Celia, su obra una imagen
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En la obra, su imagen

A pocos kilómetros de Pilón, en medio de la campiña oriental se abre un camino bordeado de enmarañados cocoteros que lleva a un hotel, presidido por su nombre: Marea del Portillo.  El edificio de dos plantas combina con el mobiliario de influencia campestre, y las áreas verdes terminan ese toque criollísimo.

Más allá de esa instalación, la playa, interminable media luna que espumea en la orilla hasta alcanzar una ancha franja de arena negra salteada de piedras multicolores. En la distancia, los cocoteros con sus penachos dirigidos hacia donde muere el sol cada atardecer.

Pero Marea del Portillo significa mucho más, es la obra terminada de quien la concibió. Una pequeña mujer de espíritu sensible y visión incomparable, que muchas veces recorrió su playa y pescó alegremente en sus aguas. Sobre todo, que quiso regalar al mundo, el disfrute exclusivo de este panorama tropical… Como en tantas obras hermosas de la Revolución, su nombre no sorprende: ¡Celia Sánchez Manduley!

Alguien que la recuerda en ese apacible entorno, nos dice: “Que ella viniera, era muy natural, lo hacía siempre que podía”

Quien así nos cuenta es Antilio Domínguez, entonces secretario  del Partido en aquel municipio, y agrega:

– Un día me planteó muy entusiasmada que Fidel llegaría a Marea del Portillo para  un largo recorrido, y que había el  proyecto de hacer un centro turístico aprovechando la belleza del lugar. Nunca olvidaré la alegría de su rostro mientras  contaba que  construirían un hotel, después, levantarían otro en la misma punta de la playa…

-Me parece oírla haciendo hincapié en que no se podían eliminar las plantaciones de cocos de los alrededores para que nada interrumpiera la visión de las montañas. Y esa imagen se mantuvo cuando el proyecto fue una  realidad.

La última vez que la vi,  quería recoger almejas. Algunas personas que la acompañaban, me plantearon que tratara de disuadirla, pues estaba recién operada. Lo intenté, diciéndole que ya no había claridad, que lo dejáramos para otro día.

Movió la cabeza sonriente, y con un gesto me dijo que esperara. Fue al carro en que vino, y regresó con una linterna muy potente. Estaba tan embullada, que no hubo quien la convenciera de lo contrario.

-Celia vivía enamorada de estos parajes. Cuando podía venir se quedaba en una casita de las afueras de Mota, un poblado muy cerca del mar, desde donde se podía observar el paisaje de las  montañas y los cocales.

-Le gustaba mucho pescar. Disfrutaba como si fuera una chiquilla, y no se cansaba de citar las ventajas que la belleza de la zona ofrecía para el turismo.

-Ella no pudo ver el hotel terminado, pero estaba segura del resultado. A quienes la oímos proyectar este centro turístico, nunca podremos  separar la obra de su imagen.

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