En la sección “En casa” de Patria del 3 de septiembre de 1892, José Martí elogió a un gran puertorriqueño: “De nuestro Dr. Betances, no nos olvidamos un punto, porque él es el corazón de su país, con el que el de Cuba se hermana y abraza, y porque son pocos los hombres en quienes, como en él, el pensamiento va acompañado de la acción, la superioridad del desinterés, y el mérito extraordinario de la mansa modestia” (V, 402).*
Al leerlo, se puede sentir la tentación de soslayar, por el prurito de no insistir en lo obvio, un lugar común: quien retrata, se autorretrata, ya sea que lo haga desde la afinidad —como en este caso— o desde el rechazo. Pero si algo merece que se le tenga por lugar común será porque condensa una gran verdad. En el presente artículo se considerará sobre todo un costado de la coincidencia entre los dos revolucionarios antillanos: en ambos el pensamiento estuvo acompañado por la acción.
En Betances esa verdad tuvo fecha bautismal el 23 de septiembre de 1868, cuando protagonizó el alzamiento independentista que se adelantó en varios días al que encabezó Carlos Manuel de Céspedes en su ingenio Demajagua. En Martí, casi veintiséis años más joven que Betances, y tema de estos apuntes, como hito del acompañamiento aludido vale señalar el 24 de febrero de 1895.
Ese día estalló la contienda independentista nacida del estudio sobre la historia de Cuba hecho por Martí como parte de su decisión de hacer realidad lo que otros podrían estimar imposible, como se lee en “Crece”, artículo publicado en Patria el 5 de abril de 1894 y abordado en “José Martí y ‘lo imposible’” texto en dos partes que se publicó recientemente en Cubaperiodistas. Para Martí el único deber científico y patrio en su tiempo cubano era hacer posible la revolución necesaria.
Exactamente un año antes del alzamiento, sostuvo en el discurso que pronunció en honor de otro cubano tenaz, Fermín Valdés Domínguez: “Las etapas de los pueblos no se cuentan por sus épocas de sometimiento infructuoso, sino por sus instantes de rebelión. Los hombres que ceden no son los que hacen a los pueblos, sino los que se rebelan. El déspota cede a quien se le encara, con su única manera de ceder, que es desaparecer: no cede jamás a quien se le humilla” (IV, 324).
Pero en él los ímpetus de la acción no respondían a meros impulsos: se basaban en un pensamiento que tampoco se atascaba en teoricismos. Quien organizaría una guerra, sostuvo en su Lectura en Steck Hall (IV, 181-211), del 24 de enero de 1880: “Esta no es solo la revolución de la cólera. Es la revolución de la reflexión”; pero —aunque habría preferido que la violencia no fuera necesaria— también reconoció gustosamente: “¡Bueno es sentir venir la cólera!”.
No idealizaba el alcance de la independencia política, que —cada quien con sus motivaciones propias— interesaría también a ricos guiados por “su urbana y financiera manera de pensar”, y no pensaba solamente en la guerra. En 1873, en La república española ante la revolución cubana, aún en pie los mejores arranques del 68, expresó que en Cuba “la insurrección era consecuencia de una revolución” (I, 91), y él creció desde la adolescencia como representante de esa revolución.
La concibió con carácter medularmente popular, y en el Steck Hall planteó una formulación clara y radical: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones”. Siempre con los más humildes en su pupila, de niño y ante la imagen de un esclavo ahorcado juró “Lavar con su vida el crimen de la esclavitud”. Con su vida, no solo con su sangre, como se lee en copias erráticas.
Cuando plasmó en Versos sencillos ese juramento, ya en Cuba se había abolido legalmente la esclavitud “clásica”; pero él, con su visión universal, repudiaba no solo esa modalidad. En el poemario la definió en general como “la gran pena del mundo”. Así echaba su suerte “con los pobres de la tierra” quien sabía que tras la Revolución Francesa no habían “vuelto los hombres a ser tan esclavos como antes” (XVIII, 408), lo que equivale a decir que seguía habiendo formas de esclavitud.
En un artículo de Patria del 24 de octubre de 1894, titulado precisamente “Los pobres de la tierra” (III, 301-305), expresó su conciencia de que la guerra preparada por él podía no garantizar la equidad a la que aspiraba: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.
No adulaba a los humildes para usarlos en sus planes: los defendía. Tras señalar las limitaciones posibles, añadió: “Pero no será esta, no, la revolución que se avergüence—como tanto hijo insolente se avergüenza de su padre humilde—de los que en la hora de la soledad fueron sus abnegados mantenedores”.
No lo frenaba saber que ese texto llegaría a ojos de ricos entre quienes podía hallar un apoyo económico mucho mayor que el de aquellos de quienes en el comienzo del artículo Martí describe en estos términos: “Callados, amorosos, generosos, los obreros cubanos en el Norte, los héroes de la miseria que fueron en la guerra de antes el sostén constante y fecundo”.
Lejos de quedarse ahí, prevé: ahora trabajan “para la patria que acaso los más viejos de ellos no lleguen a ver libre; para la revolución cuyas glorias pudieran recaer, por la soberbia e injusticia del mundo, en hombres que olvidasen el derecho y el amor de los que les pusieron en las manos el arma del poder y de la gloria”. Pero desde su convicción y su voluntad asegura: “¡Ah, no!, hermanos queridos. Esta vez no es así”.
Otros ejemplos bellos merecerían elogio, pero su mayor admiración era para uno de esos ejemplos: “No menos bello, ni de menos poder, el día Diez de Octubre, era ver trabajando sin paga a los cubanos obreros, todos a la misma hora, todos recién salidos de sus tristes hogares, por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.
Su deseo de conjurar peligros no significaba que los ignorase. En “¡Vengo a darte patria! Puerto Rico y Cuba”, había vaticinado algo que no se habrá repetido lo bastante: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”, a lo cual agregó: “¡Lo odioso es la cobardía cuando se necesita el valor […]!” (II, 255).
Con esas ideas preparó la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895 —él mismo redactó la Orden de alzamiento—, y trazó para ella una estrategia militar propia de sus fines y de los tiempos en que debía librarse. El levantamiento no se haría en un punto determinado, como los anteriores en la historia de nuestra América, incluida Cuba, sino en la mayor cantidad posible de localidades comprometidas.
Orientados por Juan Gualberto Gómez, el enlace de Martí con los conspiradores radicados en Cuba, hubo levantamientos en los territorios matanceros de Ibarra y Jagüey Grande, y en uno de Las Villas vinculado con Matanzas, Los Charcones. Grupos armados de Oriente se levantaron en sitios de la jurisdicción de Santiago de Cuba: Alto Songo, El Cobre, San Luis y Loma del Gato; así como de Manzanillo: Bayate y “casi todos los poblados del término”, según Hortensia Pichardo.
Los bayameses lo hicieron en El Mogote, Vega de Piña y San Diego; y tropas guantanameras se levantaron en Matabajo, La Confianza, el ingenio Santa Cecilia y Hatibonico, donde se tomó el Fuerte enemigo. Los alzamientos orientales se completaron en Jiguaní y en Baire, donde —de acuerdo con un testimonio también citado por Pichardo— Saturnino Lora les dijo acertadamente a sus seguidores que no se estaba produciendo un hecho local, “sino un movimiento generalizado en toda la Isla”.
Al cumplirse el plan concebido por Martí al frente del Partido Revolucionario Cubano, el estallido insurreccional no lo definió un Grito aislado, sino todo un programa general publicado posteriormente: el Manifiesto de Montecristi, escrito por Martí y firmado por él y Máximo Gómez el 25 de marzo de 1895, ambos ya rumbo a Cuba insurrecta, donde el Maestro se propuso realizar las ideas revolucionarias a las que se había consagrado.
La simultaneidad del alzamiento perseguía propósitos fundamentales: no dar tiempo a que el ejército español —sin los desafíos que antes había tenido en los frentes continentales— se concentrara en un punto aislado, ni a que los Estados Unidos consumaran sus planes de intervenir y frustrarle a Cuba la independencia. Para lograr ambos fines convenía que el inicio de la gesta permitiera librar una “guerra breve y directa como el rayo”, como se lee en “¡Vengo a darte patria!”, artículo ya citado.
La masividad del inicio insurreccional contribuiría también a frenar caudillismos, uno de los males que habían dañado al independentismo y que Martí buscaba evitar. A eso respondía el plan de celebrar en campaña una asamblea de representantes de “todo el pueblo cubano visible”, no meros enviados de los jefes militares, sino representantes de “las masas cubanas alzadas”. Esa idea martiana encarnaba la mayor y más profunda amplitud democrática a la que podía aspirarse en las condiciones de un país en guerra.
Martí sabía que para cumplir esos fines era necesaria su presencia en la contienda. No era solo cuestión de dar el ejemplo, aunque ese requisito ético fuera fundamental para él, sino de asegurar desde dentro la marcha de la revolución y la búsqueda de soluciones para lograr desde la guerra y la República en armas —sin civilismo ni militarismo, sino con ajuste a una solución política emancipadora— los cimientos de la República futura.
A la guerra llegó Martí acompañado, junto a cuatro expedicionarios más, por el jefe del ramo militar de la guerra electo, no designado, Máximo Gómez. El general comprendió que Martí había conseguido darle vida a un proyecto político unitario sin precedentes en las luchas por la liberación nacional de Cuba. El viejo mambí aceptaba las concepciones fundamentales del compañero que el 20 de octubre de 1884 le había escrito: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento” (I, 177).
No es necesario ahora extenderse, ni hay aquí espacio para ello, sobre las discrepancias en medio de las cuales Martí escribió aquella carta. Y más estimulante y fértil sería conjeturar, desde el respeto al pensamiento del fundador del Partido Revolucionario Cubano, lo que él pudo haber añadido: “Un pueblo tampoco se manda ni se informa como se manda y se informa un campamento”.
No por capricho enfrentó y venció Martí a partir de enero de 1895 las dificultades del trayecto de Nueva York a Cuba. No fue —como se ha dicho irresponsablemente— que se valiese de “la levedad” de una noticia falsa publicada en un periódico dominicano, según la cual ya él y Gómez se hallaban en Cuba, para que no lo dejaran lejos de la guerra. Para cumplir plenamente su misión, el Delegado, máximo dirigente del Partido que había preparado la gesta, sabía que debía llegar a la manigua redentora así fuera “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70), como el 26 de febrero le escribió al general Antonio Maceo que debía hacerse.
Por su prematura muerte en combate no pudo llegar a una asamblea que —en su ausencia, no sería como él la había concebido—, ni dirigir la respuesta de su patria a la intervención de los Estados Unidos, que él se había propuesto frenar. En la misma carta en que le dijo a Manuel Mercado (IV, 167-168) que se dirigía al centro del país, donde tendría lugar la asamblea, le aseguró categóricamente que todo cuanto había hecho, y haría, era para impedir a tiempo que se consumaran los planes de los Estados Unidos.
A Mercado también le escribió entonces: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”. Se refería a la eventualidad —poco probable, dada la influencia que se había ganado entre las tropas que lo veían actuar como actuaba— de que la asamblea dispusiera su regreso al extranjero, donde no habría podido influir directamente en los acontecimientos. Pero la historia demostraría que su capacidad para vencer obstáculos rebasaba largamente ese punto.
Lo que añadió: “Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros”, puede leerse como la previsión del papel que su legado cumpliría en la etapa revolucionaria que le dio la liberación nacional a Cuba y le permitió sacar de ella a los Estados Unidos. Su legado, como dijo él de Bolívar, tiene mucho que hacer todavía no solamente en Cuba y en las Américas, sino en un mundo donde la derechización y el fascismo, y las traiciones, ganan un terreno muy peligroso para la humanidad.
* Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas.
Imagen de portada: Ramón Emeterio Betances y Alacán (1827 – 1898), médico, revolucionario y prócer puertorriqueño. Foto tomada de Puerto Rico te quiero.

