Ismael David Artiles Arbelo fue uno de tantos cubanos que participó en la operación Carlota y, por miedo a olvidar, dejó plasmadas sus memorias en una pequeña libreta.
Por Gabriel Hernández Artiles, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de la Habana.
“A petición de Gabriel es que hago estos relatos, para mis nietos, para que la memoria no me traicione y se me olviden detalles del cumplimiento de la Misión Internacionalista en la República Popular de Angola, y en el Congo, específicamente”, así comienzan los textos de una pequeña libreta forrada en papel negro que Ismael David Artiles Arbelo dejó escrita meses antes de fallecer.
Una petición para que le disculpen las faltas de ortografía marca el inicio de las memorias de mi abuelo, un hombre que, para la historia, fue solo uno de los miles de cubanos que lucharon en territorio angoleño. Durante 82 páginas, se retrata la experiencia de una persona que sentía estaba cumpliendo, más que un deber, un sueño.
“Todo comenzó con el llamado del Comité Militar como a finales de julio o quizá principios de agosto del año 1984”. La letra está escrita a mano, con un bolígrafo azul y es difícil de leer, quizá por el apuro de la redacción. “Querían conocer la disposición que teníamos para cumplir la misión; como es lógico, mi respuesta fue afirmativa”, escribió.
Ismael dividió su narración por capítulos para no perder ningún detalle: “Al llegar a Angola, dos cosas me impresionaron. La primera: que llegamos el 11 de noviembre, fecha del aniversario de la liberación de Angola. Lo segundo: había un muerto en la orilla de la carretera y nadie hacía nada”. A veces, algunas palabras están subrayadas, resaltando momentos críticos.
Aun cuando la ortografía y la gramática no son perfectas, entre párrafos se nota la costumbre de leer que tenía Ismael y su esfuerzo por redactar algo valioso. Es difícil pensar en que, si mi mamá no los hubiera encontrado por casualidad entre un montón de libros, estos relatos que él nos dejó se hubieran perdido con el tiempo.
La libreta no tiene narrativas de grandes batallas o figuras históricas. En ella se lee el día a día de los soldados, sus preocupaciones, pasatiempos, las amistades que formaron e incluso la interacción con los angolanos: “Generalmente ellos se escondían, pero como yo les daba agua –era chofer de un camión cisterna– salían y hablaban, sobre todo los niños y niñas, que eran muy curiosos”.
Incluso dedicó unas páginas a describir a cada habitante del Congo que conoció y con los que entabló amistad: “Solo quiero que piensen en lo necesario que en ocasiones es salir de la rutina diaria y conocer otros problemas, otros pueblos, para darnos cuenta de la importancia de ser humanos”, escribió.
En su afán por preservar la historia, no le bastó con las palabras. Además de la libreta, dejó a sus nietos más recuerdos del tiempo que pasó en el Congo, como aclara en las últimas páginas, en una sección llamada “Los adjuntos”. La maleta que le dieron junto con su uniforme, muestras de tierra y una piedra angoleña, fotos, monedas, un reloj y una chapilla, son solo ejemplos de lo que trajo consigo.
Entre los objetos conservados se encuentran dos diplomas, únicas recompensas que recibió por sus servicios; a los veteranos de esa contienda se les remunera poco, pero él nunca llegó a cobrar. Aunque, como parece querer dejar claro en estas páginas, cumplir la misión fue, para él, satisfacción suficiente.
“Para todo hay dos palabras: virtudes y defectos. Piensen en cómo las cumplen y comprendan a los demás, para que exista la paz y la felicidad en este mundo lleno de problemas”, son las conclusiones escritas por un hombre que, aunque no vivió directamente la guerra armada, habitó en una tierra arrasada por el hambre, la enfermedad, la sed, el analfabetismo y los conflictos.
Un “hasta aquí las clases” cierra la narración, seguido de solo dos páginas en blanco antes de que se termine la libreta. “Se acabó, de nuevo cumplí misión en este escrito”.
Y la seguirá cumpliendo siempre que se hojeen estas historias devenidas palabras.

