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¡Ay, pesito de mi vida; ay, pesito de mi amor!

Las personas, escasas, que puedan haberme leído habrán apreciado que, sobre todo en temas de “opinión general”, o así llamados, no acostumbro valerme de la primera persona gramatical, y en otros textos he comentado las razones. Pero aquí acudo a ella para no responsabilizar ni comprometer a nadie más, ni de soslayo, con lo que diga.

Quede claro: preferiría no un país, sino un planeta donde el dinero no fuera necesario. Pero eso es parte de sueños que parecen alejarse, y el dinero sigue cumpliendo sus funciones como recurso para adquirir bienes y retribuir (?) el trabajo (y para alimentar la corrupción). Por lo pronto, me gustaría que Cuba cumpliera el desiderátum y la responsabilidad de tener para uso interno de la ciudadanía una sola moneda.

Cifré esa esperanza en el proceso que sigue llamándose “reordenamiento”, y que, de tanto hacerse esperar, y aplicado en las circunstancias más adversas, no sería impío calificar de lo contrario. Así que, cuando parecía que, ¡al fin!, nuestro peso —con la efigie de José Martí en su unidad básica— empezaría a cumplir plenamente su función, las cosas se complicaron todavía más y apareció el mercado en moneda libremente convertible, MLC, tratado por el autor en otro artículo de Cubaperiodistas, “Lo que duele, duele (aunque sea necesario)”.

Quede también claro que quien escribe este apunte no desconoce el peso malvado del bloqueo, diabólico engendro que todo lo mina. Pero, aun dejándolo como ineludible telón de fondo de cuanto aquí se diga, también debe estar claro, clarísimo, que no tenemos más alternativa que convivir —no morir— con él.

Si algún gobernante de los Estados Unidos ha jugado a ser bueno y ha logrado confundir con ello a mucha gente, no al autor de “El hermano Obama” ni a quienes han procurado serle fiel —al autor, no al personaje—, lo habrá hecho para edulcorar la imagen de su nación y neutralizar de paso el ejemplo de Cuba en nuestra América, y en el mundo.

Pero los estragos causados a Cuba por cerca de 250 medidas que impuso Donald Trump para reforzar milimétricamente el bloqueo, y que mantiene quien fue vicepresidente de Obama —continuidad que es toda una confirmación de esencias—, puede fortalecer en el imperio la idea de que el bloqueo nunca había estado más cerca que ahora de lograr los conocidos fines con que se implantó. En ese contexto, resulta iluso suponer que va a cesar, como suicida sería creer que estamos exentos de graves peligros, y que podemos esperar a que el bloqueo termine para entonces resolver nuestros problemas.

Aunque decretáramos, incluso convencidos de la realidad del decreto, que el bloqueo no conseguirá lo que busca, urge buscar paliativos cuando menos, pero con el afán de resolverlas, a situaciones que pueden seguir enrareciendo nuestra atmósfera hasta asfixiarnos. En ningún momento de la Mesa Redonda en que se anunció que se retomaba la compra de divisas por parte de nuestras instituciones bancarias a la población, oyó quien esto escribe decir, ni insinuar siquiera, que esa medida bastaba para controlar el mercado y satisfacer las necesidades, tremendas, de la inmensa mayoría de la población, y que no se estudian nuevas decisiones que se deberán tomar con la mayor responsabilidad.

Es verdad que la ciudadanía tiene derecho a reclamar que se haga todo lo posible para no sucumbir a la improvisación, ni demorar tanto en la toma de decisiones como ocurrió con el reordenamiento, por cuyos grados de frustración sería irresponsable y oportunista, o gruesa cobardía, culpar únicamente a un funcionario más o menos nombrable. En cualquier nación, no solo en una de necesaria y confesa centralización como Cuba, decisiones de esa envergadura son responsabilidad del Estado y el gobierno, y no basta salir del paso ante los errores diciendo que se cometieron excesos, si no se dice claramente quién pagó por ellos, y de qué modo. Si no se hace, queda como que solamente paga el pueblo.

Pero las reacciones ante los pasos que en la Mesa Redonda se anunciaron con insistencia en que son solo eso —pasos, no medidas finales ni soluciones mágicas—, parecen hablar de muchas cosas a la vez. No revelan únicamente el estado de ánimo de una población en cuya mayoría se han concentrado los efectos de acciones que pueden haber sido inevitables, pero no han dado los frutos esperados.

No pocas de las reacciones reflejan también la influencia de una propaganda estimulada por los enemigos de la nación cubana y su Revolución para desalentar al pueblo y, apoyando mediáticamente los propósitos  nada ocultos —aunque haya quienes prefieran ignorarlos— del bloqueo, llevarlo a cuestionar cuanto se haga en el país, ¡todo!, y finalmente a rebelarse contra “el régimen”.

En estas últimas horas se ha evidenciado con particular claridad algo que no es nuevo: a Cuba, palos si no boga y, si boga, palos. Quizás, sobre todo, cuando boga.

Pero esa propaganda no debe paralizar al país, ni atar de manos y mente a quienes lo dirigen y tienen la responsabilidad de ponerlo de una vez por todas en caminos que de veras le permitan ver la luz al final del túnel. ¿Que la obra de la Revolución ha tenido como brújula y empeño la misión de servir al pueblo? Eso merece reconocimiento y gratitud, pero traicionaría a la Revolución creer que puede mantenerse viva como resultado solamente de la gratitud del pueblo.

Actúe Cuba —su mayoría revolucionaria y su dirección— con la eficiencia más alta. No se contente con tratar de hacerlo bien, ¡hágalo! Siempre habrá quien, hasta por natural impaciencia, no le perdone lo que haga mal; pero ni el amor ni la revolución que vivan de perdones pueden tener los mejores caminos y dar los mejores hijos.

 Coda: Si alguien estima necesario decirle al autor que no lo ha dicho todo, está en todo su derecho a decírselo, pero también puede ahorrarse el trabajo: él lo sabe.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

2 thoughts on “¡Ay, pesito de mi vida; ay, pesito de mi amor!

  1. Has dicho todo lo q era necesario decir, es mi opinión y te admiro por haberlo hecho. No pocas veces, en estos tiempos extremos. he pensado ¿ qué pasa con los intelectuales cubanos? Porque a decir verdad, aunque sea desde posiciones realmente revolucionarias, hay mucho que decir y no se dice. Gracias !

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