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ESTUDIANTES REPORTEROS

El costo de la migración

Por Marlon Joel Martínez Sánchez, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

La imagen de mi padre no ha sido más que un eco: una voz atrapada en un casete, una letra en papel que cruzaba el mar, una silueta congelada en los píxeles de una videollamada. Mi historia no es excepcional. Es la historia de miles de hijos e hijas a quienes la emigración les ha robado una figura esencial: el padre.

Mi papá partió hacia los Estados Unidos cuando yo apenas aprendía a pronunciar las primeras palabras. Tenía un año. A esa edad, uno no sabe de ausencias, pero la vida se encarga de recordártelas. Lo supe cuando en la escuela todos salían corriendo al encuentro de sus padres y yo solo tenía la mano de mi madre. Lo confirmé cuando los niños hablaban de tardes en el parque, atrapando pelotas lanzadas por brazos fuertes y risas graves, y yo solo podía imaginarlo.

No puedo decir que él no estuvo. Su presencia, aunque distante, fue constante. Cada mes llegaba con precisión de reloj suizo el giro que nos sostenía. Y en la maleta de los afectos, venían cartas. Cartas llenas de palabras que querían abrazar. Venía también casetes con videos suyos: saludando, sonriendo, preguntando por mí con una ternura que solo provocaba más nostalgia.

Pero el dinero no abraza. No cura fiebres ni enseña a montar bicicleta. El dinero no me recogió jamás de la escuela, ni estuvo ahí en los festivales donde recitaba versos con voz temblorosa esperando una mirada que me dijera “lo hiciste bien, hijo”. Esa mirada nunca llegó desde el fondo del salón. Porque estaba a noventa millas, en otro mundo, persiguiendo la promesa de una vida mejor.

Mi madre se convirtió en todo. Fue el regaño y el consuelo, la disciplina y la caricia. Pero aún con todo su amor, había días en que se le notaba el cansancio de ser dos personas en un solo cuerpo.

No obstante, resistió, como resisten las madres que aman en condiciones adversas. Y en medio de esa soledad compartida, aparecieron ellos: mis abuelos, mis primos, mis padrinos y mi tío, esa figura tan cercana a lo paterno. Con sus manos curtidas y corazones blandos, me ofrecieron raíces. Ellos me enseñaron que la ausencia no siempre es sinónimo de abandono.

Hoy, 19 años después de aquella partida, sigo esperando. A través del milagro del internet, mi padre ahora tiene voz en tiempo real. Nos miramos a los ojos por una pantalla, jugamos a reconocernos, a rearmar un lazo que nunca se rompió del todo, pero que el tiempo y la distancia han llenado de silencios. Hablamos por WhatsApp, como si la tecnología pudiera recuperar lo que la geografía quebró.

La emigración nos divide, pero también nos define. Es un fenómeno que convierte a los padres en sombras que sostienen hogares desde lejos, y a los hijos en sobrevivientes del amor ausente. Se nos vende como progreso lo que a menudo no es más que una vida fracturada. Se cruzan fronteras buscando un mejor mañana, mientras el presente se desangra en la distancia.

Yo sigo aquí. Con la mirada fija en ese horizonte de agua y promesas incumplidas. Noventa millas. Tan cerca y tan lejos. Esperando el encuentro, soñando con el día en que pueda abrazar a ese hombre al que le debo la mitad de mi historia. No quiero reproches, solo tiempo. Tiempo para descubrir qué somos después de tanto esperar. Porque, aunque la vida a veces te quite un padre, también da razones para no rendirte. Y esta es una de ellas.

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Marlon Joel Martínez Sánchez
Estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

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