COLUMNISTAS

La virgen cubana y la revolución de todas las flores

En la retina inocente de mi infancia está bordada la imagen de los tres Juanes, coronada por la Virgen de La caridad del Cobre, situada sobre un altar en uno de los cuartos del caserón de guano de mis abuelos.
Nunca faltaban olorosas flores sobre aquel sagrario que saltaba sobre la ingenuidad de mi discernimiento con todo su misterio. Desde entonces intenté entender el enigma milagroso de aquella figura, que vi replicarse con la misma veneración en muchas casas de aquel humilde batey campesino primero, y después en tantos otros hogares cubanos.
Aquellos guajiros no eran practicantes devotos de una confesión. La iglesia católica más cercana estaba a kilómetros, pero los males del cuerpo y del alma encontraban remedio con unas singulares «soberanas» espirituales, desde la 1 hasta números infinitos, algunas veces salidas de la santería, en otras del espiritismo, el agua magnetizada de Clavelito, u otras creencias más ancestrales o modernas.
 
Su asombrosa religiosidad tenía, sin embargo, el hilo común del respeto y el fervor por la Virgen del Cobre, según fui descubriendo mientras crecía en madurez. La mayoría se sentían identificados a la vez que amparados bajo su manto protector.
La Virgen católica no era la representación de una creencia sectaria. En mi micromundo rural, como en otros espacios del país, había sincretizado una sentimentalidad, una espiritualidad y una humanidad común -ochún mediante muchas veces-, que hacía que le encajara preciosamente esa corona con la condición de Patrona de Cuba, es decir de todos los cubanos, con independencia de su clase, condición o creencias.
La sed por profundizar más en sus enigmas y los de la religión la pude saciar mejor ya siendo un joven estudiante de Periodismo en la Universidad de Oriente. Como la imagen de los Juanes de la casa de los abuelos, conservo la impresión extasiada y purificadora de mi primera visita a la bella Basílica Santuario que, sobre un promontorio, gobierna el pequeño y pintoresco poblado de El Cobre.
Aunque no éramos practicantes católicos, regresaríamos muchas veces hasta aquel monumento, unas veces a estudiar en equipo y en otras sostendríamos largas tertulias al amparo de la cercana presencia de la Virgen, con el viejo sacristán de entonces, que afrontaba con paciencia celestial nuestras curiosas baterías de interrogantes, desde las más íntimas hasta las sociales. Una quietud maravillosa nos hacía sentir allí cómodos y aliviados de las tensiones estudiantiles.
En estos días he comparado esa paz, ese sentido de comunión por el bien, la concordia y la buenaventuranza a que invita la figura y el aurea de la Virgen cubana con quienes intentan tomarla de asidero oportunista para atizar conflictos, confrontaciones sociales y odios, sacando de viejos sepulcros los conflictos entre política y religión en Cuba.
Ya en algún artículo donde abordaba los propósitos de incentivar también el odio racial en el país, alertaba que intentan dividir por cualquier razón lo que no han podido por la fuerza. Si en el país no existen chiitas y sunnitas, repúblicas a las que incentivarles autonomía, etnias entre las cuales inocular rencores, algo servirá para el despedazamiento, imaginan los viejos elucubradores de la segmentación. Cuando se trata de acabar con la Revolución, a sus enemigos no les interesa si inventarse una caribeñísima y soberana nación «mandinga» o el archipiélago independiente Sabana-Camagüey, decía entonces.
Faltos de originalidad, de perspectiva y de base social en el archipiélago, se inclinan nada menos que por la imitación, buscando crear paralelismos entre las condiciones que desembocaron en otras «floridas revoluciones» o intempestivas primaveras, árabes o de otras regiones.
Todo ello no hace más que recordarnos que las calderas de aceite hirviente están a todo vapor, a juzgar por noticias y análisis de determinados medios anticubanos que nos prefiguran uno que otro infierno o nos anuncian casi a diario los siete jinetes del apocalipsis del socialismo criollo.
El desvelo con que se frotan las manos los representantes de la derecha no pasa de ser mezquino y calculador, alimentado ahora por las duras carencias que afronta el país por el efecto combinado de la crisis mundial provocada por el coronavirus y el bloqueo económico, comercial y financiero llevado a límites de obsesión.
Pero dichas pretensiones tienen un mal de fondo: equipar el socialismo cubano con las experiencias que se derrumbaron en la URSS y Europa del Este. Ignoran que dichas caídas fueron la consecuencia de los errores en la concepción y conducción de esos modelos, entre ellos la ortodoxia y el dogmatismo en la interpretación de la espiritualidad de sus pueblos y del más profundo sentido de la naturaleza y la libertad humanas.
Para usar una palabra de moda en el país, el socialismo criollo, está viviendo profundas e interesantes «actualizaciones», que van más allá de las que se anuncian comúnmente en el modelo económico. Por ello abundan en los últimos años los sacudones de dogmas y envejecidos condicionamientos doctrinarios.
Entre los cambios más significativos en Cuba, si nos atenemos al ámbito estrictamente religioso y que por cierto se iniciaron antes de las transformaciones de estos años, estuvieron la definición constitucional del carácter laico de nuestro Estado, dejando atrás el fardo del ateísmo científico, con las modificaciones constitucionales de 1992, y la aprobación del ingreso de los creyentes al Partido Comunista en el IV Congreso de esa organización.
Ambos pasos apuntaron a despojarnos de negativos vestigios doctrinales y a un ecumenismo político renovado, más a tono con las esencias y exigencias actuales de la nación.
Como he apuntado antes, en ese propio ámbito estaban como antecedentes las ideas esbozadas por Fidel en su entrevista con el fraile dominico brasileño Frei Betto, publicadas en el libro Fidel y la religión, y el encuentro del Comandante en Jefe con líderes religiosos en 1990, un evento que marcó especialmente la relación entre el Estado y la religión en nuestra Patria.
Los cubanos, como reconoció el luchador de la generación del Centenario Armando Hart, con independencia de nuestras raíces y creencias, estamos interesados cada vez más en conocer los nexos principales de la milenaria historia universal y en promover una cultura sin esquemas. Esa cultura que necesita el mundo para librarnos de la estrechez de conceptos generados por una civilización cargada de materialismo vulgar, y tan necesitada del acento utópico de los pueblos de raíz latina, subrayaba.
En horas como estas, en que el lobo quiere travestirse de Caperucita, debemos recordar a figuras esenciales de nuestro complejísimo devenir nacional como Cintio Vitier. En su despedida de duelo podía sentirse que en nuestra tierra no penetraba un cadáver, más bien reverdecía una raíz, una estremecedora conexión, un hilo misterioso entre los hombres y las épocas que le dieron a esta isla su entraña sentimental, y la elevaron a su condición espiritual: de gallarda, noble y soñadora, levantada a la emancipación y al decoro.
Cintio había sufrido también, como Carlos Manuel de Céspedes, su propio «calvario» de incomprensiones. Pero este no alcanzó para envenenarlo, sino para ennoblecerlo y agigantarlo. Supo darle perdón a lo que lo merecía.
Como, recordé entonces, el iniciador de La Demajagua, como el martiano Vitier, asumieron, honrada y honrosamente, que el bien de la patria está siempre por delante de todo, incluso la fortuna material y la vida.
El camino no será fácil, pero el baño de flores triunfal de la Revolución cubana ya ocurrió durante una caravana que abrió al pueblo el camino, entre collares de Santa Ana, a la justicia y la libertad. Esas fueron también las ofrendas hermosas que los veteranos mambises quisieron poner también al amparo de la Virgen.
Celebrémoslo entonces, con sus flores y colores, este 8 de septiembre, mientras los tres Juanes siguen devolviéndonos su fulgor milagroso.
(Tomado del Facebook del autor)
Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

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