No siempre coincidieron José Martí y Antonio Maceo en sus puntos de vista acerca de la revolución en la cual ambos fueron grandes entre los grandes. Compartían un idéntico amor por la Patria oprimida; sus ideales acerca del futuro de la república que se construiría, la república “con todos y para el bien de todos”, eran también muy similares. Sin embargo, como seres que se han forjado a sí mismos atravesando por circunstancias disímiles, por experiencias vitales diferentes, tuvieron sus discrepancias a veces en cuestiones trascendentes.

Dos fueron los momentos de mayor enfrentamiento: el primero, cuando la organización del Programa de San Pedro Sula (Plan Gómez-Maceo, 1884-1886); en esa ocasión, no solo fueron las ríspidas palabras de Gómez las que ofendieron a Martí: un comentario de Maceo, acerca de que Gómez era el que decidía, quizás dicho con la intención de suavizar, hizo pensar a Martí en una dictadura. Fue solo un malentendido surgido de la aplicación de métodos poco democráticos por parte de Gómez y Maceo, y también de cierta subvaloración con respecto a Martí, quien no había combatido en la pasada campaña; pero lo cierto es que ese desacuerdo provocó la separación del Apóstol de ese movimiento creado para reiniciar la lucha por la independencia de Cuba y con ello se perdieron para ese intento insurreccional las capacidades de Martí como agitador y aglutinador de las masas populares.

Mucho más profundo, mucho más lacerante para Maceo sería el segundo momento, que tuvo lugar poco antes de la partida hacia Cuba en 1895. El desacuerdo surgió de los diferentes criterios acerca de la organización de la expedición que llevaría a Maceo y a otros jefes y combatientes desde Costa Rica a tierra cubana. Tras el fracaso del Plan de Fernandina, el Partido Revolucionario Cubano (PRC) no estaba en condiciones de proporcionar al Titán los recursos económicos que este consideraba imprescindibles para su expedición. Por otra parte, Flor Crombet hacía una propuesta más módica. A Martí, como delegado del PRC correspondió tomar la decisión y lo hizo con toda la delicadeza que merecía un hombre de la talla de Antonio Maceo; pero también con toda la energía que la situación demandaba:

“Al General escribo hoy, aún más que al amigo: la guerra, a que estamos obligados, ha estallado en Cuba. […] El patriotismo de Vd. que vence a las balas, no se dejará vencer por nuestra pobreza […] Y como la ida de Vd. y de sus compañeros es indispensable, en una cáscara o en un leviatán, y Vd. ya está embarcado, en cuanto le den la cáscara,—y yo tengo de Flor Crombet la seguridad de que, con menos de la suma ofrecida, puede tentarse con éxito la salida de los pocos que de ahí pueden ir en una embarcación propia, decido que Vd. y yo dejemos a Flor Crombet la responsabilidad de atender ahí a la expedición […] ni Vd. ni yo debemos privar a Cuba del servicio que él puede prestar. […] Cuba está en guerra, General. Se dice esto, y ya la tierra es otra. […] Ya solo se necesita encabezar. No vamos a preguntar, sino a responder. El ejército está allá. La dirección puede ir en una uña. Esta es la ocasión de la verdadera grandeza […]”.1

Sin embargo, a pesar de la infinita delicadeza de la palabra martiana, Maceo se sintió relegado… Quizás en ello influyeron experiencias anteriores, en particular, lo ocurrido durante la Guerra Chiquita… Y ese malestar se dejó ver en La Mejorana —“lo quiero menos de lo que lo quería”,2 dijo el Titán a Martí, según escribió este en su diario—; pero para ambos estaba claro que más allá de lo personal y por encima de todo estaba Cuba.

En aquel momento y como jefe, Martí se vio obligado a tomar una decisión y lo hizo con energía. A más de cien años de este incidente, hay que reconocer que el Delegado tenía razón, es más, no tuvo opción, porque la presencia del general Antonio en Cuba “en una cáscara o en leviatán”, “en una uña”, resultaba imprescindible.

Y Martí estaba muy consciente de la importancia que tenía la presencia de Maceo para el desarrollo exitoso de la guerra. Más allá, el Delegado sentía una profunda admiración por Antonio Maceo, y no solo por el guerrero. Prueba de ello es el artículo publicado por el Apóstol en Patria, donde también aprovechó para valorar el mérito extraordinario de Mariana Grajales y de María Cabrales. De Maceo dice Martí:

“Y hay que poner asunto a lo que dice, porque Maceo tiene en la mente tanta fuerza como en el brazo. […] Firme es su pensamiento y armonioso, como las líneas de su cráneo. Su palabra es sedosa, como la de la energía constante, y de una elegancia artística que le viene de su esmerado ajuste con la idea cauta y sobria. […] No deja frase rota, ni usa voz impura, ni vacila cuando lo parece, sino que tantea su tema o su hombre. Ni hincha la palabra nunca ni la deja de la rienda. Pero se pone un día el sol, y amanece al otro, y el primer fulgor da, por la ventana que mira al campo de Marte, sobre el guerrero que no durmió en toda la noche buscándole caminos a la patria. Su columna será él, jamás puñal suyo. Con el pensamiento la servirá, más aún que con el valor. Le son naturales el vigor y la grandeza. […]”.3

De igual modo, Martí supo reconocer la inmensa significación del gesto de Baraguá y la grandeza de Antonio Maceo, a quien escribió: “[…] Tengo ahora ante los ojos la protesta de Baraguá, que es de lo más glorioso de nuestra historia”.4

Sirva la palabra del periodista, del patriota José Martí, para rendir homenaje a Antonio Maceo a los 122 años de instante en que quedó para siempre sembrado en la historia patria.

 

 

1 José Martí: “Carta al general Antonio Maceo”, 26 de febrero de 1895, en Obras completas, t. 4, Colección digital, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, pp. 69-71.

2__________: Diarios de campaña, Biblioteca Familiar, s.e., s. f., p. 31.

3 __________: “Antonio Maceo”, publicado en Patria, el 6 de octubre de 1893, en Obras completas, t. 4, ob. cit., p. 454.

4 __________: “Carta al general Antonio Maceo”, 25 de mayo de 1893, en ob. cit., t. 3, p. 328.