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LA CRÓNICA

Caraqueño

Revuelo de alas de cristofué, turpiales y azulejos y un afluente de seres que descendió por las vereditas sinuosas y enlodadas en los cerros, serpenteó por entre las techumbres quejosas y frágiles de los barrios más infortunados para unirse a los concurrentes de otras laderas y valles o remotos parajes del país: llaneros o andinos; desbordadas a las diez de la mañana, las simpatías en más de treinta mil personas, por la Revolución Cubana y su héroe Fidel Castro, quien arribó a Caracas, el viernes 23 de enero de 1959, invitado a los festejos en Venezuela por el primer aniversario del derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez y cuando aún los efluvios de la felicidad eran incontenibles en la tierra de Simón Bolívar.

Desde el aeropuerto de Columbia en La Habana, y a bordo de un avión Superconstellation de Aeropostal de Venezuela, enviado por el gobierno del país hermano, Fidel hizo el viaje —desviándose del recorrido habitual por motivos de seguridad—, por la ruta de Gran Caimán y la costa colombiana hasta el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, en la ciudad entre montañas que, al ser avistadas, concitaron un sentimiento de cercanía y sana envidia. “¡Ah! Si La Habana hubiera estado rodeada de esas montañas la guerra no hubiera durado tanto tiempo”.

Piedra desolada y filosa a veces, otras, como despeñadero de hojas a lo recóndito en las quebradas, ardiente y desgarrada en aguas que se deslizan límpidas, Venezuela a la vista avivaba el recuerdo de José Martí con el polvo del camino recorrido en diligencia desde el puerto de La Guaira hasta la ciudad, por entre los montes espesos, con la perplejidad de quien palpa en la vivencia propia los territorios de la épica y ansioso va donde Simón Bolívar. Fidel podía imaginar la figura delgada de nuestro Apóstol, enfundada en la sobria levita negra, mientras descendía del coche y encaminaba sus pasos por entre la arboleda hasta la escultura ecuestre del Libertador, y casi podía sentir también el solemne brío con que le rindió tributo.

Acudía al pensamiento de Fidel lo escrito por José Martí sobre el país sudamericano, a lo cual, seguía una sucesión de imágenes de la fugaz visita que él mismo hiciera en 1948 a Caracas, cuando iba rumbo a Santa Fe de Bogotá para aunar voluntades y realizar un primer congreso continental de estudiantes. Fue por aquellos días del Bogotazo, de la revolución súbita, justa, desordenada y efímera con que el pueblo colombiano protestó por el asesinato del liberal Jorge Eliécer Gaitán. Los caóticos e inesperados acontecimientos de Bogotá tuvieron una gran influencia en Fidel, uno más en la avalancha enardecida de entonces. Esa experiencia era parte de lo conocido, apreciado y constituía una valiosa lección puesta al servicio de la Revolución Cubana, resguardada de excesos y emprendimientos violentos, de aplicación de la justicia revolucionaria.

En Caracas, a la una y veinticinco minutos de la tarde, el contralmirante Wolfang Larrazábal, le dio la bienvenida en medio de un mar de banderas de las naciones latinoamericanas y el clamor de una catarata de gente, percibida con gratitud. Allí se encontraban también Fabricio Ojeda de la Junta Patriótica que forjó la victoria del 23 de enero de 1958; Luis Beltrán Prieto de Acción Democrática (AD), Jovito Villalba, máximo dirigente entonces de la Unión Republicana Democrática (URD), y otras personalidades de la vida política venezolana. De Maiquetía partieron en camino a la ciudad, al restaurante El Pinar, a unos diecisiete kilómetros de distancia, recorridos en tres largas horas, porque la comitiva apenas podía avanzar entre tantos concurrentes.

Poco después, en la noche del propio día 23, Fidel confesó en la Plaza Aérea del Silencio, que había sentido una emoción mayor al entrar en Caracas que al entrar en La Habana, porque de esta última esperaba las pruebas de cariño y el abrazo por la lucha, por la libertad tras largos años de sacrificio del propio pueblo cubano conducido por el Ejército Rebelde; pero sin embargo, de Venezuela, los cubanos solo habían recibido favores y este de acudir en torrente afectuoso y solidario a recibirlos era un gesto noble, el más puro de los homenajes de un pueblo heroico al pueblo de Cuba.

Al escuchar que alguien aseguraba: “Aquí no ha habido una verdadera revolución”.

Fidel levantó la mirada, escrutó a la muchedumbre y con una convicción firme, como anticipada al tiempo, respondió:

“Pero puede haberla. No toda revolución tiene que ser violenta. Aquí en Venezuela, ahora que el gobierno constitucional comienza sus funciones y las leyes se discuten en este Congreso. No se debe dejar morir el espíritu de la Revolución, el espíritu del pueblo”. En sus palabras analizó luego lo ocurrido en nuestro continente y volvió al tema de Cuba. Fidel explicó las razones de sus vehementes palabras. Fue a Venezuela para agradecer el espíritu solidario y la contribución material brindada al pueblo de Cuba en su lucha, pero también por otra razón:

…porque el pueblo de Cuba necesita la ayuda del pueblo de Venezuela, porque el pueblo de Cuba, en este minuto difícil, aunque glorioso de su historia, necesita el respaldo moral del pueblo de Venezuela. Porque nuestra patria —continuó— está sufriendo hoy la campaña más criminal, canallesca y cobarde que se ha lanzado contra pueblo alguno, porque los eternos enemigos de los pueblos de América, los eternos enemigos de nuestras libertades, los eternos enemigos de nuestra independencia política y económica, los eternos aliados de las dictaduras, no se resignan a presenciar la formidable y extraordinaria victoria del pueblo de Cuba…

Desde el 3 de enero, apenas setenta y dos horas después del triunfo del Ejército Rebelde, las agencias internacionales de noticias cablegráficas, como un eco sostenido difundieron a los vientos que Cuba estaba realizando ejecuciones en masa. Era la primera y hasta entonces más airada reacción desde los Estados Unidos por parte de los intereses, de las compañías norteamericanas que temían que se les retirasen sus concesiones inmorales, y lo mismo podía aseverarse de la misión militar norteamericana a la que Fidel, en el programa Ante la prensa de la CMQ, el 9 de enero, le expresó que ya no tenía qué hacer en Cuba. Recordó que esa misión había estado entrenando a los soldados que combatían a los revolucionarios y preguntó:

¿…nosotros podemos ir a recibir instrucciones de esa misión militar? (…) Además, ¿para qué ha servido la Misión Militar? Para que los soldados pierdan la guerra (…).

El Comandante anunció los puntos fundamentales de la Ley de Reforma Agraria. Fustigados el latifundio y la injerencia extranjera, la campaña contra la Revolución no se hizo esperar. Nada se decía de la generosidad con que los rebeldes habían tratado al enemigo vencido y prisionero tras los combates, se silenció la  caballerosidad e hidalguía de las fuerzas insurgentes, nunca se habló de los adversarios heridos salvados por los médicos guerrilleros, nunca se denunciaron los crímenes de la tiranía, jamás se dijo una palabra de la calma reinante en las calles de la capital de un millón de habitantes tras el triunfo sin que existiera un solo policía para patrullarlas, no se reconoció la ecuanimidad de los que clamaban justicia y no se dejaron llevar por el oscuro sentimiento de la venganza. Desde noviembre de 1958, la Revolución había llamado a no saquear, a no arrastrar, a no tomarse la justicia por sus manos y sucedió lo insólito, lo que nunca antes aconteció: bastó el pueblo para la mesura, el orden absoluto, la contención y la paz.

Fidel tras los últimos combates de la guerra, libraba desde el primer día de enero, múltiples combates en la paz porque la Revolución verdadera, que comprometió su honor, era una sucesión de retos y, ahora, debía defender que no quedaran impunes la tortura y el asesinato. Habría justicia para los dolidos, para los olvidados, para los ofendidos, ello se cumpliría con la misma convicción y denuedo con que se había hecho la contienda bélica.

El Comandante apenas descansaba. Llevaba una vida ruda e intensa por el continuo movimiento y la creación. El viernes 9 de enero dialogó con un grupo de periodistas mientras recorría la Jefatura de la Policía Nacional. “Como ahora no hay dictadura —comentó—, el pueblo no tiene por qué temer la visita a una estación de policía”.

Al día siguiente, el sábado 10 de enero compartió con los obreros de los talleres de la revista Bohemia quienes permanecían en plena labor para imprimir el millón de ejemplares de la Edición de la Libertad que circularía en Cuba y América Latina. Con el tabaco entre los dedos y la vista fija en lo impreso repasaba las páginas, abstraído por completo.

En la suite presidencial del piso veintitrés del Hotel Havana Hilton [después Habana Libre], recibió el domingo 12 de enero, a Pastorita Núñez y a Conchita Fernández, —ambas habían sido miembros del Partido Ortodoxo desde su fundación y muy cercanas colaboradoras de Eduardo Chibás—. Las acogió con mucho cariño y les comunicó después que la primera dirigiría el Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda; y la segunda, comenzaría a trabajar como su secretaria junto a Celia Sánchez. Conchita completó así un círculo entrañable como secretaria, lo había sido antes de dos hombres prominentes, de don Fernando Ortiz y del líder ortodoxo Eduardo Chibás.

Probablemente allí, Fidel echaba de menos su cabaña de la Sierra y la hamaca colgada entre los árboles. Nunca iba a adaptarse a la mullida complacencia del lujo y pronto sentiría como un espacio ajeno la amplia, elegante, refinada habitación de hotel, a pesar de las ametralladoras junto a las espigadas butacas y los espejos, la aspereza del verde olivo en las sábanas finas, las botas enfangadas sobre el terciopelo de las alfombras, y el sudor de los modestos combatientes en medio de los aromas que hasta entonces prevalecieran entre aquellas paredes. Todo confería al lugar, una apariencia contrastante e inusual.

La campaña de calumnias contra Cuba a poco más de dos semanas del triunfo, arreciaba notablemente, con la participación de los congresistas de los Estados Unidos, quienes nunca antes habían protestado cuando el gobierno de su país enviaba a la dictadura de Batista, bombas y aviones para asesinar cubanos. Todas las fuerzas de la Revolución se volcaron a la defensa moral. Más de un millón de cubanos se reunió frente a la terraza norte del Palacio Presidencial para dar su respaldo unánime a la justicia revolucionaria y condenar la actitud de los Estados Unidos de Norteamérica por brindarles refugio a los criminales de guerra, a los victimarios de más de veinte mil compatriotas, y a los desfalcadores del erario público.

Fidel ratificó la postura del archipiélago entero, de su voluntad soberana: ¡Aunque el mundo se hunda, habrá justicia en Cuba!Las legaciones diplomáticas acreditadas en la Habana y periodistas de todo el continente, fueron convocados. En menos de setenta y dos horas se reunieron trescientos ochenta reporteros de los medios de difusión masiva de América Latina, a quienes el Comandante concedió el 22 de enero, en el Hotel Havana Riviera, una conferencia de prensa para que preguntaran todo lo que estimaran. Respondió una a una todas las interrogantes sin vacilaciones, convencido de que Cuba actuaba recta y honradamente y por eso mismo podía someterse al veredicto de la opinión pública mundial.

Celia y Conchita Fernández, por indicaciones del Comandante, trabajaron con intensidad en el cónclave cosmopolita de la Operación Verdad.

En esa hora tremenda Fidel viajó a Caracas y fue para él motivo de orgullo, satisfacción y en especial, de admiración al pueblo venezolano, comprobar que la infamia y la mentira no podían engañar o seducir a los pueblos latinoamericanos.

La Plaza Aérea del Silencio abarrotada por más de trescientos mil venezolanos enfebrecidos era una prueba inequívoca. Lo serían también cada uno de los encuentros que el Comandante sostuvo en la tierra del Libertador, donde permaneció hasta el día 26 de enero, siempre rodeado de pueblo, y donde cumplió un apretadísimo programa de actividades y contactos: recibimiento a dos y tres comisiones a la vez como luego reseñaría el periodista Lisandro Otero en Bohemia; acto en el Aula Magna de la Universidad Central de Caracas, presentación y discurso ante el Congreso de Venezuela; recepción en el Palacio de Miraflores; visita al presidente Rómulo Betancourt; encuentro en la Embajada de Cuba. Fidel durmió poco durante esos días, lo hizo en la misión cubana y en el Hotel Humboldt. No tuvo tiempo para el reposo, comía frugalmente, en sitios y horas improvisados. Su oratoria sencilla, de tono coloquial y apegada a los principios impresionaba.

En el Congreso analizó el drama de nuestros pueblos y leyó el artículo publicado solo cinco días después del golpe del 10 de marzo de 1952, titulado “Revolución no, zarpazo”; él mismo resultó asombrado de los preludios esbozados siete años atrás. En la denuncia, Fidel anticipaba a Batista lo que su mandato significaría para Cuba y el final que sobrevendría.

En aquellos días, Pablo Neruda, el poeta militante, antifascista total, amigo de Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti y la República española, compañero en su patria de Elías Lafferte y Salvador Allende, reconocida voz del continente en los volcanes y las planicies, los desiertos y las selvas, sentía en Caracas, Venezuela, que de la tierra, crecía una especie de adhesión heroica a la vida:

Como americano esencial saludo en primer lugar a la ciudad deslumbrante, por igual a sus cerros populares, a sus callejas coloreadas como banderas, a sus avenidas abiertas a todos los caminos del mundo. Pero saludo también a su historia, sin olvidar que de esa matriz salió como un ramo torrencial de aguas heroicas el río de la independencia americana. Salud, ciudad de linajes tan duros que hasta ahora sobreviven, de herencias tan poderosas que aún siguen germinando.

En aquel territorio de voluntades patrióticas coincidieron Fidel y Neruda, quienes participaron en el acto de recibimiento a la delegación cubana en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, donde fue entregado al Comandante revolucionario un Diploma al Mérito.

Neruda pronunció unas breves palabras y luego, recitó sus versos del “Canto a Bolívar”, con su lenta y carrasposa dicción, su siempre húmedo ritmo, y la confirmación de que el pasado era augurio y esperanza:

Bolívar, capitán, se divisa tu rostro. / Otra vez entre pólvora y humo tu espada está naciendo. / (…) Yo conocí a Bolívar una mañana larga, / en Madrid, en la boca del Quinto Regimiento,/ Padre, le dije, eres o no eres o quién eres? / Y mirando el Cuartel de la Montaña, dijo: / “Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo”.

Era un poema del Canto General, libro cuya primera edición especial en México, en 1950 había sido un extraordinario acontecimiento editorial, con ilustraciones de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros y especiales recursos tipográficos de los Talleres Gráficos de la Nación, en un país de imprentas ancestrales y leyendas como la de José Guadalupe Posada que había conseguido pintar el alma de México al dibujar La Catrina, la muerte engalanada, elegantemente vestida bajo el ala amplia de su sombrero florido mientras sonreía umbrosa. Uno de los primeros doscientos de aquellos preciados ejemplares, el poeta lo dedicó al Comandante, sin apuntar la fecha en que lo obsequiaba: “A Fidel que sin nombre (porque está en nuestra Historia) circula en las páginas de este libro que le dedico. ¡Venceremos!”.

El auditorio de la Universidad Central de Caracas vibró con las líneas sucesivas expresadas en cadencia emotiva por el poeta chileno.

Fidel Castro lo escuchó muy serio. Su recato se expresaba así, era algo inevitable en él, cuando mayor era su emoción más timidez adusta reflejaba su rostro ante el elogio o el cariño. El joven Jefe de la Revolución se sintió en un ambiente familiar que le recordaba los actos de la Plaza Cadenas, en la colina del Alma Máter. Aún se consideraba universitario, pensó que quizás nunca dejaría de serlo. De ese tiempo estudiantil era el afán libertario que, en el verano de 1947, lo sumó a la expedición de Cayo Confites para luchar contra la dictadura de Trujillo en la República Dominicana, experiencia frustrada entonces, y viva más que nunca, cuando se aunaban las voluntades del pueblo de Venezuela y Cuba para apoyar a los dominicanos que emprenderían viaje con ese propósito en cuanto estuviesen creadas todas las condiciones. Sí, indudablemente el ámbito de la Universidad Central de Caracas era evocador para él y un lugar ideal para expresar su solidaridad hacia el pueblo dominicano, la voluntad de ofrecerle todos los recursos a su alcance para que los patriotas de la tierra de Quisqueya pudieran combatir ese mismo año. Fidel meditaba mientras el poeta Neruda confirmaba su entusiasmo hacia los caminos que emprendía la Isla y testimoniaba su deseo de que al escribirse su biografía se plasmara en lugar preponderante que una vez en su vida había estrechado la mano del Libertador de Cuba.

Los protagonistas de aquel acto después tuvieron otra vez la oportunidad de encontrarse. Neruda, ferviente evocador, haría el recuento:

Dos semanas después de su victoriosa entrada en La Habana, llegó Fidel Castro a Caracas por una corta visita. Venía a agradecer públicamente al gobierno y al pueblo venezolanos la ayuda que le habían prestado.

Esta ayuda había consistido en armas para sus tropas, y no fue naturalmente Betancourt (recién elegido presidente) quien las proporcionó, sino su antecesor, el almirante Wolfang Larrazábal. Había sido Larrazábal amigo de las izquierdas venezolanas, incluyendo a los comunistas, y accedió al acto de solidaridad con Cuba que éstos le solicitaron.

He visto pocas acogidas políticas más fervorosas que la que le dieron los venezolanos al joven vencedor de la revolución cubana. Fidel habló cuatro horas seguidas en la gran plaza de El Silencio, corazón de Caracas, yo era una de las doscientas mil personas que escucharon de pie y sin chistar aquel largo discurso.

Para mí, como para muchos otros, los discursos de Fidel han sido una revelación. Oyéndole hablar ante aquella multitud, comprendí que una época nueva había comenzado para América Latina. Me gustó la novedad de su lenguaje. Los mejores dirigentes obreros y políticos suelen machacar fórmulas cuyo contenido puede ser válido. Pero son palabras gastadas y debilitadas en la repetición. Fidel no se daba por enterado de tales términos. Su lenguaje era natural y didáctico. Parecía que él mismo iba aprendiendo mientras hablaba y escuchaba.

El presidente Betancourt no estaba presente. Le asustaba la idea de enfrentarse a la ciudad de Caracas, donde nunca fue popular. Cada vez que Fidel Castro lo nombró en su discurso, se escuchaban de inmediato silbidos y abucheos que las manos de Fidel trataban de silenciar. Yo creo que aquel día se selló una enemistad definitiva entre Betancourt y el revolucionario   cubano (…) Mi idea personal es que aquel discurso, la personalidad fogosa y brillante de Fidel, el entusiasmo multitudinario que despertaba, la pasión con que el pueblo de Caracas lo oía, entristecieron a Betancourt, político de viejo estilo, de retórica, comités y conciliábulos. Desde entonces Betancourt ha perseguido con saña implacable cuanto de cerca o de lejos le oliera a Fidel Castro o a la revolución cubana.

Al día siguiente del mitin, cuando yo estaba en el campo de picnic dominical, llegaron hasta nosotros unas motocicletas que nos traían una invitación para la Embajada de Cuba. Me habían buscado todo el día y por fin habían descubierto mi paradero. La recepción sería esa misma tarde, Matilde y yo salimos directamente hacia la sede de la embajada. Los invitados eran tan numerosos que sobrepasaban los salones y jardines. Afuera se agrupaba el pueblo y era difícil cruzar las calles que conducían a la casa. Atravesamos salones repletos de gente, una trinchera de brazos con copas de cóctel en alto. Alguien me llevó por unos corredores y unas escaleras hasta otro piso. En un sitio sorpresivo nos estaba esperando Celia, la amiga y secretaria más cercana de Fidel. Matilde se quedó con ella. A mí me introdujeron a la habitación vecina.

“Hola Pablo” —me dijo, y me sumergió en un abrazo estrecho y apretado.

(…) No hablamos del incidente [se refiere a la presencia furtiva de un fotógrafo, llegado hasta allí sin autorización] sino de las posibilidades de una agencia de prensa para la América entera. Me parece que de aquella conversación nació Prensa Latina.

Luego, cada uno por su puerta, regresamos a la recepción.

De la visita a Venezuela quedó en el aire un preludio: allí también podía nacer una Revolución, una certeza que, por entrañables asociaciones del pensamiento, nos recuerda también aquella intuición que un día Fidel confesó al Comandante Chávez cuando este le dijo que, para un momento determinado de la historia de Fidel, él todavía era un niño, y entonces, el Comandante de la Sierra Maestra, le respondió:

“Pero yo sabía que tú venías”.

Cuba y Venezuela estuvieron siempre en el alma de Fidel, así como ahora ambos guerrilleros del tiempo habitan en las revoluciones, los pueblos y naciones de Nuestra América.

Nota:

Fragmentos y citas del libro Todo el tiempo de los Cedros, Paisaje Familiar de Fidel Castro Ruz. Editora Abril, Segunda Edición, 2009.

 

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Katiuska Blanco Castiñeira
Katiuska Blanco Castiñeira (La Habana, 1964). Periodista y ensayista. Fue corresponsal de guerra en Angola y redactora del diario Granma durante más de diez años. Es autora de libros como Ángel, la raíz gallega de Fidel, Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, y Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz.

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