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Los 100 de Fidel

Las relaciones Estados Unidos-Cuba desde la visión de Fidel (+Video)

Sobre la mirada profunda que caracterizó al líder de la Revolución cubana, Fidel Castro Ruz, en sus análisis sobre los Estados Unidos, el premio Nobel de literatura, Gabriel García Márquez, aseguró:

El país del cual sabe más después de Cuba es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta incesante del bloqueo. (Citado en Báez, 2009: 177)

Ahí está una de las claves que explican su éxito en el enfrentamiento a las políticas de Washington contra el proceso cubano.

A su vez, podemos encontrar el legado de José Martí en la raíz misma de la visión de Fidel sobre las relaciones Estados Unidos-Cuba, y en la manera de encarar el desafío que, para los anhelos de independencia y soberanía del pueblo cubano, siempre ha representado la proximidad del gran poder del norte. Entre los aspectos del pensamiento del Apóstol de nuestra independencia a los que Fidel no solo dio continuidad, sino que enriqueció bajo las coordenadas de su tiempo histórico, está el convencimiento de que era viable un escenario de paz con los Estados Unidos: “Es posible la paz de Cuba independiente con los Estados Unidos y la existencia de Cuba independiente, sin la pérdida, o una transformación que es como la pérdida, de nuestra nacionalidad” (Martí, 1975: 251).

Esto echa por tierra uno de los tantos mitos que se han propalado en torno a las relaciones Estados Unidos-Cuba, en cuanto a que el inicio del conflicto entre ambos países se inicia a partir del triunfo de la Revolución cubana en 1959 bajo el liderazgo indiscutible de Fidel, a quien suponen el gran obstáculo para la normalización de los vínculos bilaterales. Este juicio desconoce que el conflicto tiene un origen mucho más remoto, que podemos ubicar en los momentos en que comenzó a configurarse su misma esencia: hegemonía versus soberanía —finales del siglo xviii e inicios del xix—, y mucho más visible en el contexto en que estalla y se desarrolla el movimiento independentista cubano, en la segunda mitad del XIX.

En cuanto al criterio que coloca en los hombros de Fidel la responsabilidad del no entendimiento entre ambos países, los hechos y documentos históricos señalan otra realidad: que el líder revolucionario nunca descartó la posibilidad de un modus vivendi con los Estados Unidos y, no solo eso, sino que fue artífice principal de los intentos por explorar una relación más civilizada.

Durante sus luchas en la Sierra Maestra, recibió a varios periodistas estadounidenses. Aprovechó la ocasión —además de asestar fuertes golpes mediáticos a la dictadura— para trasladar importantes mensajes y conectar con la opinión pública estadounidense. Al más conocido de todos, el periodista Herbert Matthews, de The New York Times, le expresó el 17 de febrero de 1958: “Puedo asegurar que no tenemos animosidad contra los Estados Unidos y el pueblo norteamericano”.[1]

Al propio tiempo, con gran maestría política, evitó cualquier pretexto que pudiera servir a los Estados Unidos para intervenir en Cuba y se frustrara nuevamente la Revolución, como había ocurrido con anterioridad.

En los meses finales de 1958, ese peligro se hizo mayor al producirse varios incidentes, fabricados por el dictador Fulgencio Batista y el embajador yanqui en la Isla, Earl E. Smith, con la intención de generar una situación que provocara la intervención de los marines. El primer intento tuvo lugar en julio de 1958, cuando el Estado Mayor de la dictadura, de acuerdo con Smith, retiró sus tropas del acueducto de Yateritas, que abastecía de agua la base naval estadounidense en Guantánamo, y solicitó a las autoridades de los Estados Unidos presentes en la base el envío de soldados a ese punto del territorio nacional. El propósito era generar un conflicto entre las fuerzas del Movimiento 26 de Julio y los marines yanquis y así justificar la intervención militar. La actitud responsable, serena y, a la vez, muy firme de las fuerzas rebeldes y del propio Fidel propiciaron una solución diplomática del problema.

En el mes de octubre de 1958, la dictadura, en su desesperación, maniobró para que la zona de Nicaro, donde estaban instaladas las plantas de níquel de compañías estadounidenses, se convirtiera en un campo de batalla que estimulara la intervención. Estos incidentes —que no fueron los únicos— y su intencionalidad serían denunciados por el Comandante en Jefe a través de Radio Rebelde.

Fidel nunca tuvo una actitud hostil preconcebida hacia los Estados Unidos. Su deseo no era incitar la ruptura de las relaciones, aunque era consciente de que una revolución verdadera no podía realizarse sin chocar con los intereses del imperialismo establecidos en la Isla. Era un antimperialista convencido, pero no un antiestadounidense. Su posición política hacia el vecino del norte estuvo siempre basada en la fuerza de las ideas y principios, no en odios y fanatismos.

Robert S. McNamara, exsecretario de Defensa de los Estados Unidos, en la Conferencia Internacional sobre la Crisis de Octubre, celebrada en La Habana en 1992. Foto: The National Security Archive.

En la Conferencia Internacional sobre la Crisis de Octubre, celebrada en La Habana en 1992, Robert S. McNamara, exsecretario de Defensa de los Estados Unidos durante la administración Kennedy, trató de fundamentar la indisposición del líder cubano a relaciones normales con Washington, basándose en una carta escrita por él a Celia Sánchez el 5 de junio de 1958, en la que le decía:

Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los americanos van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero. (Castro Ruz, 1958a)

Fidel (1992) replicó explicando el contexto de la carta y de ese fragmento:

(N)o se puede citar esa frase aislada de que vamos a tener una guerra con los americanos, como si yo tuviera por vocación la guerra, por carrera la guerra y no quisiera más que la guerra. Y realmente eso está muy lejos de la realidad. Pero como los norteamericanos de la Base Naval de Guantánamo les habían suministrado aquellas bombas y estaban bombardeando una casa de familia, estaban bombardeando la población civil con aquellas bombas norteamericanas, fue en ese momento en que yo, redactando un mensaje, porque estoy desde una altura viendo el bombardeo de la casa de Mario Sariol con los cohetes aquellos, escribo la nota y hago expresión de ese sentimiento de irritación. De modo que no es legítimo tomar del contexto esa frase aislada, que escuchada así pareciera la de un loco o la de uno que lo que quiere es guerra de todas maneras y le tiene odio a Estados Unidos y quiere exterminarlo, sino que es la de un individuo indignado en el momento en que estaba viendo aquellas bombas que les habían entregado desde la base de Guantánamo. Ese es el origen de la frase.

La temprana reacción airada y hostil de la administración norteamericana de Eisenhower a la naciente Revolución cubana solo logró incentivar y acelerar el curso de los acontecimientos, la radicalización del proceso revolucionario y el acercamiento a la URSS. Los hechos demostraron que la clase dominante de los Estados Unidos estaba incapacitada para entender lo que sucedía en la Isla y el papel de su nuevo liderazgo.

Le era imposible asimilar que, luego de tantos años de exitoso control del hemisferio occidental, pudiera una isla como Cuba, a la cual habían convertido en su probeta de ensayo neocolonial por excelencia, apartarse de sus designios e influencias, en sus propias narices.

En abril de 1959, Fidel viaja a los Estados Unidos, su segunda salida al exterior después del triunfo de la Revolución, teniendo entre sus objetivos principales explicar los rumbos que tomaría la Revolución y tratar de lograr la comprensión del gobierno y el pueblo de ese país sobre el nuevo momento histórico que se vivía en la mayor de las Antillas.

Ante la aceptación de Fidel a una invitación de la Sociedad Americana de Editores de Periódicos para visitar Washington y hablar ante su reunión anual, a efectuarse en abril, lo primero que hizo Eisenhower, en una reunión del Consejo Nacional de Seguridad Nacional, fue preguntar si no se le podía negar la visa al líder cubano, para luego, ya durante la estancia de Fidel en ese país, evadir la posibilidad de un encuentro. Prefirió irse a jugar golf en Georgia que recibir al reconocido guerrillero. Dejó esta incómoda misión en manos del secretario de Estado Christian Herter y el vicepresidente Richard Nixon. Este último trató de darle lecciones a Fidel de cómo gobernar en Cuba y más tarde escribiría en sus memorias que había salido de la reunión con el líder cubano convencido de que había que derrocar al gobierno revolucionario.

Fidel comienza a hablar ante los miembros de la Sociedad de Editores de Prensa de Washington en conferencia de prensa en el Hotel Statler Hilton, de Washington. Foto: Estudios Revolución.

Es decir, solo a tres meses del triunfo, cuando aún no se habían establecido vínculos con los soviéticos ni firmado la Ley de Reforma Agraria, y prácticamente no se había tomado medida alguna que afectara sustancialmente los intereses de los Estados Unidos, la administración Eisenhower se mostraba poco cooperativa y, más bien, adversa al nuevo gobierno cubano, especialmente a Fidel Castro. Ello, a pesar de que el líder cubano buscaba la manera de no provocar una ruptura con Washington, si bien advertía en cada discurso a los vecinos del norte que las cosas iban a ser diferentes, pues en Cuba, por primera vez, habría independencia y soberanía absolutas.

Cuando se revisa la documentación cubana y estadounidense del período revolucionario, es sorprendente la cantidad de tiempo que el Comandante en Jefe dedicó, durante años, a recibir y conversar con congresistas y personalidades de la política norteamericana. Si Fidel no hubiera creído que era importante este tipo de encuentros para buscar un mejor entendimiento entre ambos países, no hubiera invertido en ellos ni un minuto de su preciado tiempo.

Empleando la diplomacia secreta, Fidel fue el gestor de numerosas iniciativas de acercamiento entre ambos países. A través del abogado James Donovan, quien negoció con él la liberación de los mercenarios presos a raíz de la invasión de 1961, la afamada periodista Lisa Howard, y otras vías, el líder de la Revolución hizo llegar al gobierno de Kennedy, una y otra vez, su disposición de conversar en busca de un entendimiento. En agosto de 1961, el Che Guevara trasladó una rama de olivo al gobierno estadounidense en un encuentro que sostuvo en Montevideo con el asesor especial de Kennedy para asuntos latinoamericanos, Richard Goodwin. Es imposible pensar que el Che actuara por su cuenta y no de común acuerdo con el líder cubano. Fidel, además, envió un mensaje verbal al presidente Lyndon B. Johnson a través de la propia periodista Lisa Howard en 1964, que, entre otras cosas, decía:

Dígale al Presidente (y no puedo subrayar esto con demasiada fuerza) que espero seriamente que Cuba y los Estados Unidos puedan sentarse en su momento en una atmósfera de buena voluntad y de mutuo respeto a negociar nuestras diferencias. Creo que no existen áreas polémicas entre nosotros que no puedan discutirse y solucionarse en un ambiente de comprensión mutua. Pero primero, por supuesto, es necesario analizar nuestras diferencias. Ahora, considero que esta hostilidad entre Cuba y los Estados Unidos es tanto innatural como innecesaria y puede ser eliminada. Dígale al Presidente que no debe interpretar mi actitud conciliatoria, mi deseo de conversar como una señal de debilidad. Una interpretación así sería un grave error de cálculo. No estamos débiles, la Revolución es fuerte, muy fuerte. Nada, absolutamente nada que los Estados Unidos puedan hacer destruirá a la Revolución. Sí, somos fuertes. Y es desde esa posición de fuerza que deseamos resolver nuestras diferencias con los Estados Unidos y vivir en paz con todas las naciones del mundo. (Castro Ruz, 1964).

Fidel envió señales conciliadoras, de manera confidencial, hasta a un furibundo adversario del proceso cubano como Richard Nixon. Los documentos desclasificados en los Estados Unidos muestran que el 11 de marzo de 1969 el embajador suizo en La Habana, Alfred Fischli, luego de haber tenido una entrevista con el líder de la Revolución, trasladó al secretario de Estado, William P. Rogers, un mensaje no escrito del primer ministro cubano en el que expresaba su voluntad negociadora.

Encuentro de Fidel y Carter en La Habana, al término de una visita de tres días que realizara el ex Presidente de Estados Unidos. Foto: Alex Castro/Cubadebate.

Durante la administración Carter fueron muchas las acciones de Fidel que mostraron su disposición a mejorar las relaciones de Cuba con los Estados Unidos. En esos años, se abrieron las respectivas secciones de intereses y se firmó el acuerdo pesquero y el de límites marítimos. Fue la época en que más conversaciones secretas hubo entre representantes de ambos países, así como numerosos intercambios académicos, deportivos y culturales. En el año 1978, como un gesto unilateral, sin negociarlo con Washington, Cuba liberó a miles de presos contrarrevolucionarios, lo cual evidencia el deseo de la dirección cubana de reanimar el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, congelado a partir de la entrada de tropas cubanas en Etiopía.

En ese momento —recordó en una entrevista Robert Pastor, asistente para América Latina del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense—, llegué a la conclusión de que Castro vio esta iniciativa como una manera de tratar de poner las discusiones sobre la normalización de nuevo en marcha. No tenía la menor intención de negociar el papel de Cuba en África a cambio de la normalización, pero tal vez pensó que gestos positivos en los derechos humanos, prioridad de Carter, serían suficientes. No lo eran. (Pastor, 2012: 246).

Como señalan Peter Kornbluh y William LeoGrande (2015): “Hay evidencia sustancial de que Castro realmente quería relaciones normales con Washington”, y no fueron pocos los momentos en que administraciones estadounidenses prometieron mejores relaciones a cambio de gestos conciliadores de Cuba, para luego incumplir su palabra:

En 1984, Washington insinuó que las concesiones de Cuba en materia de migración conducirían a mejores relaciones y a un diálogo más amplio, y luego renegó de su promesa una vez que se firmó el acuerdo migratorio. En 1988 el Departamento de Estado prometió explícitamente que la cooperación cubana en las negociaciones del sur de África daría lugar a un diálogo más amplio sobre cuestiones bilaterales, y de nuevo Washington renegó de su palabra. En 1994, Clinton le prometió a Castro que la cooperación de Cuba para poner fin a la crisis de los balseros daría lugar a un diálogo más amplio sobre el embargo. Cuba acabó con el problema, pero Clinton nunca cumplió su promesa. (449)

El 22 de septiembre de 1994, en una reveladora carta al presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari (2017) —quien había servido de mediador entre él y el presidente estadounidense William Clinton para buscar una salida negociada a la crisis migratoria en agosto de ese año—, Fidel expresó nuevamente su posición favorable a la normalización de las relaciones entre ambos países:

La normalización de las relaciones entre ambos países es la única alternativa; un bloqueo naval no resolvería nada, una bomba atómica, para hablar en lenguaje figurado, tampoco. Hacer estallar a este país, como se ha pretendido y todavía se pretende, no beneficiaría en nada los intereses de Estados Unidos. Lo haría ingobernable por cien años y la lucha no terminaría nunca. Solo la Revolución puede hacer viable la marcha y el futuro de este país. (125-6)

Seis semanas después de los históricos anuncios del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, el 17 de diciembre de 2014, Fidel, con la experiencia de haber lidiado con diez administraciones norteamericanas, ratificó su posición en cuanto a una normalización de las relaciones con los Estados Unidos. Con suficientes elementos de juicio para hacer ese planteamiento, dijo: “No confío en la política de los Estados Unidos”; a la vez, expresó que, como principio general, respaldaba “cualquier solución pacífica y negociada a los problemas entre los Estados Unidos y cualquier pueblo de América Latina, que no implique la fuerza o el empleo de la fuerza” (Castro Ruz, 2015).

Se podría mencionar otros ejemplos; pero estos son más que suficientes para demostrar la postura de Fidel sobre las relaciones bilaterales, favorable al diálogo y la negociación sobre la base de la igualdad y el respeto mutuo, sin menoscabo de la soberanía de la Isla y de los principios proclamados y defendidos por la Revolución.

Otro mito en torno a la actuación del líder cubano, que también se ha divulgado, señala que la normalización de las relaciones entre ambos países no se alcanzó durante las administraciones de Gerald Ford (1974-1977) y James Carter (1977-1981), pues a Fidel le interesó más el papel de Cuba en África que la normalización de las relaciones.

Este enfoque desvirtúa los hechos y, sobre todo, desconoce la estrategia cubana en política exterior de aquellos años y los móviles de su liderazgo histórico. Fidel jamás vinculó ambos temas. Él manejaba el proceso de normalización de las relaciones con los Estados Unidos y el internacionalismo cubano en África como cuestiones independientes; cada una de extraordinaria importancia estratégica para Cuba en el plano internacional. Los Estados Unidos establecieron esa conexión funesta. Wayne Smith (1984), exjefe de su Sección de Intereses en La Habana durante los dos últimos años del mandato de Carter, así lo reconoce:

Pero el hecho de que Castro no le hubiese dado la espalda al MPLA no representaba una falta de interés en mejorar sus relaciones con los Estados Unidos. De haber sido así, el estímulo brindado por los norteamericanos a las incursiones de las tropas de Zaire y Sudáfrica también hubiese sido un indicio de cinismo de los propósitos del acercamiento de los Estados Unidos hacia Castro. Quizás él así lo pensó, pero optó, en la práctica, por mantener los dos asuntos separados y continuar con el acercamiento, pese al respaldo concedido por los Estados Unidos a las fuerzas que se oponían a los amigos de Castro en Angola. (38)

Muy parecido análisis realizó el destacado intelectual argentino Juan Gabriel Tokatlian (1984):

Lamentablemente, Estados Unidos fue el responsable de introducir un elemento perturbador en las relaciones entre ambos países: condicionó las aproximaciones bilaterales a temas y políticas multilaterales, es decir, multilateralizó lo bilateral y bilateralizó lo multilateral. La participación cubana en Angola durante 1975 fue interpretada como un hecho que impedía un entendimiento constructivo entre Cuba y Estados Unidos. Se ubicó este acontecimiento como un factor que inhibía todo acercamiento positivo de las partes. Esto, reiteramos, fue un error lamentable porque colocó el contenido y el sentido del debate bilateral en otra dimensión. Y la crítica debe caer en los Estados Unidos, pues no fue Cuba quien esgrimió el argumento de mejorar o no las relaciones de acuerdo a si ese país apoyaba directamente a los regímenes autoritarios de Haití o Filipinas o armaba encubiertamente a Sudáfrica o intervenía en los conflictos de Medio Oriente. (16-7)

Robert Pastor, asistente para América Latina del Consejo de Seguridad Nacional en la época de Carter, comprendió lo fallido de la estrategia estadounidense a la hora de negociar con Cuba y vincular la normalización de las relaciones a la retirada de las tropas cubanas en África, y advirtió, con gran visión de la perspectiva cubana, que ello haría fracasar el proceso de normalización. El 1 de agosto de 1977, Pastor escribió al asesor para Asuntos de Seguridad Nacional, Zbigniew Brzezinski:

Hemos considerado el aumento de las actividades de Cuba en África como una señal de interés decreciente por parte de Cuba respecto del mejoramiento de las relaciones con los EE.UU., y Kissinger unió las dos cuestiones —la retirada de Cuba de Angola a fin de lograr mejores relaciones con los Estados Unidos— solo para fracasar en ambas. Existe una relación entre las dos cuestiones, pero se trata de una relación inversa. Mientras Cuba intenta normalizar relaciones con las principales potencias capitalistas del mundo, Castro también experimenta una necesidad psicológica igualmente fuerte de reafirmar sus credenciales revolucionarias internacionales. No afectaremos el deseo de Castro de influir en los acontecimientos en África tratando de adormecer o detener el proceso de normalización; este es el instrumento equivocado y no tendrá otro efecto que no sea detener el proceso de normalización y descartar la posibilidad de acumulación de influencia suficiente sobre Cuba por parte de los EE.UU., que a la larga pudiera incidir en la toma de decisiones de Castro. (Pastor, 1977)

Recordando este importante memorándum, expresaría Pastor años después:

Mi memorándum no persuadió al gabinete, ni al Presidente. En nuestras conversaciones en Cuernavaca y La Habana, yo seguí la política del gobierno de los Estados Unidos más que la que yo había propuesto. Como nosotros aprendimos, mi análisis era correcto.[2]

Sostener que la política de Cuba en África era más importante que la normalización de las relaciones con os Estados Unidos —y que la impidió— parte de un enfoque errado, al colocarse en la perspectiva de la potencia estadounidense enfrentada a un país pequeño del Tercer Mundo como Cuba, al cual, supuestamente, debía interesarle más normalizar las relaciones que a los Estados Unidos, aunque fuera al precio de renunciar a sus credenciales revolucionarias en el plano internacional, lo que implicaba un menoscabo de su soberanía.

Una lógica más equilibrada del análisis nos lleva a la conclusión de que fue el gobierno de los Estados Unidos al que le importaron más sus intereses geopolíticos enfrentados a la URSS —especialmente en África— que la normalización de las relaciones con la isla caribeña, quien estableció un nexo y el orden de prioridad entre ambos temas. Cuba manejó su papel en África y el proceso de normalización de las relaciones como independientes y su deseo era avanzar en los dos terrenos. No se le podía poner a escoger entre un asunto y el otro. Ese enfoque era sencillamente un «instrumento equivocado», como había advertido Pastor a Brzezinski.

Tal vez sea idealista de mi parte —expresó Fidel a Peter Tarnoff y Robert Pastor, enviados de Carter en conversaciones sostenidas en La Habana en diciembre de 1978—, pero nunca he aceptado las prerrogativas universales de los Estados Unidos. Nunca acepté y nunca aceptaré la existencia de leyes diferentes y reglas diferentes. (Tarnoff, Pastor, Castro Ruz, 1978)

En diversas circunstancias, el gobierno de los Estados Unidos pretendió negociar con Cuba estos principios o condicionó la posible mejoría de las relaciones a cambio de que la Isla se retractara de apoyar a los movimientos de liberación en América Latina, Centroamérica o África, retirara sus misiones internacionalistas de Angola y Etiopía, redujera o rompiera sus vínculos con la URSS, desistiera de apoyar la causa independentista de Puerto Rico y muchas otras exigencias, solo para estrellarse, una y otra vez, contra la dignidad de Cuba y de Fidel:

Por lo visto, en la mentalidad de los dirigentes de Estados Unidos, el precio de una mejoría de las relaciones, o de relaciones comerciales o económicas, es renunciar a los principios de la Revolución. ¡Y nosotros no renunciaremos jamás a nuestra solidaridad con Puerto Rico! (…) Ahora ya no es Puerto Rico solo, ahora es también Angola. Siempre, en todo el proceso revolucionario, nosotros hemos llevado a cabo una política de solidaridad con el movimiento revolucionario africano. (Castro Ruz, 1975)

Sobre el apoyo de Cuba a la causa independentista de Puerto Rico, añadiría dos años después:

(C)uando se fundó el Partido Revolucionario Cubano, se fundó para la independencia de Cuba y de Puerto Rico. Tenemos vínculos históricos, morales y espirituales sagrados con Puerto Rico y les hemos dicho [a las autoridades estadounidenses]: mientras haya un puertorriqueño que defienda la idea de la independencia, mientras haya uno, tenemos el deber moral y político de apoyar la idea de la independencia de Puerto Rico (…) y se lo hemos dicho muy claro, que ese es un problema de principios, ¡y con los principios nosotros no negociamos! (1977: 17)

“¡La solidaridad de Cuba con los pueblos de África no se negocia!” Fidel Castro recibe en La Habana al líder histórico de Sudáfrica, Nelson Mandela. Foto: Cubadebate.

De la posibilidad del retiro de las tropas cubanas de África a cambio de relaciones normales con los Estados Unidos, Fidel fue categórico: “¡La solidaridad de Cuba con los pueblos de África no se negocia!” (17).

Esta posición ética y de principios, en un mundo caracterizado mayormente por el egoísmo, el chovinismo, los nacionalismos estrechos y el oportunismo político, sigue siendo uno de los paradigmas más importantes que legó Fidel a la humanidad en el campo de las relaciones internacionales y, en especial, con el vecino del norte.

Notas:

[1] Entre el 23 y el 28 de abril del propio año, el periodista de la cadena televisiva estadounidense Columbia Broadcasting Systems (CBS), Robert (Bob) Taber, en unión del camarógrafo Wendell Hoffman, realizó un reportaje que apareció el 18 de mayo de ese mismo año. Se trata de un documental de media hora de duración titulado Rebeldes en la Sierra Maestra, cuya secuencia final fue realizada en el pico Turquino, con Fidel y Raúl al frente de los guerrilleros cantando el Himno nacional. Al mes siguiente, el 17 de mayo, Fidel fue entrevistado por el periodista estadounidense Andrew St. George (1958). La entrevista apareció en la revista Look, bajo el título “Inside the Cuban revolution”. En enero de 1958, concedió también una entrevista al periodista Homer Bigart (1958), publicada el 27 de febrero en The New York Times. En ese propio mes, apareció en la revista estadounidense Coronet el artículo “Why we fight”, bajo la firma de Fidel (1958b).

[2] Entrevista realizada por el autor, vía correo electrónico, el 5 de abril de 2009.

Referencias:

Báez, L. (2009) Así es Fidel. La Habana: Casa Editora Abril.

Bigart, H. (1958) “Castro declares he will win soon; in interview, rebel leader with battle force of 400 is certain of victory”. The New York Times, 27 de febrero.

Castro Ruz, F. (1958a) “Carta a Celia Sánchez”. Disponible en <https://acortar.link/mJwHDV> [consulta: 13 diciembre 2025].

______ (1958b) “Why we fight”. Coronet, n. 2, febrero, 80-6. Disponible en <https://acortar.link/QzJHy0> [consulta: 9 diciembre

2025].

______ (1964) “Del primer ministro Fidel Castro al presidente Lyndon B. Johnson. Mensaje verbal entregado a la señorita Lisa Howard de ABC News, el 12 de febrero de 1964, en La Habana, Cuba”. Disponible en <https://acortar.link/E69GT8> [consulta: 9 diciembre 2025].

______ (1975) “Discurso pronunciado en el acto de masas con motivo de la clausura del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Plaza de la Revolución, 22 de diciembre de 1975”. Departamento de versiones taquigráficas del Consejo de Estado. Disponible en: <https://acortar.link/X8SvQ4> [consulta: 9 diciembre 2025].

______ (1977) “Discurso pronunciado como conclusiones en el segundo período ordinario de sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en el teatro Karl Marx, el 24 de diciembre de 1977”. Departamento de versiones taquigráficas del Consejo de Estado. Disponible en <https://acortar.link/bqkwnN> [consulta: 9 diciembre 2025].

______ (2015) “Para mis compañeros de la Federación Estudiantil Universitaria”. Granma, 26 de enero. Disponible en <https://acortar. link/IIPLMC> [consulta: 13 diciembre 2025].

______ (1992) Transcripciones de la Conferencia tripartita sobre la Crisis de Octubre. La Habana, del 9 al 12 de enero de 1992. LeoGrande, W. M. y Kornbluh, P. (2015) Diplomacia encubierta con Cuba. Historia de las negociaciones secretas entre Washington y La Habana. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Martí, J. (1975) “Carta a Gonzalo de Quesada” (octubre 29, 1889). Obras completas, t. 1, 247-52. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Pastor, R. (1977) “Memorandum a Brzezinski”. The Carter administration. Policy toward Cuba: 1977-1981. Documentos desclasificados. La Habana. Biblioteca del ISRI.

______ (2012) “The Carter-Castro years. A unique opportunity”. En: Fifty years of revolution. Perspectives on Cuba, the United States and the world. Castro Mariño, S. y Prussen, R. W. (eds.), Miami: University Press of Florida.

Salinas de Gortari, C. (2017) Muros, puentes y litorales. Relación entre México, Cuba y Estados Unidos. Ciudad de México: Penguin Random House.

Smith, W. S. (1984) “La relación entre Cuba y los Estados Unidos: pautas y opciones”. En: Cuba-Estados Unidos: dos enfoques. Tokatlian, J. G. (ed. y comp.), Bogotá: CEREC.

St. George, A. (1958) “Inside the Cuban revolution”. Look, 4 de febrero. Disponible en <https://acortar.link/pjEnXX> [consulta: 21 diciembre 2025]

Tarnoff, P., Pastor, R. y Castro Ruz, F. (1978) “Memorándum de conversación”. En: The Carter administration. Policy toward Cuba: 1977-1981. Ob. cit.

Tokatlian, J. G. (1984) “Introducción”. En: Cuba-Estados Unidos: dos enfoques. Ob. cit. (Tomado de la Revista Temas 125-126, pp 27-32).

Documental En nombre de la esperanza. Director: Iván Gutiérrez. Productora: Centro Fidel Castro Ruz

Documental que resume la visita a los Estados Unidos, entre el 15 y el 28 de abril de 1959, del entonces primer ministro de Cuba, Fidel Castro Ruz. El líder cubano fue invitado en esa ocasión por la Sociedad Estadounidense de Editores de Periódicos.

Imagen de portada: Fidel Castro estrechando la mano del vicepresidente estadounidense, Richard Nixon, después de la entrevista sostenida entre ellos en el Capitolio de Washington, 19 de abril de 1959. Foto: Estudios Revolución.

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Elier Ramírez Cañedo
Vicejefe del Departamento Ideológico del CC de PCC. Miembro del Consejo de Estado y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde el 2018. Fue subdirector del Centro "Fidel Castro Ruz" desde 2021 hasta 2025. Historiador, ensayista e investigador. Doctor en Ciencias Históricas. Ha realizado estudios especializados en relaciones internacionales. Sus investigaciones han aparecido en diversas en publicaciones periódicas. Coautor de los libros El autonomismo en las horas cruciales de la nación cubana (Editorial de Ciencias Sociales, 2008) y De la confrontación a los intentos de «normalización». La política de los Estados Unidos hacia Cuba (Editorial de Ciencias Sociales, 2011 y 2014). Pertenece al Consejo Científico del Instituto de Historia de Cuba y al Tribunal Nacional de Doctorados en Ciencias Políticas. Es miembro concurrente de la Academia de Historia de Cuba.

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