos en función de amplificar sus voces, sus chillidos.
Al plegarse a los planes del imperio hasta pedirle que agreda con las armas a su patria, de hecho esas voces proclaman que han roto con ella y nada tienen que agradecerle. Pero le deben la preparación que les ha dado ventajas que no tienen otras comunidades, salidas de países donde ni de lejos el capitalismo les ha permitido recibir una preparación similar.
Para los y las patriotas de Cuba que —viviendo incluso fuera de ella— desean verla en paz y buscando la prosperidad de su pueblo, las firmas expresan ese deseo. Y, sobre todo para quienes permanecen en Cuba, refrendan la decisión de defenderla con las armas si sus enemigos decidieran agredirla por esa vía una vez más.
La selección del 16 de abril para el inicio de “Mi firma por la Patria” tiene un significado especial. En esa fecha de 1961, Fidel Castro, El Líder de la Revolución Cubana, la definió como “la Revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”. Lo hizo ante una multitud que aprobó esa declaración no solo con aplausos y ovaciones, sino fundamentalmente alzando fusiles en muestra de la resolución de defender con ellos la patria.
Al día siguiente, el pueblo uniformado —fuerzas regulares del ejército y la policía, y milicias populares, con su Comandante a la cabeza— enfrentó y aplastó en poco más de sesenta horas a tropas mercenarias que tenían el plan de establecer en las inmediaciones de Girón una cabeza de playa. De lograrlo, habrían solicitado desde ese emplazamiento la intervención directa de los Estados Unidos.
El gobierno de ese país había patrocinado, financiado y entrenado a los mercenarios por medio de su Agencia Central de Inteligencia, la célebre CIA, y de lacayos suyos en tierras de nuestra América. Entre sus cómplices figuraban cubanos que habían abandonado su país tras el triunfo de la Revolución, que derrotó a una tiranía cruenta sometida a los Estados Unidos.
El contundente rechazo del pueblo a la invasión no se explica solo como respuesta al llamado de un guía carismático avalado por sus méritos en la victoria sobre la tiranía. Las raíces de esa respuesta se afincaban, de un lado, en la probada índole popular de la Revolución; del otro, en la hostilidad de la potencia empeñada en hacerla fracasar.
La índole popular de la Revolución la demostraban realidades en marcha: la Reforma Agraria y la Reforma Urbana, la nacionalización de bienes usurpados por compañías extranjeras y magnates vernáculos, y beneficios masivos como los servicios gratuitos en la salud pública y en planes educacionales. Estos últimos elevarían la instrucción de la ciudadanía a partir de una Campaña Nacional de Alfabetización que ya se había iniciado y concluyó triunfalmente en el mismo año de 1961. Con el auge de la educación se desarrolló un movimiento deportivo sin precedentes en el país.
De la hostilidad imperialista habla el mismo hecho de que el carácter socialista de la Revolución se declaró en la despedida de duelo de las víctimas causadas por los bombardeos con que, en la víspera, el gobierno de los Estados Unidos procuró aniquilar la defensa área cubana para allanarle el camino a la invasión, iniciada el 17 de abril. Esos bombardeos los habían precedido desde el propio 1959 distintos sucesos terroristas que se prolongaron después de Girón y contra los cuales fue necesario, entre otros hechos, librar una tenaz Lucha contra Bandidos en gran parte del territorio nacional.
La más sostenida acción criminal de los Estados Unidos contra Cuba sigue siendo el bloqueo económico, financiero y comercial que dura ya más de seis décadas, y no ha excluido amenazas de agresión militar. Esto se ha reforzado en extremos con los dos períodos de administración “republicana” de Donald Trump y, entre ellas, la administración “demócrata” de Joseph Biden, que le hizo el juego en la alternancia de dos partidos esencialmente afines en su naturaleza imperialista.
Ahora se intensifican las acciones y amenazas del gobierno de Trump, atenazado por una aguda crisis interna de urdimbre múltiple y el mal manejo de la política exterior, guerras incluidas. En semejante contexto, la gran mayoría de la ciudanía de Cuba que se define merecidamente como el pueblo cubano acrecienta su voluntad de defender la patria, para que no vuelva al redil de la voraz nación que le frustró la independencia desde 1898 hasta el triunfo de la Revolución el 1 enero de 1959.
A esa voluntad responde “Mi firma por la Patria”, que es también un reclamo de la paz que Cuba merece y el imperialismo estadounidense se muestra dispuesto a negarle. Por su insolvencia moral y su grosera capacidad de odio los enemigos del pueblo cubano lanzados contra ese movimiento merecen ser ignorados para, en vez de prestarles atención, dedicar todas nuestras energías a garantizar el buen funcionamiento del país. Pero Cuba debe dejar clara su posición, y lo hace.
En todas partes se pueden cocinar las habas del olvido y de la ingratitud, para alimentar con ellas a quienes prefieran no ver la realidad, y fingir que no tienen deuda alguna con la Revolución Cubana. Y los desafueros imperialistas contra Cuba expresan el afán de impedir que ella eleve a la altura de sus ideales la obra de beneficio popular que devino ejemplo y fuente de esperanza para otros pueblos.
Cuba defiende la paz, pero se ha visto obligada a invertir gran parte de sus fuerzas y sus recursos en el enfrentamiento a la hostilidad unilateral de los Estados Unidos. Pese a todo, en esa defensa nunca ha renunciado a sostener en términos de igualdad y respeto las conversaciones que se requieran. Pero tampoco ignora, ni debe ignorar, que particularmente bajo su actual administración el gobierno de los Estados Unidos se muestra dado a iniciar diálogos para traicionarlos con agresiones armadas.
Eso se ha hecho evidente en Venezuela y en Irán; pero Cuba está decidida a defenderse y, aunque en desventaja material —militar, económica— con respecto a los Estados Unidos, su respuesta honraría su historia de rebeldía y dignidad, honraría a sus treinta y dos hijos muertos en Venezuela luchando contra la acción pirata de aquella potencia en la madrugada del pasado 3 de enero, y sería comparable con la de un Irán que les está haciendo pagar muy caro a sus enemigos la agresión. La respuesta de Cuba calzaría orgánicamente con las armas su probada decisión de Patria o Muerte, Venceremos. Como en Girón.

