NOTAS DESTACADAS

Dirección de la prensa en Cuba: mirar arriba se queda abajo

Como directivos debemos cambiar nuestros modelos mentales para hacer frente a los cambios que vienen; pero esto se nos hace difícil, porque es precisamente en nuestros modelos mentales donde reside nuestra experiencia personal, el núcleo de nuestras competencias como líderes operativos y, en definitiva, nuestra confianza y autoestima. En otras palabras, si queremos ser los líderes del futuro, debemos renunciar a lo que hasta ahora nos ha servido para convertirnos en líderes.

La idea es de Gary Hamel, uno de los más afamados gurúes del emprendimiento contemporáneo —defensor del criterio de que en las entidades modernas no pocas veces la iniciativa es está más escasa que los recursos—, moviéndose en un terreno en el que, más allá de diferencias ideológicas, no siempre hemos reconocido en su valor estratégico para nuestro modelo de sociedad, y por derivación en nuestro modelo de prensa, que es el que en este análisis nos interesa.

El fenómeno, que algunos pudieran considerar reciente en el periodismo de la Revolución, ancla sobre añejas deformaciones, reconocidas en los Congresos del Partido y exámenes de la Unión de Periodistas, en los que se abordaron, de manera reiterada, los errores y tendencias negativas que lastran el funcionamiento de la prensa, entre estos el tema de los cuadros y sus responsabilidades.

Un ensayo del Doctor en Ciencias de la Comunicación, Julio García Luis, publicado en la revista Temas, señala que el 4 de marzo de 1976, una orientación del Buró Político del Partido, subrayó la autoridad social de la prensa y precisó que la responsabilidad por la política editorial de cada órgano corresponde de manera personal e intransferible a su director.

El fallecido Premio Nacional de Periodismo José Martí narra que, a finales de esa década, ante las disfunciones del sistema de dirección económica y otros problemas coyunturales adversos, se abrió un ciclo en el que distintos documentos, acuerdos, resoluciones y eventos recabaron, desde la esfera política, una acción más eficaz y activa de los medios de prensa. Por ejemplo, el 28 de noviembre de 1979, el IX Pleno del Comité Central del Partido aprobó una resolución acerca del fortalecimiento de la crítica en ellos.

«En marzo del siguiente año, el IV Congreso de la UPEC trató nuevamente acerca de la necesidad de desterrar el estilo apologético y fortalecer, en cambio, el análisis y la crítica. En el discurso de clausura, pronunciado en nombre de la Dirección del Partido, Raúl Castro reafirmó esta línea y le dio un fuerte respaldo. En 1984, una vez más, el Buró Político emitió nuevas orientaciones con el objetivo de fortalecer la gestión de la prensa y su acceso a la información,

«La hora estelar pareció llegar, al fin, con el Proceso de Rectificación de 1986. Las experiencias amargas que conmocionaron el país en el periodo precedente habían puesto de manifiesto la pasividad e incapacidad de la prensa para defender la sociedad ante deformaciones y fenómenos negativos. Se iniciaron así nuevas búsquedas y tanteos», refirió el estudioso.

El VI Pleno de la UPEC, continuo, el 26 de mayo de 1986, puso con vigor sobre el tapete el insuficiente desempeño de la prensa y desbrozó el camino hacia el V Congreso de esa organización, efectuado poco después, el cual por su amplitud y profundidad pareció fijar un hito sin regreso a la situación anterior.

García Luis agrega que el 12 de junio de 1987, un acuerdo del Buró Político respaldó las decisiones del mencionado Congreso y convocó a todas las fuerzas de la sociedad a apoyar la política trazada. El documento destacó: La esencia de esta política consiste en que los directores son los que deciden qué se publica o no, y si es preciso consultar o no la publicación de algún material, a partir del criterio de que, como regla, se debe publicar, y como excepción, consultar. Esta línea sería nuevamente refrendada con un amplio debate en el II Pleno del Comité Central, celebrado en julio de ese mismo año. Sin embargo, la perestroika soviética y su signo destructivo, y casi de inmediato el colapso de las «democracias populares» y de la URSS, generaron aprensiones y realidades —un periodo de nuevas amenazas, crisis económica, crisis material de los propios MCM, y prioridad absoluta a la resistencia y supervivencia— que condujeron muy pronto a postergar las propuestas de cambio en la prensa, describe García Luis.

El IV Congreso del Partido, en octubre de 1991, concluyó con una invocación seca al cumplimiento de los deberes instrumentales de la prensa, en las excepcionales circunstancias del Periodo Especial.

En los años transcurridos desde entonces, de intensas dificultades de todo tipo, no se volvió a intentar el debate público de cómo debe cumplir la prensa de la Revolución sus responsabilidades sociales.

En el mencionado artículo de Julio García Luis, en el que se aborda el tema de la Regulación externa y la autorregulación, el autor plantea que en la problemática descrita reviste especial importancia la correspondencia entre las presiones y amenazas exteriores que sufre Cuba y el predominio de métodos de regulación externa sobre la autorregulación en el funcionamiento de la prensa. Se trata de una opinión generalizada entre los profesionales de todo el país, procedentes de diferentes órganos periodísticos, quienes respondieron una encuesta anónima, y de diversos expertos consultados.

El balance, resumido bajo el título La regulación de la prensa en Cuba: referentes morales y deontológicos, recoge cómo «la psicología de país sitiado y en constante peligro, crea el temor de que cualquier cosa que digamos se malinterprete o sirva a esa agresión. Y esto trae dos fenómenos: la mencionada psicología de plaza sitiada y el oportunismo que se aprovecha para ocultar miserias y problemas, para manipular.

Las condiciones de país en guerra han condicionado una mentalidad de administrar la prensa de modo constante. El fenómeno de la glasnost hizo mucho daño. Surgió el temor de que aquí la prensa también se prestara a desmantelar ideológicamente la sociedad. Muchos han utilizado esto oportunistamente en función de sus intereses o sus concepciones, remarca García Luis.

El estudio parece hallar consenso en cuanto a que el principal potencial para el mejoramiento de la prensa cubana y la solución de sus problemas está en una adecuada correlación entre la regulación externa —que debiera ser mínima y razonada, según algunos criterios, y que determine su autoridad y su capacidad de acción, según otros— y la autorregulación, a la cual se le atribuyen las mayores posibilidades para lograr calidad y eficacia en los mensajes, sobre todo si se caracteriza por la participación conjunta de directivos y periodistas en la ejecución responsable del perfil informativo de cada medio.

Esa indagación demostró que la más importante regulación debía ser la endógena, lo cual no excluye las otras formas. La regulación interna, mediante equipos de cuadros capaces profesional y políticamente, es la fórmula apropiada, porque se le garantiza a la prensa su espacio imprescindible en la sociedad como instrumento de socialización y dirección consciente, concluye Julio García Luis.

«La autorregulación es fundamental. Ella es efectiva en la medida en que los cuadros de la prensa, de manera inteligente, favorezcan la creatividad, la iniciativa y la agresividad profesional del periodista. Si esa autorregulación existiera como debe, y cumpliera su papel, la regulación externa actuaría en otro escenario».

Un artículo del prestigioso periodista Juan Marrero, publicado en Cubaperiodistas, vuelve sobre las Orientaciones del Buró Político para elevar la eficiencia informativa de los medios de difusión masiva del país, de 1984. Distintas fuerzas lo conocieron y tenían la obligación de cumplir lo allí establecido, los medios de comunicación, en primer lugar, resume Marrero. Rigor profesional, profundidad editorial, amenidad y buen gusto se demandó por el Partido a los trabajadores de los medios. El documento estaba dirigido también a todos los cuadros del Partido, del Estado y del Gobierno.

Podría decirse que esas orientaciones, apunta el también Premio de Periodismo José Martí, hicieron parte del preludio de un proceso singular que inició la dirección de la Revolución cubana antes de que nadie hablase en la Unión Soviética de perestroika y glasnost. Cuba, a mediados de la década de los años 80 del pasado siglo, se había percatado de la necesidad de rectificar el modelo de construcción del socialismo.  Ese proceso se anunció formalmente durante el Tercer Congreso del Partido, en febrero de 1986, el cual se aproximó a las causas de los problemas y trazó una pauta para enfrentarlos de manera gradual, sistemática y profunda;  tuvo su desarrollo durante el VI Pleno de la Upec, el 26 mayo de 1986, donde se aprobó una estrategia para que los periodistas y la prensa reflejasen los pasos del proceso; y se concretó en la sesión diferida del Tercer Congreso del Partido, que comenzó el 30 de noviembre de ese mismo año.

En las Orientaciones del Buró Político de 1984, explica Marrero, se planteó la necesidad de una minuciosa revisión de la labor informativa de la prensa nacional, tanto con el interés de continuar fortaleciéndola, como para rectificar las injustificadas omisiones e insuficiencias de que adolecía. Se aprobó por el Buró Político en un momento en que la guerra de desinformación contra Cuba tomaba un mayor alcance, cuando la administración de Ronald Reagan decide lanzar al aire la emisora Radio Martí, operada por una agencia del Gobierno norteamericano y con fondos asignados por el Congreso de Washington. Tal agresión a través del éter tiene respuestas defensivas en dos terrenos: la de los ingenieros y técnicos cubanos para tratar de dificultar que sus mensajes agresivos, mentirosos y subversivos penetren en Cuba, y la de los medios de comunicación cubanos de hacer un periodismo mejor. Más y mejor información al pueblo, era lo que se pedía a todos.

Llama la atención que en las mencionadas Orientaciones se subrayó lo siguiente: *Se han creado determinados hábitos incorrectos que dificultan la circulación de la información y el ejercicio del periodismo;

*Por exceso de celo o incomprensión, funcionarios, organismos estatales e instancias políticas no autorizadas debidamente para ello, se arrogan con frecuencia la facultad de decidir sobre la conveniencia de que se divulguen o no informaciones no secretas ni de carácter puramente interno y que tienen, sin embargo, verdadero interés público.

*Por un erróneo enfoque sobre su propio trabajo, a partir de la creencia de que se defienden mejor así los intereses de la Revolución, las direcciones de algunos órganos informativos admiten y se someten a tales injerencias, no obstante estar establecido que la prerrogativa de decidir lo que difunde un órgano de prensa corresponde exclusivamente a los dirigentes del trabajo periodístico, quienes deben asumir enteramente esa responsabilidad.

Han pasado muchos años desde aquel momento rectificador, Cuba vive un profundo proceso de cambios estructurales, promovidos por los dos últimos congresos partidistas, que alcanzan también el sector de la comunicación pública y de la prensa, una de cuyas expresiones prácticas fue la aprobación de la Política de Comunicación del Estado y del Gobierno, la primera después del triunfo de la Revolución.

En dicha política se ratifica la responsabilidad central e intransferible de los directivos en la toma de decisiones en los medios, pero las deficiencias y distorsiones acumuladas en la política de cuadros demanda de nuevos enfoques.

La evidencia está en que entre las siete tesis que abrieron el debate del IX Congreso de la Unión de Periodistas estuvo el de la prensa y los cuadros. En su ponencia Siete tesis sobre la prensa cubana, presentada en ese evento por el entonces decano de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, Raúl Garcés, se planteó que en las semanas precedentes al inicio del cónclave se habían escuchado una y otra vez dos cifras inquietantes. Casi el 50 por ciento de nuestros cuadros de prensa no tienen formación periodística, y ese número supera el 60 por ciento en el caso de la radio cubana.

El resultado más claro de esos datos es un cuerpo de cuadros totalmente desprovistos de las culturas e ideologías profesionales, con las consecuencias que de ello se derivan para el periodismo y la sociedad. A ello debe agregarse que la política de cuadros aplicada no solo insertó a neófitos en los puestos más sensibles del sector, sino que no siempre consideró rasgos profesionales y de liderazgo auténtico, opinan un creciente número de periodistas.

Las cifras, más allá de que sean exactas o no, derivó Garcés, ilustran que el problema existe y nos ponen a las puertas de un dilema mayúsculo: ¿podríamos acometer los cambios sin el capital humano suficiente para conducirlos y encauzarlos? Y si un cuadro se equivoca, ¿vamos a corregir su error con más regulaciones excesivas y prácticas verticalistas en la dirección de la prensa? ¿No sería ese, acaso, un error mayor? ¿Cómo haremos para asegurarnos de que los cuadros de la prensa identifiquen, organicen y alineen una vanguardia periodística que marque el paso, abra la brecha, perfile el camino que debería seguir nuestro sistema de medios?

En esto, como en muchas otras cosas, apuntó el Decano de la Facultad de Comunicación, Ernesto Che Guevara constituye un excelente punto de partida: «el denominador común es la claridad política. Esta no consiste en el apoyo incondicional a los postulados de la Revolución, sino en un apoyo razonado, en una gran capacidad de sacrifico y en una capacidad dialéctica de análisis que permita hacer continuos aportes, a todos los niveles, a la rica teoría y práctica de la Revolución. Estos compañeros deben seleccionarse de las masas, aplicando el principio único de que el mejor sobresalga y que al mejor se le den las mayores oportunidades de desarrollo».

En sus valoraciones Garcés adelantó que un cuadro de la prensa requiere conocimientos de economía, política, ciencias sociales, pero necesita también de una fina intuición, de un sexto sentido, de una capacidad indefinible en palabras para ver el mundo, imaginarlo y proyectarlo a corto, mediano y largo plazo…algo que nace de la vida y de la relación con la práctica, que se llama liderazgo.

Y concluía sobre este tema: Necesitamos aguzar el oído y afinar el olfato para dotar a la prensa de los mejores cuadros, comprometerlos con la tarea de dirigir, crearles las condiciones para que dirijan con valentía y soltura, fomentar que se conviertan «en verdaderos agentes de cambio y no en poleas trasmisoras de las orientaciones de arriba».

(Foto: Fernando Medina)

Ricardo Ronquillo
Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

One thought on “Dirección de la prensa en Cuba: mirar arriba se queda abajo

  1. Estimado colega, amigo y presidente. Ojalá ese propósito de dotar a la prensa de mejores cuadros y de comprometerlos con la tarea de dirigir fuera lo único que necesitáramos para resolver el problema. A veces cuando los encontramos, no duran mucho tiempo en su gestión, porque se frustran al no soportar la falta de correspondencia entre el discurso y la realidad que a diario confrontan con ese discurso. Desde luego, hay excepciones de esa regla, pero también más de un caso que la confirma. Y es que el éxito o el fracaso de ese ejercicio de dirección asume en cada contexto especificidades que a veces lo determinan y que tienen que ver, por ejemplo, con la mayor o menor comprensión de eso que planteas, por parte de los principales cuadros de una provincia, quienes a su vez influyen en la manera en que reaccionan sus subalternos, fuentes incluidas. Cambiar nuestros modelos mentales es una exhortación que debe también incluir a quienes en distintas etapas y desde esas mismas instancias que mencionas, han emitido documentos, orientaciones, acuerdos y resoluciones, con las que no siempre han sido todo lo consecuentes que esperamos. Un fraternal saludo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap