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En Operación Carlota: la misión de los lentes

Aldea Nankova, mes de abril de 1988. A juzgar por ese nombre pareciera que se trata de un lejano punto en la geografía rusa. ¡Frío, frío! (como diría un niño). Ni la rala vegetación del lugar, ni el sufrimiento de siglos acumulado en la mirada angelical de aquellos niños, ni el color bien oscuro de la piel… nada remite al llamado Viejo Continente.

Mis pies pisan tierra africana. El lente de mi cámara está fijo en la sonrisa de una muchacha muy joven que entrega y entrega y vuelve a entregar juguetes rústicos –pero divinos- a un enjambre de niños descalzos que jamás habían visto ni tomado en sus manos una muñeca de trapo, una pelota de cuero, un pequeño camión de madera con ruedas de latas de conserva aplastadas como un tostón… y que por helicópteros y aviones sólo tienen la terrible referencia de aquellos aparatos que –días y semanas atrás- ensordecían los oídos del vacío en la cercana municipalidad de Cuito Cuanavale.

Aprieto y aprieto y vuelvo a apretar el obturador de mi Nikón intentando el privilegio que significa congelar la imagen de esa diminuta virgen que, vestida de camuflaje, parece haber caído del mismísimo cielo para sembrar —quizás por vez primera— el brillo alegre que jamás tuvo la triste mirada de esos niños, por intermedio ahora de juguetes fabricados por los combatientes cubanos, en la penumbra de los refugios o junto a las esteras de los tanques y demás medios blindados, que tan estoicamente defienden la dignidad y el futuro de África en Cuito Cuanavale.

Para Katiuska Blanco —con olor todavía a pupitre universitario— aquel sería un instante inolvidable, cuya verdadera trascendencia y dimensión el tiempo se ha encargado de multiplicar, millones de veces más allá de la ingenua naturalidad con que ella le arrancaba y le entregaba cada segundo a la sufrida Nankova.

Tres combatientes, uno apuntando con la mano) Albertico Núñez, a la derecha, durante una incursión hacia la profundidad con combatientes de tropas especiales. Foto: Pastor Batista Valdés.

Katiusca, junto a Ledys Camacho Casado, Albertico Núñez Betancourt y Demetrio Villaurrutia, recién egresados todos de la carrera de Periodismo, en la Universidad de la Habana, no habían llegado hasta el ventrículo del negro continente para buscar glorias personales de aquel ni de futuros amaneceres.

Honrosa despedida a Ledys: una niña con uniforme y obra de Mujer. Foto: Pastor Batista Valdés.

El periódico Verde Olivo en Misión Internacionalista los había recibido, meses atrás, con los brazos tan abiertos como los de 50 000 combatientes cubanos, dislocados entonces por la extensa piel geográfica de Angola.

Hacer periodismo desde la arriesgada pero apasionante condición de corresponsales de guerra fue la misión asignada a ellos. Aceptar ese reto devino excepcional privilegio. Haberlo cumplido de manera excelente y digna devino expresión, una vez más, de la capacidad de nuestros jóvenes para sobreponerse a las más adversas condiciones, tal y como también lo hizo otra colega de esa graduación: Nieves Toledo, entre las tropas internacionalistas que por entonces protagonizaban similares páginas de solidaridad y de verdadero humanismo en Etiopía.

Cabinda, Lubango, Namibe, Huambo, Cahama, Xangongo… numerosa sería la relación de puntos donde la presencia de aquellos muchachos sembraba el asombro, entre angolanos, y megatones de aliento para alcanzar la victoria final, entre cubanos.

Fotógrafo sobre un puente destruido. Nada escapa al lente de la prensa cubana. Foto: Pastor Batista Valdés.

Con apenas tres o cuatros años más de edad, yo los miraba acomodarse despreocupada y plácidamente en la panza del AN-26, dentro del impresionante IL-86 o junto a la escotilla del helicóptero, y el escalofrío que jamás sentí en lo personal me recorría casi todo el cuerpo, en paternal sensación, al verlos consultando apuntes a ras de agenda, ganándoles tiempo al tiempo para redactar la entrevista, la crónica o el reportaje que horas después entregarían, o simplemente cantando una de esas canciones que Silvio hizo, hace y hará, mientras haya Silvio y mientras haya en el mundo oídos, dedos, guitarras, sentimientos, guerras, unicornios, rabos de nube, óleo, mujeres, sombreros y cubana dignidad.

Rigoberto Senarega, testigo también de momentos trascendentales, filma sentado en el suelo. Foto: Pastor Batista Valdés.

Recuerdo que una noche, mientras conversábamos en el convulso Menongue bajo la luz discreta de un pedazo de luna, un negro alto y fuerte como un verdadero roble me preguntó: ¿Por qué ustedes permiten que esas dos muchachitas corran este peligro? Y antes de acabar confabulándome yo con el sentido de aquel razonamiento le devolví a modo de morterazo otra pregunta: ¿Y tienes idea de quién se los podrá impedir?

En verdad, todo cuanto podíamos hacer era “atajar” un poco (en el sentido literal de esa palabra) y del modo más sutil posible, la intención de aquellos jóvenes de partir hacia distintos y distantes puntos del frente, sin otro interés que el de bajar hasta donde cientos y miles de caravaneros, tanquistas, pilotos, artilleros, zapadores, químicos, retaguardieros… les llenaban de gloria el vientre a cada día y de una luz más cierta el camino al continente.

Luis Lino intercambia con el General de Brigada Miguel Lorente León y otros jefes militares en Cuito Cuanavale. Foto: Pastor Batista Valdés.

Fueron jornadas de múltiple enseñanza, de reafirmación y de muy sano orgullo para ellas, para colegas más avezados en la profesión como Luis Lino Hernández, Elsa Blaquier, Roberto Pérez Betancourt, César Gómez, Róger Ricardo Luis, Carlos Cánovas, Jorge Luis González, Luis Naranjo… y para linotipistas, diseñadores y directivos que tuvieron a su cargo la última etapa de Verde Olivo en Misión Internacionalista, que con frecuencia semanal circulaba entre las tropas cubanas.

Hace tres décadas, por estos mismos días, seguían arribando a Cuba nuestros combatientes, en el contexto de una gigantesca operación de retorno triunfal.

Y se cumplen, este 5 de noviembre, 45 años del inicio de la solidaria ayuda ofrecida por nuestro país al pueblo angolano, tras la solicitud hecha previamente a Fidel por el Doctor Agosthino Neto, en medio del peligro que corría la proclamación de independencia allí, en medio de una criminal conjura encabezada por Estados Unidos con participación de organizaciones contrarrevolucionarias internas financiadas, entrenadas y armadas por la CIA, Sudáfrica y Zaire.

Denominada Carlota, desde que el primer cubano partió hacia Angola, hasta que retornó el último internacionalista (25 de mayo de 1991), la operación de solidaridad cubana dignificó la actitud de la esclava africana que en 1843 había encabezado una rebelión contra la opresión española en el ingenio Triunvirato, de Matanzas.

Procedentes de nuestro verde caimán, más de 370 000 hombres y mujeres cumplieron misión de internacionalismo durante todos esos años en Angola.

Si la obra que condujo a la expulsión y derrota definitiva de las fuerzas sudafricanas, a la independencia de Namibia y al fin del Apartheid, no fue jamás anónima; si tuvo siempre rostro concreto, voz, imagen, testimonio… fue porque nunca faltaron los arriesgados periodistas, sonidistas y camarógrafos de los Estudios Cinematográficos y de Televisión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (ECITV-FAR), colegas de la propia Televisión Cubana, del sistema de la radio y de la prensa escrita, captando, para la historia, los sucesos y momentos más transcendentales de una epopeya que merece la más respetuosa reverencia.

Imagen destacada: La periodista Katiuska Blanco entrega juguetes rústicos a niños de Nankova, cerca de Cuito Cuanavale. Foto: Pastor Batista Valdés.

2 thoughts on “En Operación Carlota: la misión de los lentes

  1. Hermano, qué bueno que recuerdes estas historias, por desgracia casi olvidadas . Tuve el privilegio de estar en el primer grupo organizado por la Upec en 1978 para editar Verde Olivo en Misión Internacionalista y el programa en español en la Radio Nacional de Angola (junto con Maria Julia, Ana Cecilia, Luis Sánchez Cordero, Luis M. Batista, Alexis Cánovas, Roberto Bueno Castán, Juan Luis Serpa, y González Rivas. Relevamos a los primeros: Rojo, Carlos Castro, Vitico, Oliver, Julio Batista, Othoniel… Allí estaban también Milord y Milorcito, Enmita la locutora, un fotógrafo, un locutor de Nuevitas, la secretaria, el chofer (Imperdonable no recordar sus nombres). Asimismo, la gente de la Fílmica, y de PL (Javier Rodríguez, y Teresita Jorge , entre ellos) . Faltan nombres. Algunos atesoran la réplica del Machete de Máximo Gómez, galardón honroso, otros no. Ojalá todos ostenten la condición de Corresponsales de Guerra. Algún día deberíamos reunirnos. Un abrazo

  2. Un abrazo, Juan Carlos. Gracias por tu comentario y por mantener dentro, intacta, la memoria, el sentido y la trascendencia de aquellos años gloriosos.
    Tras el retorno, un grupo de colegas nos hemos seguido reuniendo, cuando podemos. Son encuentros muy hermosos y fructíferos, en los que , de paso, les vamos legando herencia a nuestros hijos y nietos.
    Debieras participar con nosotros cuando organicemos otro. Vamos a mantener el contacto. Puedes hacerlo conmigo o con Albertico Núñez, director del periódico Trabajadores. Un abrazo a ti y tu familia en mi nombre y del colectivo de Cubaperiodistas.

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