COLUMNISTAS

Cuba y los complejos colores del racismo

Cuba acaba de dar un giro relevante en el enfoque de los últimos años en el enfrentamiento al racismo y la discriminación racial con el anuncio reciente de la creación de un programa de Gobierno para enfrentar esos fenómenos y de una comisión —ya constituida— a ese nivel, que le dará forma y seguimiento.

Sería absurdo ignorar lo que la Revolución significó en el enfrentamiento a ese grave flagelo desde sus días fundacionales, pero el cambio de enfoque, de una perspectiva esencialmente cultural, a otro con el alcance geográfico, institucional y la integralidad actual, que no desconoce, sino acentúa, las derivaciones políticas, económicas y sociales de un asunto tan sensible resulta cuando menos prometedor.

Hasta hace muy poco lo más visible en este tema era la labor de la Comisión Aponte, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, esfuerzos políticos, estatales, gubernamentales y de otras instituciones para abrir espacio a la presencia de personas de la raza negra en cargos de dirección y diferentes espacios públicos, incluyendo los medios de comunicación, liderados por el entonces también jefe de Estado y de Gobierno, General de Ejército Raúl Castro, y la aparición de un abanico de iniciativas no oficiales y el calentamiento del debate sobre la racialidad y la justicia en Cuba, que en algunos casos enseñaban sus garfios oportunistas y apostaban a la manipulación y la subversión política.

Ya en algún momento, al abordar esta última tendencia, alertaba que en Cuba intentan dividir por la raza lo que no han podido por la fuerza. Si en el país no existen chiitas y sunnitas, repúblicas a las que incentivarles autonomía, etnias entre las cuales inocular odios, algo servirá para el despedazamiento, imaginan los viejos elucubradores de la segmentación. Cuando se trata de acabar con la Revolución, a sus enemigos no les interesa si inventarse una caribeñísima y soberana nación «mandinga» o el archipiélago independiente Sabana-Camagüey…

Las vísceras de esas pretensiones no son nada novedosas. Para comprender la magnitud de este propósito en la escala de poder norteamericana, basta recordar cómo en el año 2003 medios noticiosos de esa nación ofrecieron notorio destaque a las declaraciones de uno, entre un grupo de «luchadores por la democracia» en Cuba, recibidos en la Casa Blanca con especial gentileza por George W. Bush.

Se trataba, nada menos, que de un autoproclamado «portavoz de la raza negra cubana», quien dijo haber explicado, al «conmovido» Presidente norteamericano, la terrible discriminación y marginalización a la que eran, supuestamente, sometidos aquellos emparentados con él por el color de piel en nuestro país.

Quien hiciera caso de aquel hombre y desconociera la realidad del archipiélago, así como una extraña Declaración de afroamericanos en apoyo a la lucha por los derechos civiles en Cuba, aparecida en años del mandato de Barack Obama, supondría que acá se estableció un sistema segregacionista al estilo sudafricano, en vez de una Revolución justiciera, entre cuyas virtudes insoslayables —con independencia de sus errores— está la búsqueda de la dignificación de todos los que siempre fueron marginados y olvidados, entre estos de los negros.

No es difícil descubrir que tras el gesto «cálido» de Bush y la mencionada «declaración solidaria» de la era Obama, junto a perlas parecidas más añejas o recientes, se incuba el viejo anhelo de las fuerzas extremistas de derecha en Estados Unidos de encontrar una base popular para la acción contrarrevolucionaria en Cuba.

El timonazo que significa el nuevo programa de Gobierno y la aparición de la mencionada comisión, no sería menos oportunista si solo tuviera motivaciones políticas, y no la reactivación de las ansias justicieras de la Revolución, que para nada terminan con las profundas transformaciones que vive el proyecto socialista, sino que buscan darle el imprescindible sustento jurídico, institucional y económico.

No olvidemos que desde el año 2000, ante un auditorio negro, en la iglesia norteamericana de Riverside, Fidel reconocía que todavía nuestro país distaba mucho de resolver el dilema discriminatorio: «No pretendo presentar a nuestra patria como modelo perfecto de igualdad y justicia. Creíamos al principio que el establecimiento de la más absoluta igualdad ante la ley y la absoluta intolerancia contra toda manifestación de discriminación sexual, en el caso de la mujer, o racial, como es el caso de las minorías étnicas, desaparecerían de nuestra sociedad. Tiempo tardamos en descubrir… que la marginalidad, y con ella la discriminación racial, de hecho es algo que no se suprime con una ley ni con diez leyes…».

La Revolución que propició un cambio radical en el fenómeno discriminatorio, en la Cuba que lo heredó desde el esclavismo colonial y la marginalización de la neocolonia pronorteamericana concede con estos pasos una fuerza especial a su política para erradicar sus expresiones que perviven en nuestra sociedad, como consecuencia de poderosos y centenarios legados económicos, sociales, históricos y culturales.

Tal como manifestó el Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, en su mensaje al país en la última sesión parlamentaria, la Revolución tiene no solo la fuerza suficiente, sino toda la moral y la vocación emancipadora que la llevó al poder y le ha permitido encarar enormes vendavales, como para seguir empeñada en la conquista de toda la justica.

Durante un fugaz intercambio en la constitución de la comisión gubernamental mandatada para este tema, acentuaba que pese a que el proyecto socialista cubano no promueve discriminación esta mantiene sus expresiones en nuestra sociedad, por lo que indicó trabajar fuerte en este programa.

En ese sentido indicó revisar todos los ámbitos en que pueda manifestarse, desde el acceso a las universidades, los cargos públicos, las condiciones de vida y la marginación, los ingresos y otras desventajas sociales.

No podemos desconocer que la filosofía racista no siempre es tan evidente y agresiva o se expresa en dramas sociales o económicos. En ocasiones se cuela o pervive sigilosamente.

Para no ir más lejos, no pocos pensamos que pueden congeniar, en armonía perfecta, un ser humano sensible, antirracista, defensor de la igualdad de derechos, enemigo de las segregaciones…, con el «cubanote» mordaz, jodedor, a cuyo carácter le es muy factible mofarse hasta de su «progenitora».

En ese aspecto hay que ser muy sensitivos. El actor Alden Knight denunciaba hace ya un tiempo, sin cortapisas, que muchos nos consideramos campeones antirracistas, solo porque nos tenemos como hermanos de alguien que lleva ese color en la piel, o porque los admitimos en los espacios más íntimos, sin embargo, no despertamos otras sensibilidades.

Y entonces puede caerse en la irracional e inadmisible creencia de que quienes representan esa raza no pasan de ser una caricatura, cuando menos risible, condenados por los milenios a padecer en las «injurias», o en las periferias, ya sean sociales, justicieras o culturales. O como se pretende sembrar desde Estados Unidos, en perpetuo estado de «blanquísima» manipulación.

(Publicado en la edición del 24 de diciembre del diario Juventud Rebelde)

Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *