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Venezuela: El pueblo salva al pueblo

Para Carlos Guerrero, de 80 años, los terremotos lo sorprendieron en su rutina habitual. Ya había vendido todo su café a la salida del Metro de Propatria y regresado a casa. Los animales le esperaron como siempre ansiosos detrás de la puerta. Después, a las 6:05 de la tarde del miércoles 24 de junio, el suelo rugió dos veces y Venezuela quedó suspendida entre el estruendo y el miedo.

Carlos apenas había llegado de trabajar cuando los dos terremotos estremecieron Caracas, La Guaira. Durante décadas ha sobrevivido vendiendo café y dulcesitos a las afueras del metro de una zona donde los dobletes sísmicos dejaron varias residencias desplomadas en solo minutos. Su edificio resistió, pero dentro de su habitación creyó que la vida terminaba.

“Pensé que íbamos a morir, que las paredes del cuarto donde vivimos nos iban a caer encima”, le cuenta a esta reportera.

No buscó dinero, ni documentos, ni ropa. Su primera reacción fue tomar a Brenda, su loro; a Diana y Flan, sus dos perros; y a Úrsula, la gata negra que completaba la familia. Descendió por unas escaleras estrechas mientras decenas de vecinos intentaban escapar con lo poco que alcanzaron a rescatar. Su único temor era no llegar a tiempo para salvar a quienes, para él, representan toda una vida. “Mi valor más preciado son ellos”.

Horas después apareció en una transmisión en vivo desde un parque donde miles de familias pasaban la noche por miedo a las réplicas. La imagen recorrió las redes sociales: Brenda inmóvil sobre su hombro, Flan —un pug con discapacidad— descansando a su lado, Diana explorando el césped y Úrsula protegida entre sus brazos. En medio del desastre, aquella escena recordó que incluso en las tragedias más profundas todavía existe espacio para la ternura.

Pero Carlos no convirtió el dolor en protagonismo. Con más de 120 mil seguidores en TikTok, utilizó el alcance que le dio la viralidad para dirigir la mirada hacia quienes más lo necesitaban.

“Gracias por tanto cariño y tanto apoyo, porque en verdad me hace falta. Pero lo que verdaderamente les pido es que ayuden al pueblo de La Guaira, que lleven todo lo que puedan a los centros de acopio. Tenemos que tener valor para aceptar lo que pasó. Necesitamos tener mucha fuerza”.

Mientras las autoridades intentaban dimensionar la emergencia, otra respuesta comenzaba a organizarse desde abajo. Keidris Mejías no esperó instrucciones. Apenas terminó el terremoto tomó un autobús desde Barquisimeto hasta Caracas. Al llegar abordó un mototaxi rumbo a La Guaira. No hubo pausa, ni descanso, ni cálculos.

El joven que conducía la motocicleta, conocido en redes como Fransua, también había tomado una decisión: hacer viajes gratuitos para transportar voluntarios y personas que necesitaban llegar a la zona de desastre.

Juntos avanzaron por autopistas agrietadas, entre maquinaria pesada, columnas interminables de motocicletas y vehículos particulares cargados con agua, colchones, alimentos y medicinas. La solidaridad fue tan multitudinaria que los accesos hacia La Guaira terminaron colapsados, no por el miedo, sino por la cantidad de personas decididas a ayudar.

Cuando ya no hubo espacio para avanzar en moto, Keidris descendió y continuó caminando entre los escombros. Es bailarina de danza contemporánea, pero ese día dejó el escenario para ofrecerse como paramédica voluntaria. Iría, dijo, hacia donde los gritos indicaran que todavía había alguien esperando ser encontrado.

Antes de despedirse, el mototaxista le pidió escribir unas palabras en una libreta. Con letra firme dejó una frase sencilla, casi como un mensaje a si misma: “Hay circunstancias en la vida que no planeamos. Pero… siempre tenemos la esperanza de que todo obrará para bien”.

En medio de la tragedia también aparecieron héroes de cuatro patas. Uno de ellos se llama Tsunami. Es una Border Collie de nueve años entrenada para localizar personas atrapadas bajo los escombros. Durante la emergencia ha participado en el rescate de más de 300 sobrevivientes. Su historia emociona porque antes de convertirse en rescatista también fue víctima del abandono y el maltrato. Alguien decidió darle una segunda oportunidad. Hoy esa segunda oportunidad se multiplica en cientos de vidas encontradas.

Tsunami no trabaja sola. Decenas de perros especializados continúan recorriendo edificios colapsados cuando ya han pasado más de cien horas desde la primera sacudida. Cada ladrido, cada señal, cada excavación mantiene viva una esperanza que se niega a desaparecer.

Las grandes tragedias suelen medirse en cifras: muertos, heridos, viviendas destruidas. Pero hay otra contabilidad que rara vez aparece en los balances oficiales. La de quienes abren sus casas para desconocidos. La de quienes manejan gratis durante horas. La de quienes donan el colchón que tenían de sobra. La de quienes convierten sus redes sociales en un puente para movilizar ayuda. La de quienes, sin uniforme ni reconocimiento, sostienen a un país cuando todo parece derrumbarse.

Carlos, Keidris y Tsunami son apenas tres nombres entre miles. Porque cuando la tierra dejó de temblar, otra fuerza comenzó a moverse sobre Venezuela. La de una sociedad que entendió que, en ausencia de certezas, siempre queda la solidaridad. Y que, en las horas más oscuras, hay una verdad que vuelve a repetirse entre los escombros: el pueblo salva al pueblo.

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Alejandra García Elizalde
Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Se desempeña como periodista de Telesur en La Caracas.

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