En la habitación sólo quedan entre el silencio y el recuerdo de la humareda de iluminaciones leves, algunos pocos libros: Guía Política, Instantáneas Psicológicas, Autobiografía de Ramón y Cajal, seis o siete más de Ingenieros, Anatole France y otros autores. El resto de la pequeña biblioteca fue empacada según la clasificación: historia, economía, literatura, cuestiones sociales y políticas. Por mucho tiempo, casi por un tiempo interminable, la lucecita de candil que parpadeaba en las paredes le acompañó en aquella celda de soledades como una isla. El 2 de mayo de 1955, el hombre espantó los mosquitos, el calor y la pereza del silencio, para sumergirse bajo la tela de gasa que recubría el viejo camastro y escribir sin la premura de otras veces, como para no dejarse llevar por la impaciencia de los últimos días. En la ficha del Reclusorio Nacional para Hombres de Isla de Pinos, a su llegada, el 17 de octubre de 1953 le describieron sólo en apariencia detalladamente:
Fidel Castro Ruz, Hijo de: Ángel y Lina, Natural de: Birán, Provincia: Oriente, Vecino de: Calle 17 No. 336. Nicanor del Campo. Marianao. Estado: Casado, Años de edad: 26, Oficio: Abogado -Inscripción. Tiene pelo: castaño, Cejas: castañas, Ojos: pardos oscuros, Nariz: recta, Cara: angulosa, Boca: chica, Barba: escasa, Color: blanco, Estatura: 1.80 cm. Señas particulares: Lunares diseminados por la espalda. Una cicatriz extensa en la región inguinal, al lado derecho. Al parecer de operación apendicular. Una cicatriz en el tercio superior de la pierna izquierda. Dirección: Ramón Castro. Central Marcané. Oriente.
Sin embargo, aquellos datos poco podían decir del joven sancionado a quince años de cárcel por el Tribunal de Urgencia de la Audiencia de Santiago de Cuba, después de la amanecida del 26 de Julio del propio 53. La enumeración abrupta y exhaustiva, como el pulsar de los dedos sobre una Underwood de oficina policial, no conseguían perfilar su personalidad, ni el carácter que las palabras y los sentimientos de la carta que ahora escribe a una de sus hermanas pueden expresar: Valdré menos cada vez que me vaya acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvide que es posible estar privado de todo sin sentirse infeliz. Así he aprendido a vivir y eso me hace tanto más temible como apasionado defensor de un ideal que se ha reafirmado y fortalecido en el sacrificio. Podré predicar con el ejemplo que es la mayor elocuencia. Más independiente seré, más útil, cuanto menos me aten las exigencias de la vida material. ¿Por qué hacer sacrificios para comprarme guayabera, pantalón y demás cosas? De aquí voy a salir con mi traje gris de lana, desgastado por el uso, aunque estemos en pleno verano. ¿No devolví acaso el otro traje que yo no pedí ni necesité nunca? No vayas a pensar que soy un excéntrico o que me haya vuelto tal, es que el hábito hace al monje, y yo soy pobre, no tengo nada, no he robado nunca un centavo, no le he mendigado a nadie, mi carrera la he entregado a una causa. (…) Si nada gano en estos instantes, lo que tenga me lo tendrán que dar, y yo no puedo, ni debo, ni aceptaré ser el menor gravamen de nadie. Mi mayor lucha ha sido desde que estoy aquí insistir y no cansarme nunca de insistir, que no necesito absolutamente nada; libros sólo he necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales. Tenía todo el tiempo para meditar, para conversar en un tono íntimo, casi confesionario, a través de las cuartillas manuscritas apretadamente. Tenía el espacio increíble en que se marchitaban las fulguraciones de la débil luz de la lámpara de aceite en su memoria y evocaba cuántos esfuerzos desplegó en la prisión que casi termina, para lograr que el Movimiento continuara en la calle y en los medios de difusión, sin olvidar a los caídos, ni dejar de hacer por la Revolución verdadera. Uno de los días más difíciles había escrito: Termino estas líneas, que ya van siendo largas; al escribirlas, muchas penas me agobian: mi casa en Oriente, donde nací y crecí, acaba de ser destruida por un incendio… Sin embargo, aunque mil penas me crucifiquen, no desmayo ni me desaliento, ni se aparta un minuto de mi pensamiento la idea del deber.
Ahora, cuando se dispone a salir de la prisión con el mismo traje gastado de siempre, es como si repasara entre párrafo y párrafo, entre una idea y otra, el pasado reciente y antiguo, como si confirmara en sus palabras cuál ha de ser el futuro. Recuerda con Víctor Hugo que hay un mundo que hacer por delante. Escribe que no puede tener debilidades, porque si las tuviera por pequeñas que fuesen, mañana no podría esperarse nada de él. Perfila al eterno caminante que preferirá los mismos espejuelos de armadura de carey, por casi 40 años, conservador en las pequeñas, usuales y cotidianas cosas de la vida. Preferirá el viejo reloj, los viejos espejuelos, el viejo uniforme, las viejas botas…, y en política: todo lo nuevo.
(Crónica publicada originalmente en el diario Juventud Rebelde, 1999).
Nota:
[i] Fidel Castro, 1955.
Ilustración: Isis de Lázaro.

