Hay nombres que no necesitan apellido para encarnar una época. Haydée es uno de ellos. Heroína del Moncada, fundadora del Movimiento 26 de Julio y una de las dos únicas mujeres que participaron directamente en el asalto del 26 de julio de 1953, ella supo convertir el dolor más desgarrador en combustible revolucionario.
Tras aquella jornada de plomo y coraje, donde perdió a su hermano Abel y a su compañero Boris Luis Santa Coloma, Haydée no se detuvo, con más firmeza aún, se entregó por completo a la lucha. Desde la clandestinidad, ayudó a tejer la resistencia que dos años después se convertiría en el movimiento político que lideraría la lucha definitiva contra la dictadura de Fulgencio Batista.
Esa misma intensidad con que abrazó la causa insurgente la acompañó después del triunfo revolucionario de 1959, cuando Fidel le encomendó una misión distinta pero igual de revolucionaria: fundar y dirigir la Casa de las Américas, trinchera cultural desde la cual defendió, hasta su muerte en 1980, la soberanía intelectual de nuestra América.
A propósito del Día de la Rebeldía Nacional, esta entrevista a Jaime Gómez Triana, vicepresidente de la Casa de las Américas y compilador de los textos del libro Haydée Santamaría. Hay que defender la vida, nos devuelve la voz y el legado de una mujer para quien la Revolución fue, ante todo, un acto de lealtad inquebrantable.

–Usted ha sido compilador de sus cartas, entrevistas e intervenciones. En ese proceso de reunir su voz, ¿cuál fue el mayor descubrimiento que hizo sobre la Haydee más íntima, esa que quizás no todos conocemos?
“En esa compilación trabajamos la socióloga Ana Niria Albo y yo. Fueron cinco años de lectura. Tuvimos acceso a mucho material inédito o poco conocido. Para nosotros fue muy difícil seleccionar los textos que finalmente aparecieron en el libro. Cada nuevo documento nos ponía delante de un fragmento de la historia reciente de Cuba contada en primera persona por una de sus protagonistas. Descubrimos muchas aristas de Haydee, sabíamos de su valentía y, por supuesto, de su lealtad a los principios de la Revolución y a Fidel, pero incluso esos aspectos, recurrentes en una valoración de su personalidad, fueron adquiriendo matices inesperados. Y es que ella filtraba todo a través de su sensibilidad y su intuición.
“Muchos hablan de su mirada penetrante y siempre pienso que ese modo de mirar está relacionado con su necesidad de comprender al otro. Haydee siempre se ponía en los zapatos de los demás y quizás por eso era capaz de abordar con objetividad y ternura los asuntos más complejos. Eso, claro está, sin perder de vista el objetivo principal, que para ella siempre estaba relacionado con la justicia.
“Cuando empezamos a trabajar con su correspondencia, nos sorprendió encontrar muchas cartas de gente del pueblo, hombres y mujeres de las más diversas procedencias que le pedían ayuda o consejo, o simplemente le enviaban un saludo. Ella respondía todas las cartas, buscaba soluciones a las dificultades y, con total humildad, decía lo que pensaba ante lo que se le planteaba. También era implacable con lo mal hecho y lo chapucero. Esas respuestas de Haydee son un verdadero tesoro, porque a través de ellas se va explicando la Revolución, sus metas, lo que se quería lograr, lo que no había podido hacerse todavía.
“Ese diálogo directo con la gente era ejemplar y lo encontramos, como se sabe, en otros dirigentes revolucionarios, sobre todo en Celia, que fue la interlocutora por excelencia del pueblo. Pero fue muy especial para nosotros dar con la voz y las ideas de Haydee que esas cartas nos devolvían, saber que ella no dejó nunca de dialogar con los más humildes, los trabajadores, los macheteros, los ancianos, las madres, los jóvenes e incluso los niños.
“Ellos le confiaban en ocasiones temas de enorme complejidad y ella sabía que se debía a esas personas. Creo que esas cartas fueron muy importantes para leer y entender el resto de los documentos, desde los testimonios sobre el Moncada y la lucha clandestina, hasta aquellos que tienen que ver con el trabajo cotidiano de la Casa de las Américas. Haydee era una sola, siempre la misma, y por eso todos la admiraban”.
–Haydee solía decir que apenas tenía un “quinto grado” escolar, y sin embargo fundió su proyecto de vida con el de grandes intelectuales. ¿Cómo describiría, a partir de los textos que estudió para el libro, la relación de Yeyé con la palabra escrita, no como autora, sino como una lectora apasionada que subrayaba a Martí desde la cárcel?
“Era una lectora, sin duda, había leído muy bien Martí, siendo muy joven. Luego lo leyó también en la cárcel. Hay una referencia tremenda a un texto en el que Martí refiere su visita a una galería de arte y habla de un cuadro en particular. Haydee anotó al margen de ese texto que algún día ella estaría en esa galería, frente a ese cuadro, y no en una galera. La lectura era en ese momento una forma de conseguir libertad.
“En su oficina de la Casa tenía las obras completas de Martí, esa edición con anotaciones suyas se la regaló a Isabel Parra. También tenía las obras completas de Lenin. En nuestro libro rescatamos un testimonio suyo sobre el primer ejemplar de La edad de oro que compraron ella y su hermano Abel.

“Le interesaban también las novelas y estando al frente de la Casa conoció y leyó a grandes autores del continente. En el libro también hay una carta dirigida al poeta Nicanor Parra y en la que elogia el poemario La cueca larga, que el chileno publicó en 1958.
“Sé por testimonio que a los adolescentes cercanos a ella les solía recomendar literatura de aventuras o de terror. Regalaba muchos libros y estaba orgullosa también de que aparecieran testimonios valiosos a través del premio Casa de las Américas, libros como el de Hugo Neira con las palabras del líder quechua Saturnino Huillca o el Héctor Béjar, sobre su experiencia guerrillera en Perú, un libro que la marcó porque se escribió en la cárcel y su autor aún estaba preso cuando ganó el premio literario.
“El caso más peculiar, del que tenemos el testimonio directo de Haydee, tiene que ver con Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Ella cuenta que cuando llegó a Amancio en tiempo de la zafra de los Diez Millones, aquel pueblo le pareció tan singular y remoto que muy pronto lo bautizó Macondo y, para tratar de explicar el origen del nombre, llevó y repartió entre los trabajadores del central que allí había cientos de ejemplares de la novela.
“Ella misma la fue leyendo, por fragmentos, a un anciano negro, hijo de esclavos, a quien llamaban «El Haitiano». El hombre se le había acercado un día con tremenda humildad porque le costaba entender el libro. Resulta fascinante imaginar a la heroína del Moncada leyendo y explicando la historia de los Buendía a aquel hombre de pueblo, pero lo más asombroso fue que, pasados los días, ella encontró a El Haitiano explicando él mismo la novela a otros trabajadores del central.
“Siempre he pensado que esa historia, que contó a los jurados del Premio Casa de 1970, resulta una narración perfecta sobre el vínculo entre literatura y Revolución, entre emancipación y descolonización. Los Diez Millones no se lograron, pero Haydee logró que El Haitiano, hijo de esclavos, se convirtiera en un promotor de lo mejor de la literatura de nuestra América en su comunidad”.
–Roberto Fernández Retamar, en una semblanza que le dedicó, describe su paso a la vida clandestina como “María”. Hay anécdotas fascinantes, como cuando se hizo pasar por criada o simuló un embarazo. Más allá de la anécdota heroica, ¿cree usted que había en ella una artista frustrada, una mujer con un talento natural para la empatía y el disimulo?
“No creo que a Haydee le interesara la actuación, sin embargo, es cierto que le gustaba disfrazarse y podía interpretar diferentes roles y sostenerlos con convicción, sin duda había algo de talento en ella y, en muchas ocasiones, esa capacidad de metamorfosis le permitió salvar su vida y la de sus compañeros o cumplir tareas que parecían imposibles.
“Para ella era muy importante servir, trabajar, aportar y en la clandestinidad había que lograr pasar desapercibido, de modo que se propuso hacerlo eficientemente y lo consiguió. Cuando emprendía algo, lo hacía bien. También tenía la convicción de que a ella no podía pasarle nada y eso la ayudaba, digamos, era bastante intrépida y a veces temeraria.
“No sé si los más jóvenes saben que esa escena famosa de la película Clandestinos, en la que Isabel Santos se pinta las uñas y se pone pañuelo y gafas, para ir a ver al novio a la prisión, está inspirada en un suceso real que protagonizó Haydee.
“Siendo la mujer más buscada de Cuba, habiendo estado presa ella misma, se disfrazó de señora de clase alta y fue a ver a Armando Hart, su novio, a la prisión de Boniato. Él se sorprendió mucho cuando la vio. Haydee se hizo pasar por su hermana y su simulación fue perfecta, no la reconocieron, aunque ella identificó a varios guardias que sabían perfectamente quién era.
“Ya al frente de la Casa, solía disfrazarse de fantasma y hacer bromas a los amigos. Roberto Matta, que fue espectador de algunos de esos juegos, llegó a decir que Haydee era más surrealista que él. Uno se percata de que había en ella grandes, terribles dolores, pero también había un gran sentido del humor y de lo lúdico que le permitieron, creo yo, en ocasiones, romper la coraza y hacerse más cercana a la gente que quería”.
–Fidel le encarga la Casa de las Américas a una mujer sin formación universitaria. Pogolotti dice que ella “sabía escuchar y juntar voluntades”. ¿Cuáles cree usted que fueron las aptitudes que le permitieron dirigir dicha institución?
“Ya te he hablado de su sensibilidad, su capacidad de ponerse en el lugar de otros, su respeto absoluto por los artistas, por los escritores. Supo hacerse acompañar en sus tareas de grandes intelectuales y artistas, gente muy valiosa a quien marcó definitivamente con su impronta, fue el caso del pintor Mariano Rodríguez y del poeta Roberto Fernández Retamar, pero también el de Cortázar, el de Matta, el de Galich, el de Benedetti. Muchos, dentro y fuera de Cuba, continuaron la obra de Haydee y mantuvieron vivo su espíritu.

“Es muy preciso lo que dice Graziella, sabía escuchar y buscaba soluciones a los problemas, lo que se necesitaba lo convertía rápidamente en una tarea para la que reclamaba el compromiso de todos y cada uno. Con ella no había esquemas, ni falsos protocolos, tampoco fue dogmática y sí sabía convocar. Y eso le valió no solo para el trabajo de la Casa, hay que recordar que ella también presidió la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Ese trabajo que demandó mucha astucia política para tejer la unidad”.
¿Cuáles son los valores, las enseñanzas que usted cree que todo joven debe recordar de Haydee Santamaría?
“El primero de todos, su profundo sentido de la justicia, también su patriotismo, su fidelidad a los principios. Ella supo ver en el quehacer de artistas y creadores un escalón fundamental para conseguir la tan anhelada integración de los pueblos de la América Latina y el Caribe. Al mismo tiempo, sabía y lo dijo, que cada generación tenía su Moncada y que cada uno debía dar la batalla de su tiempo.
“Ahora mismo estaría en la primera línea movilizando a la gente, tratando de buscar alternativas para resolver los desafíos gigantescos de la vida cotidiana, apoyando a los más necesitados y totalmente firme en la defensa de la Revolución frente al imperialismo. Digo esto y siento que de algún modo lo está, hay mucho heroísmo cotidiano en los hombres y las mujeres de este pueblo y en los revolucionarios, en los patriotas, pervive mucho del espíritu de Haydee, incluso aunque no se la recuerde tanto.
Ella está siempre presente, de la misma manera en que lo están Abel, Frank, el Che, hoy también Fidel”.

