Las últimas acciones de Washington hacia Cuba transparentan elementos geopolíticos destinados a imponer su hegemonía en la Isla. Con el objetivo de provocar un cambio de gobierno y tomar el control del Estado, se articulan iniciativas injerencistas de asfixia, subversión integral, despliegues militares y la creación de narrativas que encubran y justifiquen sus acciones genocidas.
Su maquiavélica estrategia ha desembocado en una ofensiva imperial que pretende utilizar la crisis humanitaria —producto de más de seis décadas ininterrumpidas de bloqueo impulsado desde la Casa Blanca— para desestabilizar el sistema cubano y derrocar al gobierno. Para ello, ha extremado las acciones de coerción económica, las permanentes amenazas bélicas y ha fortalecido las campañas mediáticas destinadas a la manipulación ideológica e informativa.
Este mayo se han levantado las alertas producto de la seguidilla de acciones desarrolladas por Washington. En los primeros días, Trump anunció sanciones —aún más coercitivas que las existentes— contra personas, instituciones y entidades financieras extranjeras, colocando en la mira a GAESA y a la minera Moa Nickel. En este tenso escenario, el director de la CIA, John Ratcliffe, encabezó una delegación oficial para sostener una reunión bilateral en La Habana con autoridades del Ministerio del Interior. En dicho encuentro, se puso sobre la mesa un condicionado ofrecimiento de 100 millones de dólares en asistencia —como un mecanismo de presión económica y política—; fue una visita excepcional que coincidió de forma articulada con el anuncio de acusaciones penales (indictment) contra Raúl Castro y otros líderes revolucionarios. Días más tarde —en el aniversario de la independencia— Marco Rubio, secretario de Estado de los EE.UU., difundió un video dirigido a los cubanos ofreciéndoles una nueva relación supeditada a las reformas que exige la Casa Blanca; una ofensiva política que va acompañada del despliegue militar del USS Nimitz en aguas del mar Caribe, cercanas a Cuba y Colombia.
Para el Pentágono, la eficacia de esta ofensiva está en la capacidad de combinar los múltiples factores que conforman su núcleo, manejar los tiempos y la intensidad del conflicto de forma progresiva, implementar acciones que sustituyan el inexistente factor sorpresa, anclar los relatos con acciones innovadoras y vocerías de alto nivel que les den credibilidad.
“El fin justifica los medios:” asfixiar hasta matar
La historia del bloqueo ha tenido momentos de mayor o menor intensidad. Con más de seis décadas de existencia, es uno de los conflictos más extendidos de la historia moderna que ha derivado en un sistema de sanciones bilaterales —con carácter extraterritorial— que ha causado millonarias pérdidas a la economía cubana.
Amurallar la economía cubana para provocar su colapso y someter a su pueblo ha sido el objetivo permanente de los EE.UU. desde 1960. En el conocido memorándum de Lester D. Mallory, vicesecretario de Estado norteamericano, se señalaba que, frente al apoyo mayoritario del pueblo a la revolución, EE.UU. debía emplear todos los medios para debilitarla a través de una línea hábil y discreta, que privara a Cuba de dinero para la compra de insumos y el pago de salarios, lo que provocaría hambre y desesperación y, con ello, el derrocamiento del gobierno.
Ha sido un paso a paso escalonado de acciones y de promulgación de leyes y normativas para eternizar el sistema de embargos y sanciones económicas, comerciales y financieras. En 1960, el gobierno de Dwight D. Eisenhower invocó, para un bloqueo parcial, la Ley de Comercio con el Enemigo de 1917, mientras se encontraba en preparación la invasión por la península de Ciénaga de Zapata. Posteriormente, a semanas de terminar su mandato, rompió relaciones diplomáticas con Cuba.
Desde el inicio de los tres años de mandato de John F. Kennedy, se produjo un mayor endurecimiento de la política bilateral, con la preparación de acciones militares y terroristas contra la Isla destinadas al derrocamiento del gobierno revolucionario dirigido por Fidel Castro Ruz. A los tres meses de asumir, se ejecutó la invasión fallida por Bahía Cochinos y, el mismo año, se promulgó la Ley de Asistencia Exterior (1961) y autorizó la Operación Mangosta.
o que constituían tensiones graves en la política bilateral dio paso a un sistema estructural jurídico de asfixia económica integral. Fue en este periodo cuando se establecieron los cimientos legales y estructurales del bloqueo a Cuba por medio de la Proclamación Presidencial 3447, de febrero, de 1962. Con ella, se oficializó el bloqueo total y extraterritorial, lo que se convirtió en la base para posteriores normativas aún más drásticas, tales como la Regulación de Activos Cubanos (1963), la Ley Torricelli (1992) y la Ley Helms-Burton (1996).
Seis décadas después, el bloqueo se perfecciona, agudiza y extiende. Remozado en su perversidad, afinado en su implementación y asumiendo el carácter multifactorial que el mundo de hoy exige, continúa fiel a la idea que “el fin justifica los medios”.
Es así como el Gobierno de los EE.UU. viola el derecho internacional, hace caso omiso
—con total impunidad— de los acuerdos condenatorios de las Naciones Unidas y no solo continúa, sino que acrecienta el bloqueo petrolero, energético y el aislamiento financiero.
En este contexto, cuando el intervencionismo se quiere disfrazar de filantropía, el verdadero propósito se esconde en las trampas de sus condiciones. El ofrecimiento de los 100 millones de dólares condicionados, junto con las propuestas de internet satelital gratuito y de alta velocidad, no constituye una tregua, sino que se devela como parte de la ofensiva imperial destinada a la presión política y la guerra mediática.
Con el fin de debilitar y deslegitimar al Estado, los recursos ofrecidos serían entregados y administrados por instituciones y organizaciones distantes del quehacer estatal. Esto no es nuevo. EE.UU. ha dispuesto por años millonarios fondos para promover organizaciones contrarrevolucionarias, grupos de sabotaje, el accionar terrorista y el financiamiento de campañas contra el gobierno. El internet satelital ofrecido busca asegurar un alcance masivo y expedito para sus campañas y mensajes proimperialistas. Dentro de las condicionantes, también se exige la apertura total al capital privado estadounidense, con la condición que las normas de instalación, trabajo y explotación sean las del país del norte.
El ofrecimiento es una trampa narrativa. Cualquier decisión que asuma el Gobierno cubano sería una ganancia en el relato imperial. Si aceptara las condiciones de la oferta, estas se presentarían como un triunfo de la intervención norteamericana en pos de la democracia; el rechazo, por su parte, requeriría contrarrestar la narrativa internacional estadounidense, la cual tratará de culpar a los líderes cubanos de la grave crisis que se vive en la Isla y, de este modo, maquillar la responsabilidad del impune bloqueo económico.
Divide y vencerás
Los gobiernos norteamericanos por 67 años han buscado generar brechas económicas y culturales en la sociedad cubana. Financian a personas y grupos para hacer labor contrarrevolucionaria, pagan influencers, emiten programas, desarrollan campañas, mienten y siembran miedo.
En la actual ofensiva estadounidense, se pretende convencer a las cubanas y cubanos que el actual gobierno dirige un Estado fallido. Buscan el quiebre entre el Gobierno y la ciudadanía, tratan que la legítima impotencia ciudadana frente a la crisis se transforme en subversión, responsabilizando al Gobierno y a las instituciones estatales de los apagones, así como de las carencias de alimentos y medicamentos.
Procuran romper la fraternidad y solidaridad de la convivencia laboral, comunitaria e incluso familiar, sembrando desconfianzas e inseguridades que fragmenten la base social, hagan predominar lo individual sobre lo colectivo, cuestionen los marcos éticos y valóricos predominantes, y debiliten el sentido de pertenencia, sobre todo en la juventud.
EE.UU. pretende instalar la idea que la revolución es una condena a la pobreza, en cambio, servir al imperialismo sería la forma de surgir. Desde EE.UU. se Inyecta dinero en sectores específicos para dolarizar la economía y generar niveles adquisitivos diferenciados, promoviendo la idea que la libertad política e individual está aparejada con un sistema de libre mercado.
Sin embargo, la población cubana enfrenta la crisis trabajando en modificaciones estructurales en la matriz energética y la soberanía alimentaria, fortaleciendo su alianza con países integrantes del BRICS y participando en un nuevo orden financiero y comercial internacional dentro de un esquema multipolar. Asimismo, fortalece las redes barriales para resolver los problemas cotidianos de abastecimiento, protección, defensa, mientras se cultiva la alegría y la esperanza.
Debilidad y fortuna
Para el Pentágono, los momentos de máxima vulnerabilidad y sufrimiento del pueblo cubano son una oportunidad para derrotarlo. El imperialismo quiere ver agonizar la revolución cubana, pisotear la dignidad independentista del pueblo y borrar su historia y cultura, para erigirse sobre las cenizas como su salvador. Sus opciones son tensar hasta el límite de la vida, destruir cualquier símbolo de la revolución o del socialismo, y decretar el vasallaje en la Isla.
Para estos efectos, la fortuna de Washington es inversa y proporcional al bienestar de los cubanos. No es de sorprender que, en los momentos de mayor fragilidad humana y social —como los generados por pandemias, ciclones y desabastecimientos—, recrudezcan las sanciones comerciales y financieras, obstaculizando la obtención de los insumos básicos necesarios para enfrentar las tragedias.
En el actual contexto, la solidaridad internacional de pueblos y gobiernos —que en la práctica burlan el Bloqueo Trumpista— causa molestias en la Casa Blanca, por constituir una red de protección social a través de instancias estatales que se relacionan directamente con las comunidades tales como escuelas, hospitales centros de adultos mayores y organizaciones deportivas.
La asimetría de poder entre La Habana y Washington es evidente. Las acciones imperialistas forman parte de un enjambre estratégico que ordena sus piezas para el ataque. Estas medidas tampoco están determinadas únicamente por las tensiones bilaterales, sino también por las necesidades políticas internas del Gobierno estadounidense. Este, al enfrentar debilidades, críticas y cuestionamientos éticos en muchos ámbitos, necesita demostrar su poder de cara a las elecciones de noviembre.
En la Isla, la población tiene sus propios modos de enfrentar y resolver las dificultades; predomina el sentido de lo colectivo y el compartir en los barrios, las plazas, las escuelas y los hospitales, o en torno al tradicional dominó. Los cubanos aman a su país, se sienten protegidos por el Estado y confían en él. Sin embargo, existe un desgaste importante en el devenir cotidiano de las familias, ya que se está viviendo la más extensa y profunda crisis de la historia de la revolución.
No obstante, la tarea para el imperio es difícil. Para las y los cubanos, los derechos son parte de su ADN; generaciones completas han crecido en un sistema educativo, cultural y de salud considerado internacionalmente de primer nivel, dando forma a una ciudadanía culta e informada que, a su vez, ha vivido por décadas bajo los impactos del bloqueo. Esta realidad ha formado a un pueblo digno, fuerte, alegre y valiente, capaz de resistir y defender su soberanía.
Santiago, Chile, 22 de mayo de 2026.

