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Muertes por COVID-19 en vacunados: una lección de vida y periodismo

En varios trabajos, Juventud Técnica ha advertido sobre la importancia de vacunarnos para poder hacer frente a la COVID-19. Hemos alertado que no se previene el contagio, pero que el paso a estados de gravedad y muerte son poco probables ante una persona con las pautas de vacunación completa.

Todas las vacunas en ensayos clínicos –incluidas las cubanas– mostraron que la muerte o la gravedad eran poco probables bajos sus efectos. Sin embargo, no habían enfrentado a nuevas variantes como la Delta mientras se realizaban sus estudios y no se puede desdeñar el hecho de que el proceso de obtención de las vacunas ha sido expedito por la urgencia que demandó el comportamiento de la pandemia.

Hoy, la realidad ha variado ligeramente. A nuestra redacción llegan comentarios de lectores preocupados ante muertes de personas con pauta completa de diferentes vacunas en varios países.

La variante Delta, como explicamos en un trabajo reciente, se ha vuelto un galimatías para la ciencia. Mutaciones que trabajan en conjunto, mayor carga viral en vías respiratorias respecto al virus original, deformidades en su composición que dan al traste con los anticuerpos, entre otras particularidades, han elevado los contagios y las muertes.

Ahora, comienzan a ser noticia la muerte de vacunados con esquema terminado de diferentes inmunógenos. En Argentina hay reportes de prensa de al menos dos fallecidos que tenían Sputnik V. En Colombia se han dado fallecidos de Antioquia, según da a conocer la revista Semana.

Según esta publicación, el número de fallecidos posvacunados confirmados asciende a poco más de 1.187. De ellos, 137 tenían el esquema completo y cumplían con los 15 días tras la última dosis. En esa región se aplicaron dosis de Astrazeneca, Pfizer y Sinovac. Muertes con pauta completa y tiempo mínimo para generar respuesta inmune, ninguna de Astrazeneca (se aplicaron pocas dosis), cuatro de Pfizer y 155 de Sinovac.

Aunque los datos de Argentina y Antioquia no son significativos frente al número de personas que han salvado las vacunas y para llegar a una valoración adecuada de estos sucesos habría que ir más allá y evaluar las tasas de mortalidad entre vacunados y no vacunados, que es en esencia lo que se emplea para computar la llamada “eficacia”, se trata de una señal de que nos hemos confiado demasiado. Desde el despunte de las vacunas cubanas, en redes sociales ha ocurrido un debate devenido polarización incluso de carácter político más que científico.

El enfrentamiento mediático de seguidores y detractores enfocados principalmente en el Gobierno cubano más que en la ciencia de alto nivel que se hace en el país, ha usado los más variados argumentos. Como prensa cubana nos ha tocado una batalla doble en un campo en el que no estamos tan entrenados como sistema. El periodismo científico, escaso en prepandemia pero usado por todos en contingencia sanitaria, no se aprende en un año. Tiene metodologías, maneras de abordar y explicar fenómenos en el punto medio entre ciencia y comunicación.

En este ámbito, y quizás como respuesta a la constante guerra mediática, celebramos vacunas que no se habían terminado, a pesar de la cautela que nos exigieron los especialistas.

Otros, usaron los contagios en ascenso como un elemento para restar credibilidad a Abdala y Soberana, cuando incluso en otros países con diferentes vacunas existe una nueva ola de enfermos. También existen los que han sesgado datos para contrarrestar comentarios malintencionados sobre la eficacia de nuestros candidatos y vacunas; pero tanto peca el que celebra sin todos los elementos como el que manipula y difunde odio.

Por mucho tiempo hemos repetido que las vacunas disponibles evitan la muerte, pero los datos del mundo real pueden estar muy alejados de ensayos clínicos y más aún cuando la urgencia está de por medio.

Incluso, un estudio publicado en la revista científica The Lancet reveló que la vacuna de Pfizer en Israel tiene una efectividad del 97 por ciento la muerte por COVID-19.

Las vacunas tienen un porcentaje de restricción poblacional debido a la propia genética de las personas. Todos los organismos no reaccionarán igual ante un inmunógeno determinado.

Según un estudio de la Universidad de Yale, por ejemplo, ante la vacunación contra la gripe, un grupo de individuos desarrolló una serie de respuestas que otros no. En los que reaccionaron positivamente, se identificaron nueve genes y tres módulos de genes que se vincularon significativamente con la magnitud de la respuesta.

Otro factor es que los mayores de 65 años sufren de inmunosenescencia. Este término se refiere al deterioro del sistema inmune por lo cual son más proclives a infecciones, a cáncer, así como a menor respuesta de las vacunas.

Un tercer elemento a tomar en cuenta es el de las comorbilidades. Ante el ataque del virus a personas con ciertas enfermedades, la vacuna no podrá hacer mucho para evitar la gravedad o la muerte.

Las vacunas deberían proteger de la COVID-19, más no tienen efecto ante otras enfermedades o condiciones fisiológicas del paciente. No obstante, entre tantas malas noticias, sigue una esperanza.

Vacunarse debe seguir siendo una opción fundamental. Combinada con la protección estricta (mascarilla, lavado frecuente de las manos, aislamiento social y distanciamiento físico) es la fórmula ganadora.

Aún el fallecimiento de personas vacunadas es muy bajo; sin embargo, enciende una vez más las alarmas sobre la importancia de no confiarnos. En todos los países vacunados, a pesar de la variante Delta, se ha visto reducido el número de muertes por COVID-19. En Cuba, aún con un porcentaje que no alcanza estándares de la mayoría necesaria para crear inmunidad, deberemos esperar a que las vacunas se extiendan a todos los rincones antes de ver efectos reales.

La Habana podría ser un marcador de los efectos de Abdala y Soberana, con 16 variantes circulando y siendo la Delta (de las más transmitidas por vacunados en el mundo) la de mayor prevalencia, con hasta un 60 por ciento.

Mientras, no nos cansaremos de llamar al autocuidado y, sobre todo, escuchar a la ciencia. Ella tendrá la última palabra.

(Tomado de Juventud Técnica)

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