JORNADA POR EL DÍA DE LA PRENSA LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PRENSA

Para ser verdaderos soldados de la prensa

En Cuba su Día de la Prensa honra a José Martí y a Patria, que él fundó. Como fecha para el tributo se escogió el 14 de marzo, la del número inicial del periódico, que, muerto Martí en combate, devino lo que cabe considerar otra publicación. En la etapa en que fue el Patria martiano hallaron espacio natural “las grandezas luminosas”que Rubén Darío había tenido el acierto de ver en la prosa —como habría podido ver asimismo en su poesía— del escritor a quien llamó Maestro, mientras este, en respuesta, lo llamó a él Hijo.

Hecha al despliegue coral de ideas, ética y belleza, la escritura martiana conservó en Patria su tensión germinadora, ajustada a los fines de la publicación más que a la carencia de recursos que impidieron que el rotativo lograse el despliegue material que Martí habría querido. Pero las estrecheces económicas no impidieron la eficacia de páginas donde el rico lenguaje de su fundador y guía montó a caballo.

Se aprecia desde el título del artículo “¡Ah de los jinetes!”, publicado en Patria el 17 de noviembre de 1894. Entonces ya estaban en avanzada fase los preparativos de la contienda que, en la perspectiva de Martí, debía no solo independizar a Cuba, sino abonar los fundamentos de una verdadera república moral. Tan magno propósito requería, como se lee en las Bases del Partido Revolucionario Cubano, fundar “un pueblo nuevo y de sincera democracia”.

Hablar de la prensa que necesitamos y queremos remitiría a la obra del delegado del Partido Revolucionario Cubano y a la emblemática publicación mencionada, aunque el propósito no se centre en ese tesoro político, ideológico, estético y cultural. Con uno de los textos martianos de Patria en la memoria —”Sobre los oficios de la alabanza”, aparecido el 3 de abril de 1892—, los presentes apuntes recuerdan al periodista Heriberto Rosabal, de cuya prematura muerte se cumplirán dos años el 25 de junio. El autor lo conoció personalmente en abril de 2010, como parte del equipo de la revista Bohemia, donde trabajaba Heriberto. 

Como en todo organismo vivo, en el ser humano la muerte puede ir minando imperceptiblemente el cuerpo, hasta que acaba por completar su tarea. Tal vez aquellos años no eran ya los del ímpetu que vieron en el colega recordado quienes lo conocieron en Granma, o acaso especialmente en Juventud Rebelde, aunque seguía siendo apreciado como un periodista relevante.

En quienes lo trataron hacia el final de su existencia, cabrá la intuición de que su ánimo podía estar mellado por agobios del diario vivir, duro oficio si los hay, y por algo que podría generar desencanto, algo a lo que se asume que un revolucionario no debe ceder. El comandante Ernesto Guevara, el Che, tuvo especial derecho a sustentar esa norma, cuya cima él personificó, ¡y de qué modo!, incluso en el momento en que fue asesinado.

Pero, aunque lo deseen, no todas las personas alcanzan esa altura. Más allá, o acá, de paradigmas extraordinarios, un ser humano es lo que es y, aun cuando abrace todo lo que pueda nutrirle sus fuerzas, quizás no consiga desentenderse de hechos que se las mengüen. Por lo que pronto se verá, en lo tocante a Heriberto eso vale decirlo de los sucesos ocurridos en diciembre de 2010 en el Hospital Siquiátrico de La Habana.

Fueron dolorosos en general, y especialmente opuestos al proyecto revolucionario que, como a todo el país, transformó ese centro de atención médica, y no en pequeña medida, sino a lo grande. Si los detalles suelen tener efectos imprevistos, lo ocurrido en Mazorra puede haber tenido un efecto particular en Heriberto, quien se quedó esperando la autorización para hacer un reportaje sobre aquella tragedia. Aunque ya no tuviera mayor sentido práctico, quizás la huella de la espera lo acompañó hasta su muerte.

Además de una condena justa y aleccionadora —mayor y más extendida acaso que la aplicada legalmente— aquellos hechos merecían una cuidadosa y amplia cobertura periodística, no solo escuetas notas oficiales. Y Heriberto quería escribir el reportaje que habría podido hacer con pericia profesional y lealtad a la patria y a la Revolución.

Debió haberlo escrito, aunque no se publicara. No solo para tranquilidad de su conciencia, sino también, o sobre todo, como una prueba de que el déficit no fue suyo y nadie pudiese achacárselo a él, lo que habría sido el colmo. Hasta donde sabe quien esto escribe, no se oyó a Heriberto quejarse, lo que se dice quejarse, por el silencio que se le impuso y lo privó de hacer algo que entendía necesario. Pero suponer que eso —y quién sabe cuántos otros sinsabores y sinrazones más— no lo afectó sería, cuando menos, un acto de superficialidad.

Y lo peor, para un periodista revolucionario, ni siquiera sería ver que de su lado, del lado de la Revolución, se daba por sentado que todo podía resolverse como parece haberse creído que se resolvía, incluyendo procesos jurídicos en que no se facilitó la cobertura periodística necesaria. Lo peor fue que todo eso fue aprovechado en función de posiciones nocivas para el proyecto revolucionario de la nación.

Después, como otras veces, se podría montar un “turno del ofendido”, y arremeter, incluso con razones, contra los aprovechados, tildarlos de oportunistas y hasta señalar, cuando fuera el caso, su condición de revolucionarios arrepentidos. Pero nada subsanaría el déficit causado al impedir que periodistas amantes de la Revolución —no hay por qué suponer que fuera uno solo— cumplieran su tarea en lugar de verse reducidos al silencio como quien cumple la orden de callarse.

Una conocida máxima martiana, concentrada en la exclamación “¡tiene tanto el periodista de soldado!”, parece haber sido objeto de no poca lectura instrumental, en el peor sentido. Martí no se refirió ni única ni principalmente a la disciplina marcial que en determinadas circunstancia pudiera requerirse de los periodistas, sino al arrojo que deben tener para cumplir su tarea, al igual que el combatiente para arriesgar su vida. Como el tema requiere una atención que desbordaría estas cuartillas, el autor remite al artículo donde lo trató y precisó la fuente y el contexto en que se lee la exclamación de Martí (https://www.cubaperiodistas.cu/index.php/2020/05/el-periodista-que-tiene-de-soldado-homenaje-a-jose-marti/). 

Riesgos tiene toda tarea: con una puntilla mal remachada un zapatero puede lesionar al cliente, con el mismo bisturí con que salva vidas puede un cirujano equivocarse y matar, con los mismos buenos propósitos con que un político toma decisiones para bien del pueblo es posible que se logren efectos contrarios. Y hay más peligros: como el de que, por cumplir el deber, quien lo cumple sufra la ojeriza y la autoridad de quienes pueden juzgarlo. Los resultados podrán confundirse, pero no es lo mismo un castigo equivocado que la represalia por parte de quienes, ante la crítica, de algún modo vean que sus prerrogativas peligran.

Se dirá, y es cierto, que todo eso cabe revertirlo también con arrojo. Pero a veces hacerlo da tanto trabajo, demora tanto y tanto agota que las posibles víctimas pueden acabar acomodándose a la resignación, a la obsecuencia. Los periodistas cubanos saben cuán difícil ha sido y aún es su tarea, y cabe suponer que seguirá siéndolo. Como en el verso de Horacio citado por Martí ante los retos que la voracidad imperialista le planteaban a nuestra América, “a las estrellas no se llega por caminos llanos”.

Pero una cosa son los retos que estimulan, y otra los escollos paralizantes. Y ojo: cuidado con los camuflajes que los muros interpuestos en el trabajo de la prensa pueden representar no solo para los errores, sino también para la corrupción y el oportunismo, para falsos revolucionarios: falsos aunque tal vez algunos ni siquiera sepan que lo son, o se nieguen a creerlo.

Para los fines revolucionarios, de poco valdrá que el quehacer de la prensa se entorpezca en nombre de la unidad y de la discreción supuestamente indispensable, la que a menudo brinda escondrijos para quienes quieren vivir a expensas de la obra revolucionaria, o contra ella. Vale más retomar el sentido prístino de discreción, asociado a la inteligencia y a la capacidad de discernimiento, no como equivalente del tapabocas, que está bien contra virus letales, no contra la verdad.

Nada de eso niega el derecho y la necesidad del Estado cubano de tomar las medidas necesarias para defenderse de sus enemigos. Pero estos pueden hallar más aliados en el silencio asumido con el fin de no alentarlos, de no seguir su agenda, que en el exceso de las denuncias hechas desde dentro para descubrir males y erradicarlos. Si algo le hace mal al proyecto revolucionario no será precisamente porque el enemigo se entere.

Está bien que la prensa disponga de medios y recursos para proteger la razón de Estado. Pero se requieren espacios y entendimiento y, llegado el caso, hasta coraje para asegurar que se cumpla una razón que no puede ir a la zaga de ninguna otra, y sin la cual no habrá razón alguna que pueda considerarse bien defendida, ni segura: la razón moral.

La política y la diplomacia pueden coincidir en fines y principios, y habrá quienes, como José Martí y Fidel Castro, se muevan con sabiduría y ética en ambas; pero cada una de ellas tiene sus caminos y exigencias. Dentro de la coincidencia posible, también tiene los suyos la prensa.

Si mañana se descubre vida inteligente —ojalá sea inteligente y honrada de veras— en otro planeta, y hay allí individuos y hasta empresas que colaboren con Cuba y repudien el bloqueo que le impone el gobierno de los Estados Unidos, no solo será justo reconocer el apoyo, sino que para ella sería torpe, ingrato y hasta suicida no hacerlo. Pero la justicia del reconocimiento no autorizaría a privar al pueblo cubano de información sobre males y lacras de ese planeta o de algunos de sus territorios. No digamos ya si en esos lares el gobierno lo ejercen satrapías.

La prensa cubana necesita seguir operando a base de medios públicos, y enfrentando aquellos que se anuncian como independientes y dependen de fondos venidos de las fuerzas que intentan aplastar a Cuba, dominarla. Especialmente en ese contexto necesita el país espacios que, sin contravenir el respeto a la razón de Estado, le aseguren plenamente a la razón moral vías para hacerse valer como también el país necesita. La prensa cubana de Cuba no ha de dejar vacíos de los cuales saquen provecho los enemigos, ni los declarados ni los que intentan solaparse. 

Recordar a Fidel y querer ser leal a su legado, implica tener presentes sus ideas, ponerlas en práctica. Él resumió en un discurso del 12 de marzo de 1988 una de las normas que Cuba necesita mantener vivas en la acción cotidiana: una idea tan importante que se recordaría aunque solo se hubiera conocido oralmente, pero quedó fijada para su lectura. El 7 de noviembre de 2016, escasos días antes de su muerte, el Comandante autorizó que se publicara aquel discurso, su intervención en el Primer Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz (http://www.cubadebate.cu/noticias/2017/01/27/intervencion-inedita-de-fidel-en-1988-durante-el-primer-consejo-nacional-de-la-ahs/). 

En ese foro el líder aludió a una reflexión suya, posterior en poco tiempo a los días de Girón, y sostuvo: “Yo me acuerdo que cuando planteé esta cuestión de buscar el máximo de espíritu crítico decíamos: es preferible los inconvenientes de los errores que se produzcan, a los inconvenientes de una situación de ausencia de crítica. Y podría decir: es preferible los errores de tener mucha libertad, a los inconvenientes de no tener ninguna libertad”. Luego de esas palabras, que arrancaron aplausos, añadió con respecto a la experiencia previa a Girón: “Si la Revolución no tuvo temor a nada de eso, al principio, cuando no había ni ideas socialistas en este país”.

Sería deplorable propiciar que ese mensaje se diluya, por el tiempo que la transcripción del discurso permaneció sin publicarse. Pero ese lapso puede más bien favorecer que ilumine las casi tres décadas que mediaron entre el triunfo de la Revolución y el encuentro donde tuvo lugar la intervención del Comandante, y el similar período transcurrido desde entonces hasta que el texto se publicó. Sumados al tramo, aludido por él, que antecedió a Girón, ambos intervalos cubren la trayectoria del líder de la obra revolucionaria, que dejaría de ser lo que es si descuidara el legado de su guía.

En particular, las líneas citadas ofrecen una brújula cada día más necesaria, y lo sería aunque no existieran los recursos a la vez útiles y enredadores —avisados desde su nombre— de las redes sociales. Sí, aunque ellas no existieran, ¡pero existen! Y no es necesario idealizar el gremio para sostener que no faltan, no han faltado ni hay que suponer que llegarán a faltar periodistas capaces de mantener viva, y en desarrollo, la prensa necesaria.

Pero hay indicios de que se tiene por más fácil, más disciplinado y menos riesgoso —aun cuando se haga con ademanes bravíos— culpar por las deficiencias de la prensa a “los periodistas”y no a las líneas que orientan su trabajo. El país necesita una prensa que esté cada vez más a la altura de los objetivos defendidos, y de las raíces de donde viene el proyecto revolucionario, con Martí y Patria en el firme de sus pautas, y Fidel como continuador.

En quienes, como José Martí, asumía la política, incluso la preparación de una guerra, “como una obra de arte”—se lo confesó a Manuel Mercado en carta de un 13 de noviembre, de 1884, según el contexto—, ni las contingencias se reducen a meros detalles. Se piensa en ello ante el hecho de que Martí logró poner en circulación el periódico casi un mes antes de que el 10 de abril del mismo 1892 se proclamara fundado el Partido Revolucionario Cubano.

Eso remite a un hecho que él se encargó de puntualizar: Patria era “un soldado de la prensa”, no el órgano del Partido. Razones de peso tenía para tal precaución. El rotativo operaría en medio de la diversidad ideológica de un frente de liberación nacional, explicable o necesariamente pluriclasista, cuya radicalidad no llegaba a la propia de Martí y su plan de acción.

Hacer de Patria el órgano del Partido —lo que insinuó un intrigante a quien una vez más se vio Martí en la necesidad de responderle— lo habría atado a trabas burocráticas opuestas a la necesaria agilidad de su desempeño informativo y movilizador. De paso, habría lastimado a las publicaciones patrióticas ya existentes. No fue casual que en la primera entrega de Patria incluyera Martí el artículo “A nuestra prensa”, en el que se lee: “Eso es Patria en la prensa. Es un soldado”. Afirmar que era el órgano del Partido, como de cuando en cuando se ha reiterado, acusa desconocimiento, sin descartar posibles usos instrumentales.

No solo en un movimiento de liberación nacional cabe esperar, junto a la radicalidad como la entendía Martí —ir a las raíces—, dosis de inercia y de conservadurismo. ¿Será impertinente hablar incluso de “conservadurismos revolucionarios”? Dicho así, parece una contradicción, pero las contradicciones se dan en la vida antes que en el lenguaje: tanto las que estimulan el desarrollo como las que lo frenan. 

La tarea de la revolución que Martí preparó consistía no solo en preparar una guerra con principios y métodos válidos para propiciar desde ella las bases de una república moral, que exigía fundar, y así lo definió él en las Bases del Partido, “un pueblo nuevo y de sincera democracia”. Pensaría en ese ideal cuando en su ensayo “Nuestra América”, publicado en enero de 1891, deploró un incumplimiento —reflejo del rumbo y las características sociales del mundo de entonces, no solo de nuestra América— que originó en el independentismo latinoamericano manquedades de las cuales él quería librar a Cuba.

Lo que se había incumplido era un reclamo fundamental: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Insístase en la precisión: no solo contra los intereses de los opresores, sino a la vez contra sus hábitos de mando.

La irrealización de ese doble propósito, que el proyecto revolucionario cubano debe seguir abrazando y cuidando, se ha hecho sentir no solo como un obstáculo frustrante en el ámbito político del independentismo, sino también en los ideales de justicia social. Basta recordar que dio al traste con el socialismo llamado real, calificativo para el que, en ese contexto, acabó primando uno de sus significados básicos: no el apegado a la realidad, a lo verdadero, sino a la realeza, a la aristocracia.

Por escribir La nueva clase, el revolucionario yugoslavo Milovan Djlas pagó cárcel en la misma celda —se ha dicho— donde antes la había sufrido como combatiente antifascista. Pero no traicionó ni sus puntos de vista, concentrados en su libro, ni al socialismo. Al salir de su segunda prisión —quizás más dolorosa para él, porque se la impuso, presumiblemente en nombre de la unidad, la Yugoslavia dirigida por su compañero de armas Josip Broz, Tito—, Djlas siguió defendiendo la causa socialista.

Por norma debería tenerse que si alguna vez chocan la razón moral y la razón de Estado, se debe revisar cómo aplicar la segunda, sin violar la primera, que lo es no solo por el orden en que aquí se nombran ambas, sino porque debe ser la rectora. No se le han de regalar al enemigo asideros que él pueda usar contra el proyecto revolucionario cubano, pero no está en eso la guía, porque el enemigo no necesita que se le den asideros: los fabrica sin ningún pudor. Y para Cuba son más nocivos los males que puedan prosperar internamente amparados en ocultamientos, silencios o eufemismos.

No fue un oportunista ni un perestroiko, sino un revolucionario cabal, el político que lo advirtió en el Aula Magna de la Universidad de La Habana el 17 de noviembre de 2005: el imperialismo, pese a su poderío y a sus rabiosas ganas de hacerlo, no podría destruir a Cuba, sino nosotros mismos; el país no se destruiría desde fuera, sino desde dentro. Y, más que a una mala dosificación de la crítica, la catástrofe podría deberse al silencio, que, por encima de cualquier buena intención, acaba siendo cómplice de nuestros enemigos.

Son muchos los órdenes en que el exceso de “disciplina informativa” puede resultar contraproducente. Alrededor del mediodía del 17 de diciembre de 2014 ocurrió lo más importante y perdurable de esa fecha —el regreso a Cuba de los tres compatriotas que permanecían castigados en cárceles del imperio por luchar contra el terrorismo y defender la decencia política—, pero su recibimiento lo trasmitió la televisión nacional en la noche, mientras agencias de otros países lo estaban divulgando desde que ocurrió.

Hubo defensores del secreto que lo explicaron conjeturando —¡oh, “mesura política”!— que habría quizás algún acuerdo con los Estados Unidos para no precipitarse en la noticia, pero resulta que en aquel país vieron en vivo el regreso de Alan Gross. Si de veras hubo tal acuerdo ¿tenía Cuba que someterse a cumplirlo cuando la supuesta contraparte lo había burlado? No era un detalle baladí: el pueblo cubano merecía disfrutar la imagen, en tiempo real, de la llegada de sus héroes, por la que tanto había clamado, esperado y hecho.

Con la historia de nuestros cinco héroes se vincula el encarcelamiento en los Estados Unidos, en condiciones brutales, de la antiterrorista puertorriqueña Ana Belén Montes, de quien, hasta ahora, poco han informado los medios cubanos, cuando ella merece que se le considere también heroína nuestra. Claro que un pronunciamiento oficial de Cuba en su defensa podría agravarle la prisión. Pero eso confirma, en vez de negarlo, que el país necesita espacios donde la razón moral se ejerza plenamente.

Es saludable, necesario, que el pueblo esté bien enterado de lo que debe saber, aunque solo fuera —pero esa no es la única razón, ni la principal— para que nadie, sean cuales sean sus intenciones, halle el modo de acusar injustamente a Cuba de ingratitud. Para nuestro honor, aparte de lo escaso aparecido en otros medios del país, como Cubadebate y recientemente Cubaperiodistas, ya la televisión nacional ha empezado a informar sobre la heroína. Y aunque no le faltara ya más que un año y medio de los veinticinco de dura condena que le impusieron en los Estados Unidos, su liberación debe seguir siendo una demanda mundial.

Cuba —aunque sus enemigos lo nieguen con argucias a las que no debemos hacer el juego, ¡ni tantito así!— tiene su sociedad civil y numerosas organizaciones de masas, aptas para contribuir a que aquí la ejemplar puertorriqueña sea bien conocida. Lejos debe estar la posibilidad de que ocurra lo que en otros lares detectó el autor de estas notas cuando hace cinco años escribió para su artesa digital el artículo “Con Ana Belén Montes” (https://luistoledosande.wordpress.com/2016/02/25/con-ana-belen-montes/): había aparecido, en su defensa, un texto ilustrado con la imagen de la cantante y actriz española Ana Belén. Por muy exitosa que sea la carrera de esta última, sería no menos que absurdo compararla con la valiente luchadora, puertorriqueña, aunque la condición colonial de su patria determine que tenga la ciudadanía estadounidense.

Nada de lo aquí dicho es para despacharlo en unas pocas cuartillas. Pero apremia el límite razonable de extensión para un texto como el presente, que finaliza retomando con una pregunta retórica, no ociosa, su punto de partida: ¿habría alguna crónica en que pudieran conjugarse más armónicamente la razón de Estado y la razón moral que la que habría hecho sobre la tragedia antirrevolucionaria del Hospital Siquiátrico de La Habana el periodista Heriberto Rosabal?

Además de estar profesionalmente capacitado para la tarea, era revolucionario y honrado, coincidencia que no sale sobrando señalar, aunque sepa a pleonasmo, y ojalá siempre lo sea. Queden en pie su recuerdo, y las señales que brinda lo mucho que los periodistas en Cuba, hombres y mujeres, deben tener de soldados, y no de soldados de cualquier índole, sino de Patria o Muerte. Solo así podrán cumplir con responsabilidad y coraje el conocido reclamo martiano que establece: “La palabra no es para encubrir la verdad, sino para decirla”.

La cita, que no pierde valor por las veces que se ha usado, pertenece a su artículo “Ciegos y desleales”, publicado el 28 de enero de 1893 en Patria, el peleador periódico al que nuestro Día de la Prensa rinde un homenaje que no se debe arrinconar en esta celebración, sino tomarse conscientemente como acicate para un mejor quehacer cotidiano.

El contenido de “Ciegos y desleales”, volcado contra enemigos de la nación cubana, desborda las intenciones de estos apuntes, pero no saldrá sobrando recordar sus líneas iniciales: “La política es la verdad. La política es el conocimiento del país, la previsión de los conflictos lamentables o acomodos ineludibles entre sus factores diversos u opuestos, y el deber de allegar las fuerzas necesarias cuando la imposibilidad patente del acomodo provoque y justifique el conflicto”.

La Cuba de hoy no es la de entonces, pero las ideas de Martí no valen solo para este país, ni para su transformación en marcha, por muy profunda y luminosa que sea. Lejos de menguar, la vigencia del pensamiento y la conducta del creador de Patria se ratifica en un mundo dominado por el imperialismo, cuya expansión él quiso impedir a tiempo, y cuyo poderío capitaliza, aún más que en las postrimerías del siglo XIX, manejos que ahora corren con los nombres noveleros de fake news y posverdad, para encubrir mentiras tras mentiras.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

6 thoughts on “Para ser verdaderos soldados de la prensa

  1. Un texto conmovedor del pensamiento, de la conciencia. Toledo, como Fidel, siente el mandato martiano y procura cumplirlo siempre a plena responsabilidad y con la valentía suficiente para asumir cualquier consecuencia. Eso me consta sobradamente.

  2. EXCELENTE texto. Como parte del colectivo de la Revista BOHEMIA agradezco a Toledo Sande la mención al colega Heriberto Rosalba para ilustrar sobre la necesidad de que nosotros, los periodistas, seamos esos soldados que la Patria necesita. Acá seguiremos los periodistas revolucionarias comprometidos a pesar de los obstáculos. Plantea magistralmente dificultades que nos molestan y frenan, gracias entonces por ayudar a que se vea una parte de nuestra realidad, la del gremio. Gracias Toledo Sande por acercarnos nuevamente a José Martí, gracias por estar del lado de la razón moral, por entender nuestras dificultades y el amor que sentimos por Cuba y el periodismo revolucionario. Gracias a Cubaperiodista por la publicación de este artículo y no pierdan la costumbre de invitar a un autor tan puntual, inteligente y valiente. Felicidades por otro Día de la Prensa en Cuba.

  3. Comentario muy valiente y necesario. Hay noticias que circulan y no hay respuesta adecuada por las instancias partidistas o de gobierno. El caso de Sandro y el de Vilma Rodríguez, son inexcusables y van más allá de situaciones personales…hay que revisar las políticas de privilegios indebidos…algunos rayan en la corrupción y eso es moralmente inaceptable desde una ética revolucionaria. si son fake news, hay que rebatirlo, si son errores cometidos desde la dirección del país, hay que enmendarlos con transparencia y valentía revolucionaria…, no son los únicos, en algún lugar expresé: Para los que se lo merecen, ni chozas ni palacetes…y con eso quiero decir la JUSTA medida de las cosas. “La Patria es ara no pedestal”

  4. Impactante y demoledores argumentos -que aplaudo- los defendidos en el texto del amigo Toledo Sande -al que felicito-, y que deben constituir, por su solidez inquebrantable, los cimientos del ejercico periodístico en nuestro país. ¡ Feliz Día de la Prensa Cubana!

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