El poder de convocatoria del hombre del Moncada sigue siendo tan fuerte que, este jueves, en plena apertura de la Cátedra Fidel Castro del Instituto Internacional de Periodismo José Martí (IIPJM), llegó el mensaje del Premio Nobel de la Paz —este sí, de verdad— Adolfo Pérez Esquivel, quien ve en el Comandante de Cuba “una figura señera de la Revolución” y un “hombre coherente entre el decir y el hacer”.
El respetado activista envió además un fraterno abrazo a todo el pueblo cubano por la persistencia, la lucha y la memoria de la libertad: “¡Mucha fuerza y esperanza!”, nos deseó a todos, hoy que más las precisamos.
De la Argentina de Adolfo llegó también la primera adhesión internacional a la Cátedra, firmada por el portal Clave china, que analiza las relaciones globales desde una perspectiva latinoamericana, y por la agencia La oreja que piensa, dedicada a investigar sobre comunicación popular y derechos humanos. Buen síntoma: la Cátedra nació creciendo.
La sesión misma daba las pistas de por qué el verbo de Fidel tiene tantos fieles en el mundo. El desfile de “por cuantos” de la Resolución de apertura leída por la periodista y biógrafa Katiuska Blanco, presidenta de la Cátedra, fue en sus detalles un “retrato de Academia” del hombre que inspiró el acto: líder, genio político, intelectual del mundo, humanista transformador, defensor de la naturaleza y la humanidad toda, forjador de la unidad del pueblo, marxista-leninista creador, comunicador versátil… lo que me falta apuntar, cualquiera puede añadirlo.
De modo que, a sala llena, el vicejefe del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, Luis Morlote Rivas; el presidente nacional de la UPEC, Ricardo Ronquillo Bello; la directora del Instituto, Ileana González López, y decenas de otros fidelistas-martianos con disímiles responsabilidades escucharon el gran “Resuelvo” de la mañana: crear la Cátedra para promover estudios, cursos de preparación, exposiciones y proyectos socioculturales y comunitarios que aborden la galaxia Fidel, con una mirada especial a sus aportes a la comunicación.
A seguidas, el Doctor en Ciencias Históricas Pedro Pablo Rodríguez, gran estudioso-puente porque ha conectado en sus búsquedas y su prédica los hitos de Calle Paula a Birán, presentó a los asistentes parte del texto “Martí y Fidel desde la comunicación”, publicado antes en Venezuela.

El crecimiento biológico de Fidel en una sociedad que tenía a Martí como paradigma y el lugar de la Historia de Cuba y del verbo de Apóstol, que le “empapaba” hasta el punto de introducirlo como parte de su propio pensamiento, fueron destacados por el orador, quien recordó cómo aquellos jóvenes, con el guía al frente, decidieron llamarse Generación del Centenario.
El historiador, profesor, ensayista y editor comentó que la campaña de apoyo a la lucha armada desplegada en su momento por Fidel siguió la misma estrategia unitaria ideada por Martí contra el colonialismo.
Fidel es, a juicio de Pedro Pablo, el mejor alumno, el mejor seguidor y el hombre que nos ha aportado una mirada imprescindible para apreciar a Martí. “El gran combate contra el imperialismo fue encarado por Fidel como continuación del que ‘en silencio’ emprendiera muchos años antes José Martí”.
Pedro Pablo siempre asombra, gratamente, pero tras él lo hicieron también los jóvenes Janett Rodríguez Acosta, profesora de ingeniería industrial; Josué Benavides, profesor de la facultad de Física de la Universidad de La Habana; Ángel González Montero, estudiante del Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI), y Ernesto Teuma, profesor de teoría política y moderador del panel de la jornada: “¿Qué haría Fidel?”.
A decir verdad, los cuatro hicieron lo primero que haría el Comandante en aprieto semejante: tomar la pregunta y moldearla con las manos para proponer/se algo todavía mejor. Además de coincidir con una sugerencia común: pensar en él, traerlo al presente y proyectarlo al futuro, Teuma apostó por una propuesta más audaz: no pensarlo en solitario y ver qué hacemos “con él”, a su lado, porque él nunca hablaba solo sino ante la multitud de la Plaza.
El profesor recordó que hace tiempo el mismo líder nos dijo que un cubano solo en medio del combate es su propio Comandante en Jefe.
Josué Benavides hizo un distingo importante a la hora de las evocaciones: la nostalgia es inmovilizadora; lo que mueve es la memoria histórica. Si lo convertimos en “pieza museable” deja de ser “un peligro” para el supuesto orden mundial que quiere imponerse al mundo. De modo que, en lo que buscamos más memoriosos revolucionarios, Josué aventura una ruta fidelista plena de compromiso propio: él hubiera hecho lo que sus mejores herederos ideológicos queremos hacer. “¡Tenemos que creernos -cerró con vuelo- como su encarnación viva!”.
Cuando piensa en Fidel, Janett Rodríguez Acosta piensa en Revolución: “Era el punto clave en momentos de crisis; buscaba reinventarse, sobrepasar las estructuras formales. Fidel joven sería un conspirador, sabía bien cómo hacerlo. No podemos imaginarlo sin pueblo porque el pueblo siempre fue protagonista”.
Ahora que Cuba enfrenta una férrea campaña comunicacional, la joven profesora considera que del lado de acá debemos ayudar a que más gente entienda las bases de la Revolución para sumarle acompañamientos.
Del talento fidelista para hallarle amigos a Cuba habló Ángel González Montero, el estudiante del ISRI. “Tenía una forma sui géneris de hacer diplomacia, de acercarse a otros líderes mundiales, por eso su pensamiento es clave para solucionar los conflictos internacionales de hoy, cuando se quiere tomar el Sur Global como alimento del gran depredador que es el imperialismo”.

Indistintamente, los cuatro panelistas contaron cómo Fidel Castro entró en sus vidas, sorprendiéndolos. Y cómo, que es lo más importante, no le dejan salir. Hablaron de la importancia de no repetir el pasado sin pensar, de la necesidad de que la gente lea para dotar de sentido lo que hace y de hacer entender que estudiar es hacer. “Crear un Parlamento en la trinchera”, llegó a convocar uno de ellos… ¿pensando en Guáimaro?
Pasaron por sus anclajes personales, profundos, a Fidel; por sus padres y abuelos, por las lecturas martianas, por la ONU que hace falta, por los grandes discursos, por los días y Diario del Che… para converger en una idea de Teuma: “Pensémoslo como el autor intelectual de un Moncada por venir y de una Revolución que en el siglo XXI podamos llamar fidelista”.
Gratamente impresionada por el desenfado y la manera amorosa de presentar sus ideas, la periodista Arleen Rodríguez Derivet, Premio Nacional José Martí por la Obra de la Vida, contó a los panelistas del Fidel estudioso, no “iluminado”, del líder que reunía en torno suyo pensamiento y sabía escucharlo, del que convertía el revés en victoria porque también sabía dar la cara cuando algo -Zafra de los diez millones, por ejemplo— no salía como él mismo había creído.
Arleen puso el ejemplo de la prensa, de su periódico Juventud Rebelde, adonde Fidel llegó un día de 1990 a explicar por qué la falta de papel obligaría a la reorganización temporal de la plantilla… y a exigir que ningún trabajador fuera olvidado.
Tras Arleen, como en un improvisado panel de la experiencia que complementó el otro y armó un rostro de nación, Katiuska Blanco reveló algunos pétalos biográficos del homenajeado: Fidel sabía que el pueblo prefería sus discursos improvisados, en los que la gente venía nacer en vivo sus ideas.
Cuenta la biógrafa que el gran orador era… ¡tímido! y que para lograr sus diálogos de pueblo imaginaba que hablaba a un solo cubano cuando tenía en frente a medio millón. “Era también el valor que daba a una persona”, apunta la presidenta de la Cátedra.
Cuando todos comenzaban a pararse, Pedro Pablo Rodríguez los regresó a las sillas con otra anécdota: una vez, por aquel tiempo en que el líder iba constantemente a la Universidad de la Habana, “a hablarnos de todo y darnos educación política”, tuvo unas palabras duras con una estudiante. Instante tenso: Fidel se fue, pero en apenas un rato todos le vieron llegar y pedir perdón, públicamente, a la muchacha.
Solo de tal madera puede ser el guía que inspira cátedras para pensarle aunque nos prohibió de plano las estatuas, el que en Cuba y fuera de ella gana continuadores aún más jóvenes que los del panel.
Cuenta René González Barrios, director del Centro Fidel Castro, que su institución tiene un programa para niños que hacen de guía. Un día, recibieron a un amigo vietnamita, que se mostró sorprendido de que le asignaran, en su visita, a tan pequeños acompañantes museográficos. “¡Sí, los niños le guiarán!”, le aclararon con cortesía, pero al final del recorrido no hizo falta decirle más: aquel amigo, general curtido quién sabe en cuántas batallas, terminó la última sala emocionado, llorando, sí, pero sobre todo celebrando lo que es Cuba.
Imagen de portada: Katiuska Blanco, la presidenta, lee la Resolución de constitución de la Cátedra.

