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COLUMNISTAS

Martí y Lenin a vuela teclado

Un buen amigo, el eminente violinista Evelio Tieles Ferrer, quiso conocer mi opinión sobre si realmente hubo coincidencias entre José Martí y Vladimir Ilich Lenin. Lúcido, curioso y conocedor como es, no lanzaba serpentinas al viento. Quizás pesara en la facilidad con que esas posibles coincidencias se niegan hoy, así como hace algunos años (o quinquenios) eran promovidas como dogmas incuestionables hasta por personas que ahora figuran apasionadamente entre quienes niegan con “argumentos científicos” que existieran coincidencias tales. Academia aparte, vaivenes de ese cariz se asocian entre nosotros —i.e., en Cuba— con lo que aquí adquiere significados y hedores locales específicos: el culipandeo.

Es asimismo seguro que el lúcido interrogador no incurría, no incurre, en una de las falacias empobrecedoras presentes cuando se cargaba la mano en las similitudes entre ambos guías revolucionarios. Algunos, convencidos de que la luz no estaba precisamente en la realidad, ni en todos los aciertos para descifrarla, dictaminaban que solo podía haber garantía de hallarla en la rica dialéctica de ideólogos como Karl Marx y Lenin —señaladamente el primero—, sino en la letra de sus textos. Si algo le ha faltado al pensamiento escolástico no han sido portavoces y signos, incluso contradictorios, al menos en su apariencia.

Por semejante camino —o callejón ciego—, ignoraban la precaución por la que, sabios y sarcásticos, Marx y su cercano colaborador y par Friedrich Engels fueron capaces de sostener que ellos no eran marxistas, al percatarse de lo sano que podía ser proclamarlo. Pero en el caso cubano hubo seguidores suyos —o aspirantes a serlo— que deploraban que Martí no fuera marxista, y piadosamente le concedían el reconocimiento de haber tenido aciertos relevantes… a pesar de no haber llegado al marxismo.

Contra esa indigencia interpretativa, el autor de este artículo llamó al héroe de Dos Ríos un hombre llegador (“José Martí de más a más”, Anuario del Centro de Estudios Martianos, 6/1986). Lo fue, y en grande, aunque hubiera —y acaso haya todavía— quienes se sintiesen insatisfechos con sus llegadas múltiples, profundas y avizoradoras. Así como ahora no faltarán quienes se regodeen elogiando en él aquello a lo que supuestamente no llegó y ni siquiera quiso llegar.

Volvamos a la pregunta hecha por Tieles. Pasaban los días, pero su amigo no hallaba el momento para responderle cumplidamente, y tomó el teclado por los cuernos. Con ineludible prisa le escribió lo fundamental de las líneas que siguen, y que —ampliadas para “Cubaperiodistas”— reproduce con el fin de asumir plenamente la responsabilidad de haberlas escrito, no con la pretensión de haber esbozado conclusiones terminantes.

No se busquen esas ínfulas en el apresurado texto, donde hallarán amplio margen quienes crean necesario, o sabio —o incluso elegante—, abundar en objeciones críticas, y hasta sentar cátedra. El articulista aspira únicamente a que lo hagan con decencia, como ha intentado él dirigirse a un ser humano que lo merece porque es decente, ético, no solo un gran artista. Le dio pie al autor para escribir lo que sigue y que tal vez, si le es útil a él, podría serlo para otros lectores y lectoras. Si quien escribe no pudo poner clara cabeza sobre el pie o los pies que se le ofrecieron, toda la culpa es suya.

Anticipaciones hubo por parte de Martí, quien nació y murió (1853-1895) antes que Lenin, y era ya un genio consumado cuando el líder bolchevique (1870-1924) empezaba a despuntar como el genio que también fue. En eso se ubican las visiones y previsiones de Martí con respecto al imperialismo, de cuyo nacimiento fue testigo en un mirador privilegiado: Nueva York.

No necesitaba esperar a que otros respondieran las preguntas que él se hacía. Lo veía todo a su alrededor —y más allá de esos lindes—, incluida la economía, a la que prestó especial atención desde sus juveniles años en México. Lo hizo siempre como político de pensamiento profundamente ético, emancipador, original, no economicista, y reclamaba para problemas propios soluciones propias. Su reclamo no envejece.

Por ahí anda algún grado de las que podrían estimarse afinidades entre él y Lenin. Para señalarlas podrían citarse textos del uno y del otro: sería una de las sendas para quienes deseen añadir tejido al esqueleto que son los presentes apuntes. Pero quizás no baste calar en la médula de la capacidad de ambos al desentrañar realidades, y enfrentarlas.

Martí no sería ajeno al drama que desde perspectivas colonizadoras, o colonizadas, se les impondría a los pensadores de los pueblos clasificados luego como del tercer mundo o subdesarrollados, o acaso más eufemísticamente aún: en vías de desarrollo, o, de manera visceralmente devaluadora: periféricos y marginales. A los pensadores de estas comarcas se les exigiría que se parecieran, texto a texto, a los clásicos, es decir, a los de las naciones consideradas centrales, nunca a la inversa.

>No es de extrañar lo que expresó sobre su relación con los textos, en términos que de algún modo cabría aplicar, en lo más profundo, al Lenin que también supo crear por su cuenta: en su caso, a partir del legado marxista que él abrazó y enriqueció. Martí dejó evidencias de su vasta relación con la lectura a lo largo de su obra, como las que se hallan en el semillero —anotaciones personales, al igual que sus Cuadernos de apuntes— que son los Fragmentos reunidos en un volumen de sus Obras completas.

En el fragmento identificado por los editores con el número 401, aparecen dos líneas de particular relevancia para el tema. Completando abreviaturas de sentido indubitable, en una de ellas se lee: “Napoleón nació sobre una alfombra donde estaba la guerra de Europa” y, en la otra, esta confesión personal: “Yo debí nacer sobre una pila de libros”.

El fragmento 48 ofrece esta prueba de la preeminencia que Martí reconocía a la realidad por encima de los textos: “Toda tentativa de comparar, generalizar o razonar sobre textos, debe ser abandonada, so pena de sustituir una mera imitación verbal del raciocinio a un esfuerzo real de la mente” y, tras un punto y seguido, añadió con peso de párrafo: “Sólo el trabajo directo fructifica”.

En el decimoctavo de sus Cuadernos de apuntes se leer, con trazas de párrafo de carta, lo que, viniendo de un lector colosal, no vale para justificar apatías o resignaciones anticognoscitivas, ni indigencia intelectual alguna: “Usted me ha de perdonar que no le cite libros, no porque no lea yo uno que otro, que es aún más de lo que deseo, sino porque el libro que más me interesa es el de la vida, que es también el más difícil de leer, y el que más se ha de consultar en todo lo que se refiere a la política, que al fin y al cabo es el arte de asegurar al hombre el goce de sus facultades naturales en el bienestar de la existencia”.

Como todo en él, ese párrafo tiene la carga de la trascendencia, y termina con un desiderátum universal que está por alcanzar y el propio Lenin pudo haber suscrito. Los dos fueron trabajadores incansables en las respectivas tareas que asumieron. Con independencia creativa y sus característica propias, ambos fundaron un partido al servicio de las revoluciones (diferentes, pero no antagónicas) que encabezaron. Lo de “un solo partido” no tiene mucha gracia, pues habría que ver si algún político ha creado más de un partido a la vez. La gracia estuvo, está, en haber procurado que esa organización política fuera una polea aglutinadora decisiva en la lucha, y mereciera movilizar a todos los revolucionarios, no únicamente a su vanguardia.

Distintos autores han señalado —a menudo con acierto— rasgos de similitud estructural entre esos dos partidos, como lo que en Lenin se llama centralismo democrático, y en Martí remite al sistema de clubes en que se basó el Partido Revolucionario Cubano, y al derecho y responsabilidad de sus integrantes para ejercer el voto y decidir incluso la permanencia o la separación de sus dirigentes. Nada de caciquismo generador de castas.

Esa estructura era sencilla y funcional, válida para lo que Martí deseaba que se fundara en la patria independiente y que, por los términos con que lo expresó, debe entenderse como algo no conocido ni ensayado en su tiempo, y acaso ni siquiera hoy: “un pueblo nuevo y de sincera democracia”, se lee en las Bases del Partido que él creó. Pero el tema —visto en uno de los dos fundadores, o en ambos— desborda los presentes apuntes.

Los dos actuaron en periferias del imperialismo, que entonces nacía sobre los cimientos del sistema capitalista, del que sería, al decir de Lenin —quien vivió para poder estudiarla y teorizar sobre ella— la fase superior. Como la denominación puede tener sabor meliorativo, asociable a una mayor virtud, Roberto Fernández Retamar entendió necesario insistir en que debía leerse en su sentido ubicacional —topográfico, digamos— y como sinónimo de última, no precisamente como un elogio.

En un alto grado Martí pensó en y desde —él mismo lo dijo— las entrañas del monstruo. Y, aunque también aspiraba a que su plan contribuyera a la salvación, para bien de la humanidad toda, del honor de “la América inglesa” —a la que ya urgía poner freno en su afán de provocar y capitalizar el desequilibrio del mundo—, el núcleo de su proyecto revolucionario era defender y liberar plenamente, empezando por Cuba, sin limitarse a ella, a pueblos magullados por el colonialismo y amenazados desde el exterior y desde el interior.

No ere ese exactamente el caso del pueblo de la Rusia zarista y sus colonias, realidad con la que tuvo que vérselas Lenin. Lo hizo resueltamente y con voluntad popular, democrática, por lo que recibe hoy andanadas de Vladimir Putin. En la perspectiva democrática por la que Lenin se guio y se distanció del autoritarismo zarista —y, por tanto, en su defensa del derecho de los pueblos a la libre determinación para formar parte de la Unión Soviética o mantener otras formas de relación con ella, hasta la separación—, su tocayo y coterráneo ve una fuente de males. De ellos considera que forma parte la guerra de la actual Rusia con Ucrania, y lo ha declarado más de una vez.

Se trata de diferencias políticas inseparables de la orientación socialista de Lenin, quien aspiraba a ver el comunismo avanzar no solo en Rusia, sino en el mundo, y del papel desempeñado por Putin en la conducción y la defensa de una Rusia que ha sido devuelta al capitalismo, pero la humanidad necesita que sea un muro de contención contra las pretensiones de los Estados Unidos y sus aliados, cómplices o lacayos.

Otra cosa es ignorar las aludidas desavenencias de Putin con Lenin, como se hace o se intenta hacer ver tanto desde las derechas como desde las izquierdas. Las primeras buscan justificar su hostilidad contra Rusia acusando de comunista —como si eso fuera un crimen— a su gobierno, y confundiéndola con la URSS. Las segundas muestran un deseo múltiple: que Rusia cumpla su deber como valladar contra las ambiciones de los Estados Unidos, para sentirse ellas mejor acompañadas en el planeta, y tal vez contar con una potencia que las defienda en un conflicto que lo requiera.

Lenin podía y debía (lo hizo) centrarse en la lucha de clases sin ignorar a pueblos colonizados, ni dejar de defenderlos. Antes que eso, Martí debía (y lo hizo) centrarse en la lucha por la liberación nacional, procurando lograr la mayor unidad necesaria en función de esa meta. Pero no desconocía la lucha de clases ni dejó de pensar en los más humildes, con quienes hizo causa común, no solo los de Cuba: Con los pobres de LA tierra quiso echar su suerte, y la echó. No fue mera consigna de un demagogo en pos de seguidores.

Quienes deseen hoy ignorar o refutar esas esencias, háganlo responsablemente, sin acudir a hipócritas malabarismos verbales, teoricistas, ni a poses académicas propias a lo sumo de aldeanos vanidosos.

El autor de estos apuntes, que ya deben llegar a su final, puede haber cometido quién sabe cuántas pifias, y pasado por encima de quién sabe cuántas lagunas, además de ejercer la falibilidad que confirma su condición humana, aunque esa condición, inevitable, no justifique sus carencias.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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