Para los Píndaros de hoy (II y final)

Acompáñenme al tiempo, el escenario, la trinchera de los Píndaros de la etapa. Dentro del hermoso canto, se cuelan desentonos. Los señalaré para proteger la afinación. Suele un narrador o un reportero decir al referirse a un contendiente: a simple vista se distingue su magnífico somatotipo y bla, bla, bla… cuando para arribar a dicho criterio hay que apoyarse en un estudio científico. Llueven los extraordinarios, maravillosos,  los fuera de serie y maestros sobre peloteros, púgiles, atletas…; no pocos de ellos, buenos o promesas; abundan los sin llegar a tanto.

Esa superficialidad perjudica a los enaltecidos y a la audiencia; esta cree y se atiborra de oscuridad o al molestarse, decae su fe en el comentarista y el medio. Con tales loas inmerecidas ¿cómo calificar a los verdaderos grandes del patio o foráneos…? Estoy en contra de absolutizar como ocurre a menudo al asegurar, por ejemplo, que Fonst es el mejor esgrimista de todos los tiempos y Capablanca, el supremo genio ajedrecístico, con tanto de chovinismo. Extraordinarios pero cada cual en su época, y la grandeza superior de los dos es haber abierto avenidas con su labor creadora. Agregue a los dislates, los pronósticos patrioteros. Los análisis no pueden atarse a los excesos del corazón o queman, o a los del cerebro, culpables de  la congelación, quemantes también.

NO AFERRARSE AL JAB

Debemos tener muy en cuenta lo esclarecido por José Martí en un escrito donde latiguea los males de París: “Comprendo que esto es una crónica rara, pero yo no puedo excusarme de amar más una reflexión que una noticia”*. La noticia es todo hecho de interés general y actualidad. Cumple como el jab: abre caminos, marca. Los aficionados se desesperan cuando el púgil admirado no utiliza su mano diestra y claman por formas de pegar más contundentes con ella. Lectores, radioescuchas y televidentes urgen del reportaje y la entrevista de personalidad, la crónica y el artículo, el comentario y el testimonio para penetrar en el suceso, sensibilizarse con él, mediante la argumentación, la belleza, la imaginación, el movimiento y aun por todo juntado con sabrosura. Muy en cuenta la mezcla actual de los géneros, gran logro creativo.

La encomienda va mucho más allá de informar: esculpir a los ciudadanos y ciudadanas. La especialidad deportiva no es terreno aparte. Pues hacia la vida con la manga al codo e incluso a camisa quitada. Hasta en  informaciones como la apertura de un estadio o  la plenaria de una institución es necesario romper esquemas, obsoletos en gran medida, atraer, crear, insuflar calor. Para la prensa plana, inexcusable porque antes la radio y la televisión están presentes y pueden seguir el hecho minuto a minuto;  y la bendita revolución digital amenaza con enviarla a la lona si no va a lo que no se ve. La inmediatez de  “los  rivales” le impone no quedarse en el proscenio,

El escritor deportivo tiene que juzgar el partido, la carrera, el adiestramiento; está obligado a interpretar los acontecimientos y ofrecer su parecer acerca de árbitros, competidores, instructores, directores técnicos, funcionarios, el público… Pululan los entendidos dentro de ese mismo público y, además, cualquiera asegura ser dueño de un universo de conocimientos sin ser cierto en todos los casos; desean confrontar sus conceptos con los del redactor o narrador, y mientras estos tienen que ser imparciales, aquellos suelen ser fanáticos de un equipo, un territorio, un atleta, una disciplina…

Reportero, articulista, entrevistador, cronista, crítico, historiador, testimoniante, al periodista de esta trinchera le es imprescindible dominar estadísticas, reglamentos, documentos, la técnica y la ciencia aplicadas. No obstante, yerra quien se encadene a la especialidad y se aleje del mundanal ruido. Nada humano le puede ser ajeno. Imprescindible: ampliar su cultura general. Mal andaría un comentarista o un reportero si se desentiende de la historia, la gramática, la redacción, la sintaxis, la computación, la dicción, la técnica periodística, la cinematográfica…

Lesiones recientes por esos olvidos: los reportajes sobre la fábrica y el estadio de La Tropical, en la actualidad, Pedro Marrero, baladas desafinadas al presentar a sus dueños cual familia emprendedora, honorable, de magnífico trato a su empleomanía, desde el sueldo a las palmaditas en la espalda. Los autores no tuvieron en cuenta la historia real de estos señorones, enfangados inicialmente por la nobleza innoble. Dicha parentela era una jauría explotadora, y la Revolución al nacionalizar sus propiedades las devolvió a los verdaderos dueños: el pueblo. El salario de sus trabajadores, muy superior a la media del país entonces, existió porque formaban parte de la aristocracia proletaria, al igual que los telefónicos o los eléctricos; sin embargo, les sacaban más a pesar de crecidas migajas. Sucede semejante con gran parte de la clase obrera de los países desarrollados que llega a ser cómplice de los amos. Los realizadores parecen desconocer o disentir de la teoría de la plusvalía…

Obviaron al hombre que honra con su nombre a ambos centros: Pedro Marrero, dirigente sindical de la fábrica, quien dio su vida por la libertad de Cuba en el ataque a la posta tres durante  el asalto al cuartel Moncada. Un telón habían ubicado frente a José Machado Rodríguez, Machadito, futbolista de tipo norteamericano. Compitió en esta área y en el estadio universitario eludiendo la persecución de los esbirros batistianos. Asaltante del Palacio Presidencial, lo asesinaron en abril de 1957. Orillaban al puertorriqueño cubano Pablo de la Torriente Brau, defensa destacado en fútbol rugby, quien contendió en este terreno, y cayó en Majadahonda como comisario político de una unidad de la tropa internacionalista, luchadora junto a lo mejor de España contra el fascismo. Cubrió en el parque la inauguración y diversas contiendas, y escribió un clásico del reportaje: Las Olimpiadas Centroamericanas. Por favor…

* Revista Universal de México. Sección Variedades. 9-3-1875.

Por Víctor Joaquín Ortega / Cubaperiodistas

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