Cuando a quien esto escribe se le dio la tarea de seleccionar y prologar, para reunirlos en un libro, textos de Fidel Castro que mostraran lo enunciado en el título del presente artículo, tuvo claro que el volumen (publicado en 1983 con créditos institucionales del Centro de Estudios Martianos) debía titularse José Martí, el autor intelectual, y que la búsqueda de los textos comenzaría por La historia me absolverá, donde el guía de los sucesos del 26 de Julio de 1953 plasmó aquella definición de su inspirador.
La revisión del histórico alegato evidenció que la presencia de Martí en él no se agota en la feliz definición citada, que se ha enriquecido con el tiempo, en correspondencia con el hecho de que, lejos de limitarse al asalto de dos cuarteles, la brújula de Martí seguiría ofreciendo orientación para la etapa revolucionaria iniciada en 1953.
Ese legado radicaba en las tareas que las circunstancias le impidieron a la revolución martiana consumar y, por tanto, aún eran metas por cumplir. Librar a Cuba de la tiranía que la enlutaba era indispensable para la plena independencia, la liberación nacional, condición para que las transformaciones necesarias fueran factibles. Urgía erradicar el neocolonialismo con que, tras la intervención de 1898, los Estados Unidos despojaron a al Ejército Libertador Cubano de la victoria que había probado merecer contra España.
Era preciso derrocar a la tiranía y romper la coyunda estadounidense para acometer otras batallas que darían continuidad al proyecto martiano. Una de ellas era luchar contra las injusticias sociales en una república neocolonial donde agentes vernáculos servirían a la potencia interventora en la materialización de un peligro advertido por Martí mientras organizaba la guerra necesaria.
Sabía que se luchaba “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos” (III, 305).* En su afán de sembrar la conciencia necesaria para que eso no ocurriera, lo advirtió con cruda claridad en el Patria del 24 de octubre de 1894, precisamente en un artículo que desde el título, “Los pobres de la tierra”, corroboraba con quiénes echaba su suerte, como había expresado en Versos sencillos.
Los males que él había querido impedir llegaron hasta 1958, y contra ellos se lanzó la lucha armada que en 1953 rindió tributo al centenario del héroe que la inspiró. La República neocolonial aunó la injerencia estadounidense y los privilegios de castas que Martí repudió en la testamentaria carta póstuma que el día antes de morir en combate le escribió a su amigo mexicano Manuel Mercado (IV, 167-170).
A poco tiempo de haber comenzado la guerra contra el Ejército español, sostuvo que entendía como su deber no solo estar dispuesto a dar la vida por su país, sino también “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”. Tal era su determinación, que añadió: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.
Esa decisión recuerda lo escrito por Fidel Castro a Celia Sánchez en la Sierra Maestra el 5 de junio de 1958, al ver un hogar campesino destruido por bombas que tenían la inscripción de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y habían sido lanzadas por aviones de la tiranía batistiana: “me he jurado que los americanos [los estadounidenses] van a pagar bien caro lo que están haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta que ese va a ser mi destino verdadero”.

Bajo el yugo imperialista que apoyó a la tiranía, Cuba afrontaría los males de la dependencia política y económica. Y con esa coyunda vendría todo lo esperable de un poder extranjero auxiliado por lacayos dispuestos a tener “un amo, yanqui o español, que les mantenga, o les cree, en premio de su oficio de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.
La opresión capitalizada por tales “prohombres” y su amo imperial le impondría las peores condiciones de vida a la inmensa mayoría del pueblo, especialmente, pero no solo, en las áreas rurales. Las penurias sufridas por las grandes masas incluirían explotación, torturas y asesinatos, despojos de todo derecho, enfermedades, desnutrición, ignorancia.
Contra semejante escenario había enfilado Martí sus previsiones, los ideales con que organizó la guerra, y se levantaría la acción revolucionaria desatada en 1953. Las transformaciones que se desplegaron en 1959 —Reforma Agraria, Reforma Urbana, nacionalización de recursos fundamentales, planes masivos en salud pública y en educación— sustentaban un espíritu popular, verdaderamente democrático.
Para ilustrar la lealtad de esas transformaciones al legado martiano basta lo hecho desde la Campaña Nacional de Alfabetización. Quien en 1884 sostuvo: “Ser culto es el único modo de ser libre”, no defendía un concepto de cultura elitista de índole burguesa. En 1883 escribió: “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia” (V, 101).
En La historia me absolverá Fidel Castro defendió a los humildes y, al hacerlo, abrazó los ideales martianos. Su concepción de pueblo “si de lucha se trata”, remitió a las necesidades y la pujanza de los más desfavorecidos, y abrazó de hecho lo postulado por Martí el 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino. Al pasar balance sobre las luchas de Cuba hasta entonces, y valorar lo que se hacía en ese momento, lo hizo con una avanzada perspectiva popular: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones” (IV, 193).
Las lacras afianzadas en Cuba durante la colonia y prolongadas en la República neocolonial incluían la discriminación racial. Potenciada por la esclavitud, perduró pese a la participación de patriotas de todos los colores en las luchas independentistas, y al ejemplo de guías en los que descolló Martí. Alabando la obra de Carlos Manuel de Céspedes, sostuvo que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos” (IV, 359).
También en esa esfera su pensamiento fue revolucionario. En “Nuestra América” (1891) señaló: “No hay odio de razas, porque no hay razas” (VI, 22). Se adelantó así en más de un siglo a las luces del descubrimiento del mapa del genoma humano, que ratificó la inexistencia de razas en la especie humana y probó la falsedad de prejuicios afincados en intereses económicos y en conceptos que, trasladados de la zoología al ámbito sociológico, sirvieron de pretextos para legitimar la esclavitud de “razas” a las que, en beneficio de “razas superiores”, incluso se les negaba que tuvieran alma.
Por distintos caminos, principalmente intereses de dominación, llegaban a Cuba —ojalá ya hubieran dejado por completo de llegar— criterios que en distintas partes del mundo han avalado masacres y formas de apartheid, expresiones supremacistas asociadas al fascismo. Hoy siguen vivas en sociedades como la estadounidense, donde perduran hasta rezagos del monstruoso Ku Klux Klan. Martí refutó radicalmente la discriminación racial —rótulo que de hecho asume la falacia de las razas—, y así como esa lacra llegó con sus secuelas a la República mediatizada, la Revolución la combatió desde la lucha programada en La historia me absolverá, y sigue combatiéndola.
Otra mácula contraria a la justicia social es la corrupción. Martí luchaba por fundar en Cuba una República moral en la que el país se arrancara de sus costumbres las malas costumbres de la colonia, y la Revolución Cubana siguió actuando contra todas las formas de corrupción, que son un grave peligro para el país.
Lo advirtió El Líder en su discurso del 17 de noviembre de 2005, que —junto con la eficiente política informativa que aún sigue reclamándose— debe ser pauta cotidiana para el afán revolucionario, que necesariamente ha de ser popular, antimperialista, defensor de la equidad, y honrado. No es un dato menor que, empezando por su guía mayor, la Revolución heredara el sentido ético de la existencia que Martí abonó con su propio ejemplo personal.
Es natural que programas concebidos para expresar y defender ideas compartidas tengan similitudes textuales. El cierre que da título al alegato citado —La historia me absolverá—, mueve a recordar cómo finalizó Martí su discurso del 17 de febrero de 1892, conocido como “Oración de Tampa y Cayo Hueso”. Resumiendo sus pasos entre compatriotas emigrados en esas localidades —donde “hemos juntado a tiempo nuestras fuerzas”—, exclamó: “¡[…] la historia no has ha de declarar culpables!”.
Pero las mayores semejanzas entre programas revolucionarios se dan en los hechos, en las tareas e ideales que los vinculan. En una de sus anotaciones dispersas, Martí escribió: “Toda tentativa de comparar, generalizar o razonar sobre textos, debe ser abandonada, so pena de sustituir una mera imitación verbal del raciocinio a un esfuerzo real de la mente”, y añadió “Solo el trabajo directo fructifica” (XXII, 35).
A menudo la presencia de los textos de Martí en los de Fidel revela una apropiación que incluye la lealtad al sentido verbal, y lo desborda. La historia me absolverá es una prueba extraordinaria, no la única, de que frecuentemente el mensaje martiano se expresa en el de su discípulo como asimilación profunda y orgánica.
Ejemplo de ello es la síntesis hecha a partir de lo que el 15 de diciembre de 1893 le escribió Martí a Antonio Maceo: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz, ni por bien alguno de esta vida triste, que no tiene ya para mí satisfacción mayor que el salir de ella: trabajo para poner en vías de felicidad a los hombres que hoy viven sin ella” (III, 459).
Con el fin de dar autonomía a la idea que desea citar, Fidel la concentra en un aforismo, para lo cual lo dispondría una forma de expresión que Martí dominaba con soberana maestría literaria: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Sin detenernos en la sustitución de fama por gloria, concepto que expresa una grandeza verdadera y mayor, observemos que ese aforismo viene de una idea de Martí, pero, como realización textual, es obra de quien, fiel al Maestro, abrazó esa idea como norma de vida.
Mucho más cabría decir sobre cómo vio a Martí el continuador que, al conmemorarse el centenario de la Guerra de 1868 dijo que esa gesta “engendró numerosos líderes de extracción popular” e “inspiró a quien fue sin duda el más genial y el más universal de los políticos cubanos, a José Martí”, y también lo llamó “el más grande pensador político y revolucionario de este continente”. Años después, en “Unas palabras a modo de introducción” escritas para el primer volumen de la edición crítica de sus Obras completas, expresó: “Martí es y será guía eterno de nuestro pueblo. Su legado no caducará jamás”.
No hay espacio para más en un artículo que, animado por el aniversario 173 del nacimiento de Martí y el centenario de El Líder que abrazó sus enseñanzas, solo pretende recordar sucintamente la relación histórica entre ambos. Habría que profundizar en su pertenencia a una estirpe revolucionaria en que sobresalen como continuadores de Simón Bolívar, historia que señala los nexos que unen a Venezuela y Cuba. Mientras, probablemente con un toque de aldeanismo —similar de algún modo al rechazado por Martí en “Nuestra América”— nos preguntábamos quién sería el continuador de Fidel, tal vez no nos percatábamos de que ese lugar ya lo ocupaba Hugo Chávez.
Ese solo hecho requeriría —la merece— una valoración amplia y profunda, no un comentario presuroso. Pero hoy apúntese que tanto al Comandante cubano como al de Venezuela, quien con orgullo se proclamó su hijo y discípulo, y lo fue, se les debe rendir, entre otras formas de homenaje, una plena y lúcida lealtad al Concepto de Revolución que, trazado por el primero, exige “Cambiar todo lo que debe ser cambiado”, Y a eso —para ser fieles a los dos— se debe añadir: No cambiar ni un punto menos, pero tampoco más.
* Las citas provienen de las Obras completas de José Martí publicadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones. Los números romanos indican los tomos; los arábigos, las páginas. La carta a Manuel Mercado se revisó por José Martí: Epistolario, 1993, V, 250-252.
Imagen de portada: Roberto Chile.

