fbpx
PERIODISMO CULTURAL

Una noche en la orilla con Eliseo Diego

La Habana. En la vieja casona en la que vivió Alejo Carpentier (1904- 1980) se lleva cabo una reunión en la que se encuentra el gran poeta Eliseo Diego (1920-1994), una de las figuras más importantes de la poesía cubana del siglo XX y otros personajes de las letras y la cultura de la Isla. Esta es la crónica de ese encuentro.

Invierno de 1990. La casona (por usar una palabra criolla más que por otra cosa) donde vivió Alejo Carpentier se abría a la noche como tantos espacios habaneros, aunque más discretamente. Sin música ni mujeres hablando desenfadadamente en el umbral. De sus ventanas no colgaban tendederos repletos. Un jardín bien cuidado. Fuera de eso, idéntica a cualquier otra casa de Vedado, bajo una penumbra por momentos profunda. Los arbotantes encendidos brotaban ahí muy de vez en cuando. Andrea Esteban de Carpentier, vestida de blanco y con una afable sonrisa distante, de anfitriona, recibía en la terraza a los invitados. Un largo y bien cuidado pasillo conducía al lugar del fresco, entre vitrinas, floreros llenos, un grabado de Cuevas, otro de Gironella, una serie de Joan Miró. En el comedor, botellas de ron y tres platones de fruta preparada por toda cena. En la oscuridad me pareció ver un Portacarrero y un Amelia Peláez. En la esquina ajardinada donde mejor se está en esa casa conversan Armando Hart, ministro de Cultura, los escritores Lisandro Otero y Miguel Barnet y otras personas; más tarde llegaría Antón Arrufat.

Hacía calor, todos vestían camisa de algodón o guayabera y allí “en la orilla en que se acaba quieto el hogar, y empieza la intemperie” estaba el autor de los versos inmediatamente anteriores, Eliseo Diego, conversando con un joven que, después supe, era el viceministro de Cultura de Cuba. Eliseo pertenecía a esa clase de hombres mayores, no viejos (a pesar de sus setenta años cumplidos) con mucha cara. Una facies grande, rugosa, como de piedra, en cierta manera idéntica a las fachadas de La Habana, con barba negra, la voz baja y grave de fumador, incapaz de gritar. Su discreción señorial e irónica lo alejaba un poco de los otros invitados, que conversaban abiertamente entre sí y pronto también con los recién llegados. El joven viceministro estimulaba los temas que se supone le interesan a Eliseo Diego, el poeta más amado por los nuevos escritores cubanos, aunque años atrás era un poco marginal.

—Eliseo, usted es un conocedor de literatura inglesa.

Eliseo sonrió un “psí” muy tímido.

—¿Y cómo van esas traducciones? ‒insistió el viceministro, abriendo paso a una explicación del poeta sobre las traducciones de poesía inglesa que está a punto de publicar, donde habló de Andrew Marvel, de Yeats, y se entretuvo en la historia de Ernest Dowson, oscuro poeta muerto en 1900, a los treinta y tres años. “Fue un hombre desdichado. Para él no hubo madurez ni final feliz.” Eliseo fumaba sin cesar.

—El poema que traduje tiene un título pedante, Nun sum qualis eram bonae sub regno Cynarae, pero es de gran belleza. Cuenta su amor desafortunado por una mujer que lo llevó a la muerte.

Enseguida repitió unas líneas del poema, entrecortadamente. Había que ponerse cerca de él para escucharlo: “I cried for madder music and for stronger wine,/ But when the feast is finished and the lamps expire,/ Then falls thy shadow, Cynara! the night is thine;/ And I am desolate and sick of an old passion,/ Yea hungry for the lips of my desire:/ I have been faithful to thee, Cynara! in my fashion.”

—Te he sido fiel a mi manera, Cínara ‒concluyó Eliseo.

Conducido involuntariamente al juego abierto por el viceministro, tres veces a lo largo de la conversación mencioné el nombre de Chesterton, y Eliseo oyó siempre Shakespeare, a quien dedicó un odio frío y divertido, como si quemara. Luego recordó un poema de Lawrence sobre el humo de su cigarro junto al piano.

—Es un buen poeta ‒dijo de Lawrence. Para Shakespeare no tenía palabras: ese poeta se las había apropiado todas. El viceministro había tenido suficiente y se trasladó a la región más animada, donde los invitados conversaban sobre política, literatura y deportes. Entonces un curioso capricho de su alma aconsejó a Eliseo hablar de Franz Werfel. Alguna cara habré puesto que dijo:

—Usted le tiene prejuicio porque leyó La canción de Bernardette. ¿Conoce Juárez y Maximiliano? Bueno, eso tampoco le gusta porque usted es mexicano. Juárez casi no aparece, pero está en el fondo, para Maximiliano es el destino. Aquí en Cuba propuse que publicaran El crepúsculo de un mundo, y me hicieron caso. Es un gran libro sobre el fin del imperio austrohúngaro.

La noche, el ron y los cigarros avanzaban pausadamente. Eliseo suspendió su conversación werfeliana y dijo a Hart, quien se balanceaba en una mecedora al otro lado de la mesa de vidrio:

—Armando, eso de lo que estás hablando, la tradición oral, es un tema del que no sé nada.

Fue la única vez en toda la noche que habló en voz alta. De inmediato regresó a Werfel y olvidó la conversación ajena en la que había irrumpido absurdamente y regresó al crepúsculo del imperio austrohúngaro. Desdeñó el mito un poco denigrante de Werfel, los chismes de Alma Mahler, su catolicismo.

—Yo también soy católico, pero si hubiera vivido en tiempos de la Inquisición seguramente me hubieran quemado.

(Una opinión al margen: “Gunther Grass es un escritor que me ahuyenta. Prefiero hablar bien de él que leerlo.”)

En El crepúsculo de un mundo le dio la gana de relatar, meticulosamente, la ceremonia en que Francisco José firmó la declaración de guerra en 1914. El emperador no quería, llevaba semanas resistiéndose, pero las presiones eran muy grandes. Por fin llegó un día en que Francisco José no pudo dar marcha atrás. En un salón de su palacio lo esperaban los generales austríacos y alemanes, chorreando espadas y condecoraciones. Francisco José vistió su traje de gala, un uniforme blanco con galones dorados. Él, que se jactaba de compartir el suelo de los campos de batalla con sus soldados, se hizo acompañar por su asistente, quien siempre estuvo a su lado en las tiendas de campaña. Llegó al salón y se sentó a la mesa. Todos esperaban que estampara su firma imperial en la declaración bélica. Tomó la pluma. A punto de firmar la devolvió a su asistente, se puso de pie y caminó en silencio a la ventana. Se asomó, combatiendo con el tiempo una batalla que sabía perdida. Se cogió las manos por la espalda y estuvo así un rato, sin mirar a los generales que esperaban la conclusión del protocolo. El emperador dejó pasar los minutos, para desesperación de todos, que debieron lamentar las chocheces de Francisco José, sus caprichos. Se consideraba padre de su pueblo, y ya no tenía descendencia. Mayerling, Sarajevo. Un impulso ciego lo arrebató de la ventana, regresó a la mesa y se sentó. Su asistente puso la pluma en la palma real. Francisco José la tomó y firmó con desgano. Sabía que era el fin. Por primera vez algo no dependía de su imperial y regalada gana.

Bajo la luna persistente, la noche recibió una brisa de la clara costa caribeña cuando me retiré rumbo a Cojímar por una calzada, más bien enorme, me parece recordar (Tomado de La Jornada Semanal).

Imagen de portada: Foto de Bohemia.

Foto del avatar
Hermann Bellinghausen
Hermann Bellinghausen es un médico, narrador, poeta y editor mexicano. Estudió medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En el campo del periodismo ha sido redactor para las revistas Solidaridad y Nuevo mundo médico, editor para la revista Ojarasca así como colaborador para el periódico La Jornada como corresponsal en Chiapas. En 1995, ganó el Premio Nacional de Periodismo de México, en la categoría al mejor reportaje, sin embargo declinó el galardón.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap