Son lanchas piratas, y no había que descartar que volvieran: forman parte de la hostilidad larga y férreamente programada de los Estados Unidos contra Cuba. Tampoco hacía mucho tiempo que parecían haber cesado, pero en la dinámica vorágine de las agresiones imperialistas dirigidas a asfixiar el proyecto revolucionario cubano se pudo tener la impresión de que había pasado un montón de años sin que se hicieran notar.
Tal dinámica incluyó para los imperialistas la consideración de que finalmente el bloqueo económico, financiero y comercial instaurado poco después del triunfo de la Revolución podría conseguir, sin necesidad de gastos en armas y otros materiales de guerra abierta, la asfixia buscada.
Así haría con el rédito adicional de que, por tan “naturalizado” ya, el bloqueo se hiciera invisible y la asfixia se percibiera como fruto de la presunta ineficiencia del gobierno cubano. Contra él se alzaría el pueblo en su desesperación, y forzaría el cambio de régimen, cambio ansiado por los Estados Unidos y sus lacayos insulares.
Pero el fracaso de tales cálculos podrían observarlo no solamente los matones de la “nueva” administración “republicana”. Ya en 2014 un astuto presidente “demócrata”, Barack Obama, reconoció públicamente que el bloqueo no había tenido el efecto deseado. Sabiendo todo el daño que ese engendro monstruoso le ha hecho a Cuba, semejante declaración solo puede interpretarse como que no ha conseguido aplastarla definitivamente.
Habría que sustituirlo por otros métodos, que se resumirían en el clásico ofrecimiento de la zanahoria. Pero el matón “republicano” que sustituyó a Obama en la Casa Blanca y luego volvió a ella tras un hiato durante el cual la ocupó el “demócrata” Joseph Biden, optó por retomar abiertamente en la política hacia Cuba el endurecimiento del garrote, y no ha dejado de tensar las clavijas en esa que es su práctica preferida de mafioso.
Recientemente una Orden ejecutiva presentada como el golpe final a “la dictadura” cubana se trazó desfachatadamente la finalidad de privar a Cuba de todo abastecimiento de combustible y de toda fuente de ingresos, incluidos el turismo y, una vez más, los servicios médicos. Esa Orden se ubicó en un contexto particularmente significativo: el marcado por la acción militar “quirúrgica” contra Venezuela, con el secuestro de su presidente electo y el mantenimiento de un gobierno que el magnate de la Casa Blanca dice controlar.
Dado a embriagarse con la presunta infalible genialidad de sus decisiones, ilusión calzada con sus logros en Venezuela —aunque el costo en vidas de efectivos de su nación él oculta o minimiza—, Donald Trump dio riendas sueltas a su euforia en los cálculos anticubanos: solo habría que esperar los efectos de la citada Orden ejecutiva, y Cuba se vendría abajo con todo el ejemplo de su historia de resistencia antimperialista y defensa de la justicia social y de su soberanía, ejemplo que es la inusual amenaza extraordinaria que ella representa para la seguridad nacional, imperial, de los Estados Unidos.
Pero ante la reforzada embestida Cuba no solo ratificó su voluntad de lucha, abonada por el ejemplo de los treinta y dos hijos suyos que enfrentaron dignamente la operación pirata de los Estados Unidos contra Venezuela. También ha merecido que en el mundo se multipliquen las expresiones de solidaridad con su pueblo, al cual el bloqueo, desde su instauración, intenta matar de hambre.
No es casual que en tales circunstancias reaparezcan las lanchas piratas que podían parecer olvidadas, aunque nadie en Cuba olvidará la historia de crímenes —entre ellos personas mutiladas o asesinadas— que han cometido en décadas. Y, con las lanchas, sería ingenuo descartar que resurjan, al menos en planes, los atentados terroristas no solo dentro de Cuba, sino asimismo contra sus aviones civiles en pleno vuelo, como ocurrió sobre Barbados en 1976. Y también contra sus barcos pesqueros, lo que no pocas veces sucedió durante años en episodios que se recordarán por una consigna de sesgo beisbolero devenida canción: el pueblo ganó el juego once por cero.
Ayer, 25 de febrero, una lancha rápida intentó llegar a Cuba desde los Estados Unidos para introducir agentes del terrorismo con pertrechos para seguir sembrando muerte y dolor en el pueblo cubano, pero fue interceptada por guardacostas del país. Ocurrió cerca de cayo Falcones, municipio villaclareño de Corralillo. De haber logrado su propósito, habría podido segar vidas, destruir recursos materiales de la nación y calzar un clima de inseguridad dirigido, entre otros fines, a menguar la afluencia de turistas.
Ni siquiera la fecha es casual: el día siguiente del trigésimo aniversario del derribo —sobre aguas cubanas y tras reiteradas advertencias hechas por las autoridades del país a los promotores y ejecutantes de tales vuelos— de aviones de la pandilla denominada Hermanos al Rescate. Ese día concretamente intentaron adornarse con una efeméride de gran significación en la historia de Cuba, 24 de febrero.
Personas bien intencionadas ven con preocupación que la necesaria respuesta de Cuba a los “nuevos” agresores —no es aventurado conjeturar que les fue imposible hacerlo exactamente en esa fecha— podría tomarse como pretexto para endurecer aún más la hostilidad contra ella. Hasta por la proximidad de las fechas, podría asociarse con el derribo de aquellos aviones, que se esgrimió para firmar y poner en práctica la llamada Ley Helms Burton.
Pero Cuba no puede ni debe dejar de defenderse y defender su soberanía. La tolerancia ante hechos como el intento de la lancha por llegar a territorio cubano abriría las puertas para una secuela de agresiones que acabarían con la poca tranquilidad que un pueblo puede tener cuando es sometido al implacable acoso impuesto a Cuba por el gobierno de los Estados Unidos.
Que ese gobierno intente lavarse las manos y presentar la agresión como un acto de la voluntad y la iniciativa de cubanos que residen en el exterior, señaladamente en Miami, guarida de contrarrevolucionarios y terroristas —a menudo los mismos—, no sería una estratagema nueva. Así querían que se viera la invasión mercenaria que en 1961 el pueblo cubano aplastó en poco más de sesenta horas.
Pero aquella invasión fue orquestada, entrenada y financiada por la CIA, que tendrá todas las peculiaridades que se quiera —difícilmente buena alguna de ellas—, pero ninguna la ubica fuera del radio de acción, prerrogativas y responsabilidad, culpabilidad, del gobierno de los Estados Unidos. Algún conspicuo personero de ese gobierno habrá intentado simular que lo sorprendió el suceso de la lancha, como si se tratara de un episodio ajeno a la política oficial de aquella potencia.
Para responsabilizar a ese gobierno por lo ocurrido ayer en aguas cubanas, basta conocer la rabiosa campaña que sus autoridades y los medios afines a ellas despliegan para fomentar el odio visceral contra Cuba. De ese modo generan una atmósfera en que cubanos que reniegan de su origen y traicionan a su patria claman por acciones militares contra ella.
En tal griterío sobresalen no porque sean la mayoría de la emigración cubana, sino porque cuentan con la caja de resonancia y promoción y otros recursos que les brindan el gobierno de los Estados Unidos, sus representantes y sus medios de desinformación. Cuando se comete un asesinato no siempre el único responsable, ni forzosamente el principal, es quien aprieta el gatillo.
Ahora quienes aprobaban con chillidos o callada complicidad el asesinato en el Caribe, por fuerzas armadas estadounidenses, de civiles, posiblemente pescadores humildes, acusados a priori y sin prueba alguna de narcotraficantes, asumen un rasero contrario a esa práctica. Exigen investigaciones “independientes” para determinar si es verdad que los primeros en disparar fueron los que navegaban a bordo de la lancha pirata registrada como de la Florida, o si fueron los guardacostas cubanos que defendían a su país. En cualquier caso, acusarán a Cuba. Uno de los titulares ya lanzados dice secamente: “Mata Cuba a cuatro personas”.
Todo —tanto lo programado como, de existir en este caso, lo aleatorio— se usa para condenar a Cuba y justificar nuevas y más asfixiantes vueltas de tuerca contra ella. Pero si para Cuba el costo de defenderse puede ser alto, altísimo, mucho más lo sería aceptar mansamente los designios de una potencia que intenta volver a someterla al yugo que consiguió ponerle desde 1898. De ese yugo se libró ella con el triunfo de su Revolución en 1959, y no permitirá que el imperio vuelva a uncirla.
El ejemplo de los treinta y dos cubanos muertos heroicamente en Caracas en la madrugada del pasado 3 de enero, que han sido y serán honrados por su pueblo, confirmó que Cuba no está dispuesta a rendirse. Si lo hiciera, dejaría para siempre de ser la nación soberana que llegó a ser gracias a más de un siglo de lucha, y propiciaría que los Estados Unidos la invadieran fácilmente y masacrara a su pueblo, no solo secuestrara o asesinase a quienes la representan en el ejercicio del gobierno.
El pueblo cubano seguirá demostrado que su mayoría —que lo define— no está formada por hombres y mujeres hechos a la resignación, ni a traicionar la sangre de sus mártires. No están hechos a traicionar su historia.
En lo relativo a los sucesos provocados ayer por la lancha pirata, vale saber que ninguna muerte será motivo de fiesta para revolucionarios, como puede serlo o lo es para representantes del imperio la muerte de palestinos, y otras. Pero, ante la alternativa de que mueran seres humanos pacíficos, niñas y niños entre ellos, o caigan quienes intentan enlutar al pueblo agredido y asesinan a quienes procuran detenerlos, para Cuba debe estar y está claro: ¡Muerte al invasor!
Imagen de portada: Embarcación de Tropas Guardafronteras cubanas. Foto de Cubadebate.

