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Poner la ciencia a trabajar es hacer funcionar la capacidad de discutir con argumentos

La diversidad, el enfoque de lo complejo y no lineal de la realidad física, biológica, humana y social, permean la ciencia de la era postmoderna. Estas dimensiones, presentes en todas las formas de conocimiento, aparecen representadas en el campo de la comunicación mediante interacciones como la multiplicidad conceptual que sustenta el juicio del quehacer comunicológico.

De esta práctica vinculada a la tarea científica emergen numerosas interrogantes. Entre ellas, si es suficiente interpretar la ciencia y la tecnología para el público general y qué influencia ejerce la información científica en la toma de decisiones inteligentes.

El conocimiento y pensamiento científicos sin dudas constituyen una necesidad creciente para la especie humana, que solo podrá superar la etapa crítica que vive si es capaz de desarrollar un pensamiento consciente, objetivo inalcanzable sin la socialización del pensamiento científico.

En palabras del investigador español Eudald Carbonell Roura, en su libro La conciencia que quema, “la socialización del conocimiento aun en construcción se debe acelerar para transformar la red planetaria en un colectivo intelectual que actúe como una estructura inteligente ligada a la lógica histórica y a su factualidad. Solo entendiendo qué hacemos y actuando de manera crítica seremos capaces de transformar lo que no es coherente”.

Tal aspiración reafirma el provecho de apostar por la comprensión pública de procesos y resultados de la ciencia, aun cuando la correspondencia entre conocimiento socializado y conducta humana nunca lleguen a ser proporcionales.

Es conocido que la eficacia de los actos comunicativos es relativa y depende de numerosos factores como la claridad del mensaje y la comprensión del receptor, o la alternativa de este último de estimar (o no) los argumentos que se esgriman. Además de que la combinación entre actos expresivos y actos ejecutivos para lograr un mismo objetivo no es siempre sincrónica.

Pero comprender las prácticas científicas y sus resultantes constituye un derecho de las sociedades, y en dicha oportunidad radica la diferencia “entre estar determinados y ser protagonista, entre evolución y construcción, entre poder y libertad, entre verdad y lucha, entre hecho y esperanza”, escribe Carbonell en el texto citado.

Resulta entonces que elegir conscientemente es el más específico valor del conocimiento, y cuando este es dispuesto a través de los medios de comunicación se convierte en una potencial herramienta transformadora de conductas.

Por otra parte, el fomento del pensamiento científico pasa necesariamente por el entendimiento de la lógica mediante la cual funciona la ciencia; comprenderlo es el sendero fértil de una decisión fundamentada por el conocimiento. Aun cuando “la evidencia científica no sea clara o sea ambigua”, la comprensión es la base del pensamiento y la ignorancia el pilar de la creencia.

De acuerdo con el filósofo Edgar Morin, la comprensión de la ciencia precisa asimismo de una implicación crítica y de su carácter dual: constructivo-destructivo. Al respecto puntualiza:

Sabemos cada vez más que el progreso científico produce tantas potencialidades sojuzgadoras o mortales como benéficas. Presentimos que la ingeniería genética puede tanto industrializar la vida como biologizar la industria. Adivinamos que la elucidación de los procesos bioquímicos del cerebro permitirá intervenciones en nuestra efectividad, nuestra inteligencia, nuestro espíritu.

De modo que en el entramado comprensión de la ciencia y conducta también ha de mediar la evasión del sentido positivista que durante mucho tiempo paralelizó ciencia con desarrollo, ciencia con bienestar, ciencia con soluciones de todo tipo.

“Metabolismo exosomático”

Aunque la creación y uso de la tecnología, entendida como precursora de la ciencia, están en la base de la emergencia humana, no contamos en nuestro ADN con genes que expresen esta adaptación. Y es que ese “metabolismo exosomático” que llamamos ciencia se halla en la educación y en la experiencia del medio en que nos desenvolvemos, donde puede ser hallada su génesis y desarrollo.  

Según el propio Carbonell, “la ciencia es resultado del desarrollo social y, en consecuencia, es una estrategia intelectual de los homínidos en los últimos siglos de su evolución. La ciencia, y todo el conocimiento que de ella se deriva, es una forma de adaptación exosomática, temporal e histórica, del ser humano. Del mismo modo, en contraposición al metabolismo biológico, se puede hablar de un metabolismo exosomático, externo o cultural, para hacer referencia a una de las características ecológicas de nuestra especie: el uso de energía no contenida en los alimentos”.

Visto así, la ciencia es una adaptación comparable al desarrollo de las herramientas líticas o el descubrimiento y socialización del fuego por nuestros antecesores, porque la historia humana es, sobre todo, un continuo renacer de las interacciones sociales.

Integrar en el conocimiento los mecanismos que permitan la construcción científica, de manera que seamos capaces de abordar críticamente los nuevos avances a través de un pensamiento lógico y dialéctico de base empírica, es el gran desafío de la contemporaneidad. Difícilmente —añade el investigador— seremos capaces de ejercer socialmente desde la especie de humanos progresistas y progresivos, sin una información y formación científica.

Además, en la institución social ‘Ciencia’, la era académica está dando paso a la era post-académica, en la cual las decisiones importantes, referentes al trabajo de los científicos, son tomadas, cada vez más, por la comunidad científica, junto con otros grupos sociales y, esencialmente, con la sociedad misma.

Como afirma Manuel Calvo Hernando, presidente de la Asociación Española de Periodismo Científico, “parece superado el tiempo de la ciencia y la tecnología como elementos autónomos y limitados, y es necesario avanzar hacia su comprensión como estructuras sociales”.

Otros autores también defienden que la difusión de la ciencia no ocurre ya exclusivamente dentro de la comunidad científica, y que la comunicación con el público es crucial para la ciencia. En este sentido, no hay progreso en el conocimiento científico si los resultados de las investigaciones no son comunicados.

Hay que poner la ciencia a trabajar —alerta el Doctor Jorge Núñez Jover, Director de Posgrado y de la Cátedra CTS+I de la Universidad de La Habana—, “que es, justamente, hacer funcionar esa capacidad de discutir con argumentos, de ver las cosas con diferentes puntos de vista, de presentar los hechos como evidencia. Eso tiene que ver con las decisiones políticas, con la organización de la sociedad; y también con la pelota, la agricultura, la salud, la educación”.

Sobre este apartado el mencionado el autor considera que “la ciencia no es un problema sólo de los científicos ni puede ser el territorio donde la tecnocracia actúe impunemente, ni debe estar al servicio de intereses antihumanos. Hay que crear una alerta pública sobre sus condicionamientos e impactos. Y eso requiere acciones educativas y de regulación pública”.

Flor de Paz
Flor de Paz
Periodista. Directora Cubaperiodistas

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