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COLUMNISTAS

Mi bandera

Esta nieta le había llegado tarde. La madre, enredada en eternos estudios y viajes al extranjero, en contubernio con el marido, alargó la concepción. Todavía a los otros nietos ya universitarios, pudo leerles las fábulas de Esopo, llevarlos a montar bicicleta al parque, acostumbrarlos a la lectura de Julio Verne, hasta enseñarlos a jugar al parchís. Y, su mejor orgullo, acompañarlos en los estudios, inclusive hasta el Pre. Para ellos, su antiguo bachillerato de saya ancha y larga, con franja distintiva del año cursado, todavía servía. Pero para esta chiquilla inquieta, ya con sus endrinas algo agotadas y sus dedos lentos, sus conocimientos, archivados en los tiempos del papel, junto a las pizarras azul oscuro y las tizas blancas, no importaban.

Su hija hizo el embarazo clavada a Internet, buscando datos para su última investigación y con la… no recordaba el nombre, esa computadora manual pegada al vientre y no con esa música que aconsejan escuchen los fetos mientras pasan a la categoría de bebés.

Mientras mamaba, su madre discutía asuntos académicos por el celular y en lugar de una maruga clásica, tuvo una que cambiaba el sonido cuando sus deditos la apretaban. No hacía falta ni el ejercicio de moverla.

A los tres años escogía los materiales en la computadora que sabía abrir y cerrar a su antojo. Por lo menos, los padres los seleccionaban de acuerdo con su edad y siempre portadores de mensajes adecuados. Hablaba en oraciones con sujeto y predicado, pero todavía en una graciosa versión sonora. Tenía su móvil personal, uno abandonado por la madre al adquirir la última versión.

Soñó siempre con una nieta hembra. No era una anciana anticuada y aceptó que a esta no podría vestirla de rosado con batas bordadas y dormilonas en las orejas. Las niñas y los niños se visten de cualquier color y a las hembritas no se les debe torturar para abrirles las orejitas. Le dolía tanto que su voz estaba depreciada como medio educacional primario ante todos los recursos de la digitalización del conocimiento, del cual ni los pequeños escapan.

Mientras se le agolpaban las penas de sentir su obsolescencia programada, observaba a este bello producto de carne y hueso del siglo XXI. Con el dedito señalaba la pantalla. La imagen de una bandera cubana flotaba libre en el Morro. La vocecita pronunció en la fonética de su propiedad legal: oja, azul, banca. La anciana recordó una escena grabada en vivo y en directo en el malecón habanero. Ella era una niña de lazo inmenso en la cabeza y boticas en los pies. Otra anciana de moño alto recordaba a su vez a esa bandera roja, azul y blanca, izada por primera vez en ese mismo Morro. Entonces, los años se le desprendieron del cuerpo y huyeron por la garganta. Su voz retumbó en un “al combate, corred, bayameses…”. La emocionada voz pudo más que la imagen y una nieta sonriente la observó. La abuela comprendió que a ella le quedaban todavía escenas reales por contar con los sonidos y colores originales.

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