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Lecciones de un fundador

No fue Enrique de la Osa un simple periodista, aunque por su sencillez, desenfado e incluso anónimo trabajo, pudo haber despistado a algún que otro contemporáneo suyo. Él fue “cerebro y corazón de aquel bastión de la prensa cubana”, como lo calificara Lisandro Otero, cuya pluma estuviera también entre los que armaron “En Cuba”, sección de Bohemia, por la que dejó de nombrase revista para pasar a ser buscada y leída como la revista.

Aparecida por primera vez el 4 de julio de 1943, aquella sección tuvo en Enriquito, como lo llamaban sus más cercanos colegas y amigos, su cronista apasionado, fiel a la idea de trasmitir la real imagen política, económica y social del país en años convulsos, de latrocinio, canalladas de politiqueros, y deudas con la verdad que necesitaba ser conocida y publicada.

Junto a otro símbolo del periodismo cubano, Carlos Lechuga, semana tras semana, armaba páginas punzantes, que según testimonio del poeta Ángel Augier, también cercano colaborador, tenía por novedad no solo el contenido, sino la forma. “El estilo era original, ágil, nervioso, incisivo, envuelto en gracia e ironía de buen gusto”.
Reporteros y colaboradores cazaban las noticias y las llevaban a la casa de Enrique –no a Bohemia–, en Nuevo Vedado, donde tenía su ‘cuartel general’. Él seleccionaba lo que aparecería en cada número. Su experiencia como corrector de estilo en el diario “El Mundo” le permitía armar, pulir, condensar lo escrito por otros periodistas; a más de uno a veces enviaba al mismo sitio para contrastar versiones de los hechos. Tal circunstancia dio unidad de estilo a la sección, que por lo general apareció sin su firma.

El entonces director de Bohemia, Miguel Ángel Quevedo, quien había aprobado la idea de hacer “En Cuba”, le había otorgado a Enrique de la Osa libertad de acción, con la que consiguió estrenar una nueva forma de hacer periodismo, o lo que se ha conocido después como periodismo de investigación.

Tal resultado, que remontó las tiradas de la revista de unos 30 mil ejemplares a alrededor de medio millón, se logró contando con un equipo de avezados periodistas como Fulvio Fuentes, Mario Kuchilán, Benito Novás, Max Lesnick, Mario García del Cueto, y de escritores de la talla de Marinello, Roa y Guillén, además de las voces de choferes, secretarios, guardaespaldas, quienes aportaban detalles inéditos de una noticia.

Para ser iniciador de tan particular modo de hacer, Enrique de la Osa no solo se valió de su vasta cultura como lector imbatible y de la curiosidad del cronista, sino de su compromiso con cambiar la triste realidad del país. Soportó incólume a quienes quisieron silenciarlo –con dinero, claro, que le hubiera venido muy bien–, y también prisión.

Conocido por su activismo revolucionario en los días de las dictaduras machadista y batistiana, su destino estuvo cercano a Rubén Martínez Villena, Eduardo Chibás y Antonio Guiteras, por citar solo a tres personalidades que lo premiaron con su cercanía y amistad.

Otro suceso que marcó la vida de De la Osa, fueron los sucesos del Moncada. Ya en las páginas de Bohemia, el revolucionario Fidel Castro había publicado varios artículos decisivos, lo que le hizo llamar a la revista como el baluarte más importante en aquellos años de lucha.

La entonces joven periodista Marta Rojas ha narrado que Quevedo le entregó 500 pesos para ir a Santiago de Cuba a cubrir el juicio realizado a quienes luego la historia absolvió. Casi listo tenía el “En Cuba” el sagaz periodista, pero le fue imposible publicar el reportaje de aquel suceso con las fotos tomadas por Panchito Cano, porque Bohemia recibió feroz censura. Enrique lo guardó con celo y lo hizo público luego del triunfo revolucionario.

Enrique de la Osa, el jefe y el maestro, cuyos aportes dan lecciones para hoy, tuvo una vida periodística de casi 60 años. De la revista a que dio alma y cuerpo, fue director desde 1960 hasta 1971, y al propio tiempo, entre 1963 y 1965, también dirigió el diario Revolución. Septuagenario ya, se dio tiempo para una fecunda obra de escritor.

Así nos legó “Los días y los años”, y luego “Visión y pasión” de Raúl Roa (1987), Crónica del año 33 (1989) y Sangre y pillaje (1991). Poco antes de morir a los 87 años, el 14 de junio de 1997, dejó preparada la serie de textos que compilan los reportes más importantes de la sección “En Cuba”, cuyo primer tomo alcanzó a ver publicado. Por su impronta en la prensa cubana, su búsqueda constante de la verdad y la manera inteligente de contarla recibió el Premio Nacional de Periodismo José Martí por la Obra de la Vida.

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